Ojos en la oscuridad
Dalma seguía siendo normal, pero había algo distinto en ella, Magali no lo notó al principio. Durante el día, todo parecía normal: la misma perrita juguetona, curiosa y cariñosa de siempre. Corría por la casa, buscaba comida, la miraba con esos ojos brillantes que parecían entenderlo todo.
Pero las noches… eran otra cosa.
Todo comenzó con pequeños detalles. Dalma ya no dormía como antes. En lugar de acomodarse tranquila, se quedaba despierta, sentada, mirando hacia la oscuridad del pasillo. No ladraba. No se movía. Solo miraba.
Fijo.
Como si hubiera algo ahí.
Magali pensó que era imaginación. Tal vez un ruido, una sombra, algo normal. Pero una noche decidió observarla sin hacer ruido. Desde su cama, apenas levantando la cabeza, la vio.
Dalma estaba en la puerta.
Pero no mirando hacia adentro.
Miraba hacia el fondo de la casa.
Y no parpadeaba.
Pasaron varios segundos. Tal vez minutos. El silencio era total, pero había una sensación extraña, como si el aire estuviera más pesado.
Entonces, sin previo aviso, Dalma inclinó la cabeza lentamente… como si estuviera escuchando algo.
Algo que Magali no podía oír.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—Dalma… —susurró.
La perrita no reaccionó.
No se movió.
No giró.
Nada.
Y entonces pasó algo que hizo que todo dejara de parecer normal.
Muy despacio… demasiado despacio… Dalma giró la cabeza.
Pero no hacia Magali.
Sino hacia la pared.
Y empezó a gruñir.
No era un gruñido común.
Era bajo. Profundo. Distinto.
Como si viniera de otro lugar.
Magali se quedó inmóvil.
Porque en ese momento entendió algo que no quería aceptar:
Dalma no estaba reaccionando a algo.
Estaba respondiendo.
A algo que ya estaba ahí.
Y que Magalí, no podía ver... 👀