El Risco De Sahar

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Summary

Un veterano de guerra se ve envuelto en un espiral de sucesos inexplicables mientras espera el final de sus días. Aislado en el risco de Sahar Asbel Pascal vive consumido por la amargura, la soledad y el remordimiento tras una vida llena de incontables errores. Sin embargo, en medio de su insufrible condena, las visitas de una peculiar niña despiertan en él emociones y recuerdos que creía haber olvidado. Cuando Sr. Pascal tira de los hilos, desentierra una verdad tan aterradora que la realidad empieza a volverse oscura y retorcida llevándolo a cuestionar incluso su propia cordura.

Genre
Horror
Author
gizlandia
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

En el risco de Sahar, bajo el cielo herido del atardecer, una niña solía deambular todas las tardes cual alma en pena. Su cabellera rubia y su vestido de encaje blanco ondeaban contra el viento. A la distancia, oculto tras el velo de su propia miseria, Asbel Pascal la observaba inmóvil y en silencio absoluto, como si temiera que el más mínimo de los movimientos, o siquiera un vago suspiro, la hiciera desaparecer.

Los rayos de sol, filtrándose por las ranuras de las persianas, iluminaban parte de su semblante recio y duro, del que nunca nadie ha visto o ha esperado una sonrisa; pero sorprendentemente, en este comenzaba a florecer el patético atisbo de una. Las arrugas debajo de sus ojos marcándose...

Aquel hombre era un veterano de guerra. Desde hace años, había olvidado cuántos, vivía como ermitaño en una de las casas abandonadas en el risco de Sahar; consumido por la amargura, la soledad y la miseria tras ser abandonado por sus tres hijos mayores y su esposa. Torturado, además, por los fatídicos errores del pasado.

Entre las polvorientas paredes de la sala de estar, pasaba el resto de su eterna pero efímera vida. A duras penas, sus únicos refugios eran un viejo tocadiscos que susurraba melodías de los años cincuenta y aquella niña risueña, a quien contemplaba a través del cristal justo en la puesta de sol.

A esa hora exacta, abría las persianas para disfrutar el mejor momento del día. Los atardeceres le parecían sublimes, tanto como la voz de Patti Page. Le maravillaba ver cómo los colores rojos, naranjas y dorados salpicaban las nubes, extendiéndose sobre la pequeña ciudad como un afable y cálido abrazo.

Desde su ventana, atisbaba a la niña luciendo el mismo vestido blanco de siempre, ese que el tiempo parecía no tocar. Allí, repetía su ritual: canturreaba y daba saltitos con una bonita canasta tejida, ajena por completo al peligro del acantilado. Asbel la observaba con una mezcla de envidia y duda: ¿a qué jugueteaba ahora?

Por instantes, él lo recordaba: ella iba allí por las flores.

El risco estaba repleto de margaritas; alguien, no sabía quién, las había sembrado muchos años atrás. Amaba deleitarse con la forma en que la niña arrancaba aquellas flores; era como si las asesinara... solo para llenar su canasta. Ver aquello hacía que una sonrisa, casi olvidada, floreciera en sus labios. Había algo en esa forma tan pura de destruir que, extrañamente, le devolvía la paz.

Asbel estiraba la mano hacia la mesita de noche para tomar sus píldoras y, con tediosa lentitud, se acercaba a la ventana para mirar más de cerca. Era un hombre físicamente roto, cuya pierna izquierda se negaba a seguir el ritmo del resto de su cuerpo. En cada rincón de la habitación, las aves disecadas seguían el arrastrar de su pierna con esos ojos saltones suyos.

—¿Y ustedes? ¿Qué tanto me ven? —bromeaba con amargura—. ¿Acaso tengo monos en la cara?

Al no recibir más que el silencio de los pájaros muertos, su gesto se desplomaba. Apoyaba la frente sobre el cristal, intentando recuperar el aliento tras el breve trayecto.

En el risco, la niña correteaba de cara al sol, con sus rizos dorados resplandeciendo y ondeando al son del viento. El anciano alzaba uno de sus dedos para, en su imaginación, detener el lazo rojo que serpenteaba sobre el delicado rostro de la pequeña.

—¡Demonios! —gruñía al no lograrlo—. ¡Ya no sirvo para nada!

Bajaba la cabeza para mirar sus manos: callosas, arrugadas y traicioneras por el temblor. El escozor en sus ojos resultaba inevitable y una lágrima gruesa bajaba súbitamente por su nariz torcida. Estaba hastiado de ser un viejo inútil. ¿En qué momento se había vuelto un bueno para nada?

