Spring Blue [DANMEI]

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Summary

Zhao ZiXuan, el inmortal conocido como Maestro de la Primavera, recibe un frasco azul sin remitente y una misión en el mundo mortal. En el valle de Yunmeng, descubre que el sello que protege a un espíritu antiguo se está debilitando, y que los inspectores enviados antes han desaparecido. Allí se encuentra con Wu HanYu, un hombre de ojos rojos que lo ha estado esperando durante 116 años. Entre sombras que se apartan a su paso y recuerdos perdidos que duermen en el frasco, Zhao ZiXuan deberá enfrentar una amenaza oculta en el reino celestial y decidir si quiere recuperar quién fue... o seguir siendo quien es.

Status
Ongoing
Chapters
28
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1 Arco I: El Eco del Alba Silenciosa


Capítulo 1 Arco I: El Eco del Alba Silenciosa


El sol de la tarde se filtraba a través de las celosías de bambú, dibujando patrones de luz y sombra sobre los estantes de pergaminos. En el Pabellón del Reposo Serena, el tiempo transcurría con la misma languidez de un río en verano: lento, predecible, encerrado en sí mismo.

Zhao ZiXuan sostenía entre sus dedos un volumen encuadernado en seda azul. Sus ojos, del color del jade cuando la luz lo atraviesa, recorrían las líneas de caligrafía con la parsimonia de quien tiene siglos por delante. Cada cierto tiempo, llevaba un caramelo de limón a sus labios, el dulzor ácido estallando en su lengua como un pequeño secreto que solo él conocía.

A su alrededor, el pabellón respiraba la calma de los lugares habitados por la eternidad. Los incensarios de bronce exhalaban hilos de humo de sándalo que se enroscaban hacia el techo antes de disolverse. En los jarrones de porcelana blanca, ramas de ciruelo mantenían una floración perpetua, sus pétalos rosados inmunes al paso de los días.

-Maestro Zhao -la voz de un sirviente interrumpió el silencio desde el umbral-. ¿Desea más té?

Zhao ZiXuan alzó la mirada sin prisa. El sirviente, un joven de facciones aún juveniles cuyo nombre no se había molestado en recordar, permanecía con la cabeza ligeramente inclinada.

-No hace falta -respondió. Su voz era como el roce de la seda contra la piel: suave, contenida, distante.

El sirviente asintió y se retiró con pasos silenciosos. Zhao ZiXuan volvió a sus pergaminos, pero sus dedos se detuvieron antes de pasar la página. Por un instante, su mirada se perdió en el vacío, en ese lugar donde los inmortales guardaban sus pensamientos más profundos.

¿Acaso parezco aburrido?

La pregunta llegó sin aviso, como una espina clavada en medio de la placidez. Sabía que los discípulos más jóvenes lo encontraban imponente. Sabía que entre los cortesanos celestiales se susurraba que el Maestro de la Primavera tenía el corazón más frío que las cumbres del Norte Eterno. Nadie lo decía en su presencia, por supuesto. Pero él lo sabía. Los inmortales de su rango siempre lo sabían todo.

Mordió otro caramelo de limón con más fuerza de la necesaria. El crujido resonó en la quietud.

Otro sirviente apareció en el umbral, este de mayor rango a juzgar por los bordados dorados en sus mangas. Traía una bandeja de plata en las manos, y sobre ella descansaba un objeto envuelto en seda negra.

-Maestro Zhao -dijo, inclinándose con respeto-. Esto acaba de llegar para usted.

Zhao ZiXuan entrecerró los ojos. No esperaba nada. Los inmortales no recibían “regalos” sin previo aviso; las cortesías entre los reinos seguían protocolos estrictos, y cualquier ofrenda era anunciada con días de antelación.

-¿De quién?

-No hay remitente, maestro -respondió el sirviente, y en su voz había un deje de confusión-. El paquete apareció en la puerta occidental. Los guardianes no vieron a nadie entregarlo.

Eso era... inusual.

