Capítulo 0 - El último día
Era la mañana del 24 de enero de 2078 en Pueblo Palma, un rincón tranquilo del archipiélago Anymar, en la isla de Unakita. El viento es refrescante, pero cálido, adornando una luz solar que enciende un ambiente de paz y cotidianidad. Jardineros puliendo la belleza rural y estudiantes de camino al instituto Wesley. El pueblo combina lo rural con lo más estéticamente llamativo de la ciudad: estructuras elegantes y colores vibrantes, pero con un toque de simplicidad visual.
Alba, una chica pelinegra, alta y delgada, sale de su casa con una prisa considerable y un semblante irritado. En el camino se acomoda la mochila y el moño mientras refunfuña en voz baja.
Aish, no puedo esperar más para independizarme.
Camina rápidamente hacia la casa de su amiga. Al no verla en la puerta esperándola como de costumbre, frunce el ceño.
—¿A ella también se le hizo tarde? Lo que faltaba.
Segundos después, la puerta se abre. Es Emma. Una expresión jovial y despreocupada, cabello bob teñido de azul y una estatura claramente menor a la de su amiga. Al ver la molestia de Alba, Emma no puede evitar sonreír.
—¡Hola Alba! —Emma le guiña el ojo pícaramente.
Alba suspira y cierra los ojos, intentando procesar su frustración antes de recuperar esa expresión intensa.
—¡Se nos ha hecho tarde! ¡Tenemos que ir al colegio en este instante! —exclamó Alba.
—¡Pero si aún falta hartísimo tiempo! No seas dramática —Emma se pone las manos en la cintura.—. Además, el colegio ni está tan lejos, así que no veo cuál es el problema.
Emma camina hacia un costado mientras contempla las hojas volando por el viento.
—¡Hoy es nuestro último día de clase! —Se sitúa a la espalda de Alba—. ¡No deberíamos estar preocupadas por eso en estas instancias!
Alba vuelve a suspirar. Camina hacia un costado de Emma, sin mirarla.
—Sí, sí, como tú digas. ¡Solo vámonos!
Alba se adelanta y baja las escaleras de la entrada de la casa de Emma, para luego voltearla a ver, gritándole con la mirada que se apure. Emma inmediatamente va tras ella, para empezar su camino a clases.
Alba camina con los brazos cruzados. Por otro lado, Emma camina casi que al ritmo de la música de sus audífonos.
—Ese examen de matemáticas me aterra —lloriqueó Alba. —¿Y si no me va lo suficientemente bien?
—¡No me hagas reir! —Exclamó Emma, con una expresión de entre confusión y risa, mientras se quita un audífono —¡En el último examen sacaste 95!
—Mi, mi, mi —Expresa Alba, con un tono infantil y burlón, sin perder su característico semblante quejica.
Emma decide guardarse un audífono, con la intención de conversar con Alba en el camino. Siguen caminando, llegando al centro del pueblo. Emma contempla a las personas caminando, trabajando y viviendo su vida cotidiana, mientras es saludada por varias personas.
—¡Hola Emma! —Exclama un agricultor. —¡Cuidado llegan tarde a clase!
—Qué le importa… —murmura Alba, en un tono leve e imperceptible para él.
—Lo tenemos bajo control, Ricky… —rio Emma, con un tono ligeramente avergonzado.
Avanzando, Emma parece aburrirse y tener ganas de hablar con Alba, mientras que esta sigue con su semblante molesto, aunque con una intensidad menor.
—¿Sabes que me gustaría hacer en las vacaciones? —comentó Emma.
—Dímelo —repuso Alba, con un tono neutro y serio.
—¡Vamos a las islas Diamar! —se emociona.—Siempre he querido visitar sus montañas llenas de nieve.
—Mmm… —Alba se pone el dedo en la boca, mordiendo su uña.—¿Y si mejor vamos a la isla Jade?—se le ve por primera vez una sonrisa leve y tierna.— He escuchado que ahí tienen los mejores bares.
Emma se detiene un segundo mientras arruga el rostro. Alba no se detiene y sigue caminando.
¿Pero a esa isla llena de criminales?—exclamó Emma.— ¡Tú siempre quieres estar metida en esos lugares de mala muerte!
