Voces de dolor

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Summary

Eren Barrett ha aprendido a convivir con la culpa, el rencor y una pérdida que nunca dejó de doler. Marcado por la muerte y el odio, crece atrapado en una lucha interna donde la violencia se disfraza de justicia y el deseo de salvar se convierte en una forma de control. Hasta la llegada de Anika, una mujer que encarna aquello que nunca pudo proteger y aquello que podría destruirlo. Ella representa una elección. Un límite. Y quizá, el último error. Cada personaje de esta historia carga con su propio ruido interno: pensamientos que rasgan hasta los huesos, recuerdos que pesan y culpas que se repiten como ecos interminables. Entre ellos, dos hombres unidos por una relación tan estrecha como asfixiante, donde la dependencia se disfraza de lealtad y el amor se vuelve una jaula compartida.

Status
Ongoing
Chapters
13
Rating
n/a
Age Rating
18+

Como la primera vez


28 de agosto de 2023

No recordaba dónde se encontraba exactamente. Su pecho subía y bajaba con violencia, preso de la adrenalina que aún corría por su cuerpo, saciando su mente con imágenes repetitivas de lo que acababa de hacer.

Su rostro, al igual que sus manos y su pecho, estaba manchado de sangre, contrastando con el blanco de sus dientes, expuestos en una sonrisa siniestra. De todo lo ocurrido, lo único que lamentaba era no poder mirarse en un espejo para contemplar su obra de arte: ese maravilloso color rojo que decoraba su piel y su camiseta blanca.

Se dejó caer al suelo, con los brazos extendidos.

La luna iluminaba de forma irreal las copas de los árboles y su blanquecina piel. No le gustaba la claridad. Esa noche no había sido la ideal.

En un poblado como Ripley, la oscuridad era la mejor aliada para pasar desapercibido. Era un lugar pequeño, donde casi todos se conocían. Incluso alguien como él estaba en el radar de los habitantes; al menos la mitad, lo habían visto alguna vez, aunque fuera de lejos.

A pesar de todo, había valido la pena. Por fin se sentía vivo.

Tantos años conteniendo ese deseo. Tanto tiempo escondiéndose de sí mismo, que ya no había podido detenerlo.

Cerró los ojos, dejando que los sonidos de la noche lo envolvieran.

El crujido de una rama lo hizo sonreír de nuevo. Era fascinante… pero no tanto como el sonido de los huesos al romperse. Solo pensarlo bastaba para que el frenesí regresara, despertando ese impulso salvaje.

Se presionó las sienes con ambas manos, obligándose a calmarse. Mientras en su cabeza seguían repitiéndose las mismas preguntas que lo habían acompañado mientras corría minutos antes.

¿Cómo había llegado a ese punto?

¿Cómo había despertado otra vez al demonio en su interior?



Horas antes

Aquella mujer llevaba más de tres días provocándolo.

Sus labios se entreabrían con descaro, y se acomodaba los pechos cada vez que notaba su mirada. Cada encuentro era igual. Y, aun así, él había intentado evadirla.

Había algo en ella que lo provocaba de manera peligrosa. Era su descaro y su olor dulce, lo que le hacía hervir la sangre.

Si ella supiera lo que cruzaba por su mente cada vez que le miraba la boca, no se acercaría ni un segundo. Pero no lo sabía. Era tan ignorante como coqueta.

Desde el primer momento, había quedado atrapada en él.

Fue ella quien lo siguió la primera vez, avanzando tras él por calles casi vacías, creyendo que pasaba desapercibida. Pero él la había notado desde el principio. Y había comprendido algo más: no era especialmente inteligente. Solo alguien así seguiría a un desconocido a esas horas, en un lugar tan solitario.

No encajaba con él.

Sabía lo que provocaba en su interior. Lo había sentido antes. Y por eso había intentado mantenerse lejos.

Pero ella no se lo permitió. Ahora ya era tarde. Aunque quisiera, ya no podría huir.