Zhao ZiXuan dejó el pergamino sobre la mesa y extendió la mano. El sirviente se acercó con la bandeja, y sus dedos rozaron la seda negra. Era de una textura que no reconoció: más suave que la seda mortal, más densa que las telas celestiales. Algo en su interior lo hizo detenerse.

-Puedes retirarte -dijo, sin apartar la mirada del paquete.

El sirviente obedeció. La puerta se deslizó tras él con un susurro.

Zhao ZiXuan permaneció inmóvil durante lo que para un mortal habrían sido varios minutos. Luego, con la misma parsimonia con la que hacía todo, deshizo el nudo que sellaba la seda negra.

En el interior, una caja de madera de ébano. Y dentro de la caja, un pequeño frasco de cristal translúcido que contenía algo que brillaba con una luz tenue, azul como el cielo en el instante previo al amanecer.

Junto al frasco, un pergamino enrollado, sellado con cera negra. Sin emblema. Sin nombre.

Zhao ZiXuan no lo abrió. Sus dedos se detuvieron sobre el sello, y por un instante -un instante brevísimo- sintió algo que no experimentaba hacía décadas.

Curiosidad.

Guardó el frasco y el pergamino en la manga, sin prisa. La tarde continuó su curso. Los sirvientes entraron y salieron. Él volvió a sus pergaminos, pero sus ojos ya no leían las palabras. Flotaban sobre ellas, distraídos, mientras en algún rincón de su mente una pregunta germinaba con la terquedad de las malas hierbas.

¿Quién...?

No obtuvo respuesta. Pero al caer la tarde, cuando los últimos rayos del sol tiñeron de carmín las nubes del horizonte celestial, un mensajero del Consejo de los Cinco Picos llegó con una orden sellada con el sello del Emperador Celestial.

Una misión. En el mundo mortal.

Zhao ZiXuan leyó el pergamino dos veces. En sus ojos verdes, la luz del atardecer danzaba como llamas contenidas.

Guardó la orden junto al frasco azul y el pergamino sin abrir.

....

El Pabellón de los Ecos Susurrantes no era un lugar al que se llegara caminando. O mejor dicho: se podía caminar hacia él, como Zhao ZiXuan lo hacía ahora, pero el edificio en sí mismo no se dejaba encontrar por cualquiera. Se deslizaba entre los pliegues del reino celestial como un pez entre las grietas de un arrecife, apareciendo solo ante aquellos que sabían cómo pedir.

Zhao ZiXuan conocía el camino de memoria. Cruzó el puente de jade que no estaba allí la semana anterior, atravesó el bosque de bambú morado cuyos tallos susurraban secretos en lenguas muertas, y se detuvo ante lo que a simple vista parecía una pared de niebla sólida.

-Pabellón de los Ecos Susurrantes -dijo, en voz baja pero clara-. Solicito audiencia.

La niebla se abrió como un telón.

El pabellón que se reveló tras ella no era grande, pero su presencia era abrumadora. Estaba construido enteramente en madera de alcanfor milenario, sus vigas talladas con espirales que parecían moverse en la penumbra. En lugar de puertas, cortinas de cuentas de cristal caían desde el dintel, cada cuenta una gota de información condensada, un instante congelado en el tiempo. Al rozarlas, susurraban.

De ahí el nombre.

Zhao ZiXuan apartó una cortina y entró. El interior era un solo espacio abierto, iluminado por linternas flotantes que se movían con una voluntad propia. Estanterías recubrían las paredes, pero no sostenían libros. Sostenían sueños, memorias, fragmentos de conversaciones, todo aquello que el mundo había dicho, pensado, olvidado. Las estanterías no eran rectas; se curvaban, se retorcían, creaban pasillos imposibles que conducían a rincones donde el tiempo se plegaba sobre sí mismo.

En el centro del pabellón, una mesa de roca lunar. Y tras ella, MeiShi.

MeiShi era una mujer que aparentaba cuarenta años, aunque su verdadera edad era tan difícil de calcular como la cantidad de granos de arena en el desierto del Gobi. Su cabello, recogido en un moño alto, era del color de la plata antigua. Sus ojos, negros y profundos, tenían la cualidad de las aguas estancadas: reflejaban todo, pero no dejaban ver el fondo. Vestía túnicas de un gris tan pálido que casi se confundían con la niebla de su umbral, y alrededor de su cuello colgaba un sello de jade negro: la llave que le permitía acceder a cualquier información almacenada en el pabellón.

