El eco de la niebla

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Summary

José David, un biólogo introvertido marcado por el abandono y el rigor de su crianza, regresa a su pueblo natal en los Andes tras la muerte de su abuela. Su plan es simple: vaciar la casa familiar, venderla y regresar a su aséptica vida en una ciudad futurista. Sin embargo, al llegar descubre que el paraíso de su infancia ha sido colonizado por una secta de "neochamanismo de élite". Liderados por el carismático Asdrúbal y el seductor Enric, un grupo de extranjeros adinerados se ha apropiado de las tierras y los rituales ancestrales, desplazando a los locales bajo una fachada de espiritualidad y luz. Dividido entre la nobleza de Miguel —un agricultor que le ofrece un amor honesto y el calor de las raíces— y la peligrosa atracción de Enric, José David utiliza su formación científica para desentrañar la verdad. Al descubrir que la secta utiliza plantas tóxicas para manipular a sus seguidores, una rabia contenida durante décadas estalla en su interior. En un acto de justicia desesperada y oscura, José David interviene el ritual de la secta, desencadenando una tragedia que la montaña parece reclamar como propia.

Genre
Lgbtq
Author
Yorman
Status
Complete
Chapters
8
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

El eco de las montañas

El olor llegó primero. Limoncillo y tierra húmeda, mezclados con algo que no tenía nombre pero que él reconocía en los huesos: el olor del pueblo. José David siempre había sentido que su vida era una serie de ecos. Desde su infancia en un pequeño pueblo enclavado en lo más profundo de las montañas andinas, donde la brisa helada traía consigo ese aroma inconfundible, el murmullo de los árboles y el canto de los pájaros, hasta su vida actual en una ciudad grande y bulliciosa, cada paso que daba resonaba con los recuerdos de un pasado que nunca lo había abandonado.

A sus treinta años, José David era un hombre de complexión delgada y estatura media. No era el tipo de persona que llamaba la atención al entrar a un lugar, y eso le convenía. Su cabello corto y oscuro enmarcaba un rostro que, aunque a veces se iluminaba con una sonrisa tímida, cargaba el peso de la melancolía. Sus ojos castaños rara vez miraban de frente a los ojos de otro; preferían perderse en algún punto lejano, como si siempre estuvieran calculando la distancia entre lo que era y lo que pudo haber sido. Era un hombre introvertido, que prefería la compañía de sus pensamientos a la de las multitudes. La vida lo había llevado a una ciudad futurista, llena de luces brillantes y oportunidades, pero en su corazón siempre había un rincón reservado para el pueblo que había dejado atrás.

Crecer en aquel rincón aislado del sur no había sido fácil. A los cuatro años ya sabía lo que era el silencio de una cama vacía: su madre murió sin darle tiempo a recordarla, y su padre desapareció sin dejar ni una carta. Lo crio su abuela, una mujer de manos ásperas y voz firme que le enseñó a valorar sus raíces y a luchar por lo que creía justo. Pero también le enseñó, sin querer, el peso del “qué dirán”. En un pueblo donde todos se conocían y las ventanas parecían tener ojos escrutadores, los murmullos de los vecinos lo seguían. De niño, a menudo se preguntaba si la gente creía que era mudo, pues su naturaleza callada generaba comentarios irónicos. “Ese niño tiene algo raro”, decían, y él aprendió a convertir esa rareza en coraza.

José David trabajaba como biólogo. Había llegado a ese título a base de madrugadas, becas y una terquedad silenciosa que nadie le reconocía. Su amor por la naturaleza y su deseo de proteger el medio ambiente lo habían guiado en su carrera, pero a menudo se sentía atrapado en un mundo que priorizaba el progreso sobre la conservación. Cada informe que archivaban sin leer, cada proyecto minero aprobado sobre un páramo, le dejaba una rabia sorda en el pecho que no sabía cómo soltar.

La muerte de su abuela había sido un golpe devastador. No fue una muerte anunciada. Fue un martes ordinario, una llamada de tres minutos y el mundo partido en dos. En su testamento, ella le había dejado la casa familiar en el pueblo, un lugar que había sido testigo de su infancia y de las historias que habían forjado su carácter. Aunque había pasado más de una década desde su último viaje a ese lugar, el eco de las enseñanzas de su abuela resonaba en su mente. Ella había sido su norte. Y ahora, sin ella, la brújula giraba sin detenerse.

