Casi profesionales

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Summary

¿Alguna vez soñaste con trabajar en una empresa interdimensional en la que te explotan laboralmente, no te pagan y haces el trabajo que nadie quiere? Pues ellos tampoco, pero, obligados por el destino, lo harán a su manera: a veces caótica y muy violenta, pero a su manera.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Ren Abe caminaba sin rumbo por el parque, pateando piedritas y hojas secas, como quien no tiene nada mejor que hacer un mediodía de verano. Fue entonces cuando algo en el suelo llamó su atención: una piedra ovalada, del tamaño de un puño, con una sonrisa dibujada en marcador negro. Una carita simple, infantil, pero que a Ren le pareció graciosamente burlona.

La recogió y la observó de cerca.

—Apuesto a que si mato a alguien con esto, se le borra la cara —murmuró para sí, con una mezcla de aburrimiento y malicia.

Miró a su alrededor. Ni un alma en las veredas, solo el canto lejano de un pájaro y el zumbido de un ventilador roto en alguna ventana. Avanzó hasta encontrar una pequeña tienda de barrio abierta, de esas que parecen sobrevivir al paso del tiempo por puro capricho.

Adentro, un anciano en silla de ruedas atendía detrás del mostrador, hojeando un crucigrama. A un costado, una mujer seleccionaba zanahorias, sin notar nada.

Ren sonrió.—Perfecto.

Sin pensarlo mucho, alzó la piedra y se lanzó sobre el pobre viejo. Lo que Ren no esperaba era que, en una reacción más rápida que sus pensamientos, el anciano sacara una escopeta recortada de debajo de la manta de sus piernas y, con una puntería impecable, le disparara directo a su cráneo.

Ren cayó muerto al instante, con la roca todavía aferrada a su mano. Sangre y sesos adornaron el suelo, pero la carita sonriente seguía ahí, intacta, sonriendo como si nada. Ni siquiera la tragedia había logrado borrarla.

El anciano resopló, bajó la escopeta y volvió a su crucigrama.

—Estos chicos de ahora, vienen cada ves mas violentos —murmuró, tachando la palabra asesino en vertical.

Cuando Ren abrió los ojos, lo primero que notó fue que no olía a verduras, ni a pólvora, ni a sangre. En cambio, había un aroma a incienso barato y desinfectante viejo. Se encontraba en una sala de espera. Amplia, con sillas de metal alineadas, paredes amarillentas y un reloj de pared que marcaba las 3:33.

Al fondo, tras un mostrador de madera, una mujer de gafas redondas enormes y un peinado inflado jugaba al póker en su computadora, mascando un chicle con tanta fuerza que parecía querer romperse la mandíbula. A su alrededor, varias personas esperaban en silencio: algunos hojeaban revistas raídas con títulos como“5 torturas que jamás deberías aceptar”, otros se pintaban las uñas o solo contemplaban el techo, aburridos.

Ren se frotó la cabeza y miró su mano. Aún sostenía la piedra con la carita sonriente.

Se acercó al mostrador, apoyó los codos y preguntó con una sonrisa infantil:

—Oye... ¿eso es labial o metiste tu boca en una aspiradora hasta que te sangraron los labios?

La mujer le dedicó una breve mirada por encima de sus lentes, pero sin molestarse, como quien lidia con idiotas a diario. Sin decir una palabra, tomó un formulario amarillento de una bandeja y se lo tendió.

Ren lo tomó y lo leyó en voz alta:

“Inscripción para su Círculo del Infierno”

Debajo, los apartados:

Nombre completo:

Causa de muerte:

Méritos bondadosos (si los hubiera):

Pecados quebrantados durante su existencia:

Y pegada con cinta, una cartita que decía en letras torcidas: “Coloque aquí el objeto con el que murió.”

Ren bajó la vista a la piedra en su mano.

—esto cuenta como un objeto, ¿no? Porque también podría ser mi cerebro, pero creo que quedó desparramado allá atrás... —dijo alegremente.

La recepcionista hizo un gesto vago con la mano para que se sentara.

Ren se dejó caer en una de las sillas, justo al lado de un sujeto que se tapaba la cara con un periódico y una anciana que mascaba chicle con la mirada perdida. Sin perder su sonrisa, comenzó a llenar el formulario, sacando la lengua por la comisura de los labios como un niño resolviendo un dibujo de unir puntos.

