Capítulo 1

El olor a putrefacción que despide el cadáver, a pesar de llevar solo unas cuantas horas muerto, es horrible. La poca luz que irradian las luminarias mágicas de la pared es opacada por manchas de sangre que las han alcanzado. Sangre en cada espacio del lugar.
La comezón en mi cuerpo, por el estrés de las últimas semanas, ha empezado a volver, pero irme de aquí no es opcional.
He revisado la torre más de dos veces. Cada rincón, cada habitación, cada pasillo. Nada. No hay rastros de nadie entrando o saliendo de este lugar. Tampoco hay pasadizos ocultos. No hay habitaciones secretas ni túneles que conecten el lugar.
—Nereida, 32 años. Reportada como desaparecida hace diez días. Casada, con hijos gemelos de cinco años —contengo el aire—. Se considera que lleva muerta unas diez horas. Todo indica que fue torturada, aunque no hay reportes de un posible culpable u otros sospechosos. Asiento. Yo sí tengo un posible sospechoso.
—Se ha informado a los familiares del descubrimiento de su cuerpo y, una vez finalice la investigación, será enviada a Apolline.
—A nadie le extrañaría que su marido resultara culpable—dice una vocecita en mi cabeza, pero guardo silencio.
—¿Estás seguro de que la torre estaba vacía? —pregunto al guardia de pelo castaño y flacucho que tomaba notas. Llevaba mas tiempo que yo aqui, se notaba que la escena lo estaba sobrepasando.
—Sí, mi señora. Esta torre quedó clausurada después del ataque de los marginados. Solo realizamos inspecciones rutinarias, pero solo los capitanes de escuadrón tienen llaves...— Explica el soldado y suspiro. Me estresa cuando titubean tanto al hablar.
—Esa información no es de utilidad —murmuro con cansancio.El chico castaño de ojos verdes solo aprieta los labios, seguro reprimiendo una queja. Las torres clausuradas siempre daban el mismo problema.
—Hemos revisado ya cinco veces buscando alguna pista, algo que se nos haya pasado por alto.Lo sabía. Fuera de esta habitación no hay nada que diga “aquí pasó esto”.
Nereida había sido azotada; su ropa estaba hecha jirones en el piso. Incluso su rostro se había llevado más de algún latigazo. Pero su espalda había sido la favorita del verdugo.
—Pareciera que lo hicieron por pura diversión—dice Hilda en mi cabeza.
Todo el piso está cubierto de sangre; al caminar, un repugnante sonido pegajoso acompaña los pasos. Solo una zona no había sido alcanzada por la sangre, y estaba justo detrás de mí. Como si alguien hubiese estado apoyado en la pared, justo como lo estaba yo en ese momento, con los brazos cruzados, observando el espectáculo.
Ante un homicidio así, la investigación sería todo un problema. Pero esto era tierra de nadie, justo en medio de tres ciudades. Posiblemente Apolline querría meter mano primero. El tipo de magia que se había utilizado estaba penado, pero Nereida era un soldado de Achlys, por lo cual nos correspondía intervenir. Salma era paranoica y el lugar estaba muy cerca de su frontera. Pero Salma no había enviado a nadie a investigar. Solo la capital y Achlys nos habíamos hecho presentes.
Necesitaba un baño y dormir.
Rasco mi rostro y hago una mueca al sentir la piel irritada. La nueva herida en mi rostro tardaría un poco en curarse y la humedad del lugar no estaba ayudando con la alergia que llevaba presentando desde hace días. Suspiro, parpadeando. El cansancio de estos días va a terminar conmigo si no hago algo de tiempo libre. Oigo pasos y voces fuera del salón antes de escuchar gritos.
—¿Cómo es posible que aún no tengan nada del caso? ¿Están esperando a que yo haga todo el trabajo o qué?--- Los soldados en el lugar se tensan, mirándose entre sí, y antes de que Luna entre toman su postura militar. En la puerta, una figura alta y musculosa se queda tiesa al ver el cuerpo de Nereida, sus ojos cafés abiertos de par en par, y lo que parecía ser unos improperios quedan atascados.