Lo que más lo perseguía no era el dolor de perderla, sino una imagen concreta: la abuela que siempre había ayudado a los demás, que nunca pensó en sí misma, muriendo sola. Sin el apoyo de los mismos pobladores a quienes había dedicado su vida. Nadie barrió su acera ese día. Nadie llevó flores. Este recuerdo lo perseguía, y su deseo de luchar por los más vulnerables era un legado que ella le había transmitido, especialmente su compromiso con la laguna en lo alto del páramo, una fuente de agua vital y sagrada que había aprendido a cuidar desde niño.

José David había decidido tomarse un mes de vacaciones para regresar al pueblo. No lo llamó “vacaciones” cuando se lo dijo a su jefe. Lo llamó “asuntos personales”. Pero en el fondo sabía que era otra cosa: era una deuda pendiente consigo mismo. Sabía que el viaje implicaría horas de camino serpenteante por precipicios y montañas imponentes, para llegar a un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido. Un refugio escondido donde las casas coloniales de fachadas inmaculadamente blancas y la iglesia con su techo de teja roja aún permanecían intactas, como si esperaran estoicamente su regreso.

Mientras se preparaba para el viaje, miró por la ventana de su apartamento en la ciudad. Afuera, la autopista parpadeaba con luces de neón y el ruido de mil motores. Adentro, él sostenía entre las manos una fotografía vieja: su abuela frente a la laguna, con el páramo detrás y esa sonrisa suya que no pedía permiso. Recordaba las tardes pasadas lanzando piedras al agua con sus primos, mientras la espesa neblina comenzaba a bajar por las laderas, y escuchaba las historias de su abuela sobre los indígenas que habían luchado por sus tradiciones. Cada relato era un recordatorio de su herencia, de la lucha por mantener vivas las raíces en un mundo que a menudo las olvidaba.

Pero había algo más que lo impulsaba a volver, algo que le costaba nombrarse a sí mismo. José David sabía que su regreso no sería solo un viaje físico; sería un viaje hacia el interior, un enfrentamiento con sus propios miedos y deseos. Con demasiada frecuencia, se sentía como un extraño en su propia piel, atrapado entre la vida que había construido y el anhelo de ser auténtico. Su orientación sexual, que había sido un tema tabú en aquel pueblo conservador, lo había llevado a esconderse detrás de una fachada de normalidad en la ciudad. Había aprendido a sonreír en los momentos correctos, a cambiar el tema con maestría, a existir a medias. Sin embargo, en el fondo, deseaba encontrar un lugar donde pudiera ser él mismo, sin miedo ni juicios.

Al llegar al pueblo tras horas de camino rústico, la nostalgia lo golpeó con fuerza. Primero fue el aire. Frío, limpio, con ese sabor a páramo que ninguna ciudad podía imitar. El paisaje era abrumador: montañas escarpadas y tapizadas de un verde intenso abrazaban el pequeño valle. Las casas blancas, relucientes bajo el sol de la tarde, parecían mirarlo con ojos familiares. Las gruesas paredes de adobe contrastaban maravillosamente con los tejados anaranjados y los portones de madera tallada. Al caminar por las calles empinadas y empedradas, sintió que el pasado lo abrazaba. La pequeña plaza central, adornada con flores silvestres, ahora estaba desierta. Ni una escoba barriendo, ni un niño corriendo. Solo el viento moviéndose entre las fachadas blancas como si también estuviera buscando a alguien.

Cuando finalmente llegó a la casa de su abuela, ubicada en la parte alta desde donde se dominaba la vista de la iglesia y los techos del pueblo, se detuvo un momento frente a la puerta. Puso la mano sobre la madera antes de sacar la llave. Estaba fría. Áspera. Pero olía igual que siempre: a leña apagada y a hogar. Al abrir, un silencio profundo lo envolvió. La casa parecía intacta, como si alguien hubiera estado esperando su regreso. Sobre la mesa de la cocina había un vaso vacío. Su abuela siempre dejaba un vaso de agua en la mesa “por si alguien llegaba con sed”. José David se quedó mirándolo un momento. Luego lo llenó, bebió despacio y sintió que algo, muy adentro, empezaba a ceder.

Mientras comenzaba a organizar sus cosas, sintió que el peso de su vida en la ciudad se desvanecía lentamente. No sabía aún lo que encontraría en ese pueblo. No sabía que el regreso no sería un cierre, sino una apertura. Aunque sabía que el camino no sería fácil, estaba decidido a enfrentar los ecos de su pasado y encontrar, de una vez, su lugar en el mundo.