Ya me conoces—respondió Alba, con una sonrisa pícara.
Las 2 llegan al pasillo hacia el colegio, un camino lleno de árboles y vegetación, donde hay varios estudiantes caminando o conversando. A la distancia, un chico saluda a Emma.
—¡Hola Emma!—exclamó el chico.—¿Qué haces aquí a esta hora? Conociendo a tu amiga deberías estar en el colegio 1 hora antes, no 15 minutos.
Emma solo le sonríe avergonzadamente, mientras que Alba lo mira con la cara más seria y aterradora posible, casi que asesinándolo con la mirada. Luego de eso, el chico parece arrepentirse instantáneamente del comentario que hizo.
Las chicas entran al colegio, y lo primero que hacen es acercarse a su grupo de amigos, los cuales estaban conversando por sus casilleros (los casilleros de todos están juntos). Amelia, una de sus amigas, las alcanza a ver llegar.
—¡Hasta que por fin se molestaron en llegar! —suspira Amelia.
Las chicas se integraron al círculo de amigos entre choques de palmas y risas rápidas. El aire olía a perfume barato y café frío. Joel, el único chico, mira con atención e interés a Emma, mientras que ella le coquetea disimuladamente. Alba fue directamente a su casillero, a sacar su calculadora y guardar unos libros. Por otro lado, Emma se inclina hacia el grupo, sin tocar su casillero.
—Hablábamos de lo que íbamos a hacer luego de graduarnos—comenta Joel, mientras se arregla su pretencioso peinado hacia atrás, con una cantidad moderada de gel. —¿Ustedes 2 si lo han pensado?
—No lo he pensado mucho, ¡pero estoy completamente decidida a viajar por todo el mundo!—Emma mira hacia el techo mientras sonríe.
—Yo tenía pensado estudiar en la gran ciudad —responde Alba, mientras empieza a arreglarse viéndose en un espejo de su casillero.
—Al igual que Alba, yo tenía pensado estudiar en la gran ciudad —participa Lira, una chica pequeña, cabello castaño rojizo, mientras ordena también sus libros en el casillero. —Las oportunidades ahí son simplemente mejores a las que yo podría tener aquí.
Emma recibe una llamada de su teléfono. Lo levanta y ve quién es, siendo este su padre. Emma cambia su semblante a uno de confusión, combinado con un fastidio disimulado.
Qué raro, mi papá me está llamando… —comenta Emma, mientras pone el teléfono en su oreja.
—¿Qué pasó? —Emma pone su mano en su cintura. —Ya mismo voy a entrar a la clase.
—Que tal Emma. Voy a necesitar tu ayuda otra vez —responde su padre, con un tono neutro y ligeramente vidrioso. —Necesito que vengas al bosque lo más pronto posible, por la zona del lago.
—¿Y para? —su semblante pasa a ser de incluso más confusión. —¿No sabes que pronto tengo examen?
—No va a tomar mucho tiempo, te lo aseguro… —Su voz suena un poco apenada, pero con un tono neutro predominante. —Le pediría ayuda a tu mamá, pero sabes como se pone.
Emma cambió su rostro a una ligera indignación, mientras hace contacto visual con sus amigos, como tratando de compartir su sentimiento sin decir nada. A Alba le llama la atención este evento, por lo que deja de arreglarse un segundo y mira a Emma con extrañeza.
—¡Tú solo me hablas para pedirme ayuda! —Emma tensa las cejas. —Ya voy, pero más te vale que no demore mucho.
—Gracias, te estaré esperando —finaliza su padre, antes de cortar al teléfono.
Emma guarda su teléfono, mientras los amigos la miran fijamente, esperando pacientemente a que Emma les ponga en contexto.
—Al parecer mi papá tiene la grandiosa idea de que yo vaya al bosque justo ahora. —dice Emma, con un tono fastidiado mientras guarda libros en su casillero rápidamente.
—¿Ir al bosque? Amelia frunce el ceño. —¿Para qué?
—Él trabaja pescando, y de vez en cuando me pide ayuda llevando las cajas con peces. —Explica Emma, mientras voltea los ojos.