Los años le pesaban como un costal de cadáveres destartalados y putrefactos. Más lágrimas se deslizaban a lo largo de sus mejillas hasta detenerse en su barbilla y caer al suelo.

Afuera, la niña arrancaba con diversión aquellas flores de pétalos blancos: las margaritas eran sus favoritas, pero sintiendo sobre ella una pesada y turbia mirada, se detenía en seco. Giraba sobre sus talones para encarar la pequeña casa que parecía abandonada. Torcía una sonrisa de boca cerrada. Desde la lejanía, el abismo oscuro de ambas miradas finalmente se encontraba.

Las comisuras en los labios de la niña se alzaban en un gesto cómplice. Sin apartar la vista de la ventana, dejaba la canasta repleta de flores muertas en el suelo y alzaba la mano para saludar con un ademán entusiasta al señor que se ocultaba tras la ventana.

—¡Hola, Sr. Pascal! —su voz, clara y vibrante, lograba viajar hasta los oídos del veterano.

Asbel sonreía, sorprendido. ¿Por qué le estaba saludando? ¿Acaso le conocía y su carcomida memoria no le recordaba? Se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano y le devolvía el saludo.

—¿Tú me conoces, pequeña? —balbuceaba él.

La niña comenzaba a correr por el sendero con una agilidad increíble. Se acercaba tanto a la ventana que sus ojos quedaban a la altura de los del anciano.

—Ay, Sr. Pascal... —decía ella, y su voz llegaba a él como un eco nítido—, ¿cómo está hoy? ¿Tomó su medicina?

—¿Medicina? —repetía él, confundido.

—Para que no se le olviden las cosas.

—Ah, es verdad... —Asbel recordaba que tenía el frasco de las píldoras en sus manos; solía olvidar las cosas con mucha rapidez. Giraba el rostro hacia su mesita de noche, observando el montón de píldoras amontonadas como pequeñas piedras blancas—. Sabía que debía recordar eso que siempre olvido, pero había olvidado qué era. Tú eres...

«La asesina de las flores».

Así era como él la llamaba secretamente en su mente, tras verla asesinar las margaritas blancas que nacían en los alrededores del risco y arrancarles los pétalos. No obstante, preguntaba si alguien la quería o no. Algunas veces, Asbel juraba escucharla reír mientras las veía retorcerse de dolor y desfallecer lentamente bajo sus dedos.

—¡Eres mi enfermera! —exclamaba él con un alivio que le iluminaba el rostro marchito—. ¡Eres tú, has regresado!

Al escucharle, la niña se detenía y susurraba:

—En realidad, Sr. Pascal, no soy su enfermera; apenas tengo nueve años.

—Entonces, ¿quién eres?

—¿Otra vez no me recuerda, Sr. Pascal? —la sonrisa en sus labios se desvanecía lentamente, dejando paso a una seriedad gélida—. Nunca me he ido... del todo.

Al pronunciar aquellas palabras, sus ojos se tornaban oscuros y tristes, como si el abismo del mar hubiera poseído sus pupilas. O era eso lo que Asbel notaba. Sin saber por qué, retrocedía. Asustado. Nervioso.

Al mismo tiempo, las gaviotas comenzaban a surcar el cielo revoloteando entre las nubes, parloteando sin cesar; sin embargo, se detenían en seco al vislumbrar a la pequeña en el risco. Una de ellas, con alas negras cual carbón, se abalanzaba en su dirección como un misil de guerra; las otras dos le imitaban, cortando el aire con una precisión mortal.

—¿Qué haces aquí, pequeña? —los graznidos rompían el silencio.

—Hola, Zared, Cades, Jared —ella les saludaba amigable sin inmutarse ante el descenso de las extrañas aves que hablaban—. Eh, pues... estoy visitando a un viejo amigo. Sr. Pascal.

A lo que las gaviotas replicaban con preocupación:

—¡Ese hombre al que llamas Sr. Pascal es muy peligroso! —advertían.

Ella solo asentía.

—Lo sé, chicos, lo sé; pero no se preocupen por mí —aseguraba la niña, y su mirada volvía a clavarse en los ojos empañados del Sr. Pascal, quien no entendía lo que pasaba—. ¡No pasa nada, vale!