La piedra seguía sonriendo.

Luego de llenar el formulario y de poner una carita feliz en cada letra “o”, Ren se lo entregó a la recepcionista, esperando algún tipo de fanfarria o aplauso.

—Bueno, señorita labios chupa-aspiradora, ¿y ahora qué? —preguntó, balanceándose de puntas a talones.

Sin mirarlo siquiera, la mujer tomó los papeles y, sin ningún interés, los arrojó directamente a un tacho de basura oxidado detrás del mostrador.

—Siéntate hasta que te llamen —masculló, volviendo al póker.

Ren Caminó de vuelta a las sillas, se dejó caer en una y, al cabo de un minuto exacto, ya estaba aburrido.

Primero, comenzó a hacer sonidos raros con la boca. Un “plop, plop, plop” continuo en la oreja de una mujer que estaba a su lado. Luego, empezó a mirar fijamente a una anciana que tejía, acercando la cara tanto que su nariz casi rozaba la suya.

—¿Eso es pelo de humano? Porque huele como a pelo de humano... pero mojado... —dijo en voz alta.

Después, intentó tocarle las arrugas a un tipo calvo de expresión seria.

—¿moriste y quedaste calvo o eras calvo de antes? —preguntó con sincera curiosidad.

Al no recibir respuesta, se levantó y fue directo a una planta en una esquina. Le arrancó una hoja, se la metió a la boca y la masticó haciendo ruidos insoportables.

—No está tan mal... aunque sabe a funeral... —comentó, tomando otra.

Algunos lo miraban de reojo. Otros, simplemente ignoraban todo. En esa sala, cosas peores se habrían visto antes.

Ren, aún aburrido, trepó a una silla y empezó a hacer equilibrio de pie sobre ella.

—¡Damas y caballeros, les presento al increíble hombre planta! ¡Sobrevivió a una escopeta en la cara y ahora puede comer un ficus como cereal! —gritó.

Luego de un largo rato que, según el reloj de pared, fueron diez minutos, pero para Ren se sintieron como diez años de castigo viendo documentales de insectos, finalmente una voz sonó desde el altavoz:

Ren Abe, favor de subir al ascensor y dirigirse al piso... 1386574657465475637684.

Ren frunció el ceño.

—¿¡Ciento qué!? —balbuceó, pero para cuando intentó recordar, ya se le había olvidado. Miró de reojo a la recepcionista, que seguía tan concentrada en su póker como una estatua podrida, y decidió que no necesitaba su ayuda.

Así que entró al ascensor. Una caja de metal oxidado, con botones que llegaban hasta el techo y números imposibles de leer. Sin saber qué hacer, Ren hizo lo que mejor sabía: apretar todo.

Presionó botones al azar, incluso algunos que decían cosas como “Prohibido tocar”, “Destino peor que la muerte”, y uno que simplemente tenía dibujado un pato.

Las puertas se cerraron y, de golpe, el ascensor se disparó hacia abajo con tanta violencia que Ren quedó pegado contra el techo, riéndose como si fuera la mejor montaña rusa de su vida.

—¡Wooo! ¡mas rapido! —gritaba, mientras flotaba de cabeza.

Sin aviso, el elevador se detuvo con un chirrido metálico y un golpe seco. Ren cayó como un costal de papas al suelo.

Se levantó frotándose la frente, con una sonrisa, y salió del ascensor.

Frente a él, una nueva recepción se desplegaba. Esta no era como la anterior. Era grotesca, sucia, y todo parecía rezumar un humo rojizo que olía a carne quemada y perfumes baratos. Demonios de todo tipo deambulaban, pecadores gritaban, y un cartel luminoso parpadeante decía: “Bienvenido al sector de asignaciones eternas”.

Ren sonrió.

—Mucho mejor... —dijo, arrancando otro pedazo de planta moribunda de una maceta y metiéndoselo a la boca.

Se acercó a la recepción, con esa sonrisa descarada que parecía recién salida de una caricatura violenta. Pero antes de que pudiera abrir la boca para decir cualquier comentario incómodo, la demonio recepcionista —una criatura grisácea con cuatro ojos y gafas de aumento— le deslizó un papel sin levantar la vista.