Todos los amigos de Emma ponen una cara de entre asco y confusión, mientras se miran entre sí.
—¡Exacto! ¡Yo también reaccioné así! —Emma pone una expresión de asco más obvia. —¡Ahora todo mi uniforme va a oler a pescado!
—Si se te impregna ese olor, no te me vayas a acercar —comenta Alba.
—Mi, mi, mi —responde Emma.
Emma termina de guardar sus libros, cierra el casillero, se quita su abrigo y se lo lanza en la cara a Joel.
—Tiene que ser urgente, porque mi papá nunca se arriesgaría a que me vaya mal en un examen. —Emma arruga un poco la frente.
Joel recoge el abrigo y se lo pone en su hombro.
—Simplemente anda rápido, trata de no demorarte mucho —comenta Alba, mientras su cara pasa a ser de una ligera preocupación.
—No demoraré —Emma camina rápido hacia la salida del colegio. Amelia, Joel y Lira la ven por un segundo para luego seguir conversando, mientras que Alba se la queda viendo fijamente, con una expresión de preocupación y cierto arrepentimiento por no acompañarla.
Emma avanza en su trayecto hasta el bosque rápidamente, mientras su expresión de disgusto aumenta cada vez más.
—Ni siquiera le importa mi vida, ¿y se cree digno de que yo lo ayude? —refunfuña Emma.
Durante el camino, decide ponerse sus audífonos de vuelta, para escuchar For Tomorrow de Blur, mientras su ánimo se va levantando poco a poco, hasta comenzar a bailar al ritmo de la música mientras camina.
Emma llega al bosque. El camino es un pasillo recto, rodeado de árboles y farolas apagadas al ser de día. Se puede escuchar el sonido de las ranas, los pájaros y el viento moviendo las hojas de los árboles, acompañado de un clima húmedo que da un ligero calor. La parte extraña es que el bosque está vacío. No hay ni una sola persona en el bosque, lo cual le da una ligera sorpresa a Emma y le añade un pequeño mal presentimiento que la acompaña durante el camino.
—Ojalá Alba hubiera venido conmigo… —comenta Emma, mientras cierra los ojos y agacha la cabeza.
Emma decide subirle el volumen a la música, para tratar de enmascarar el mal presentimiento que tiene y mantener una actitud positiva. Emma sigue caminando y, perdida en la música, se da cuenta de que ya está llegando a la zona del lago.
En los lados hay bellas cascadas que conducen a pequeños riachuelos, mientras unas escaleras llevan precisamente a la zona donde debería estar su padre. Al finalmente subirlas, Emma ve algo que le generó un nudo en el estómago repentino.
La zona estaba completamente vacía.
Emma se acerca hasta la orilla del lago para ver sus alrededores, pero nada, no hay nadie. Decide quitarse los audífonos.
—¿Pero dónde está mi papá? —camufla su rostro de preocupación con uno de ira. —¿Cómo es posible que me haga venir y ni siquiera se aparezca?
Emma soltó un gruñido de frustración, para luego coger su teléfono y volverlo a llamar. El celular solo suena, pero nadie atiende del otro lado.
—No responde… —dice Emma, mientras se rasca la parte trasera de la cabeza.
Emma guardó el celular y se quedó observando su entorno. Contempló el lago; el sonido del agua, en lugar de relajarla, le devolvía una inquietud perturbadora. El viento empezó a arreciar, generando olas pequeñas que golpeaban la orilla con un ritmo monótono: una y otra vez, y otra vez.
Emma sintió un mareo repentino, una desorientación que le hizo perder el equilibrio por un segundo.
—No me estoy sintiendo nada bien —murmuró, parpadeando con rapidez para aclarar la vista—. Creo que volveré al colegio; me está dando un mareo muy fuerte.
Decidió no ponerse los audífonos. Empezó a caminar lentamente de regreso, pero algo se sentía mal, muy mal. El sonido del viento subió de tono hasta convertirse en un silbido agudo. Las olas golpeaban con una intensidad furiosa y la luz del sol comenzó a desvanecerse, como si una niebla invisible estuviera devorando el paisaje mientras ella luchaba por mantener los ojos abiertos.
