Capítulo 1: Obertura - Parte 1
La tarde avanzaba con tranquilidad; el sol bañaba la habitación de Biel con una luz dorada y cálida. Afuera, los pájaros cantaban una melodía suave, y el viento susurraba entre los árboles, como si el mundo entero estuviera en calma. Pero en su habitación, la escena era muy diferente.
Un fuerte sonido vibrante irrumpió en el aire, sacándolo bruscamente del mundo de los sueños. Biel abrió los ojos de golpe, confuso, sintiendo que su corazón daba un salto. Su teléfono zumbaba sin descanso sobre la mesita de noche.
—¡Maldición! —exclamó mientras estiraba la mano, aún adormilado, para tomar el celular. Pero en su torpeza, el aparato resbaló entre sus dedos, haciéndose inclinar de más.
El resultado fue catastrófico.
Con un sonido seco, Biel cayó de la cama y su cuerpo impactó contra el suelo de madera con un estruendo que resonó por toda la casa. Un quejido salió de su boca mientras se frotaba la cabeza con una mueca de dolor. Era como si la gravedad hubiera decidido jugarle una broma pesada.
Desde la cocina, la dulce voz de Charlotte llegó a sus oídos.
—¿Pasa algo, hermanito?
Biel se apresuró a responder, tratando de disimular el golpe que aún le hacía ver chispas.
—¡No pasa nada, hermana, tranquila!
Pero la verdad era otra. Su espalda palpitaba por el impacto, y su orgullo estaba aún más herido que su cuerpo. Finalmente, logró tomar el teléfono y contestó la llamada.
—¿Qué pasa ahora, Bastián? ¿Acaso estás perdido? —dijo con voz ronca, aún adormilado.
Del otro lado de la línea, se escuchó la risa inconfundible de su mejor amigo.
—Déjate de bromas. ¿O es que uno ya no puede llamar a su mejor amigo sin razón?
Biel suspiro y pasó una mano por su cara, tratando de despejarse.
—No es que no puedas llamar, pero... es muy temprano para esto.
—¿Temprano? —Bastián soltó una carcajada—. Hermano, ya son las diez. ¿Acaso seguías durmiendo?
Biel entrecerró los ojos y miró el reloj en la pared. La gran manecilla avanzaba implacable, marcando exactamente las diez en punto.
—Tsk... Sí, todavía dormía —admitió con voz baja.
—Eres un holgazán de primera, Biel. Pero bueno, te llamaban para salir a divertirnos. No nos hemos visto desde que nos graduamos de la academia.
Biel se pasó una mano por el cabello despeinado y se dejó caer de espaldas sobre la alfombra.
—Eh... suena bien. ¿Adónde quieres ir?
—A una tienda de antigüedades que está cerca de donde vivo.
Biel arqueó una ceja, sin poder evitar soltar una risa sarcástica.
—¿Tienda de antigüedades? Eso suena... aburrido.
—No es cierto —respondió Bastián, con un tono de ofensa fingida—. Ahí hay cosas interesantes. Quién sabe, tal vez encuentres algo que cambie tu vida.
Biel rodó los ojos, aún sin convencerse.
—Está bien, está bien. ¿A qué hora nos vemos?
—A las dos de la tarde. No faltes, ¿eh?
—Sí, sí, iré, no te preocupes.
—Eso espero. Si no, iré a sacarte de la cama a la fuerza la próxima vez.
Biel río por lo bajo y colgó la llamada. Se quedó unos segundos con el teléfono en la mano, dejando escapar un suspiro. No podía negar que le hacía falta pasar tiempo con Bastián, pero la idea de una tienda de antigüedades no le emocionaba en absoluto.
Sacudiendo la cabeza, se puso de pie, estiró los brazos y bostezó largamente. Sentía su cuerpo como si hubiera peleado contra un oso en sueños. Miró por la ventana, donde el sol ya estaba en lo alto, y levemente.
—Bueno... veamos qué tiene este día para mí.
Biel se cambió de ropa y salió a tomar el desayuno, allí estaba Charlotte esperándolo para tomar el café, Biel le dijo que saldría con su amigo a divertirse, Charlotte solo le pidió que no llegara muy tarde, Biel le dijo que no llegaría tan tarde y que estaría aquí para la cena.
Biel salió de la casa después de despedirse de su hermana, cuando salió miró el teléfono donde Bastian le había enviado la ubicación de donde se encontrarían, al poco tiempo se encontró con Bastian en un lugar muy peculiar.