Su destino estaba decidido desde el momento en que cruzaron miradas.

En ese instante, ella estaba sentada a unas mesas de distancia. Más quieta que los días anteriores, observándolo minuciosamente.

Había pagado la cuenta hacía unos minutos, pero no se movía. Seguía ahí, mirando cómo él cortaba su filete rojo, casi crudo.

Aquello lo rebasaba por completo: se salía de su control.

Se levantó de la mesa y dejó el pago de su cena, junto con una buena propina para la camarera.

Avanzó hacia ella sin apartar la mirada, y al pasar a su lado rozó con los dedos su hombro descubierto.

Siguió su camino. Salió del restaurante y, tal como esperaba, escuchó sus pasos detrás.

Había caído. Tan fácil. Tan rápido.

Dibujó una sonrisa en los labios.

Su maldito olor la había condenado desde el inicio. Un perfume demasiado dulce… tan cautivador para alguien tan estúpida.

Ella estaba convencida de que él había cedido a su seducción. No podía estar más equivocada.

Dobló la esquina hacía la calle donde había dejado su auto y se detuvo un instante.

Cuando ella se internó en la oscuridad, la empujó contra la pared.

Sus ojos inocentes brillaron al tenerlo tan cerca y sonrió. Creía haber ganado.

Pero estaba tan lejos de la realidad.

—Eren, ¿cierto? —preguntó, mordiéndose el labio.

No tenía derecho a eso. Lo tentaba con tanto descaro que lo hacía rabiar.

Eren se inclinó y rozó su labio inferior con la lengua. Luego deslizó un dedo por su cuello hasta a su barbilla. Esbozó una tenue sonrisa… y se apartó.

Caminó hasta su auto sin mirar atrás. Se sentó al volante, se abrochó el cinturón y encendió el motor. El sonido lo calmó por un momento.

Aún podía evitar caer en la tentación.

Cerró los ojos dejándose absorber por la comodidad momentánea, hasta que el golpeteo de sus uñas contra la ventana lo devolvió de golpe.

Bajó la ventanilla sin mirarla, inhalando profundamente.

—Sube —ordenó.

Para Eren era imposible detenerse. Pero ella todavía podía irse. Todavía podía salvarse. Pero no lo hizo. Aceptó la invitación, rodeó el auto y tomó el asiento del copiloto.

Tras escuchar el sutil sonido del seguro en las puertas, Eren condujo sin decir palabra hasta su apartamento en White Hart Meadows.

Ella tampoco habló. Y él lo agradeció. El silencio lo ayudaba a pensar… o a no hacerlo.

Cuando llegaron al estacionamiento, apagó el motor y se quitó el cinturón. La mano de ella, se enroscó ansiosa en su muñeca.

—No tan rápido, guapo —dijo, sonriendo confiada de que aquel gesto sería suficiente.

Sin embargo, para Eren, no era más que un burdo intento por obtener su atención.

La mujer soltó su agarre sin dejar de mirarlo. Se quitó el cinturón y se inclinó sobre él, intentando desabrochar la cremallera de su pantalón.

La urgencia en sus movimientos le resultaba irritante. Eren enredó una mano en su cabello castaño y tiró de ella haciéndola soltar un pequeño quejido. Miró con fascinación como sus ojos se encendieron y su boca se entreabrió, lista para protestar. Pero él la atrajo de nuevo y la besó con brusquedad, apenas un instante, luego se apartó, empujándola como si le resultara desagradable.

—Número cinco, segundo piso —informó, y ambos bajaron del auto.

La observó mientras subía las escaleras, recorriendo con la mirada la forma de su cuerpo.

Al llegar al departamento, ella se detuvo frente a la puerta. Lo miró por encima del hombro y le dedicó una amplia sonrisa.

Ya vería si después de un rato seguiría riéndose.

Eren rodó los ojos, sacó la llave del bolsillo de su pantalón y abrió con calma, llegados a ese punto, no había prisa. Empujó la puerta y, con un gesto, le indicó que entrara.

