Mi "idolo"
• Mi papá es mi persona favorita en el mundo.
Él sabe hacer todo. Pude arreglar la tele cuando se congela, sabe sacar las astillas de los dedos sin que duela, y hasta cocina pasta con forma de corazones. Bueno, eso lo hace a veces, pero cuando lo hace, siempre me dice : "es porque eres mi princesa."
A veces no viene temprano a casa, pero mamá dice que es porque trabaja mucho.
A mí no me molesta, porque cuando llega, me carga y me da vueltas como si volara.
Una vez me compró un vestido morado que brillaba y me dijo que era el vestido más bonito para la niña más bonita.
Yo le creo todo.
Pero hay algo raro que pasó hace poquito.
Mi hermana Clara ya no vive aquí. Antes dormía en la habitación del pasillo, la que tiene las luces de estrella en el techo.
Ella me hacía dos trenzas iguales cada mañana.
Me leía libros de aventuras y me dejaba usar sus pinturas para las uñas.
Un día la ví empacar, y luego se subió al auto con papá. Me dijo : "Te quiero mucho, Sofi" y me dió mi osito de peluche Tito para que lo cuidara. Después de eso... ya no volvió.
Le pregunté a papá dónde estaba y el me dijo:
-- Tu hermana se fue a estudiar a una universidad muy especial.
-- ¿Dónde?-- le pregunté.
--Muy, muy lejos. No hay señal ni teléfono.
Pero ella está bien. Está creciendo, como tú lo harás un día.
Me lo dijo con una sonrisa. Papá siempre sonríe.
Tiene esa sonrisa que me hace sentir que todo está bien, aunque no entienda bien las cosas.
Pero... después de eso, mis juguetes empezaron a desaparecer.
Primero fue Tito, el osito que me dejó Clara.
Luego mi casita de muñecas, esa que tenía papel tapiz de flores por dentro.
Y después, mi tren de madera. Ese sí me dolió. Tenía mi nombre pintado en la parte de abajo.
-- Los donamos -- dijo papá --. A niños que no tienen nada. Tú ya eres grande, Sofi.
Yo no dije nada. Pero me sentí como si me arrancaran algo del pecho.
Esa noche, no podía dormir. Tenía ganas de ir al baño, pero también tenía ganas de ver si papá estaba en su oficina, porque vi que había luz por abajo de la puerta.
Caminé de puntitas, sin hacer ruido. Mamá dormía. Yo sabía como llegar sin que el piso crujiera.
La puerta de la oficina estaba un poquito abierta. Y entonces escuché.
-- Ya está vendida -- dijo mi papá. Su voz no sonaba como la de siempre. Sonaba... más fría. Como cuando se enoja al teléfono.
-- Se la llevaron a Europa. Tiene 17, no 15, como dijimos.
-- ¿Los juguetes?-- Si, ya están todos vendidos. Ese oso roto nos dió 100 dolares, ¿Puedes creerlo?
Cien dolares
El oso roto.
Clara,
Vendida.
Mi corazón se quedó quieto. Me metí corriendo a mi cama y me tapé hasta la cabeza.
Me quedé así toda la noche, sin moverme.
Me dolía la panza, pero más me dolía otra cosa, algo que no sé como explicar.
A la mañana siguiente, me senté a desayunar. Papá me sirvió el cereal y me puso una servilleta al lado.
-- Buenos días, princesa -- dijo, con su sonrisa. La misma sonrisa de siempre.
Yo asentí. Comí en silencio.
No le pregunté por Clara. Ni por mis juguetes. Tampoco le dije nada sobre lo que escuché.
Pero algo dentro de mí ya no lo miraba igual. Como si su cara fuera la misma, pero atrás tuviera otra diferente.
Antes... pensaba que mi papá era mi ídolo.
Ahora... no sé.
A veces, cuando cierro los ojos, me imagino que Clara viene a buscarme.
Me agarra de la mano. Me lleva lejos, a un lugar donde nadie miente y nadie vende osos rotos.
Y en ese lugar, vuelvo a ser su hermanita.
Y papá...
Papá no existe.
Después de esa noche... algo cambió.
No por fuera. Papá seguía sirviendome el desayuno cada mañana, seguía besandome la frente y diciendome "mi princesa" cada vez que salía.
Pero yo ya no creía en su sonrisa.
Empecé a mirar diferente.
Como si mis ojos ahora buscaran cosas que antes no veían.
Papá hablaba por teléfono en su oficina con su puerta cerrada más seguido. Mamá ya no sonreía.
