Mis Mejores Amigas: Sus Historias

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Summary

Fania no buscaba aventuras esa noche. Solo contestó un mensaje a medianoche, aceptó doscientos dolares y se hizo pasar por prima de alguien que casi ni conocía. Lo que encontró en el décimo piso de ese hotel no lo esperaba. Tampoco esperaba encontrarse a sí misma en una pantalla de 70 pulgadas y pensar: "no me vería mal."

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Fania

La vibración del celular la despertó, el sueño era pesado, se acomodó su larga camiseta que hacía las veces de bata de dormir, y se volvió a acomodar.

Dos o tres veces más se repitió, una mezcla de curiosidad y desgano la hizo tomar el aparato. Mensajes de Messenger, nada raro, tenía imán con los hombres, siempre había sido así, pero por alguna razón, ahí estaba sola, mejor no pensar en eso.

Ver su lista de mensajes solicitados era a veces encontrarse con fotos no solicitadas, idiotas que creen que basta con un pene duro para excitar a una mujer. O el típico mensaje lleno de errores ortográficos buscando halagar.

—¿Quién será? —Se preguntó mientras movía los mensajes.

Era un mensaje de un amigo —Roco— “¿Eit, qué haces?” Ella sonrió, él, no era guapo, no era atlético, no era, no era todo lo que le gustaba de un hombre. Pero, aun así, tenía algo que le gustaba.

Dudó en responder, se hizo por acomodar la cobija, cuando apareció un nuevo mensaje.

“Tengo algo que contarte, igual te lo platico otro día, perdón que recurra a ti”

“Déjame dormir” pensó en responder. Prefirió mejor no responder.

El celular vibró de nuevo… otro mensaje, nuevamente él.

“Me siento muy mal, no sé qué voy a hacer”

¿Sería cierto? ¿Sería algo grave? ¿Alguna tontería? ¿Y si realmente estuviera mal y por falta de encontrar en quién desahogarse hiciera alguna estupidez?

Todas esas preguntas la hicieron responder.

“Hola, ¿qué pasa?”

“Hola amiga, perdón la hora, hice algo por lo que me siento mal”

“Dime”

Él no era su mejor amigo, ni siquiera se frecuentaban, pasaban meses, o quizá hasta más antes de que intercambiaran algún mensaje de WhatsApp o Messenger, pero ahí estaban.

“Quedé de verme con una mujer, a mi esposa le dije que estoy fuera de la ciudad, me siento muy mal, ando tomado, ¿Crees que le fallé?”

“¿Te metiste con ella? Con la mujer”

“No, pero… ando que me quemo por ir a meterme con ella, me siento mal con mi esposa, pero…”

“¿Y? ¿Por qué no lo haces?”

“Ella es casada, y su marido va a salir de noche, en una hora se va de viaje él”

¿De noche? Se preguntó ella, ¿pues qué hora es? Se dio cuenta, iba a ser recién la medianoche, hubiera jurado que era entrada la madrugada.

Seguía sin tener sentido que la buscaran.

“Entonces no has hecho nada. Si no quieres hacerlo. No lo hagas.”

Durante unos segundos aparecía la notificación de que estaban escribiendo al otro lado del mensaje.

“Es que… no quiero hacerlo, o más bien… no sé… no quiero quedarle mal… le dije que me había salido un imprevisto, que tuve que pasar por una prima, que ahorita ella andaba conmigo… y cree que estoy mintiéndole. Te he de parecer loco, si me quiero acostar con ella, pero no ahorita, no me siento listo aún.”

“Pues díselo”

“No, porque no la conoces, va a olvidarse de mí”

Unos instantes después un nuevo mensaje de él parpadeó.

“¿Te puedo pedir un enormísimo favor?”

Ahí viene el asunto, pensó ella.

“¿Puedes acompañarme a verla?, le diremos que eres mi prima”

“¿A su casa? ¡ni loca!”

“No, quedamos de vernos en su negocio, ella tiene un hotel, entramos cenamos o nos tomamos unas copas con ella, y ahí me dices que te urge que te lleve, y tomamos de pretexto… te puedo pagar…”

¿Pagar? Ni que fuera una escort, pensó ella.

