Capítulo 1
Arlen abrió los ojos antes de que sonara la alarma.
No se sentía descansado, pero tampoco cansado. Era una sensación intermedia, como si el cuerpo hubiera dormido y la mente no. La grieta del techo seguía ahí, trazando el mismo camino que había memorizado hace meses. Contó cinco segundos. Diez. El despertador no sonó.
Lo apagó antes de que pudiera hacerlo.
Se quedó sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas. Afuera, el mundo ya había empezado sin él. Pasos en el piso de abajo. El ruido del agua. Una puerta cerrándose.
Su celular vibró.
Yui: No llegues tarde hoy.
Arlen miró la pantalla sin responder.
Se vistió en piloto automático y bajó.
En la cocina, su madre terminaba de servir el desayuno. Su padre tenía el celular en una mano y el café en la otra, con esa expresión de alguien que ya estaba trabajando mentalmente. Su hermana menor garabateaba algo en un cuaderno, concentrada en un mundo que solo ella veía.
—Buenos días —dijo ella, sin levantar la vista.
—Buen día.
El silencio se instaló, un silencio cómodo y familiar.
Arlen se sentó sin pensar demasiado.
—Apurate que vas a llegar tarde —dijo su madre, dejando un plato frente a él.
—¿Vas a pasar por lo de Yui?
—No, ella ya se fue. Tenía que ir temprano.
Su padre levantó la vista del celular.
—¿Estás estudiando? Ya es época de exámenes.
—Algo —dijo Arlen, sin despegar la vista del plato.
Su padre lo miró un segundo más de lo necesario, como evaluando si valía la pena seguir. Decidió que no.
—Mmm.
Volvió al celular.
Su hermana sonrió sin decir nada.
El desayuno terminó como siempre. Cada uno siguió con lo suyo. Arlen recogió su mochila, se la colgó de un hombro y salió.
El aire de la mañana era fresco, casi frío. Caminó por la calle de siempre, dejando que el ruido de la ciudad lo envolviera. Gente apurada. Autos. Conversaciones que no le pertenecían.
El celular vibró otra vez.
Yui: Arlen.
Yui: En serio.
Arlen exhaló y escribió:
Arlen: Ya salí.
Guardó el celular y siguió caminando.
La escuela fue lo de siempre.
Clases que se sucedían una tras otra. Profesores hablando de cosas que entraban y salían de su cabeza sin quedarse del todo. En algún momento lo llamaron la atención por estar distraído, pero Arlen apenas lo registró.
—¿En qué pensás tanto? —le preguntó Kenji cuando sonó el timbre, apoyándose en el respaldo de la silla.
Arlen lo miró.
—No lo sé.
Kenji rió.
—Algún día vas a tener que descubrirlo.
Salieron juntos del edificio. Daichi se sumó a mitad de camino. Hablaron de cosas pequeñas. Un videojuego. Una serie. Nada que importara realmente. Nada que tuviera peso.
En la esquina de siempre, se separaron.
Arlen siguió solo.
Dobló la esquina y la vio.
Yui estaba apoyada contra la pared de su casa, con los brazos cruzados y esa expresión que usaba cuando esperaba demasiado tiempo.
—Llegás tarde —dijo, apenas lo vio.
—Cinco minutos.
—Cinco minutos son tarde
Yui no sonrió, pero algo en su mirada se suavizó. Tenía el cabello recogido de manera descuidada, la mochila colgando de un hombro. Llevaba el mismo suéter que usaba desde hace dos inviernos.
Nada en ella parecía especial a simple vista.
Pero para Arlen, lo era.
—¿Cómo estuvo la escuela? —preguntó ella mientras empezaban a caminar.
—Igual que siempre.
—Eso no dice mucho.
—Nunca lo hace.
Caminaron en silencio un rato. No era un silencio incómodo o al menos con ella no lo parecía.