-Maestro Zhao -su voz era como el roce del papel de arroz, seca y al mismo tiempo flexible-. Hacía tiempo que no te veía por aquí.

Zhao ZiXuan hizo una leve inclinación. Entre los inmortales de su rango, las formalidades se relajaban, pero el respeto seguía siendo una moneda que se gastaba con cuidado.

-La última vez fue hace treinta y siete años -dijo, y no era un reproche, solo una constatación-. Necesito información.

MeiShi arqueó una ceja. Sus dedos, largos y huesudos, se entrelazaron sobre la mesa.

-Siempre es un placer atender a alguien que sabe lo que quiere. Dime.

Zhao ZiXuan extrajo la orden del Emperador Celestial de su manga y la desplegó sobre la mesa. MeiShi inclinó la cabeza para leerla, pero sus ojos no se movieron. Zhao ZiXuan sabía que no necesitaba leer; la información llegaba a ella antes de que las palabras se formaran.

-La Cueva del Alba Silenciosa -dijo MeiShi, y en su voz había algo que podía ser interés o podía ser advertencia-. Un lugar interesante. Ha estado inactiva durante tres siglos. ¿Sabes por qué te envían a ti?

-No -admitió Zhao ZiXuan. Y porque era MeiShi, añadió-: ¿Debería saberlo?

MeiShi se levantó de la mesa con la fluidez de una serpiente que se desenrosca. Caminó hacia una de las estanterías imposibles, y mientras caminaba, sus dedos rozaban las cuentas de cristal que caían de los estantes. Cada roce producía un susurro, y cada susurro era una respuesta.

“La Cueva del Alba Silenciosa... guardiana de un sello roto...”“Tres siglos de quietud... el equilibrio se inclina...”“No es solo un sello... es un puente...”

MeiShi detuvo su mano sobre una cuenta que brillaba con un color que no estaba entre los del arcoíris. La tomó entre sus dedos y la sostuvo frente a sus ojos.

-La Cueva del Alba Silenciosa no es una cueva -dijo-. Es un umbral. Conecta el mundo mortal con algo que los ancianos llaman... el Vacío Primigenio. Hace tres siglos, el sello que lo cerraba fue reforzado por cinco inmortales de alto rango. Tú no estabas entre ellos.

-Tenía otras obligaciones -respondió Zhao ZiXuan, y sus dedos se movieron instintivamente hacia la manga donde guardaba los caramelos de limón. Los encontró, pero no los sacó.

MeiShi lo miró con aquellos ojos que veían todo. Por un instante, Zhao ZiXuan sintió que la mujer estaba mirando más allá de su rostro, más allá de su carne inmortal, hasta algún lugar donde sus pensamientos más íntimos yacían expuestos.

-El sello se está debilitando -dijo MeiShi-. No por desgaste natural. Alguien lo está deshaciendo desde el otro lado.

-¿Quién?

-Esa es la pregunta, ¿no? -MeiShi dejó la cuenta de cristal, que volvió a su lugar con un tintineo-. Lo que sé es esto: el debilitamiento comenzó hace exactamente tres meses. No es constante; hay momentos de actividad intensa seguidos de semanas de quietud. Como si alguien estuviera aprendiendo. Ensayando.

Zhao ZiXuan frunció el ceño. En su rostro, la expresión era sutil, apenas un pliegue entre sus cejas, pero para quien lo conocía era un terremoto.

-¿Qué tipo de poder puede deshacer un sello forjado por cinco inmortales?

MeiShi lo miró. Por primera vez, en sus ojos apareció algo que Zhao ZiXuan no supo interpretar.

-Eso -dijo- es lo que tú tienes que descubrir en el mundo mortal. El Consejo no te envía a reparar un sello. Te envía a investigar. Y si encuentras la fuente del debilitamiento...