—De hecho, esperan que sea yo quien resuelva esto —digo, burlándome de su reacción. Luna nota mi presencia y tarda unos segundos en recomponerse y acercarse.
—Alteza, disculpe. No creí verla aquí —dice el general mientras hace una reverencia—. Demonios, me dijeron que había sido brutal, pero...
—Alguien tuvo mucho tiempo para planear esto —digo, despegándome de la pared.
—No lo creo. ¿Estás segura de que no la mataste tú? —pregunta Madelline entrando por la puerta—. Qué maldita, mira que te divertiste.— La observo con ganas de asesinarla. Darles demasiada confianza a las damas de compañía nunca era buena idea.
—Me ofende que hayas hecho una fiesta y no me hayas invitado —esta vez es Carissa quien habla mientras entra a la habitación. No parecen muy asustadas del cadáver frente a ellas.
—Eres nueva aquí, Carissa. Nat nunca invita a nadie a sus fiestas —dice Madelline mientras observa con detenimiento el cadáver.
—Alteza, esos comentarios pueden causar rumores—advierte la vocecita de nuevo.
—Ya cierren la maldita boca las dos o las dejaré peor que ella —amenazo, harta de sus bromas. Me han metido en problemas más de una vez. Mi reputación ya es lo suficientemente cuestionable—. Interrogué a su esposo hace un momento —comento a Luna, quien parecía estarse divirtiendo con la situación—. Quien sea que lo haya hecho es muy bueno ocultando sus huellas —menciono lanzando una mirada a mis sucias botas. Qué asco.
—No me extrañaría, en serio, que hayas sido tú —dice Madelline viendo de cerca el corte del cuello—. Limpio y profundo.
—Es ofensivo pensar que yo haría algo así —refuto viendo cómo Luna intenta no reír ante mi clara molestia—. Esto es simplemente obra de un aficionado. Yo la habría enterrado y nunca nadie lo descubriría.
—¿Qué hay de su familia? —pregunta el general mientras lee el informe.
—Su esposo está en arresto domiciliario hasta comprobar su inocencia. Según mencionó, llevan separados un tiempo —contesto recordando el interrogatorio de hace una hora.
—¿Algún amante? —pregunta también mientras eleva una ceja.
—No que se haya mencionado —digo—. Pero ninguna madre abandonaría a sus hijos y esposo solo porque sí —agrego insinuando la posible existencia de alguno.
—Podemos decir que...
—Los celos son un arma más poderosa que cualquier magia —murmura Luna, interrumpiendo a Carissa.
—Esto no tiene mucha lógica —escucho decir a Madelline, quien leía el reporte junto con Carissa.
Hace más de tres horas que un soldado había aparecido en mi puerta informando del asesinato. Mi padre había ordenado que me hiciese cargo, lo cual no me había dado tiempo ni de cambiarme la ropa de la noche anterior. En vestido y botas había viajado lo más rápido posible. La primera impresión siempre es fuerte, pero no era la brutalidad del caso lo que me tenía incómoda y consternada.
Luna inicia su propia evaluación del lugar hasta llegar a la pared detrás de mí. Asiento cuando me observa de reojo. Una punzada en la cabeza me dice que estoy en el límite del cansancio, pero aún faltaba trabajo por hacer.
—Si hay un amante, el esposo pudo orquestar todo esto —dice Luna, viéndose muy cansado.
—Desapareció hace unos diez días, como se reportó. Recuerdo que llegó a ver a los niños y se retiró a eso de las cuatro de la tarde. Solo llevaba su uniforme y una bolsa con pocas cosas para montar guardia. No hemos sabido nada de ella desde entonces... hasta ahora.
Habían sido las palabras de su marido. Interrogarlo era solo un procedimiento más de esta farsa.
—No fue él, estoy cien por ciento segura de eso —digo a los demás, y Luna frunce el entrecejo poniendo toda su atención en mí.
—¿Por qué lo crees? Hasta donde sé, tú dudas hasta de tu propia sombra —cuestiona Carissa.