Emma se detuvo. Se restregó la cara con sus manos frías, intentando despertar de lo que parecía un sueño febril. Al alzar la mirada, el pánico la golpeó como nunca.
El camino ya no estaba.
El pasillo recto y uniforme de árboles había desaparecido, reemplazado por un laberinto de árboles distribuidos sin estructura fija. La niebla ya no era un espejismo; era una pared blanca y tangible que la rodeaba. De golpe, el sonido de las olas se extinguió, dejando paso a un viento rugiente que parecía nacer del mismo suelo.
—Pero… ¿Qué? —exclamó Emma, con la voz quebrada. — ¿Dónde estoy?
Emma decide caminar. Su expresión facial está congelada; la boca semi abierta, los ojos totalmente abiertos y la frente tensa. No tiene ni la más mínima idea de a dónde va, solo camina y camina, recorre árboles y esquiva rocas. El sonido del viento se volvió tan insoportable que Emma empezó a taparse los oídos para no desquiciarse por completo. Cuando no ve ninguna salida, Emma encuentra algo que le regresa esperanza.
Encuentra a su padre.
Ahí estaba. A lo lejos, apenas se lo alcanza a ver por la densidad de la niebla. Solo está parado, mientras ve hacia la dirección opuesta fijamente, con una postura que refleja desesperanza y dolor.
—¡Papá! ¡Eres tú! —grita Emma con la mayor fuerza que puede, con una voz quebrada, pero esperanzadora.
Su padre se voltea, la ve, y camina rápido hacia ella sin decir absolutamente nada. Su rostro es el de una persona desesperada y asustada.
—¡Hija! ¡Al fin te encontré! —exclamó su padre con un tono agotado.
—Papá… papá… —Emma empieza a quebrarse, a punto de llorar. —No me siento bien papá… No me siento bien… —su mirada se intensifica y refleja genuina desesperación y pánico. —Ayúdame… ¡llévame a casa!
El semblante de su padre se congela. Una ráfaga de viento golpea, y en cuestión de un milisegundo, el rostro de su padre cambió por completo. Ya no hay desesperación, hay neutralidad. Ya no hay nerviosismo, solo indiferencia. Su mirada se apagó por completo, y refleja el cuerpo de un alma que simplemente está perdida en el vacío.
—¿Papá? —dice Emma con voz temblorosa, los ojos totalmente abiertos, pupilas completamente encogidas, y una respiración pausada.
—Perdón, pensé que eras mi hija —responde el padre sin mirarla a los ojos. — te confundí con otra persona.
Luego de escuchar eso, la respiración de Emma vuelve, pero a una intensidad distorsionada. La desesperación retoma como el sonido de una alarma creciente y repetitiva.
—¿Pero qué dices? ¡Soy yo! ¡Emma! —exclamó, con una voz totalmente rota y destrozada. —Por favor llévame a casa papá… Por favor…
—Lo siento —responde su padre, para luego simplemente voltearse y caminar hacia un camino invisible por la inmersiva niebla.
El shock y destrozo que esto le generó a Emma fue tan potente que hasta le dieron nauseas. A Emma no se le ocurrió nada mejor que simplemente seguirlo, pero no puede correr. Algo se lo impide. Cada paso que da se siente como si la gravedad ha sido físicamente alterada y está a un nivel que su cuerpo simplemente no puede soportar. Emma camina, pero su velocidad no es suficiente para alcanzarlo.
—¿Qué te pasa? —Emma gritó mientras lo seguía a la máxima velocidad que podía. —¡Soy yo! ¡Soy yo! —exclama con una voz desgarradora que se desvanece. —¡No me dejes, papá!
Emma cierra los ojos por un segundo, y al volverlos a abrir, todo era diferente, otra vez. Su papá había desaparecido, y la estructura del bosque había cambiado. El camino es diferente, volvió a ser lineal como lo era el original, pero la niebla no se ha disipado en lo absoluto. Emma ve al frente, y ahora a quien ve es a su madre. Ella solo está parada, con una postura idéntica a la de su padre con una melancolía inherente, mientras ve fijamente a un cartel.
—Extraño a mi niña —dice su madre, con los ojos hinchados. —¿En qué momento se perdió?