Ella no lo dudó. Sus ojos recorrieron el interior con curiosidad. El suelo de madera de wengué, la alfombra de un gris más claro que el de las paredes desnudas.

Todo estaba en orden. Demasiado, a su parecer.

La mesa de cristal, vacía. Los sofás con los cojines acomodados pulcramente.

—Tienes un gusto muy elegante —murmuró.

No había nada fuera de lugar. Pero lo que más llamó su atención fue la ausencia de calidez: no había nada personal. Nada que revelara algo de su vida.

Mientras ella seguía recorriendo con la mirada cada rincón del departamento, Eren se quitó el saco y comenzó a desabotonarse la camisa.

Para cuando ella volvió a mirarlo, su torso ya estaba al descubierto. Sus ojos vacilaron un momento, luego su expresión cambió.

—¿Así, tan rápido? ¿Sin darnos siquiera unos minutos para conocernos mejor? —preguntó, apartándose un mechón de cabello detrás de la oreja.

Su mirada descendió sin disimulo, recorriendo el abdomen marcado y el pecho firme de Eren. Era un hombre hermoso. No pudo evitar mirarle los labios más de la cuenta.

De su parte no hubo respuesta.

Un instante después, Eren se acercó en silencio y le rozó los labios con el pulgar.

—Me llamo Gema —susurró, nerviosa, al sentir como las manos de Eren descendían por su espalda, deshaciendo el nudo de su vestido.

La prenda cayó al suelo sin resistencia. Eren la sujetó por el cuello, con firmeza y la atrajo hacia sí, mientras su otra mano se cerraba sobre su cintura. La condujo hasta el sofá y se dejó caer, llevándola con él.

Sus manos recorrían su cuerpo. Gema buscaba su mirada. Pero él parecía demasiado… ausente.

Eren deslizó una mano desde su cuello hasta su pecho, mientras la otra la acercaba a su cuerpo un poco más. Sus labios rozaron ligeramente los de ella. El brillo en sus ojos aparentaba un deseo inexistente.

No. No era deseo, era algo más… peligroso.

Eren tomó una de sus manos y la sostuvo entre las suyas. Lentamente cerró los dedos sobre ella, dejando expuesta la punta del anillo que llevaba en el dedo medio.

—Esto es lo único que necesito de ti, Gema —murmuró, con una leve sonrisa.

El movimiento fue rápido. Demasiado para que ella reaccionara. El dolor llegó después, extendiéndose en toda la palma.

—El color de tu sangre.

Gema soltó un grito ahogado. No solo por el ardor en su mano, sino por lo que él acababa de decir.

Intentó moverse, pero Eren la inmovilizó, sujetándola con firmeza por las caderas.

—Quédate quieta —gruñó y ella obedeció. Una mirada bastó para hacerla temblar.

Eren alzó su mano herida y la observó con fascinación. El rojo brillaba sobre su piel. Respiró hondo, llenándose del olor que emanaba de su piel: sangre, sudor… miedo.

Giró su mano y, con ella, le rozó la mejilla. Descendió por su cuello y aumentó la presión, provocando que un hilo oscuro bajara por el canalillo entre sus pechos.

—Vaya… —murmuró—. Sangras muy bien.

Volvió a sujetarla por la nuca y la empujó contra el sofá, colocándose sobre ella.

—Detente… por favor —suplicó, con la voz cargada de terror.

Nada de aquello era lo que había imaginado.

Eren la observó en silencio.

Ella creyó haberlo visto sonreír.

—¿No era esto lo que querías? —preguntó, casi en un susurro. Y se inclinó hacia ella.

Sus labios recorrieron su piel con calma, pero sin suavidad. No había ternura en ellos. No había rastro de afecto. Tan solo una atracción inquietante.

La respuesta de Gema fue inmediata. Su cuerpo venció ante su mente. Y eso la aterró.

Eren fue consciente de su lucha interna. En cada jadeo contenido y cada intento por apartarse.