Dubitativas, las gaviotas comenzaban a rodearla, batiendo las alas con fuerza hasta formar un círculo protector a su alrededor, como un escudo de plumas negras y gritos roncos que separaba la pureza de la niña de la sombra que habitaba tras la ventana.

—Cuidado, pequeña —insistían las aves entre graznidos—. ¡Cualquier persona a su alrededor corre peligro!

—Aunque él ahora nos está observando, ya no puede hacernos daño —respondía la niña, bajando la mirada hacia las margaritas decapitadas—. La persona que una vez existió desaparece cada día un poco más.

—¡En unos míseros segundos, Sr. Pascal, no sabrá distinguir la realidad! —sentenciaban las gaviotas, revoloteando con furia frente al cristal—. ¡Vete ya!

—¡No! Por eso quiero estar con él cuando eso suceda —susurraba ella, con una ternura que resaltaba sobre el odio.

Las aves se posaban sobre las rocas, asintiendo no muy convencidas.

—¡El delirio... es su condena! —anunciaban al unísono, mientras el atardecer encendía el horizonte con un rojo violento y espeso que bañaba el risco de Sahar.

Más de mil veces el hombre les había escuchado. Se frotaba los ojos y se desempolvaba los oídos con desesperación: ¿lo que estaba viendo y escuchando era real? No obstante, la realidad comenzaba a romperse justo como las aves lo habían anunciado.

Las gaviotas clavaban en él una mirada acusadora, juzgándolo por un pecado que solo ellas parecían conocer. Y entonces, de forma vertiginosa, sus plumas se teñían de negro, transformándose en un acervo de cuervos hambrientos e insaciables que formaban un remolino frenético alrededor de la niña, graznando como unos malditos locos.

Ahora, en el rostro de la niña se pintarrajeaba una sonrisa perversa y sádica.

—¡Vayan por él! —se le escuchaba gritar con una voz que ya no era humana.

De pronto, su cabeza comenzaba a girar sobre su eje como una esfera desquiciada, al mismo tiempo que de sus ojos y de su boca brotaba una cascada de sangre espesa que manchaba su vestido blanco. Asbel sentía cómo su propio cuerpo se petrificaba desde los talones hasta la nuca. Tragaba saliva con dificultad y retrocedía arrastrando su pierna muerta, viendo con horror cómo las aves de mal agüero emprendían el vuelo directo hacia su ventana.

—¡Oh, mierda! —exclamaba, justo cuando el primer impacto golpeaba el cristal.

Por instinto, su vista caía sobre la puerta cerrada. Allí dentro estaría seguro, ¿cierto? Miles de aves molestas se dirigían hacia su casa. Maldecía en voz baja y se cagaba de terror llevándose las manos al pecho, tratando de contener su corazón enfermo. ¿Qué demonios estaba sucediendo? ¿Acaso aquellas aves querían cobrar venganza porque él había disecado a sus compañeras?

Era ridículo, una idea totalmente ridícula. Respirando con dificultad, permanecía en el mismo sitio, incrédulo, aguardando el sonido de los cuervos estrellándose contra la casa... pero el impacto jamás llegaba. El silencio pronto se volvía un peso insoportable. ¿Y si estaba enloqueciendo?

Al cabo de un rato, su respiración se apaciguaba; cerraba las persianas y se sentaba en la silla mecedora, preguntándose qué había sido real y qué no. Rebuscaba otro frasco de las píldoras sobre la mesita de noche; debía tomar esa mierda ahora mismo. Cogía el vaso de agua para remojar su garganta, que sentía extremadamente seca, y con un movimiento mecánico se tragaba la pastilla.

Sin embargo, al mirar las paredes, se ahogaba y escupía el agua. ¿De dónde habían salido todos esos retratos? ¿Siempre habían estado allí? ¿Por qué no los había notado antes?

Al analizarlos, los escalofríos le recorrían el cuerpo. Los retratos parecían contar su historia: ¿Él había sido un militar de alto rango? ¿Por qué no lo recordaba? ¿Quiénes eran esas personas que aparecían a su lado en la mayoría de las fotografías? ¿Nadia, su esposa? ¿Zared, Cades, Jared, sus hijos? ¿Él alguna vez había tenido una familia?

Él siempre pensó que había sido un hombre solitario toda su vida.

—¿Qué clase de jugarreta es esta? —le preguntaba a la nada.