La confusión en el semblante de Emma es indescriptible.
—¡Mamá! ¡Soy yo! —grita con cierta esperanza que parece no desvanecer. —¡Por favor no me dejes!
La mamá simplemente la ignora y comienza a caminar hacia el vacío, al igual que su padre. Emma intenta seguirla, pero a los pocos segundos, ocurre una fuerte ráfaga de viento que nubla la vista de Emma momentáneamente, y al volver a ver, su mamá ya no estaba. Había desaparecido sin dejar rastro.
—¿Pero qué les pasa? —susurra Emma, con una energía que poco a poco está empezando a desaparecer por completo.
Emma decide leer el cartel, y lee algo que le hiela la sangre.
“¿Dónde estás, Emma?”
Emma por primera vez pierde el equilibrio totalmente y se cae al suelo. Decide levantarse, aunque cueste.
—Aquí estoy… —susurra Emma.
Decide seguir avanzando, aunque siente como con cada paso su conciencia pierde fuerza. Antes de estar al borde de desplomarse, ve algo que le revive temporalmente la esperanza.
Es Alba.
Está ahí, parada. No está de espaldas, está de perfil, mientras ve fijamente hacia una dirección, con una expresión de melancolía y dolor.
—¡Alba! —grita Emma, con un tono tan alto que se distorsiona.
Ella solo avanza hacia la dirección que contemplaba. Emma piensa que la va a abandonar al igual que sus padres, por lo que intenta correr con todas sus fuerzas, pero físicamente no puede.
—¿A dónde vas? —exclama Emma, esta vez con cierta furia e impotencia.
A sorpresa de Emma, Alba se detiene. Esta se queda parada frente a algo que parece ser una piedra, cubierta casi que en su totalidad por la densa niebla. Alba contempla la piedra con tristeza. Emma esta vez la alcanza, y la agarra de los hombros.
—¡Estoy aquí! —dice mientras aprieta los dientes. —¡Soy yo! ¡Emma! No me ignores, Alba… Tú no…
El sonido invasivo del viento empieza a reducirse poco a poco hasta conducir a un silencio absoluto.
—Aquí descansan los recuerdos. Aquí descansan los recuerdos de quien alguna vez fue mi mejor amiga. Quien ahora ya no existe. Es hora de decirle adiós y olvidarla para siempre. —Una lágrima recorre el rostro de Alba lentamente.
—No me dejes Alba… No me dejes aquí… Déjame sentirte — susurra Emma para luego darle un abrazo por la espalda a Alba. El silencio domina el ambiente, brindando una paz que no se siente real.
—Que alivio. —dice Alba.
La mirada de Emma se quebró. Sus pupilas se encogieron hasta casi desaparecer mientras el iris perdía su color original.
—No la soportaba —continuó Alba con una naturalidad inquietante.— Nunca me escuchaba. Solo quería hablar de ella. Así mi día hubiera sido el más difícil de todos, tenía que escucharla a ella primero. No hacía más que hervirme la sangre.
Emma la soltó lentamente. El rostro se le desdibujaba en una despersonalización total.
—¿Por qué? —Emma guardó silencio unos segundos—. ¿Por qué me dices eso?
—Nadie te toleraba, Emma. Tu pérdida no es más que un favor para este mundo.
Cada palabra era una puñalada física. En el cuerpo de Emma empezaron a brotar moretones violáceos, y bajo sus ojos nacieron ojeras profundas. Su alma estaba siendo consumida por la indiferencia de su mejor amiga.
—Y aquí estoy. Hablándole a una tumba —finalizó Alba. Se giró y miró a Emma directamente a los ojos—. Disculpa, ¿te conozco?
Alba la hizo a un lado con un movimiento mecánico y se perdió en la niebla sin mirar atrás. Emma se quedó sola frente a la piedra. La bruma se disipó lo suficiente para revelar el grabado en lo que parecía ser una roca, pero realmente es una tumba: EMMA.
No hubo más gritos. Sus ojos se tornaron completamente blancos, reflejando el vacío de la niebla, y su cuerpo se desplomó sobre la tierra que ya no la reconocía.