Capítulo 1
El sol estaba alto cuando él volvió a cruzarse en su camino. No fue casualidad.
Ya había intentado abordarla antes, ya había escuchado los rumores en el pueblo. De hecho, acababa de discutir con el tendero, hasta que lo obligó a aceptar su dinero. Dinero que no le recibía, debido a que alguien ya lo había pagado por ella.
Marie cargaba el saco de harina sobre el hombro cuando él se adelantó y se lo quitó sin pedir permiso.
—No necesito ayuda —dijo ella, seca.
—No pregunté.
Él no era un hombre de palabras suaves. Era grande, fuerte, acostumbrado a que el mundo cediera ante su peso. El famoso Arthur Colt, hacendado del pueblo. Un hombre maduro en sus 40, acostumbrado a que nadie le negara nada.
Pero ella no retrocedió. Se colocó frente a él, más pequeña, sí... pero firme como cerca de hierro.
—Devuélvamelo.
Él la miró. Había fuego en sus ojos, nada de miedo. Eso lo detuvo. La mayoría bajaba la mirada. Se acomodaba. Agradecía. Negociaba.
Ella no. En un instante recuperó su saco de harina. Él sonrió incrédulo.
—¿Siempre le habla así a la gente? —preguntó él, ahora con una mirada dura.
—Solo cuando alguien confunde fuerza con derecho.
El ambiente entre ellos cambió; él dejó de verla solo como la bella y delicada mujer por la que se sentía atraído. En ese momento se convirtió en un desafío, uno que le gustaba, que le excitaba.
Él dio un paso más cerca. No la tocó. Pero intentó intimidarla con su porte y tamaño.
—Una mujer sola debería saber escoger sus batallas.
—Y un hombre grande debería aprender que no puede nada más tomar todo lo que se le antoje.
Colt sintió la frase como un latigazo a su orgullo, a su virilidad. Pero por una razón eso lo emocionó. Esa mujer no era ternura y delicadeza; era fuerza, era fuego. Y el fuego no se posee. Se domina... o se quema uno.
—No estoy acostumbrado a que me digan que no.
—Pues acostúmbrese.
Ella pasó a su lado dando un empujón. Él se quedó inmóvil viéndola partir. Sonrió para sus adentros; le gustaba más ahora.
Por primera vez en mucho tiempo sintió que tendría que esforzarse para ganar algo. Y en ese momento se dijo a sí mismo que doblegaría a esa yegua salvaje.
Al siguiente día el atardecer caía lento sobre el rancho, cuando a lo lejos, Marie reconoció una figura que se acercaba. Dejó el balde junto al pozo; no esperaba visitas.
El sonido de un caballo aproximándose levantó polvo en el camino estrecho que llevaba a la casa. Su hijo salió a la puerta, curioso.
—Métete —ordenó ella en voz baja.
Aparentó serenidad y compostura, pero al ver de quién se trataba, comenzó a sentir miedo.
Él desmontó con la calma de quien sabe que no será rechazado. Amarró las riendas en la cerca sin pedir permiso. Su actitud arrogante le molestaba; el señor Arthur Colt siempre con la expresión de que podía hacer lo que quisiera.
—No es correcto venir sin avisar —dijo ella, permaneciendo a varios pasos de distancia.
Él recorrió con la mirada la casa pequeña, la madera gastada, el techo que necesitaba arreglo.
—Menos prudente es vivir así —dijo él, sin siquiera voltear a verla.
Ella siguió viéndolo directamente. Sin bajar la vista. Pero mientras lo hacía, sus dedos buscaron algo detrás de ella. Encontraron el mango de la horquilla apoyada contra la pared. Por el momento solo la mantuvo sujeta, apretándola como si no quisiera soltarla jamás.
—¿Qué quiere? —preguntó ella.
—Lo mismo que en el pueblo —respondió él, ahora sí, mirándola directamente—. Usted y los niños estarían mejor si aceptara mis propuestas.
Ella sintió un nudo en el estómago. Las mismas palabras de siempre, pero ahora en la puerta de su casa, alejada del pueblo y sin nadie a kilómetros. En este momento las palabras le sonaron distinto, y por primera vez sintió miedo real.
El viento movió la falda de su vestido. Él comenzó a acercarse. Ella alzó la horquilla. A pesar del temor, no tembló y sostuvo la herramienta firme.
—No dé otro paso.
Él miró la horquilla gastada. Después la miró a ella. Algo en los ojos de aquella mujer lo hizo vacilar y detenerse. ¿Determinación? Si, eso era.
—Su marido no va a volver —dijo con crudeza—. Todo mundo lo sabe.
Ahora no sintió un nudo en el estómago; sintió cómo su cara se encendía.
—Primeramente, venga o no mi marido, a usted eso no le importa, es cosa mía. Y no le da derecho a venir a mi casa a decidir por mí.
Él ladeó la cabeza, casi divertido.
—No estoy decidiendo, dulzura. Te estoy ofreciendo.
—¡Yo a usted no le he pedido nada!
Un momento de silencio tensó completamente el ambiente. Por un segundo, el aire pareció más pesado. Ella sabía que estaba sola. Sabía que si él quisiera imponerse, nadie la escucharía. Sabía lo vulnerable que era. Pero el amor a sus hijos la hizo mantener la compostura y no bajar la herramienta.
Él exhaló una risa breve, ladeando la cabeza como cuando alguien no cree lo que ve.
—Mira, mujer, obviamente tú y tu horquilla no son una amenaza para mí —dijo con tono burlón—. Pero si algo reconozco es lo valiente que eres.
Se acercó al caballo, desató un saco pequeño y lo dejó caer a unos pasos de ella. Harina. Frijol. Algo de carne salada.
—No es caridad —añadió—. Es inversión.
Ella apretó más fuerte el mango de la horquilla.
—Ya le dije que no quiero nada, lléveselo.
—No. Lo va a necesitar. Y Arthur Colt siempre cuida lo que es suyo.
Montó de nuevo con la misma calma con la que llegó. Antes de girar el caballo, la miró una última vez.
—Hágase ya a la idea, mujer, que me está impacientando.
Se marchó levantando polvo. Ella no bajó la herramienta hasta que el sonido del caballo desapareció por completo. Entonces miró el saco.
Finalmente, soltó la tensión de su cuerpo, mientras un par de lágrimas caían por sus mejillas.