PRÓLOGO- LA CIUDAD DEL TIGRE.
Prólogo: La ciudad del Tigre
10 años antes de la guerra.
10 años antes de la caída.
Una década antes de que la nación entrase en guerra con el país vecino, las cosas eran más tranquilas para algunos sectores de la ciudad. Aunque eso iba a cambiar muy pronto.
— M.
La emisión del partido fue cortada de forma abrupta aquella noche. La gente del bar soltó una queja grupal que se fue apaciguando poco a poco cuando un aviso de color rojo apareció en la televisión. «ATENCIÓN», decía aquel mensaje.
Después, la pantalla mostró a una mujer delgada vestida como una secretaria. Tenía una mirada tan confundida como la de los ciudadanos del bar. Estaba sentada detrás de una mesa con el logo del noticiero nacional y, segundos después, una mano apareció para entregarle unos papeles con lo que debía decir.
—Atención, ciudadanos. Estamos transmitiendo inmediatamente desde la capital de nuestro hermoso país: Tora, la ciudad del Tigre —guardó silencio tras la presentación. Leyó primero en su mente, alzando su ceja izquierda de forma fugaz—. Este comunicado urgente es para informar de un gran agravio hacia las leyes impuestas en nuestra sociedad: el tren que transportaba el oro negociado con el país vecino para cerrar el mayor acuerdo comercial de alto nivel hasta la fecha ha sido… robado. Los atacantes usaron armas de gran calibre. Se tienen sospechas de que eran mercenarios experimentados, ya que acabaron con las fuerzas de la ley mejor entrenadas que tiene el país.
El temblor de la mujer se hacía notar conforme iba leyendo el guion que le habían dado.
—¡Mi madre! —soltó la camarera del bar cuando en la pantalla se mostraron las cantidades del oro robado.
—¡La élite robando otra vez al pueblo! —dijo un hombre gordo desde una de las mesas para después darle un trago a su cerveza, manchándose su cuidada barba en el proceso.
—¿Bromeas? Está claro que es obra de los errantes… Solo ellos son capaces de cometer una idiotez así de grande —escupió un hombre vestido de traje que se encontraba buscando la información más reciente en su teléfono—. Esto dañará a todo el país. Nos subirán los impuestos y puede que los pocos servicios públicos que quedan pasen a ser privados. —Sacó un pañuelo de su bolsillo y lo usó para limpiarse las gotas de sudor.
De pronto, el chico que atendía en la barra se unió a la conversación de sus clientes.
—Lo cierto es que no me cuadran vuestras versiones. Los errantes, si bien no se verán afectados porque no siguen nuestro estilo de vida, no suelen meterse en las ciudades. ¿Para qué usarían ese oro? Los pillarían demasiado rápido. Y el trato con nuestros vecinos lo estaba llevando a cabo la élite. No armarían todo este espectáculo solo para robarnos; ya lo hacen desde que el país se dividió en dos. Quiero decir… saben cómo robarnos sin montar este circo.
Dejó la taza junto a las otras, recién lavadas.
—¿Y bien, Walker? —le preguntó el gordo desde el lado derecho de la barra. Dudaba de su palabra, pero entendía la lógica—. ¿Sugieres que fue gente de este sector? Obviamente somos superiores a los barrios bajos en muchas cosas. No me extrañaría que lo fuésemos incluso para robar. Explícate, rojito.
Al chico de la barra no le hizo gracia ese último comentario sobre su color de pelo.
Walker soltó una microsonrisa y procedió a explicar su teoría.
—No. Hasta los delincuentes de este sector saben que no conviene meterse con la élite. Sin embargo, los Garras… allí, en los barrios bajos, donde la gente no suele llegar a los cuarenta, se supone que no obedecen a nadie, ¿no? Se mantienen en su sector, pero parece que consideraron este botín lo suficientemente apetitoso como para salir de su reinado.
El sonido de la televisión aumentó de forma repentina.
La camarera, desde la otra esquina del bar, subía el volumen bruscamente mientras se acercaba a la pantalla para observar mejor. Sus ojos rojos parecían brillar al visualizar a uno de los agentes implicados que estaba siendo entrevistado.
—¡De verdad! ¡Uno de ellos me golpeó y me robó mi anillo de bodas! ¡Como si cometer el atraco del siglo no fuese a darle suficiente dinero!… Son gente cruel. No parecían humanos, no parecían respetar a la élite.
El agente estaba tan histérico que parecía a punto de agredir al reportero. La cámara volvió hacia la presentadora, pero había algo en su rostro: tenía la misma mirada que pone un médico antes de darle una mala noticia a un paciente.
—Se informa a los ciudadanos de que cualquiera que posea el mínimo dato relevante sobre este robo está obligado a acudir inmediatamente a las autoridades de su sector. Si existen sospechas de que usted puede ser uno de los miembros implicados, las autoridades pueden irrumpir en su hogar sin importar la hora y sin necesidad de permiso. Se ruega la colaboración de todos los ciudadanos. En el caso de que alguien ayude a cualquiera de estos delincuentes, recibirá la mayor de las penas que existen en nuestras leyes… incluso aquellas que no suelen decirse en voz alta.
Sus palabras dudaron en salir de su boca, formando un silencio incómodo.
—Se me ordena también aclarar que la pena de muerte no es… la mayor sentencia que puede recibir un ciudadano.
La transmisión acabó sin previo aviso. La pantalla volvió al estadio en el que antes se emitía el partido, ahora casi vacío, con los jugadores ya fuera del campo.
Nadie en el bar se atrevía a mirarse. Un silencio denso se apoderó del lugar, roto solo por saliva tragada con nerviosismo y por gente levantándose para irse a sus casas, dejando incluso bebidas a las que solo habían dado un sorbo. El apetito se había ido antes incluso de empezar a debatir culpables.
Este era el inicio de algo grande, y cada uno de los ciudadanos presentes en el bar lo sentía: no estaban preparados para la montaña de sucesos históricos que estaba a punto de caer sobre sus vidas.
—Es momento de cerrar, rubia. —soltó Walker, forzando una sonrisa para ocultar su preocupación.
Sus manos temblaban. El pelirrojo era un hombre de apuestas, y era la primera vez en su vida que no tenía claro cuál sería el bando ganador en la guerra que se aproximaba.