Su mano volvió a cerrarse sobre su cuello, lo suficiente para recordarle quién tenía el control.

—No te muevas.

Más que una advertencia, era una certeza, que fue reforzada cuando sus dedos presionaron nuevamente la herida.

Gema tembló cuando sintió como su mano liberaba su cuello, yendo más lejos.

—Eren… detente… —suplicó, débilmente. Pero su cuerpo parecía querer lo contrario.

—¿Estás segura? —preguntó, aguardando por su respuesta.

Solo debía negarse… tal vez eso funcionaría. Pero dudó. Y esa duda le dio la victoria a él.

—Tengo miedo… —murmuró, pero detrás, el deseo se abría paso.

Su cuerpo anhelaba un poco más.

Era justo eso lo que le permitiría a él, seguir jugando con su cuerpo y mente.

Gema dejó de resistirse, pero el miedo seguía ahí: tenue, pero alerta.

—Eren —lo llamó con desesperación.

Cada parte de su cuerpo que él tocaba era toda sensibilidad. Ya no tenía el control sobre su mente, tampoco sobre su cuerpo, que se deshacía entre sus brazos y sus crueles caricias. Cuando se acostumbró a ellas. Cuando aceptó su silencio, se permitió disfrutar; sin arrepentimientos, ni miedo.

Una y otra vez sus labios gritaron su nombre, aferrándose a su espalda con descarado.

Eren la miró un instante y no le gustó lo que vio. Ella disfrutaba, y esa no era su intención. Necesitaba verla quebrada… solo un poco más.

—¿Por qué te has detenido?

—De rodillas —ordenó, con la mandíbula tensa.

Sus ojos estaban dilatados, ya no eran los mismos.

—Puedes hacerlo por las buenas… o por las malas.

Con un suspiro entrecortado, Gema se sentó en el sofá, mirándolo fijamente. No fue la orden lo que la hizo temblar. Fue la forma en que la dijo.

—¿No escuchaste lo que te pedí? —gruñó.

La tomó del brazo con violencia y la obligó a ponerse de rodillas.

—¿No te estabas divirtiendo?

Sus dedos apretaron sus mejillas, mientras una sonrisa emergía, placentera. Estaba disfrutando verla así: con los ojos empañados de lágrimas.

—Ven aquí.

Tiró de ella con fuerza.

Gema se tambaleó y puso las manos sobre su pecho.

—Por favor... —su voz se quebró.

—¿Ahora suplicas? ¿No crees que ya es tarde?

La besó con suavidad, solo un segundo. Frotó su mejilla y le apretó la cintura.

—No quiero que llores, no de esta forma. Voy a darte lo que quieres… eso que tanto estuviste buscando.



Cuando Eren terminó de vestirse, ella aún seguía sobre el sofá.

Avanzó hacia la pequeña barra y se sirvió un trago, sin perder detalles de ella.

Su cuerpo cubierto por un leve brillo de sudor, ya no lo tentaba. Su mente ya no estaba en ese lugar. Su cuerpo exigía liberarse por completo.

No podía esperar más. Volvió a ella y se acomodó en el borde de la mesa de cristal. Dio un trago a su coñac, dejando que el calor se extendiera por su garganta, borrando el rastro de su piel.

La repulsión no se presentaría hasta que terminara su ritual, solo entonces, los recuerdos de lo que habían hecho dejarían de ser fascinantes.

Gema se sentó, sonriéndole mientras le acariciaba la pierna. Su cuerpo aún temblaba por el placer.

—¿Tienes idea de lo guapo que te ves? —preguntó, coqueta. Se levantó y se sentó sobre sus piernas, dejando un beso en su cuello.

—Vístete —gruñó él, empujándola sin cuidado.

Gema cayó de rodillas. Sus puños se cerraron contra el suelo, tragó duramente y lo miró con reproche.

—¿Eso es todo? ¿Esto no ha significado nada para ti?

Eren la sujetó del brazo, tiró de ella obligándola a estar de rodillas entre sus piernas y, aun así, ella sonrió.