Se pasaba las tardes mirando por la ventana como si esperara a alguien... pero nadie llegaba.
Yo también empecé a esperar. Pero no me quedé quieta.
Todas las noches, cuando ya no se escuchaban pasos, yo salía de mi cama. Caminaba en puntitas con mi linterna rosa y un cuaderno que me regaló Clara hace mucho.
Lo usaba como si fuera una detective de verdad. En la portada le dibujé una lupa.
Lo primero que hice fue buscar en el cajón de papá. Tenía una caja negra con papeles, entre ellos encontré muchas cosas : nombres, números, ciudades.
Había uno que decía :
"- Clara - Vuelo 306 - Europa -"
No entendía bien que era un vuelo, ni dónde quedaba Europa. Pero copié todo en mi cuaderno.
Después encontré una foto rota. Era de Clara, con los ojos tristes. Tenía una cinta en el cuello con un número. ¿Por qué tendría un número? ¿Eso no lo usan en carreras o en hospitales?
No le conté nada a nadie.
Una noche bajé a escondidas a la oficina otra vez. Papá había dejado su computadora encendida.
Tenía miedo. Las manos me temblaban y mi corazón no paraba de latir aceleradamente.
Busqué en un archivo con el nombre "Clientes".
No entendía casi nada, pero si reconocí una cosa : Muchas fotos de niñas. Algunas parecían tristes. Otras, muy maquilladas. Una de ellas... Creo que era Clara. Su cara estaba muy distinta, pero sus ojos... sus ojos si eran los de mi hermana.
Cerré todo y subí a mi cuarto corriendo.
Esa noche lloré bajito, abrazada a mi almohada.
Desde entonces, no quiero que papá me abrace. Cuando lo intenta, me pongo a la defensiva.
Él pregunta qué me pasa, y yo le digo que estoy cansada. O que me duele la panza.
Pero la verdad es que... me duele el corazón.
A veces, en la escuela, dibujo mapas.
Imagino a Clara en un país con nieve, esperando a que la rescate. Hago planes. Pego recortes.
Anoto lo que escucho. Me hice un diccionario con palabras nuevas : "Tráfico, documentos falsos, Europa, Agencia."
No entiendo todo aún, pero sé que papá no es un heroe.
Y aunque soy chiquita, no soy tonta.
Y ya no tengo miedo.
Esa noche me desperté porque algo se cayó.
Un vaso o un plato, no sé. El ruido fue fuerte. Abrí los ojos rápido. Mi cuarto estaba oscuro, pero por el pasillo venía una luz y voces.
No eran voces normales. No era cuando mis papás hablaban bajito. Eran gritos. Palabras que no entendía bien, pero que daban miedo.
Me bajé de la cama. Fui en puntitas hasta la puerta.
- ¡Tu no puedes decidir por mí! - Gritó mamá.
- ¡Ya lo hice! ¡Y no pienso arrepentirme!- Gritó papá.
Y después... ¡Pah!
El sonido fue seco. Como un aplauso fuerte. Pero no era un aplauso. Era una cachetada. Lo supe. Lo sentí.
Porque después, mamá lloró.
Yo me quedé congelada.
Algo se rompió dentro de mí. Como cuando una taza cae al suelo y ya no se puede arreglar.
Como si mi pecho tuviera pedacitos que no se podrán juntar.
No pensé. Solo fui al cajón, agarré mi cuaderno, un suéter, mi linterna, y salí por la ventana.
No miré atrás.
Caminé mucho. No sabía a dónde iba, pero mis pies sabían que no querían volver.
El viento era frío y el cielo estaba lleno de estrellas que no me decían nada.
Pasé por la calle donde están las tiendas cerradas y luego para el parque.
Hasta que encontré un puente de piedra que cruzaba un arroyo.
Me metí debajo. El suelo estaba húmedo, pero no me importó.
Me hice bolita con mi suéter y abracé mi cuaderno. Me temblaban los dedos. Tenía miedo.
Pero más miedo me daba quedarme en casa.
Me dormí rápido. El ruido del agua me tranquilizó, pero la panza me gruñía.
Cuando salió el sol, sentí que alguien me tocó el hombro.
-¿Hola, pequeña? ¿te encuentras bien?-
Era una mujer. No era joven ni vieja. Tenía ojos marrones y pelo castaño. Su aroma era agradable.
No pude decir nada. Solo miré mi cuaderno que seguía entre mis brazos. Ella lo notó.