Ren lo tomó y lo leyó en voz alta:

“Favor de seguir la línea azul en el suelo hasta su castigo eterno: serás lamido en los pies por una cabra nauseabunda para toda la eternidad.”

Ren hizo una mueca.

— Eso suena aburrido. ¿Y si mejor yo le lamo los pies a la cabra? Creo que sería más divertido —comentó, alzando la mano como si pidiera permiso en la escuela.

La recepcionista soltó un gruñido grave, sin dejar de mirar unos papeles manchados de sangre seca.

—Si tienes algún problema, diríjase a recursos humanos. Línea roja. —Le señaló con una garra huesuda el suelo, donde una línea roja pintarrajeada serpenteaba en dirección opuesta a la azul.

Ren se relamió los labios.

—¡Recursos humanos! ¡Suena a un lugar donde guardan partes de personas!

Y sin pensarlo, pisó la línea roja, silbando bajito y pateando a propósito una pierna suelta que encontró tirada.

Mientras seguía la línea roja, Ren iba caminando como si estuviera en un parque de diversiones. A cada paso, veía demonios torturando a almas gritonas, algunas suplicaban clemencia, otras lloraban como bebés y unas pocas solo se retorcían en silencio.

Ren no pudo evitar soltar una carcajada cada vez que escuchaba un “¡Por favor, detente!” o un “¡No más, no más!“. Para él, era como escuchar chistes contados por gente muy mala para contarlos.

Incluso se acercó a una señora que se estaba ahogando en un charco de uñas y le dijo:

—Al menos esta vez el esmalte no se va a correr.

La mujer solo gimió y se hundió de nuevo. Ren se encogió de hombros y siguió la línea roja como quien sigue un sendero de migas.

Pero cuando llegó al final... la línea terminaba abruptamente en el borde de un gigantesco pozo de lava burbujeante. No había oficina, ni puerta, ni secretarias con bocas gigantes, ni partes humanas en frascos. Solo lava.

Ren se quedó un momento en silencio, viendo cómo una burbuja de magma explotaba, lanzando al aire lo que parecía ser un ojo.

—Oye... —dijo en voz baja, frunciendo el ceño—. ¡Esto no se parece en nada a recursos humanos!

Se asomó, tratando de ver si abajo había alguien, y gritó:

—¡¿Holaaa?! ¿Hay alguien cuidando las partes humanas ahí abajo? ¡Vengo a presentar una queja!

El eco de su voz se perdió en las profundidades, junto al chisporroteo de lava.

Ren se cruzó de brazos.

—Bueno... esto apesta.

Y justo cuando estaba a punto de patear una piedra al pozo, una voz detrás suyo lo llamó:

—Ey, tú!. ¿Buscas recursos humanos?

Ren se giró, curioso.

Detrás de él, una sombra se proyectó en el suelo. Lo primero que vio fue a una mujer morena, alta, con un aura tan pesada que hasta la lava parecía evitar chispear cerca de ella.

Su largo cabello negro le llegaba a la cintura, rebelde y ondulado, con un flequillo que le cubría los ojos, aunque eso no impedía sentir su mirada asesina. Sus cuernos curvos y afilados como cuchillas coronaban su cabeza. Su cuerpo era una mezcla peligrosa de curvas marcadas y fuerza descomunal, como si una diosa guerrera se hubiera escapado del peor de los mitos.

Ren la miró de arriba abajo sin disimulo, con una expresión embobada. Su jardinero sucio, su cabello revuelto con puntas rosas y sus ojos violetas brillaban como los de un niño encontrando un juguete nuevo y muy, muy peligroso.

La mujer frunció el ceño, disgustada.

—Esos imbéciles te mandaron aquí, ¿no? —espetó con una voz grave y fuerte que hizo eco infernal—. ¿Cuántas veces tengo que decirles a esos idiotas que no es gracioso? deberías estar en tu maldito castigo, no siguiendo líneas estúpidas.

Pero Ren no escuchaba ni una palabra. El Sonrió, con la cara roja como un tomate, mientras ella seguía refunfuñando sin notar que ese enano frente a ella estaba completamente idiotizado.