01
El aire en las fronteras de lo que alguna vez fue el resplandeciente reino de Camelot no olía a victoria, sino a hierro oxidado y madera calcinada. La guerra contra Arthur Pendragon y sus Caballeros del Caos no solo había redibujado los mapas, sino que había dejado heridas abiertas en la mismísima tierra, grietas mágicas que aún supuraban una energía inestable y oscura.
Lancelot, a sus dieciocho años, caminaba con una parsimonia que ocultaba una vigilancia absoluta. Sus ojos, agudos como los de un halcón, no dejaban de escanear el horizonte. Su figura ya no era la de un niño; sus hombros eran anchos, su postura impecable y su presencia emanaba una autoridad natural que pocos se atrevían a cuestionar. Vestía de manera ligera, caminaba bajo la luz mortecina de un sol que parecía pedir perdón por salir.
Para Lancelot, esta patrulla era una tarea más. Una forma de mantener la mente ocupada lejos de las intrigas políticas de Liones y del peso de su propio linaje. Él era el hijo de Ban y Elaine, un híbrido de humano y hada con habilidades que lo situaban en una liga propia. Podía leer el corazón de las personas, percibir sus intenciones antes de que se convirtieran en acciones, y lo que percibía en estos asentamientos fronterizos era casi siempre lo mismo: desesperación, hambre y un vacío existencial.
Se detuvo en seco.
Sus oídos, más sensibles que los de cualquier caballero ordinario, captaron algo que rompió la monotonía del viento silbando entre las vigas quemadas de una taberna destruida. No era el crujir de la madera, ni el movimiento de algún animal carroñero. Era un sonido rítmico, entrecortado y agudo.
Un llanto.
Lancelot frunció el ceño. Sus dedos se cerraron instintivamente sobre el mango de su arma. En este mundo, un llanto podía ser una trampa del Caos o una ilusión para atraer a los incautos. Sin embargo, al concentrar su habilidad de lectura, no sintió malicia. Sintió una pureza aterradora, una vulnerabilidad que le apretó el pecho de una forma que no esperaba.
Se adentró en el corazón del asentamiento. Los escombros crujían bajo sus pisadas. Se detuvo frente a un montón de piedras que alguna vez fueron los cimientos de una casa humilde. Allí, acurrucada en un rincón que milagrosamente no se había derrumbado, estaba ella.
Era una niña pequeña. No parecía tener más de 10 años. Su cabello estaba enmarañado con ceniza y polvo, y su ropa, alguna vez de buena calidad, estaba hecha jirones. Pero lo que detuvo el aliento de Lancelot fueron sus ojos. Eran grandes, brillantes y de un color que recordaba a los lagos más profundos de Benwick, aunque en ese momento estaban inundados por lágrimas que trazaban senderos limpios sobre sus mejillas sucias.
La pequeña lo miró. El miedo en su mirada era tan tangible que Lancelot pudo sentirlo vibrar en el aire. Ella no gritó. Simplemente se encogió más, tratando de hacerse invisible contra la piedra fría.
Lancelot se quedó inmóvil por un momento. Su fachada de guerrero imperturbable, esa máscara de "nada me importa" que usaba para protegerse del ruido emocional del mundo, flaqueó. Podía leer su mente: ¿Es otro caballero malo? ¿Me va a lastimar? Tengo hambre. Me duele.
El joven caballero exhaló un suspiro largo, relajando la tensión de sus hombros. No era el momento de ser el "Caballero de la Guerra".
—Es una pérdida de tiempo quedarse ahí escondida —dijo él. Su voz era plana, calmada, carente de la dulzura que un padre usaría, pero extrañamente sólida. Era una voz sobre la que alguien podía apoyarse—. Los monstruos del Caos se alimentan del miedo. Si sigues temblando así, les estás sirviendo la cena.