-¿La elimino?

-O la traes de vuelta -MeiShi sonrió, y fue una sonrisa tan fría como las profundidades del océano-. Dependiendo de lo que sea.

Hubo un silencio. Las linternas flotantes se movían en órbitas lentas, proyectando sombras que cambiaban de forma sin razón aparente.

-¿Hay algo más que deba saber? -preguntó Zhao ZiXuan.

MeiShi sostuvo su mirada. Luego, con una lentitud deliberada, extendió la mano hacia una de las cortinas de cuentas y apartó varias hasta dejar al descubierto un pequeño compartimento oculto. De él extrajo un fragmento de pergamino, tan antiguo que el papel parecía a punto de deshacerse entre sus dedos.

-No forma parte del informe oficial -dijo, tendiéndoselo-. Pero he sido la guardiana de este pabellón durante más tiempo del que muchos recuerdan. Y algo me dice que esta información puede ser... relevante.

Zhao ZiXuan tomó el fragmento. No lo desplegó. Algo en la forma en que MeiShi se lo entregaba le indicaba que no era para leer allí.

-Gracias -dijo, y esta vez la palabra salió con un peso que no solía tener en sus labios.

MeiShi asintió y volvió a su lugar tras la mesa de roca lunar. Cuando habló de nuevo, su voz había recuperado el tono seco y profesional de antes.

-La puerta al mundo mortal estará abierta al amanecer. El Consejo ha dispuesto que viajes por la Ruta de los Tres Suspiros. Llegarás al valle de Yunmeng en tres días.

Zhao ZiXuan guardó el fragmento de pergamino junto a la orden, junto al frasco azul, junto al pergamino sin abrir. Hizo una inclinación.

-Que tus ecos nunca se pierdan, guardiana.

-Que tus pasos nunca olviden el camino, Maestro de la Primavera.

Zhao ZiXuan se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Las cortinas de cuentas susurraban a su paso, cada una un fragmento de su propia historia que el pabellón absorbía y archivaba. Sintió, por un instante, la incomodidad de ser observado por algo que no tenía ojos pero que lo veía todo.

No miró atrás.

Al cruzar el umbral de niebla, el pabellón se cerró tras él como si nunca hubiera existido. El bosque de bambú morado lo recibió con susurros indiferentes. El puente de jade ya no estaba allí, y él tuvo que encontrar otro camino de regreso.

En su manga, el peso de tres pergaminos. Y en su mente, una pregunta que se repetía como un eco.

¿Qué está pasando realmente?

...

La noche cayó sobre el reino celestial como un manto de tinta diluida. Las estrellas, más brillantes que en el mundo mortal, titilaban con una luz que parecía consciente de sí misma, como si supieran que los inmortales las observaban y esperaban de ellas una belleza digna de su inmortalidad.

Zhao ZiXuan no observaba las estrellas.

Estaba en su cámara, una estancia amplia pero desprovista de ornamentos superfluos. Una cama de madera de cedro con dosel de seda azul pálido. Un escritorio junto a la ventana abierta. Un estante con algunos volúmenes de poesía y tratados de cultivo. En un rincón, un soporte donde descansaba su sable de hoja ancha, la Hoja del Alba, cuyo filo reflejaba la luz lunar con la paciencia de quien ha esperado siglos.

Sobre el escritorio, había colocado los tres objetos que ahora reclamaban su atención.

La orden del Consejo, ya conocida.El fragmento de pergamino de MeiShi, aún sin leer.Y el paquete misterioso.

Durante todo el día, había sentido el peso del pergamino sin abrir en su manga como una brasa que no quema pero que no deja de recordar su presencia. Ahora, en la intimidad de su cámara, con la noche extendiéndose a sus pies como un lago de sombras, ya no había excusas.

Sus dedos rozaron el sello de cera negra.

No tenía emblema. Eso era extraño. En los tres reinos -mortal, celestial, infernal- cualquier comunicación formal llevaba un sello, una firma, alguna marca que identificara a su remitente. Un pergamino sin sello era... un descuido. O una declaración de intenciones.

O alguien que no quiere ser identificado.