—Mis padres no están otra vez —dijo Yui de repente, como si fuera un dato más del clima—. Paso por tu casa más tarde.
No era una pregunta.
Arlen asintió.
—Está bien.
—No te quedes dormido.
—No lo hago a propósito.
Esta vez, Yui sí sonrió.
—Siempre dices lo mismo.
Se despidieron en la esquina. Un gesto simple. Familiar.
Cada uno siguió su camino.
La tarde se deslizó sin sobresaltos.
Arlen volvió a casa, ayudó con algunas cosas, se encerró en su habitación cuando ya no había nada más que hacer. Se recostó en la cama y miró el techo.
La grieta seguía ahí.
Pensó en el examen que no había estudiado.
Pensó en Yui esperándolo contra la pared.
Pensó en que mañana sería igual que hoy.
Y no supo si eso lo reconfortaba o lo inquietaba.
El timbre sonó más tarde de lo que esperaba.
Su madre abrió la puerta antes de que él pudiera moverse.
—¡Yui! Pasa, pasa.
La voz de su madre llenó la casa. Risas. Pasos. El ruido de alguien que pertenecía tanto a ese lugar como él mismo.
Arlen bajó.
Yui ya estaba en la cocina, hablando con su hermana sobre algo que había escrito. Su madre las miraba con esa expresión cálida que reservaba para muy pocas cosas.
—Otra vez Yui viene a cenar —comentó su madre, mientras servía los platos—. Algún día van a tener que explicarme si son solo amigos o algo más.
—Mamá… —dijo su hermana, conteniendo la risa.
Arlen no dijo nada.
Yui tampoco.
La cena fue tranquila. Conversaciones simples. Risas sueltas. Una normalidad que se sentía tan frágil como necesaria.
Después se quedaron un rato en el living. Yui sentada en el suelo, con las piernas cruzadas. Arlen apoyado en el sillón, medio recostado.
—El viernes podríamos ir a ese lugar nuevo —dijo ella, jugando con el dobladillo de su suéter—. Después de clases.
—Sí.
—¿Sí así porque sí, o sí de verdad?
Arlen la miró.
—Sí de verdad.
Yui lo estudió un segundo, como si buscara algo en su expresión.
—Entonces queda hecho.
No era un plan grande.
Pero para ambos, significaba algo.
Cuando Yui se fue, la casa volvió al silencio.
Arlen subió a su habitación, se cambió y se dejó caer en la cama. Miró el celular una última vez.
Yui: No te olvides del viernes.
Respondió casi sin pensar.
Arlen: No me olvido.
Dejó el teléfono a un lado.
La casa se fue apagando poco a poco. Pasos lejanos. El sonido de una puerta cerrándose. El silencio cómodo de siempre.
Arlen cerró los ojos.
Pensó que mañana sería igual. Y que eso estaba bien.
El sueño empezó a alcanzarlo despacio, como siempre.
Pero entonces algo cambió.
No fue un sonido.
No fue un golpe.
Fue una sensación.
Como si el aire de la habitación se hubiera vuelto más denso. Más pesado. Arlen intentó abrir los ojos, pero los párpados no le respondieron. Intentó moverse, pero el cuerpo no era suyo.
Un frío se extendió por su piel.
No el frío del invierno.
Otra cosa.
Algo que no tenía temperatura, pero que lo atravesaba igual.
Quiso gritar.
No pudo.
Una luz apareció detrás de sus párpados cerrados. Brillante. Cegadora. Imposible de ignorar.
El peso de la cama desapareció.
La gravedad dejó de tener sentido.
—Yui… —murmuró, sin saber por qué.
El nombre salió de su boca como un reflejo. Como lo último que podía aferrarse antes de que todo se desmoronara.
El mundo se apagó.
Y cuando volvió a abrir los ojos, ya no estaba en su habitación.
El techo era diferente.
El aire era diferente.
Todo era diferente.
Sin aviso.
Sin despedida.
Sin volver atrás.