“Te puedo dar cinco mil pesos, solo porque me acompañes, lo tenía separado para unas cosas que le iba a regalar a ella”

¿Cinco mil pesos? La cifra no estaba del todo mal, ni del todo bien. Pero, “qué más da” pensó.

— Hola Fania, qué gusto verte. — el hombre la saludó de beso. Vestía jeans y polo. Ella se había vestido casi igual.

— Ándale, vamos — rió ella.

Llegaron al lugar, era un hotel decente. Restaurant abierto hasta entrada la madrugada. Bar. Habitaciones. Lo normal.

Los esperaba una mujer de tez aperlada, alta, el escote amenazaba con ser desbordado por sus pechos. Muslos trabajados, y trasero rabiosamente atractivo.

Pinche vieja, si fuera hombre hasta yo me la cogería. Fania pensó sonriente.

— Hola Hilda, te presento a mi prima Fania.

— Hola Fania, mucho gusto… Hilda Cuevas — la mujer le tendió la mano. —¿Los invitamos a cenar?

— Muchas gracias, yo ya cené — respondió Fania.

— Bueno, les invito una copa, en la terraza, en el último piso.

— ¿Tienen restaurant en el último piso? — preguntó curioso Roco.

— Ah no, es privado, solo para nosotros, mi marido y yo.

En seguida Hilda tomó del brazo a Fania. —Sirve que le muestro a tu prima una vista de nuestra ciudad.

¿Nuestra ciudad? Se preguntó Fania, en seguida Roco le dijo al oído “le dije que eres de otro estado”. El asunto se aclaraba.

El lugar estaba en el décimo piso. Solo, y con el calor de julio se prestaba para que la brisa refrescara en algo.

Había un sofá, y una mesita redonda para seis personas. Un minibar, TV.

Roco se sentó al sofá. Hilda les ofreció unas bebidas.

—¿Te ha platicado Roco cómo nos conocimos?

— Voy llegando a la ciudad, no hemos platicado mucho.

— Tu primo es un hombre muy lanzado.

Recién en ese momento Fania lo notó, Hilda llevaba no unas copas, quizá toda la botella encima. Optó por sonreír.

—Sí, es valiente.

—¿Valiente? Amiga, tu primo es un miedoso. Me mandó fotos de su paquete, y ahora no me lo quiere prestar —Hilda se rió burlonamente. Roco se sintió incómodo, pero evitó el tema.

—¿Sí le has visto el paquete a tu primo?

—Noooo, es mi primo… entre primos no se hace eso. —Fania respondió risueña.

—Uyyy, si te contara, yo al primero que me cogí fue a un primo… bueno, no sé si era primo, pero igual me lo cogí —Hilda dio un trago a su bebida, luego se dio cuenta de que no había entregado las que había ofrecido.

Se sirvió un poco más y se sentó en el sofá. Roco se hizo a una esquina; ella lo siguió.

—¿Qué te parezco como para novia de tu primo?

—Estoy casado —rió él.

—Yo también, ¿qué tiene de malo, verdad, prima? —Hilda se refirió a Fania, luego agregó— ¿A poco no se te antojan estas? ¿Las tengo buenas o las tengo pinches? Dime la neta, prima.

Fania se ruborizó.

—¿Que si se me antojan a mí?

—A tu primo, prima, a tu primo le pregunto. Pero bueno, tú, prima, ¿las tengo pinches, las tengo feas?

—No, las tienes lindas… luces muy bien tu cuerpo.

—Ya ves, cabrón —Hilda, riendo, volteó a ver a Roco—, ¿qué más quieres? ¿Cojemos o qué? Jajaja, no me hagan caso, ando peda.

Fania sintió el calor subirle otra vez, esta vez no solo al cuello, sino directo al vientre. El whisky ya le había soltado un poco los nervios, y la forma en que Hilda hablaba —sin filtro, cruda, con esa risa ronca que parecía vibrar en el aire— la tenía atrapada entre la vergüenza y una curiosidad que no esperaba sentir tan fuerte. Miró de reojo a Roco: él seguía en su esquina del sofá, con la copa apretada en la mano, la mandíbula tensa, pero sus ojos no se apartaban del escote de Hilda. Traicionero.