—Ha significado mucho —susurró, inclinándose contra sus labios.

Si quería continuar, necesitaba algo más de ella.

—Dime una cosa, Gema… ¿Hay alguien que te haya hecho daño alguna vez?

Su pulgar le acarició el labio inferior.

—¿Alguien por quién hayas sufrido tanto?

—¿A qué viene eso ahora? —preguntó, alzando una ceja—. Hace un momento no querías hablar… y ahora me preguntas por mis relaciones pasadas.

—Es curiosidad.

Gema entrecerró los ojos, mirándole la boca.

—Puedes dejar tu curiosidad de lado. No me interesa hablar de mi pasado.

Y, sin embargo, era lo único que a él le importaba. El solo hecho de pensar en volver a tocarla le resultaba incómodo.

Si supiera que la única forma de salir ilesa era respondiendo su pregunta, soltaría todo en un segundo.

Se incorporó de golpe, y la empujó contra el sofá, apretando su garganta.

El deseo desapareció de los ojos de Gema. Aterrada, se aferró a sus antebrazos, intentando soltarse.

—Habla —exigió.

Tenía la respuesta, pero deseaba oírla de sus labios. Quería ver el odio reflejado en su inocente mirada.

—Eres un maldito psicópata —gritó.

Cuando Eren aligeró su agarre y le acarició la barbilla, su mente volvió a vacilar. Sus labios se entreabrieron y permitió que él invadiera su boca con el pulgar.

—Se llama Gregory. Es mi exesposo —confesó.

Gema llevó las manos a su pecho, aferrándose a su camisa.

Al sentirla, Eren apretó la mandíbula. Con brusquedad, la giró contra el sofá y se inclinó hacia su oído.

—Cuéntame cuánto le odias.

—Yo no...

—No mientas —gruñó.

Sus dedos se deslizaron por su muslo derecho.

Gema se estremeció y arqueó la espalda.

—Si quieres que continúe… tendrás que darme una respuesta.

—Me engañó con mi mejor amiga.

—¿Le odias? —susurró contra su oído.

—Es un hijo de puta. Claro que lo odio…

Un ligero suspiro se escapó de sus labios.

—Desearía verlo muerto.

Era todo lo que necesitaba saber. Se apartó de ella con una frialdad que le dejó un vacío inmediato.

Gema se quedó inmóvil, intentando comprender. Lo observó alejarse hacia la habitación, con paso seguro. Con una arrogancia que la hacía ver que nada de lo ocurrido le había importado.

La había envuelto con tanta facilidad. Una sola mirada bastó para hacerla caer, sintiéndose elegida y especial.

Que absurdo.

Cerró los ojos un instante, y su imagen volvió de inmediato.

No era solo su cuerpo, era la seguridad con la que se movía. La frialdad en cada gesto. Había algo en él… algo que la inquietaba, que le erizaba la piel. Era demasiado perfecto.

El cabello oscuro cayendo sobre sus ojos, ocultándolos ligeramente… como si guardaran un secreto en ellos. Un secreto perturbador, que, aun así, atraían mucho más de lo que deberían.

Cuando recordó la forma en que la había sujetado, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Su cuerpo reaccionaba con solo pensar en él.

Estaba en problemas.

Eren tardó unos minutos en regresar, aunque a ella le parecieron eternos. Cuando lo hizo, ni siquiera la miró y se sintió dolida.

Se incorporó lentamente, asfixiada por la ansiedad que le provocaba aquella nueva situación.

—Hazme un favor y cierra la puerta cuando te vayas —dijo él, sin mirarla siquiera.

La indiferencia en su voz, fue peor que el miedo previo.

En ese momento, Eren no deseaba tenerla en frente. Necesitaba depurar la adrenalina que le había otorgado el olor de su sangre.

—Eren… —lo llamó, cubriéndose con el vestido—. ¿Nos volveremos a ver?

—No —respondió tajante—. Será mejor que olvides lo que pasó está noche.

