Capítulo 1
JUEGO DE NIÑOS
El oficial de policía bajó de su patrulla luego de llegar tan rápido como pudo al lugar del suceso. Recorrió el perímetro con su mirada, observó gente atemorizada que se asomaba con precaución desde las ventanas de sus respectivas viviendas y una decena de patrullas cuyos agentes apuntaban sus armas en dirección a la puerta abierta de la casa donde se habían escuchado gritos y múltiples disparos.
Desenfundó su arma de dotación, se aproximó lentamente a la entrada desde donde quiso obtener una mejor perspectiva de lo que había adentro del lugar.
Se percató de la presencia de un niño, a lo sumo de nueve o diez años, sentado en un sillón manipulaba con destreza los botones de una consola mientras su mirada estaba fija en la pantalla de un televisor.
Ingresó con suma precaución, sorteó los ángulos de las paredes tal como se lo habían enseñado en sus exigentes entrenamientos, se acercó un poco más al pequeño que parecía no haberse percatado de la presencia de un extraño.
Tres cuerpos, aparentemente sin vida, yacían cerca del menor, un charco de sangre fresca inundaba buena parte del piso.
A poca distancia del niño, una pistola yacía sobre la mesa de centro, al lado de un florero venido abajo cuya agua aun goteaba mezclándose con la sangre de los desdichados y cuyas rosas frescas parecían haber caído como víctimas adicionales de una faena de horror desmedido.
— ¿Estás bien? —Preguntó el oficial.
— Mejor que nunca. —Respondió el niño sin dar tregua a su consola y sin parpadear ni una sola vez.
— ¿Hay alguien más en casa? —
— No. —
El oficial tocó los tres cuerpos, un hombre y dos mujeres, no encontró signos vitales. Se aproximó de nuevo al niño que, salpicado de sangre, no paraba de jugar.
— ¿Podrías decirme qué pasó aquí? —Preguntó.
— Me interrumpieron en la mejor parte del juego. —
— ¿Tú les disparaste? —
— Si. —Respondió sereno.
— ¿Sabes que lo que hiciste es demasiado grave?
El niño guardó silencio.
— Te hice una pregunta. —Insistió el oficial.
— He llegado nuevamente a la mejor parte del juego. ¿De verdad desea seguir interrumpiendo? —
Galiel Enoc