Los ojos no pueden ocultar cuentos de sentimientos, memorias y silencios

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Summary

Estos son relatos cortos independientes que exploran las experiencias más oscuras que los seres humanos pueden vivir o infligir. La obra no ofrece un refugio seguro; al contrario, perturba, provoca y exige valentía. Está dirigida a quienes buscan una lectura que afronte el terror y la fragilidad humana sin tapujos.

Genre
Drama/Thriller
Author
Lena
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Mamá, ámame, por favor

Catherine Barros apoyó la frente contra el vidrio empañado de la habitación. Afuera, la calle de tierra formaba charcos de la lluvia que no paraba desde hacía tres días. El celular reproducía música de jazz, y la mente de la joven solo lograba imaginarse bailando esas mismas canciones en grandes escenarios de competencias de danza.

La puerta del cuarto se abrió sin llamar.

—¿Otra vez esa música? —Tália, su madre, entró con una pila de ropa doblada, los ojos recorriendo la habitación como quien inspecciona—. La gente normal no se pasa el día entero escuchando esos ruidos sin sentido.

Catherine no respondió. Está empezando a aprender que responder era dar cuerda.

—Te estoy hablando, Catherine. Mírame cuando hablo.

Catherine pausa la música. El cuarto quedó en silencio, solo la lluvia golpeando la ventana.

—Es jazz, mamá. Es lo que me gusta escuchar.

—¿Gustar? —Tália resopló, dejando la ropa sobre la cama—. No sabes lo que te gusta. Tienes 20 años y ni siquiera sabes elegir una ropa sin pedir mi opinión. ¿Quién eres tú para saber lo que te gusta?

Catherine desvía la mirada.

—Yo no pido tu opinión, tú eres la que me mira y dice que no sé vestirme bien y que mi cabello es horrible. Y sabes que el terapeuta dijo que escuchar la música que me gusta es bueno para mí. Ayuda a regular…

—¿El terapeuta? —Tália se rió con desprecio—. ¿Ese hombre de 30 años que nunca ha criado a un hijo en su vida me va a decir cómo educar a mi hija? Porque creo que te olvidas, Catherine: tú eres mi hija. Soy yo quien aguanta tus crisis, tus gritos, tus llantos sin motivo, tus manías idiotas. ¿Ese terapeuta llegó ayer a tu vida y ya sabe más que yo? Por favor.

—Él no dijo que sabe más. Él solo…

—¿Solo qué? —Tália se acercó. El perfume barato de jazmín llegó antes que ella—. ¿Solo quiere tu dinero? Porque es eso, ¿no? ¿De verdad crees que vas a trabajar, que vas a ganar tu dinerito, que vas a salir de esta casa y ser feliz? ¿Con esa forma tuya tan rara? ¿Con esa cabeza problemática?

Catherine sintió el pecho apretarse. Ese nudo en la garganta que se viene formando desde la infancia, que siempre aparecía en las peleas.

—Estoy intentando el puesto en la librería…

—¿El puesto en la librería?? —preguntó Tália, casi riéndose—. Apenas puedes mirar a la gente a los ojos. ¿Vas a vender libritos? Vas a temblar entera el primer día. Después volverás corriendo al cuarto, te aislarás de todo y de todos, y yo tendré que aguantar otra de tus crisis. Muchas gracias, ¿eh?

—Ya no soy una niña, mamá.

—¿No? —Tália inclinó la cabeza y cruzó los brazos—. Entonces explícame una cosa: ¿quién paga tu comida? ¿Quién paga tu ropa? ¿Quién limpia este cuarto inmundo en el que duermes? Tú no eres nada sola, Catherine. Nada. Puedes intentar, puedes hacer tus bailes y tus cosas ahí en el cuarto, puedes soñar con tu vidita independiente. Pero el mundo allá afuera no tiene piedad de gente como tú.

Las palabras perforan el corazón de Catherine, ella ya está conteniendo las lágrimas. Respira hondo, mirando a Tália.

—Solo quería intentarlo.

—Inténtalo. —Tália se encogió de hombros, dándose la vuelta—. Después no vengas a pedir consuelo. Después no vengas a decir que tu madre no te advirtió sobre tu peso, sobre tu ropa, sobre todo. Vas a caer, Catherine. Y cuando caigas, será en el barro. Y yo estaré aquí, con la puerta abierta, esperando que regreses gateando.

La puerta se cerró, Catherine se quedó inmóvil, con la respiración corta, las manos frías y temblorosas. Empezó a balancear el cuerpo hacia adelante y hacia atrás sin darse cuenta. Lo hacía desde pequeña, y Tália siempre decía: “Pareces una idiota. Para con eso.” Pero Catherine no paraba. No podía.

Se quedó allí, balanceándose, hasta que la respiración volvió a la normalidad. Hasta que las manos dejaron de temblar. Tomó el celular y miró el mensaje que la librería había enviado: “Catherine, tu entrevista es mañana, 10h. Si tienes alguna indisponibilidad de horario, avísanos, ¿ok?” Respiró hondo y respondió: “Ok”.

Miró la puerta cerrada, puso el celular a cargar y se durmió rezando para no despertar más.

La mañana siguiente amaneció gris, pero sin lluvia. Catherine se despertó antes de la alarma. Se cepilló los dientes, se puso un pantalón negro y una blusa gris de manga larga, nada muy llamativo, nada que diera margen a posibles críticas. Sujetó su cabello rizado con una pinza, escondiendo las puntas rojas que Tália tanto odiaba.