Salió del departamento y cerró con un portazo. No le importaba si ella se quedaba por más tiempo. Esa noche, él no volvería.



Conocía todo sobre ese hombre. Él mismo se había encargado de investigar cada pequeño detalle de su vida, al igual que había hecho con ella. Pese a eso, no podía evitar pensar que se había precipitado.

De no haberse dejado llevar por la emoción momentánea, se lo habría tomado con calma, realizando una investigación minuciosa. Un trabajo perfecto, como la primera vez.

Dejó escapar un suspiro melancólico.

Ya habían pasado casi dos años desde la primera vez que había matado a alguien… o al menos, que lo había hecho premeditadamente.

Aún recordaba el olor de su piel. Y lo que había venido después.

Una sonrisa cruzó su rostro.

¡Cuánto había disfrutado aquello!

El abusador de Selena había sido una recompensa exquisita.

No sentía culpa. No conocía ese sentimiento.

Ese hombre había sido malo con ella, hasta llenarla de odio y rencor.

Su mano había caído sobre él reclamando justicia.

Esto no es igual a la primera vez, pensó.

Con Selena todo había sido distinto. Al ser una mujer dulce e inocente, el ritual había sido todo un deleite. Con seducciones lentas, miradas discretas, citas por la tarde y llamadas antes de dormir… nada que ver con Gema.

Él no había sido quien había dado el primer paso.

Los coqueteos de Gema lo llevaron al límite, y lo que pudo ser una atracción fácil de controlar, terminó por convertirse en una oportunidad para jugar.

De no haber encontrado esa pequeña brecha, de no haberla visto en ese estado, jamás se habría atrevido a compararlas.

Gema tenía una debilidad. Tenía lo que el monstruo necesitaba… y se lo puso tan fácil.

Su vida era un libro abierto al que cualquiera podía tener acceso. No le importaba mostrar su dolor y resentimiento al mundo.

Su mejor amiga y su exesposo disfrutaban de un futuro prometedor, un matrimonio confirmado y un hijo en camino. Gema no soportaba verlos viviendo la vida con la que ella había soñado tanto tiempo.

Pero la historia no terminaba ahí. Exhibida como una bandera en una fotografía de su perfil social, la demanda contra ambos le gritaba al mundo el colmo de la traición. Entre los dos, la habían engañado hasta el punto de robarle todo su dinero y pertenencias, todo eso a tan solo dos semanas de haber perdido al bebé que él la había obligado abortar.

Ella no tenía nada, y él ahora disfrutaba de su familia, con su amada esposa y su hija Mary.

Después del dolor que le habían provocado, por fin les tocaría pagar. Sería él quién haría justicia.

Lo acorralaría y ejecutaría su improvisado, aunque grandioso plan.

Con ayuda de su amigo Lars, no le había sido difícil intervenir el celular de la esposa de Gregory. Un mensaje había bastado para despertar la curiosidad del hombre. Y tras una advertencia, le facilitó la dirección en la que le aseguraba, estaría con su esposa.

Colocar un rastreador en el auto, tampoco le había costado.

Se estacionó en el hotel de paso donde esperaría a Gregory. Mientras él se introducía en el último tramo del camino.

Sonrió ante la ironía de aquella situación. Era la primera vez que la presa iba tras el depredador.

Tomó su celular y envío una fotografía de la mujer. Misma que había recibido hacía unos minutos de parte de Lars. Ella estaría bien, en cuanto el efecto de la droga pasara, Lars la devolvería a su casa. Solo era el medio que justificaba el fin.

Bajó del auto y se adentró en el mugriento cuarto. De no estar en el trance que le producía aquella situación, nunca habría entrado en un lugar así.

Tras un par de minutos, los aporreos en la puerta se hicieron presentes. El juego por fin llegaba a su parte favorita.

Golpe tras golpe el crujido de madera comenzaba a irritarlo. Se rascó la barbilla y se cruzó de brazos.

Un golpe más y la puerta por fin cedió con un estallido feroz.