—No seas tímida, prima — Hilda dio un par de palmadas al sofá invitando a Fania a sentarse a un lado de ella—. Dime la neta. ¿Te gustan? Porque si a ti te gustan… pues imagínate lo que le pueden gustar a él.

Fania tragó saliva. La mano de Hilda no se movía, pero el pulgar trazaba círculos lentos, casi imperceptibles, sobre la tela del escote. El roce era eléctrico.

—Están… muy bien, pero lo siento, no soy lesbi —logró decir Fania, con la voz un poco más ronca de lo que pretendía—. Tienes un cuerpo que… que llama la atención.

Hilda soltó una carcajada corta y triunfal, echando la cabeza hacia atrás.

—Yo tampoco soy lesbi. Pero una reconoce. Por ejemplo tú. Eres muy bonita, y tienes unas pinches tetotas de campeonato. —Hilda dio unos saltitos con el trasero en el sofá, el movimiento hizo que sus pechos se elevaran y bajaran de forma hipnótica.

—¿Ves, Roco? Tu prima es sincera. Tú en cambio sigues ahí sentado como estatua. ¿Qué pasa, eh? ¿Te da miedo que te vea la prima mientras me las quitas?

Roco carraspeó, intentando sonar casual, pero le salió forzado.

—No es miedo… es que… no sé, Hilda. La situación está rara.

Hilda se acercó más a Roco y colocó su mano izquierda en su entrepierna. Fania abrió los ojos. Roco los abrió aún más.

— Ay Roco… hasta que se me hizo tocarte la verga.

Roco se quedó congelado un instante, el cuerpo rígido como si le hubieran dado corriente. La mano de Hilda descansaba ahí, firme, presionando, descubriendo el bulto bajo los jeans.

Fania vio cómo los dedos de Hilda se movían apenas, un roce deliberado que hizo que Roco soltara un suspiro entrecortado, casi inaudible. Sus ojos se cerraron un segundo, traicionándolo del todo.

—Así está mejor —murmuró Hilda con voz baja, satisfecha, sin quitar la mirada de la cara de Roco—. Mira nada más… ya se te paró, cabrón. Y ni siquiera te la he besado todavía.

Fania no podía apartar la vista. El pulso le latía fuerte en las sienes, en las muñecas, entre las piernas. El whisky le había nublado los bordes del juicio, pero no lo suficiente como para ignorar la escena: Hilda se inclinó sobre Roco, su escote casi rozando el pecho de él, la mano moviéndose ahora en círculos lentos, exploradores, mientras Roco respiraba más rápido, los nudillos blancos de tanto apretar la copa que aún tenía en la otra mano.

Hilda giró la cabeza hacia Fania sin soltar a Roco, con una sonrisa pícara que prometía problemas.

—¿Cómo ves, prima? ¿Verdad que hacemos bonita pareja? Tómanos una foto.

—No, no, no —dijo Roco.

—Bueno, permíteme —Hilda se puso de pie, pasó junto a Fania; el aroma a perfume caro irradió.

Encendió la enorme TV de 70′, conectó su celular a la TV.

—Mira, prima, no está grabando, solo transmite a la TV. ¿Nos enfocas como si fuera una foto?

—Fania… —la voz de Roco sonó angustiada. Hilda se sentó de nuevo a su lado.

—Anda, prima, enfócanos.

Fania enfocó con la cámara del celular; en la TV podía ver todo. La mano izquierda de Hilda apretaba el bulto.

—Se mira lindo, ¿verdad, prima?

—Sí —respondió ahogadamente Fania.

Hilda soltó una risa baja, satisfecha, mientras mantenía la mano firme sobre el bulto de Roco, apretando un poco más para sentir cómo palpitaba bajo la tela. En la pantalla gigante, la imagen se veía casi cinematográfica: el escote profundo de Hilda subiendo y bajando con cada respiración acelerada, la expresión de Roco entre el placer y la culpa, los ojos entrecerrados, la boca entreabierta. Fania sostenía el celular con manos que temblaban ligeramente, el encuadre perfecto capturando todo sin piedad.

—Qué rico se ve, ¿no? —susurró Hilda, sin apartar la vista de la pantalla—. Tu primo… mira su verga, prima. Míralo… todo duro por mí. Y tú aquí, grabando como si fueras la directora de la película.