En la mesita de noche, repleta de medicamentos, había también un portarretratos con una fotografía en blanco y negro; una niña rubia sonreía y lo abrazaba. Lo escalofriante era que tenía un absurdo parecido con la niña que acababa de ver en el risco; parecía su vivo reflejo, pero atrapado en el tiempo. Un recuerdo aparecía y desaparecía en su mente rápidamente, como para saber de qué se trataba. Apretaba el portarretratos contra su pecho con una fuerza desesperada. ¿Quién era ella realmente?

Aunque... ¿por qué se empeñaba en recordarle que debía tomar las pastillas? ¿Y si tenía algo que ver con lo que estaba sucediendo?

Algo era cierto: alguien lo quería volver loco. ¡Por Dios, qué imbéciles!, si él era un veterano de guerra. ¿Y si era el gobierno que quería eliminarlo? Él sabía muchas cosas que no debía saber.

Devolvía el portarretratos a su lugar. Sospechando lo peor, tomaba uno de los frascos con las manos temblorosas y leía la etiqueta con dificultad. Agarraba el resto de los frascos y repasaba las letras una por una. Todos decían lo mismo:Veneno para ratas.

¡Carajo!

Asbel tiraba toda esa porquería al suelo y contenía el aire como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago; sentía que las tripas se le retorcían. Un sabor amargo, metálico y espeso le subía desde el estómago hasta la punta de la lengua. Sentía unas ganas violentas de vomitar, de arrancarse las vísceras con las manos para sacar aquello que ya estaba dentro de él.

Con un movimiento desesperado, se metía los dedos con rudeza en la garganta y, tras un par de arcadas violentas que le hacían saltar las lágrimas, su cuerpo finalmente convulsionaba. Vomitaba expulsando una bilis amarga mezclada con los restos blanquecinos de las píldoras que aún no se habían disuelto del todo.

Se quedaba ahí, jadeando con un hilo de saliva colgando de sus labios temblorosos y la vista nublada. Limpiaba su boca con el dorso de la mano, sintiendo que, aunque su estómago estaba ahora vacío, la sensación de estar siendo devorado por dentro no lo abandonaba. No confiaba en nada ni nadie en ese momento. Analizaba todo su alrededor con ojos críticos. ¿Dónde estaba? ¿Dónde mierda estaba realmente? ¿Qué lugar era aquel?

Necesitaba salir de allí cuanto antes.

Al son de la melodía de los años cincuenta, se incorporaba y caminaba hacia la salida. Ayudado por su bastón e impulsado por un instinto de supervivencia que creía muerto, se dirigía hacia el viejo baúl de madera al pie de su cama, buscando con desesperación la empuñadura de su fiel compañera: una Colt M1911. Si iban a matarlo, no moriría sin dar pelea.

—¿Quieren fuego? Pues fuego tendrán.

Se acercaba a la puerta y tomaba el pomo con las manos temblorosas.

—Terminemos con esto.

Inspiraba muy profundo y relamía sus labios resecos en un vago intento de darse valor. Abría la puerta y asomaba su rostro al pórtico con lentitud. Echaba un vistazo allá fuera y, para su sorpresa, las aves de mal agüero habían desaparecido; de hecho, parecía como si nunca hubiesen existido.

¿Qué había sucedido con el acervo de cuervos?

Desde la lejanía, atisbaba a la niña en el mismo lugar donde anteriormente había dejado la canasta repleta de flores. Esa era la misma niña de la fotografía.

—¡Por todos los cielos!

¿Qué estaba sucediendo? Intentaba atar los cabos sueltos, sosteniéndose con fuerza en una de las columnas; la madera crujía bajo su peso.

De golpe, la voz de Patti Page empezaba a distorsionarse, perdiendo su dulzura y convirtiéndose en una marea de gritos y lamentos desgarradores. Aterrorizado, Asbel daba un paso hacia el umbral, pero se detenía en seco al verla allí, justo frente a él. La niña se volvía hacia su dirección sollozando lágrimas de sangre y caminando hacia atrás como el mismísimo diablo.

El pánico le vencía por fin. Sin poder contenerse, Asbel alzaba su Colt con ambas manos; pero no buscaba el cuerpo de la pequeña. Su intención no era herirla, sino romper aquel trance maldito. Empezaba a soltar tiros frenéticamente hacia el cielo y hacia las rocas, esperando que el estruendo la hiciera reaccionar.