En cuanto sus miradas se encontraron, Gregory se abalanzó sobre él, dándole un fuerte puñetazo que Eren recibió gustoso.

—¡Ashley! —gritó, impaciente—. ¿Dónde está mi esposa?

—No molestes —gruñó, apretando los dientes—. Ni siquiera he podido comenzar.

La mirada del hombre se encendió y avanzó en dirección al cuarto de baño. Pero Eren le cortó el paso, chasqueó la lengua y negó con una sonrisa fría.

Sus ojos adquirieron un matiz peligroso. Una chispa de diversión. Miedo. Ira. Una combinación antinatural.

Ladeó la cabeza y llevó el dedo índice a sus labios aún sonrientes, indicándole que se callara.

Necesitaba silencio.

Aun cuando la gente de Lars se había asegurado de vaciar el edificio, el personal podía seguir merodeando. No quería que les arruinaran la fiesta.

—¿Por qué no te sientas? —rió por lo bajo—. No me molesta que mires.

Gregory apretó la mandíbula y las venas de su cuello saltaron. Sin titubear, lo tomó del cuello de la camisa y comenzó a darle un golpe tras otro.

Eren cerró los ojos para saborear el sabor de su propia sangre.

Era tan delicioso. La euforia en su interior gritaba.

Se permitió recibir un golpe más. Abrió los ojos enrojecidos y detuvo el siguiente.

—Es mi turno, maldita Rata —sonrió.

Tomó impulsó y le asestó un cabezazo en la nariz. La violencia del golpe tiró al hombre al suelo.

Eren se echó el cabello hacia atrás, y se frotó la frente.

—¡Carajos! Tienes la puta cabeza como un coco —rió una vez más.

Contempló con ojos maravillados, sus absurdos intentos por detener la sangre que brotaba por su nariz. Se agachó y lo sujetó del cabello.

—¿Te gustó cogértela mientras Gema pasaba las noches metida en el trabajo para pagar tus putos lujos?

La confusión y el miedo en los ojos de Gregory, volvían su juego más excitante.

—Supongo que habrás disfrutado el dinero que te robaste. Ahora te toca pagar.

Se puso en pie mientras se sacudía las manos, lo miró con desprecio y le golpeó la cara con la punta del pie.

El crujir de la mandíbula lo hizo reír a carcajadas. Se tumbó de espaldas sobre la cama, con los brazos abiertos.

—¡Mierda! Extrañaba esta sensación —exhaló y se sentó en la orilla, estirando los brazos sobre su cabeza.

Gregory se puso de pie. Su rostro estaba cubierto de sangre y las manos le temblaban, mientras aun se sujetaba la nariz. Intentaba mantenerse en calma, con el fin de planear una solución. No podía caer en su trampa, estaba completamente seguro de que todo era una broma por parte de Gema. Pero había algo que derrumbaba todas sus esperanzas. Esa foto era real.

—¿Dónde… está mi esposa? —preguntó despacio para evitar ahogarse con la sangre.

—¿Qué parte de ella?

Escucharlo decir aquello bastó para volar su autocontrol por los aires. Se abalanzó sobre él con el puño en alto. Ya lo había golpeado varias veces. Lo seguiría haciendo hasta sacarle la verdad. Estaba desprevenido, tal vez no lo vería llegar.

Un puñetazo en el estómago lo detuvo en seco, borrando de un palmazo sus esperanzas.

Eren se reía, aun sentado sobre la cama.

Gregory se encorvó sujetándose el estómago, mientras abría la boca como un pez, luchando por tomar un poco de aire.

Eren se levantó despacio y, sin previo aviso, le descargó un golpe en la nuca con el codo.

El impacto lo dejó aturdido y aprovechó el momento para empujarlo contra el colchón.

Mientras luchaba por reaccionar, Eren abrió la mesita de noche y rebuscó en su interior. Cuando encontró lo que buscaba, sacó unas cuerdas y le ató las manos a la cama con firmeza.