Fania sintió un calor líquido extenderse por su vientre, bajando hasta humedecerla entre las piernas. No era solo la escena; era la forma en que Hilda la incluía, la hacía parte sin tocarla aún. Bajó el celular un poco, pero no dejó de mirar la TV. La imagen amplificada hacía que todo pareciera más real, más crudo: los dedos de Hilda delineando la forma gruesa de la verga de Roco a través de la tela, subiendo y bajando despacio, provocándolo.

Roco soltó un gemido bajo, casi un gruñido, y su mano izquierda subió instintivamente al muslo de Hilda, deslizándose bajo el vestido hasta encontrar la piel caliente y suave. Hilda separó un poco las piernas, invitándolo sin palabras, y él no se resistió: sus dedos se colaron más arriba, no había nada bajo.

—Así, cabrón… tócame —murmuró Hilda, la voz ronca—. Mámame las tetas.

Con la mano libre, Hilda empezó a desabrochar el botón del jean de Roco. El sonido del zipper bajando resonó en el silencio de la terraza, amplificado por los altavoces de la TV. Roco levantó las caderas un poco para ayudarla, y en segundos, Hilda liberó su verga: gruesa, venosa, completamente dura. La tomó con firmeza, moviendo la mano de arriba abajo una, dos veces, lento, torturador.

Fania no podía creer que estuviera viendo esto —y peor aún, que le estuviera gustando tanto.

Hilda miró a Fania directamente a los ojos, sin dejar de masturbar a Roco con movimientos precisos.

—¿Quieres ver más, prima?

No terminó la frase. Hilda se inclinó y, sin aviso, tomó la punta de la verga de Roco en su boca, solo la cabeza, succionando suave pero firme. Roco echó la cabeza hacia atrás con un gemido largo, las manos apretando el sofá.

Hilda se apartó de golpe, dejando la verga de Roco brillando de saliva y temblando en el aire. Se puso de pie con una gracia felina, el vestido negro pegado al cuerpo por el sudor y el calor de la noche. Sin decir una palabra, se llevó las manos a los tirantes delgados y los deslizó por los hombros. El vestido cayó como una cascada oscura al piso, revelando que no llevaba nada debajo: pechos pesados y firmes, pezones oscuros ya endurecidos, cintura estrecha que se abría en caderas anchas, el pubis depilado dejando ver los labios hinchados y húmedos que brillaban bajo la luz tenue de los farolillos.

Roco la miró con la boca entreabierta, la verga latiendo contra su abdomen. Hilda sonrió, esa sonrisa de quien sabe exactamente lo que quiere, y se acercó de nuevo. Puso una rodilla en el sofá a un lado de Roco, luego la otra, trepándose encima de él a horcajadas. Sus muslos se abrieron sobre las caderas de Roco, la verga erecta rozando justo entre sus pliegues calientes y mojados, sin entrar aún, solo deslizándose arriba y abajo en un roce torturador.

—Prima… —dijo Hilda sin girarse del todo, la voz ronca y mandona—. Acerca el celular otra vez. Nos vemos lindos. Quiero ver cómo me lo meto todo… cómo me lo cojo hasta sacarle toda la leche.

Fania dio unos pasos; los muslos le temblaban.

—Mira, prima —Hilda señaló a lo lejos—. Esos de allá son una pareja, me encanta que me vean coger.

—Qué rico —murmuró Fania.

—Prima… ¿Te gusta la verga?

—Me encanta —respondió Fania, y algo en su voz sonó distinto, más seguro.

— A ver, muéstrale tus tetas a tu primo y a mí. — la voz de Hilda sonó ronca y mandona.

Fania se abrió la blusa, se bajó el bra, sus pechos, hermosos con los pezones ansiosos de ser devorados, saltaron ante la cámara del celular.

— Míratelas, en la pantalla. Las tienes hermosas. Imagínatelas con una verga entre ellas.

Fania se detuvo unos momentos, su mirada ocupada mirándose. Sabía que la pareja los veía a la distancia. No le importó.

— No me vería mal — respondió temblorosamente. — Me encanta la idea.

Fania se acercó y con el índice se detuvo a un milímetro del inflamado pezón de Hilda.