Rompio el sello con un movimiento seco. La cera crujió y cayó en pedazos sobre la mesa. Desenrolló el pergamino.

La caligrafía era impecable. No la escritura cuadrada y rígida de los documentos oficiales, sino una cursiva fluida, casi musical, que danzaba sobre la página como ramas movidas por el viento. Cada trazo tenía la seguridad de quien ha pasado siglos perfeccionando un arte que ya nadie le exige.

El contenido, sin embargo, era breve:

“Maestro de la Primavera:

El frasco que acompaña esta carta contiene la primera luz del alba recogida en la cima del Monte Kunlun, cuando el mundo era joven y los dioses aún caminaban entre los mortales. No es un regalo. Es una devolución.

Tú lo perdiste. Yo lo encontré.

No espero agradecimiento. Solo te pido que lo lleves contigo en tu viaje al mundo mortal. Llegará el momento en que comprenderás por qué.

No temas. No todo lo que no entiendes es una amenaza.

Alguien que espera.

P.D.: He oído que aún muerdes caramelos de limón cuando estás nervioso. No cambies eso. Es encantador.”

Zhao ZiXuan leyó la carta una vez. Luego, una segunda. En la tercera lectura, sus dedos ya se habían movido por sí mismos hacia la manga, extrayendo un caramelo de limón y llevándoselo a los labios.

El crujido resonó en la quietud de la cámara.

¿“Devuelta”? ¿Cuándo había perdido él la “primera luz del alba”? ¿Y quién demonios escribía una carta con esa caligrafía, ese tono, esa... familiaridad?

-Alguien que espera -murmuró en voz baja, probando las palabras.

No le gustó cómo sonaban en sus labios. No le gustó la forma en que su corazón, ese órgano que los inmortales cultivaban para mantenerlo en calma perpetua, había dado un latido más fuerte al leer la posdata.

“No cambies eso. Es encantador.”

Zhao ZiXuan guardó la carta con un movimiento brusco. Luego, con la misma brusquedad, tomó el frasco de cristal y lo sostuvo contra la luz de la luna.

El contenido brillaba con una luz azul tenue, suave, que parecía palpitar al ritmo de algo que no era su propio pulso. La primera luz del alba. ¿Podía ser cierto? ¿O era algún tipo de artilugio, una trampa disfrazada de poesía?

No lo sabía. Y esa ignorancia le irritaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Colocó el frasco junto a la carta y el fragmento de MeiShi. Los tres objetos formaban un triángulo sobre el escritorio, y mientras los miraba, sintió que estaban conectados de alguna forma que aún no alcanzaba a ver.

La orden del Consejo. La advertencia de MeiShi. La carta del desconocido.

La Cueva del Alba Silenciosa. El Vacío Primigenio. Alguien que espera.

-Maestro -la voz de un sirviente al otro lado de la puerta lo sobresaltó, aunque no lo demostró-. El Consejo confirma que la puerta estará abierta al amanecer. Debería descansar.

-Lo haré -respondió, y su voz salió más cortante de lo que pretendía.

Escuchó los pasos del sirviente alejándose.

Se quedó un momento más frente al escritorio, mirando los tres objetos. Luego, con un gesto que tenía algo de derrota, apagó la vela.

En la oscuridad, el frasco de cristal seguía brillando con su luz azul tenue. Zhao ZiXuan se tendió en la cama, los ojos abiertos, la mirada fija en el techo de cedro.

“Alguien que espera.”

La frase resonaba en su mente como una campana lejana, insistiendo en ser escuchada. Y en algún lugar profundo de su memoria -un lugar que los 116 años de cultivo no habían logrado borrar del todo- algo se movía. Un eco. Una sombra. Algo que no quería recordar pero que, por primera vez en décadas, se negaba a permanecer olvidado.

Cerró los ojos.

El frasco azul siguió brillando en la oscuridad, testigo silencioso de una noche en la que el Maestro de la Primavera durmió menos de lo que estaba acostumbrado.

Y en sus sueños, por primera vez en mucho tiempo, no hubo paz.

To be Continue....