—Ya me aburrí —bufó—. Es hora de comenzar a jugar.

Rodeó la cama con paso decidido hasta pararse delante de él. Le gustaba mirarlo en ese estado, pero no era suficiente para saciarlo.

—Suéltame, maldito enfermo. No sabes con quién te metes —gritó, desesperado—. ¿Dónde está Ashley?

—¿Tu zorra? —sonrió mostrando la punta de la lengua—. No tengo ni puta idea.

Se inclinó hacia él y le cubrió el cuello con las manos. Una amenaza refulgió en su mirar, antes de dejar caer el peso de su cuerpo sobre él.

Sentía la lucha de su cuerpo bajo sus manos, retorciéndose como un gusano. Su gesto desesperado lo alentaba a seguir… pero faltaba algo.

—Espera, espera… Esto no es tan divertido.

Le soltó el cuello y el hombre se apresuró a tomar aire. Eren soltó una risa baja al verlo jadear. Un escalofrío le recorrió la piel. Sin apartar la mirada, le introdujo los dedos en la boca.

El hombre intentó morderlo, pero Eren reaccionó al instante, tirando con fuerza, obligándolo a abrir la mandíbula.

—¡Vamos! Lucha un poco más. Todavía no me haces usar ni un poco de mi fuerza —exclamó con diversión.

Inhaló profundamente y soltó el aire de golpe. Sus ojos se concentraron por un instante en el miedo de su víctima. Aumentó la fuerza y la mandíbula crujió bajo sus manos.

Un calor denso le recorrió el cuerpo, concentrándose en el centro de su pecho.

El cuerpo del hombre ya no se movía. Se alejó de él ladeando la cabeza, mientras se limpiaba las manos en el pantalón.

—¿Ya? ¿Tan rápido se nos acaba la diversión?

La rabia volvió, desplazando cualquier rastro de satisfacción.

No era suficiente. Necesitaba un poco más.

—¡Vamos, basura! —gritó—. ¿Puedes infligir dolor, pero no resistirlo? Solo imagina lo que ella sintió cuando la obligaste a abortar.

Gregory movió una mano con debilidad. Agonizaba de dolor, pero se negaba a morir.

Eren se agachó y sacó de su bota una navaja con su inicial grabada en la empuñadura.

—¿No es preciosa? —murmuró, observando el brillo de la hoja—. Me la regaló mi buen amigo, Lars.

Dejó escapar un suspiro y se acostó a un lado del cuerpo, apoyando la cabeza en un brazo, mientras con el otro sostenía la navaja apuntando al techo.

Podía oír la respiración de su víctima, cada vez más débil. Giró el rostro para mirarlo.

El cuerpo permanecía inmóvil… pero sus ojos luchaban por abrirse. Todavía tenía fuerzas para aferrarse a la vida.

—No es que estuvieras mal. Todos nos equivocamos… es solo que… si no lo hago contigo, será con alguien más.

Hizo girar la hoja lentamente. La luz led se reflejó en ella.

—Podría ser Ashley… o la pequeña Mary.

Suspiró suavemente. Quería provocarle un poco más de miedo antes de matarlo.

—Esto se siente tan bien… Deberías probarlo —rió en voz baja—. Mi mente ya empieza a estar en paz.

Se incorporó de golpe y giró el cuello hasta hacerlo crujir.

—Debes saber algo —continuó, rascándose la frente—. Nadie va a encontrarte. Ellas tendrán que creer que te fuiste… que las abandonaste sin remordimientos.

Se dio la vuelta y lo miró con asco.

—Espero que me entiendas… No puedo dejar tu cuerpo aquí. Tienes tanto de mí…

Se colocó sobre él y pegó la punta de la navaja en su frente.

—A cambio… yo me quedaré con una parte de ti.

Con dos movimientos agiles, trazó una cruz en su cuello. La sangre salió disparada sobre su rostro. Cerró un ojo por reflejo y apretó la boca.

— Game over, bastardo de mierda.