Prologo
Dicen que la libertad es un derecho de nacimiento pero en mi mundo la libertad es una moneda de cambio que nunca tuve en mi bolsillo. Mi vida no me pertenece porque ha sido un guión escrito con tinta de sangre y sellado con el apellido Russo mucho antes de que yo aprendiera a pronunciarlo.
Desde que tengo memoria mi existencia ha sido un proyecto de perfección absoluta. Mientras otras niñas jugaban yo aprendía el arte de la diplomacia silenciosa y la etiqueta de hierro. Mi madre me enseñó a caminar como si el suelo fuera un privilegio y mi padre -el hombre cuya sola mención hace temblar las calles- se encargó de recordarme que mi único propósito era ser el puente hacia una alianza inquebrantable. Fui comprometida con el hijo menor de la familia Romanov cuando apenas era una niña y desde entonces me han estado enseñando cómo ser una buena esposa para un hombre al que nunca he visto.
-Algún día entenderás que el sacrificio es necesario para el apellido, Hazel -solía decirme mi padre con una frialdad que me calaba los huesos.
Durante años fui el secreto mejor guardado de los Russo. Mi familia siempre ha organizado fiestas opulentas y reuniones donde el poder se reparte entre copas de cristal pero las puertas siempre estuvieron cerradas para mí. Decían que era demasiado joven para estar allí entre gente de la mafia, aunque en realidad solo estaban esperando a que el diamante estuviera listo para ser entregado.
Hoy el aislamiento termina. Me miro en el espejo y observo mi cabello negro azabache cayendo sobre la palidez de mi piel mientras mis ojos oscuros reflejan una inquietud que no puedo confesar. Sé que esta es la primera vez que se me permite bajar a una de esas reuniones y aunque trato de mantener la calma, presiento que mi presentación ante el clan no es solo una cortesía. Mi destino al lado de ese Romanov desconocido está cada vez más cerca y el aire de la casa se siente más pesado que nunca.