—¿Seguro que aquí hay algo interesante? —preguntó Biel, observando los edificios viejos y descoloridos a su alrededor. La calle estaba casi desierta, salvo por un par de ancianos sentados en una banca y una bandada de palomas picoteando las migajas de pan esparcidas en el suelo. El aire olía a madera envejecida y polvo acumulado.
Bastián se encogió de hombros con una sonrisa despreocupada.
—Nunca sabes lo que puedes encontrar en lugares como este. Y si no, al menos tendremos algo de qué reírnos.
Biel suspiró. —Espero que no sea otra de tus ideas raras, como aquella vez que me llevaste a buscar “tesoros” en una relojería de quinta.
Bastián soltó una carcajada.
—Eh, encontraste ese viejo reloj de bolsillo que te gustó, ¿no?
—Que se detuvo a los cinco minutos de haberlo comprado—replicó Biel, rodando los ojos.
Sin más rodeos, entraron a una tienda de antigüedades, un local deteriorado cuya fachada gastada tenía un letrero medio borrado que decía “Antigüedades y Rarezas”. Las letras estaban desvaídas, y el cartel mismo se balanceaba peligrosamente con cada ráfaga de viento.
—¿Seguro que es buena idea entrar aquí? —dijo Biel, entrecerrando los ojos mientras observaba una grieta que recorría la pared hasta el techo.
—Tranquilo, parece que se va a caer, pero todavía aguanta unos años más—bromeó Bastián.
Los amigos cruzaron el umbral. Un tintineo resonó cuando la campanilla de la puerta anunció su llegada. En el interior, el aire estaba cargado de un aroma a madera antigua, incienso y un leve rastro de humedad. La luz entraba a través de las ventanas cubiertas de polvo, creando haces dorados que parecían flotar en el ambiente.
Desde el fondo de la tienda, un anciano emergió de entre las sombras. Era el dueño del local. Su rostro estaba parcialmente oculto por la sombra de un sombrero negro de ala ancha, pero sus ojos claros brillaban con una intensidad extraña, casi hipnótica. Biel y Bastián sintieron, por un instante, que esos ojos veían más de lo que mostraban en el exterior.
Biel fue el primero en saludar.
—Buenas tardes.
Bastián siguió su ejemplo.
—Hola, venimos a curiosear.
El anciano se apoyará en el mostrador de madera oscura y se moverá lentamente.
—Bienvenidos, jóvenes. No muchos vienen por aquí. Miren lo que quieran, pero recuerden: cada cosa tiene su precio. —Su voz era grave, pero no hostil, como el crujir de una puerta que llevaba siglos sin abrirse.
Los estantes estaban llenos de objetos que parecían sacados de un museo: espadas oxidadas, gemas de colores, libros encuadernados en cuero, relojes de bolsillo con engranajes al descubierto, estatuillas de figuras extrañas y otros artefactos cuyo propósito era un misterio.
Bastián se acercó a una figura de cristal con forma de dragón. Su captura estructuraba la luz y la refractaba en pequeños destellos.
— ¿Eso incluye tocar? —preguntó con una sonrisa traviesa.
El anciano entornó los ojos.
—Depende. Algunas cosas son más sensibles que otras.
Biel avanzó entre los estantes con las manos en los bolsillos. Había algo en el aire, una especie de vibración invisible que lo atraía sin que pudiera explicarlo. Sus dedos rozaban los objetos con cuidado, como si estuviera leyendo la historia que albergaban en su superficie.
De pronto, su atención se fijó en un libro de tapas oscuras, casi ennegrecidas por el tiempo. A diferencia de los demás, no tenía título ni inscripciones visibles. Biel extendiendo la mano, sintiendo un escalofrío recorrer su brazo al tocar la cubierta.
—¡Oye, mira esto! —llamó a Bastián.
Bastián se acercó y frunció el ceño.
—Eso parece sacado de una película de terror.
Biel lo giró entre sus manos. El material era extraño, ni cuero ni madera, sino algo intermedio. En cuanto lo abrió, una leve corriente de aire recorrió la tienda, como si alguien hubiera susurrado entre los estantes.
El anciano los observó con una sonrisa apenas perceptible.
—Ese libro es especial.
Biel levantó la vista, intrigado.
—¿En qué sentido?