—Piensen bien. Por más dolido que estuviera necesitaría recursos y magia avanzada para hacer eso —digo señalando los pies de Nereida. Dos enormes clavos traspasan cada pie y una cintilla de lo que parecía cuero rodea sus tobillos. El mármol que decoraba el techo abovedado se encontraba agrietado donde los clavos habían roto. También tendría que estar seguro de las rondas para evitar ser visto—. Al estar la torre en desuso, nunca se sabe cuándo se harán las inspecciones, ya que no siguen un horario específico. Por lo cual, solo si eres parte del escuadrón de turno estarás al tanto —continúo—. Además, Nereida era un soldado entrenado. Su esposo es un zapatero de profesión. ¿En serio creen que podría haber hecho esto? En todo caso no lo pudo hacer... solo —enfatizo mientras otro suspiro abandona mi cuerpo. Necesitaba un baño de agua helada para despertar.
Todos guardan silencio mientras el chico ccastaño toma nota de mis palabras. Nereida me miraba fijamente, ojos ahora vacíos y sin brillo, totalmente apagados. Llevo mi mirada a su cuello de nuevo. Limpio y profundo. Lo único limpio en ella, de hecho.
—No le habrá quedado tiempo de darse un baño.
—Este tipo de tortura solo lo he visto en nuestros interrogatorios —señala Luna con la mirada fija en la nariz rota de Nereida. En específico. El general suspira negando levemente con la cabeza.
—¿Estás segura de que no lo hizo él?— Observo el cadáver y centro mi atención en los latigazos que habían alcanzado su costado izquierdo, donde parecía verse el hueso expuesto de sus costillas.
No, no lo estaba.
—¿Es necesario desestimarlo?— No fue su marido, pero lo pregunto porque nadie es inocente hasta probar lo contrario. El general asiente una vez y regresa la vista a la pared detrás de mí por un momento.
El pequeño salón circular, que alguna vez había sido usado posiblemente para reuniones, tenía signos de pelea muy claros. Una mesa despedazada en la esquina, libros y cosas tiradas por todo el piso. Cuando sabes que vas a morir reaccionas de dos maneras: te resignas y esperas a que pase o das la última pelea.
Un agujero en la pared, al lado de la mancha, llama mi atención, como si algo punzante hubiese desgarrado el viejo papel tapiz. Rasco la herida de mi mejilla suavemente mientras veo a Luna repasar cada detalle.
—Bájenla —ordena Luna, y rápidamente dos soldados entran en la habitación con una escalera de dos bandas bastante alta—. Rufianes —susurra, y casi sonrío.
—Pobre mujer, debió pasarla horrible—se lamenta la voz en mi cabeza.
—La tortura es más cruel cuando sabes que quedarás vivo para volver a vivirla. Ella ya es libre—respondo casi con dolor.
Ajusto la chaqueta de cuero prestada, tratando de calentar mis manos heladas. Debería estar dormida y descansando para mi siguiente misión. Pero mi padre es casi tan obsesivo como mi madre con este tema de la familia real y de que debemos expresar empatía con el pueblo.
Observo atenta cómo los soldados rompen el hechizo que evita que Nereida caiga al piso y luego la sujetan de los pies para empezar a bajarla. Otros dos soldados la esperan abajo para colocarla en la camilla y sacarla del lugar. Siento un retorcijón en el estómago y me preparo para salir de la torre.
—¿Se imaginan que reviviera y nos matara a todos en venganza? —bromea Carissa. Estoy a punto de hacerla callar a golpes cuando un escalofriante grito llena el lugar, dándome un mortal susto a mí y a los guardias, que del sobresalto dejan caer de cabeza el cadáver, rompiendo su cuello y causándome una asquerosa sensación.
Todos en la sala se preparan para enfrentar lo que sea que haya llegado, pero no es Nereida resucitada ni algún asesino.
Mi rabia aumenta de golpe al ver a Vanessa y Eli en la puerta del salón, totalmente petrificadas, viendo ahora a una desnucada y doblemente asesinada Nereida. Dejo salir un improperio mientras limpio la sangre que me ha salpicado la cara y me dirijo hacia mis dos hermanas mellizas, que parecen querer vomitar o desmayarse.
—¿Qué demonios hacen aquí? —cuestiono, tomándolas del brazo y alejándolas del lugar—. No deberían haber venido.