El estruendo de las detonaciones rompía el silencio del risco. Los casquillos golpeaban el suelo y el humo denso le nublaba la vista; sin embargo, la niña ni siquiera se inmutaba; nada parecía detener su marcha invertida y macabra. Al ver que ella seguía allí, retrocediendo entre los lamentos de la música distorsionada, la fuerza se le escapaba de los brazos.

En ese instante, bajo la luz rojiza, el Sr. Pascal lo recordaba todo...

La niña volvía en sí y parecía ser la misma de siempre: radiante y risueña, pero ahora se acercaba demasiado al precipicio. Ella iba a intentarlo... otra vez. El pasado era como una mancha de sangre seca, una maldita mancha que no podía limpiar por mucho que lo intentara. Las lágrimas inundaban los ojos de Asbel. La culpa y el remordimiento hervían en sus adentros como un caldero de gusanos, devorando lo poco que le quedaba de cordura.

—Mátame tú, o de lo contrario, lo haré yo misma —amenazaba ella, con los ojos clavados en los suyos.

—¡No, no, por favor...! —suplicaba Asbel. Intentaba echar a correr para detenerla, pero sus piernas pesadas, temblorosas y torpes no le servían de mucho; sentía que los huesos se le deshacían como arena—. ¡Por favor, no lo hagas!

La pequeña parecía hacer caso omiso a sus súplicas. Daba un paso y luego otro, deteniéndose justo en el borde, donde el abismo se tragaba la luz del sol. Tomaba la canasta de flores y de ella sacaba un arma con una parsimonia aterradora.

—Muy bien... —susurraba ella, volviendo la mirada hacia el horizonte—. Si no eres capaz de hacerlo, lo haré yo.

Era el día perfecto para acabar con todo aquello. Arrojaba al vacío las flores, una por una, y luego lanzaba la canasta. Bajaba la mirada al mar azul y torcía una sonrisa observando cómo las olas se llevaban los pétalos y chocaban con furia contra las rocas. ¿Le dolería más morir que vivir?

Lentamente le quitaba el seguro al arma con una destreza que no correspondía a su edad. ¿Qué había después de la muerte?

Asbel la miraba paralizado, sintiendo que el aire se le escapaba hasta casi matarlo; estaba a punto de presenciar una tragedia y no podía hacer nada para evitarlo.

—Detente, por favor, hija.

—No te muevas —ordenaba ella, apuntándole de forma amenazante.

El hombre se detenía en medio del risco; sabía perfectamente lo que pretendía esa niña de tan solo nueve años. No lo mataría; él mismo le había enseñado dónde disparar para inmovilizar al enemigo.

—Aunque mamá y mis hermanos decían que tú no podías cambiar... —disparaba a una de sus piernas sin un solo rastro de duda—... yo sí lo creía, y lo sigo creyendo.

Asbel Pascal caía al suelo con un grito ahogado; la sangre empezaba a empapar su pantalón por la herida en su pierna izquierda.

—A veces le preguntaba a las flores: «¿Sr. Pascal algún día va a cambiar?». La respuesta siempre era negativa, pero... ¿imaginas cuántas veces lo intenté? ¿Cuántas flores asesiné? —reía con una amargura que parecía arrancada de un alma mucho más vieja—. Me convertí en «La asesina de las flores» por tu culpa.

Silencio.

—¡Lo lamento...! —el hombre se arrastraba por el suelo, dejando un rastro de sangre y desesperación—. ¡Por favor, no lo hagas! —las lágrimas nublaban su vista por completo.

Por último, la niña arrojaba el arma negando con la cabeza.

—Era tu arma favorita... ¿no? —Al alzar la mirada y encontrar los ojos rotos del veterano, soltaba un largo y profundo suspiro. Acomodaba algunos mechones cobrizos detrás de sus orejas, pero el viento soplaba con fuerza, alborotando aún más su cabellera y su impoluto vestido blanco.

—Es una linda tarde, ¿no es cierto? —decía con una voz que recuperaba toda su dulzura original.

—¡Nooo, Sahar!

A veces las personas no cambian, a menos que algo o alguien las obligue a hacerlo. La niña sería quien cambiaría su vida para siempre. Sonriendo con una tristeza infinita, miraba al hombre por encima del hombro y, con la voz temblorosa justo antes de dar el último paso hacia la nada, susurraba:

—Adiós, papá.

La niña cuyo nombre era Sahar, entonces, se lanzaba desde el risco. Asbel Pascal escuchaba los gritos de su hija mientras esta caía al vacío, todos los días, tras cada puesta de sol, por el resto de su vida...

FIN