La niña, Gwen, parpadeó. El hipo del llanto se detuvo por la sorpresa de escuchar a alguien hablarle con tanta franqueza, casi como si fuera una adulta. Lancelot se acercó y se puso de cuclillas a un par de metros de distancia, manteniendo una distancia respetuosa.
—¿Dónde está tu madre? —preguntó él, aunque ya sabía la respuesta por el silencio sepulcral del lugar.
Gwen señaló con una mano temblorosa hacia un montículo de escombros cercano, donde la tela de un vestido sobresalía entre las rocas. Lancelot cerró los ojos un instante. No había vida allí. La guerra de Arthur no hacía distinciones entre soldados y civiles.
—Ya veo —murmuró Lancelot. Se levantó y le extendió una mano. No era una invitación amable, era un desafío—. Quedarte aquí significa morir. Camelot ha caído, este lugar no es más que una tumba. ¿Quieres quedarte en una tumba o quieres moverte?
Gwen miró la mano extendida. Era una mano grande, fuerte y parecía confiable. Miró el rostro de Lancelot. Él era joven, pero sus ojos contenían la sabiduría de alguien que había visto el fin del mundo y había decidido sobrevivir de todos modos. En su inocencia de diez años, Gwen no entendía de política, de razas o de profecías. Solo entendía que, frente a ella, había un pilar que no se derrumbaba.
Con dedos temblorosos, ella puso su pequeña mano sobre la de él. La diferencia de tamaño era casi cómica, pero el agarre de Lancelot fue firme y seguro.
—No llores —le dijo, y aunque su tono era firme, había un matiz casi imperceptible de protección en él—Te llevaré a un lugar seguro. A partir de hoy, yo seré tu guía. No puedo prometerte que será fácil, ni que habrá dulces al final del día. Pero te prometo que estarás viva.
Gwen se puso de pie, tambaleándose un poco. Sus piernas estaban débiles, pero al sentir el calor que emanaba del joven, un destello de esperanza, pequeño como una chispa en la oscuridad, se encendió en su pecho.
Lancelot comenzó a caminar de regreso hacia el sendero principal, sin mirar atrás, asumiendo que ella lo seguiría. No era crueldad; era su forma de enseñarle la primera lección de supervivencia: el mundo no se detiene por nadie.
—Escúchame bien, niña —añadió Lancelot sobre su hombro mientras sus capas ondeaban al viento—. Tendrás que aprender a caminar rápido si quieres seguirme el paso. En el mundo, los que se quedan atrás desaparecen. ¿Entendido?
Gwen asintió vigorosamente, limpiándose los ojos con el dorso de la mano. Su miedo no se había ido del todo, pero había sido reemplazado por una determinación infantil. Dio un pequeño trote para alcanzar la zancada de Lancelot y se aferró al borde de su suéter.
Lancelot sintió el tirón en su ropa. Por un segundo, una pequeña sonrisa, casi invisible, cruzó sus labios. Sabía que llevar a una niña huérfana a Benwick en medio de una reconstrucción bélica era una complicación que no necesitaba. Sabía que su padre, Ban, probablemente se reiría y diría que "el fruto no cae lejos del árbol". Pero al sentir la presencia de Gwen a su lado, Lancelot supo que su patrulla no era una tarea aburrida.
Ahora tenía una responsabilidad. Y para un Caballero de la Profecía, las responsabilidades eran lo único que mantenía la cordura en un mundo que Arthur Pendragon el rey del Caos, había intentado romper.
El viaje de Gwen apenas comenzaba. A la sombra de Lancelot, la niña que lo había perdido todo comenzó a caminar hacia un destino que ninguno de los dos podía imaginar todavía. Mientras caminaban, el sol finalmente rompió una nube, iluminando el camino de salida de las ruinas. Lancelot no bajó el ritmo, y Gwen, con sus pequeños pies golpeando el suelo pedregoso, se esforzó por no soltar aquel suéter que ahora era su único hogar.