—Digamos que elige a su lector.
Bastián bufó.
—Eso suena demasiado teatral.
El anciano soltó una carcajada seca.
—Puede ser. Pero las historias que guarda dentro son... únicas.
Biel sintió un ligero cosquilleo en los dedos. Algo en su interior le decía que ese libro no era como los demás.
— ¿Cuánto cuesta? —preguntó sin pensarlo.
El anciano lo miró con una expresión que no logró descifrar.
—Para ti, joven... es gratis.
Bastián y Biel intercambiaron miradas. Gratis. Eso sólo lo hacía aún más sospechoso.
—¿Por qué? —inquirió Biel, con cautela.
El anciano alarmantemente de forma enigmática.
—Algunas cosas simplemente encuentran a la persona correcta.
Biel sintió un escalofrío recorrer su espalda. No podía explicar por qué, pero supo en ese momento que su vida estaba a punto de cambiar.
Biel cruzó los brazos y miró al anciano con suspicacia. Algo en la forma en que ofrecía el libro sin pedir nada a cambio le resultaba extraño.
—No lo quiero —dijo finalmente, sacudiendo la cabeza—. Es raro que algo así se regale tan fácilmente.
El anciano irritante, mostrando una hilera de dientes amarillentos por el tiempo.
—No pasa nada, muchacho. Ese libro es especial, pero si no lo quieres, ya vendrá alguien que lo desee.
Biel sintió un escalofrío recorrer su espalda. Había algo inquietante en la manera en que el anciano hablaba, como si supiera algo que él no. Decidió apartarse y explorar el resto de la tienda. Fue entonces cuando sus ojos se detuvieron en un objeto singular: un cristal fragmentado descansando sobre un pedestal sencillo. No tenía adornos ni inscripciones, pero una luz tenue lo rodeaba, como si palpitara con vida propia.
—Oye, Bastián, ven a ver esto —llamó Biel, sin apartar la mirada del extraño objeto.
Bastián, que había estado examinando un reloj antiguo, se acercó con curiosidad. En cuanto vio el cristal, su expresión cambió de interés a asombro.
—Eso sí que es extraño —murmuró, inclinándose ligeramente para verlo mejor.
El anciano acomodó su sombrero y habló con un tono enigmático.
—Eso de ahí es el Fragmento de lo Infinito.
Biel frunció el.
—¿El qué?
—Un artefacto muy antiguo —continuó el anciano—. Según las historias, conecta mundos y tiempos. Algunos dicen que tiene voluntad propia, que elige a quienes... transforma.
Bastián soltó una risa nerviosa.
—¿Eso no suena un poco exagerado? —preguntó, alzando una ceja.
El anciano lo ignoró y prosiguió.
—Otros creen que no es un objeto, sino una prueba. Que sólo los destinados pueden tocarlo sin consecuencias fatales.
Biel tragó saliva, sintiendo que sus instintos le advertían de algo.
—Y ¿cómo funciona? —preguntó, sin poder ocultar su creciente inquietud.
El anciano entrecerró los ojos.
—Esa es la cuestión, muchacho. Nadie lo sabe con certeza. Pero te advierto, no es un juguete.
Bastián soltó una carcajada.
—¿Un juguete? Por favor, es sólo un cristal. ¿Qué tan peligroso podría ser?
Antes de que Biel pudiera responder, su amigo extendió la mano hacia el Fragmento. Biel sintió un tirón en su pecho, como si algo dentro de él gritara que lo detuviera. Sin embargo, su cuerpo se movió por impulso y también expandió la mano.
El instante en que sus dedos tocaron el cristal, la tienda entera pareció vibrar. Una luz cegadora explotó a su alrededor, desterrando todas las sombras en un destello blanco abrasador.
El aire se volvió denso, cargado con una energía que zumbaba como un millón de abejas furiosas. Biel sintió una fuerza invisible que sujetó con garras de hierro y lo arrancó de la realidad.
—¡Biel! —gritó Bastián, su voz temblorosa y distante, como si viniera desde el otro extremo de un abismo insondable.
El suelo desapareció bajo los pies de Biel. No había caída, no había gravedad, solo el vértigo de ser tragado por la nada. Su cuerpo se estremeció, como si millas de agujas heladas perforaran su piel. Sus pensamientos se dispersaron en un torbellino de caos y, por un momento, sintió que su conciencia se fracturaba como el mismo cristal.