Bajó a la cocina. Tália ya estaba allí, tomando café, con los ojos verdes clavados en el celular.

—Buenos días —dijo Catherine, en voz baja, pero Tália ni siquiera levantó la cabeza.

Catherine se sirvió un vaso de jugo de naranja, en silencio para no molestar a su madre. El reloj en la pared marcaba 9:15. La librería quedaba a veinte minutos a pie. Había tiempo.

No se sentó a la mesa para beber el jugo, se quedó apoyada en el fregadero. Tália seguía en el celular. El silencio era casi palpable y muy incómodo.

—Voy a salir —dijo Catherine, dejando el vaso vacío en el fregadero y lavándolo enseguida para que su madre no se quejara.

Tália levantó la cabeza lentamente.

—¿Salir a dónde? —dijo Tália con cierto desprecio en la voz.

—A resolver una cosa —respondió Catherine, queriendo cerrar el tema.

—¿Qué cosa? —insistió Tália.

Catherine sostuvo el bolso. La mano le temblaba un poco.

—Una cosa mía —dijo Catherine con voz tranquila.

Tália dejó el celular sobre la mesa. El ruido fuerte incomodó a Catherine, que miró asustada a su madre.

—“Una cosa mía” —repitió Tália, imitando de forma irritante la voz de su hija—. ¿Desde cuándo tienes “cosas tuyas”? ¿Quién paga ese celular que usas? ¿Quién paga ese jugo que bebes?

—Lo sé, mamá. Pero necesito…

—¿Necesitas qué? —Tália se levantó. La silla chirrió sobre el piso de madera—. ¿Necesitas salir por ahí como una cucaracha sin rumbo y mostrarle a toda la ciudad que la hija de Tália Barros es una pobrecita que ni siquiera sabe conversar bien?

—No es eso. Es una entrevista. En la librería.

El silencio que quedó en el aire fue peor que un grito. Tália caminó lentamente hasta Catherine, se detuvo frente a ella, tan cerca que Catherine sentía el olor a café en el aliento de su madre.

—Entrevista. —La palabra fue dicha con desdén—. ¿Vas a hacer una entrevista con esa cara? ¿Con esa ropa? Vas a temblar, vas a desviar la mirada como haces conmigo. ¿Y entonces? Se reirán de ti. Te encontrarán rara. Después volverás corriendo a casa, y yo tendré que calmarte en otra crisis más. Como siempre.

—Tal vez eso no pase. Tal vez yo pueda… —dijo Catherine con cierta esperanza en la voz.

—¿Tal vez puedas qué? —Tália elevó el tono de voz—. ¿Ser normal? Eso nunca va a pasar, Catherine. Naciste mal. Yo acepté eso hace mucho tiempo. ¿Cuándo lo vas a aceptar tú?

Las palabras hirieron a la más joven. Catherine sintió que le ardían los ojos, pero se contuvo. Respiró hondo, yendo hacia la puerta principal.

—Voy a intentarlo, mamá.

—¡Inténtalo! —gritó Tália, con el rostro vibrando de rabia—. ¡Inténtalo, anda! Después no vuelvas llorando aquí. Después no vengas a decir que nunca te lo advertí. ¡No eres nada, ¿oíste?! ¡Nada!

Catherine miró a su madre.

—Me voy —dijo la de cabello rizado.

—¡Vete! —Tália lanzó la taza con la que bebía café al fregadero, rompiéndola en pedazos—. ¡Vete, ingrata! ¡En poco tiempo volverás arrastrándote hacia mí, como un animal arisco! —gritó esas palabras sin remordimiento.

Catherine abrió la puerta de la casa y salió. No miró hacia atrás. La calle de tierra aún tenía charcos de lluvia, esquivó algunos, pisó otros sin querer. Caminó hacia la librería, las personas iban a sus compromisos, nadie la miraba y eso la hacía feliz.

El celular vibró. Miró, era un mensaje de la librería: “¡Estamos esperándote!”

Catherine se detuvo en la esquina. Se podía ver la fachada desde lejos, la puerta de madera pintada de azul, el letrero “Fábulas y Leyendas”.

Se quedó parada, las piernas no se movían.

La voz de su madre empezó a resonar: “Naciste mal. No eres nada.”

El balanceo comenzó de nuevo ahí mismo en la esquina. Se balanceaba suavemente hacia adelante y hacia atrás, mientras la gente pasaba y desviaba su camino, sin entender la situación. Un hombre la miró raro, casi se rió. Una mujer apartó con miedo a su hija pequeña hacia un lado, como si el movimiento de Catherine fuera alguna enfermedad contagiosa.

Catherine lo vio. Sintió el peso de las miradas.

“Se reirán de ti. Te encontrarán rara.” Resonó la voz de su madre en su mente.

Respiró hondo. Forzó a sus piernas a moverse. Un paso. Luego otro. Llegó frente a la puerta de la librería.

“No eres nada.” Lo escucha de nuevo.

Empujó la puerta.

El olor de los libros la envolvió, era uno de los aromas que más le gustaba sentir. La librería era pequeña, acogedora, con estanterías de madera oscura y una luz amarillenta que parecía abrazar a quien entraba. Una chica de piel negra y gafas redondas atendía desde el mostrador:

—¿En qué puedo ayudarte? —miró a la rubia, dando una sonrisa contagiosa—. Ah, ¡tú debes ser Catherine! Reconocí tu rostro del currículum que nos enviaste. Siéntete cómoda, voy a llamar al gerente.