-¿Eso es tuyo?- Preguntó con voz bajita.
Asentí.
-¿Quieres venir a mi casa un rato? Puedes contarme lo que pasó... si quieres. Solo si tu quieres.
Sus palabras no dolían. Eran suaves como una manta calentita.
Yo no hablé, pero caminé con ella.
Su casa olía como el pan que mi hermana hacía los domingos. Me dio té calentito y me sentó en un sillón con mantas. Me miró, esperando.
Y entonces, yo... abrí mi cuaderno.
Se lo mostré.
Página por página.
La lista con los nombres.
La palabra "Europa".
La foto rota de Clara.
Los dibujos que hice del puente, del avión.
Los números de su cuello.
Le mostré todo. Todo lo que sabía. Todo lo que sospechaba. Todo lo que sentía.
Cuando terminé de mostrarle todo. No me dijo "estás loca" ni "es tu imaginación".
No me dijo nada por un rato. Solo me agarró de la mano.
- Hiciste lo correcto en escapar - me dijo - Ahora, Sofi, te prometo algo, vamos a buscar a tu hermana.
Y por primera vez en muchos días, sentí algo de esperanza.
No estaba sola.
Y mi cuaderno.. ya no solo era un secreto.
Era una promesa.
La señora que me encontró se llamaba Amelia.
Tiene el pelo castaño corto y una voz que suena como cuando alguien te arropa.
No me preguntó mucho en la primera noche, solo me dejó dormir en una cama con sábanas limpias, como si quisiera ayudar a que mi mente turbada sintiera algo de alivio y respiro.
Al día siguiente, me preparó pan con mermelada, y cuando terminé, me miró seria pero con cariño.
- Sofi, yo no solo soy una mujer amable. Soy policía.
Me quedé callada.
- No le voy a decir a nadie que estás aquí. Pero necesito saber todo. Lo que viste, lo que escuchaste... todo lo que anotaste en tu cuaderno.
Yo asentí y le conté más. Le mostré hasta los dibujitos, aunque me daban vergüenza. Le hable del vuelo de Europa, del número en el cuello de Clara, de las fotos raras en la computadora de papá.
Amelia me escuchaba y anotaba cosas.
Hacía muchas pausas, como si le doliera lo que yo decía.
- Tú eres muy valiente - me dijo - Esto que hiciste... podría cambiar muchas cosas.
Yo no quiero cambiar el mundo.
Solo quiero a mi hermana de vuelta.
En las noticias no dijeron nada de mi, pero Amelia me mostró en su celular algo que me aterro de alguna forma: Una publicación con mi cara, puesta por mi papá. Decía que estaba desaparecida, y que estaban "devastados".
Pero yo sabía que no era verdad.
Mi mamá no me quiso mirar a los ojos desde que Clara desapareció. Y papá... papá solo quiere que me calle.
- Te están buscando. - me dijo Amelia - pero no por amor.
- Lo sé - Le respondí - Tienen miedo de lo que sé.
Ella me acarició la cabeza. Yo me apoyé en su hombro, aunque me costó. No confío tan fácil ya.
Pero Amelia es distinta.
Durante el día, Amelia iba al trabajo como si nada, y por las noches investigaba desde su casa.
Empezamos a pegar mapas, a escribir direcciones, a marcar posibles lugares donde podría tener a Clara.
Ella imprimió archivos, nombres, hasta documentos falsos que coincidían con los que yo había visto.
- Tu papá está metido en algo muy serio, Sofi - me dijo una noche - Trata con personas. Vende vidas. -
- Vendió la de mi hermana - dije bajito.
Amelia no respondió. Solo me abrazó fuerte.
Una tarde, Amelia llegó más rápido de lo normal. Cerró la puerta con llave y bajó todas las cortinas.
- Están cerca. Hoy fueron a mi estación a dejar una denuncia en contra de mí -
- dicen que te secuestré -.
- ¿Qué vamos a hacer? - Pregunté.
Me miró con ojos firmes.
- Protegerte. Encontrar a Clara, y derribar a ese hombre.
Sentí miedo, mucho. Pero también algo más: Una oportunidad. Como si por fin pudiera hacer lo que nadie más se atrevió.
Papá ya no era mi ídolo.
Ahora yo quería ser mi propia heroína.
Y tenía a alguien valiente de mi lado.
Esa mañana, Amelia se levantó antes que yo. Escuché el click de su teléfono, ese que solo usaba para cosas importantes y su voz bajita diciendo "sí" muchas veces.
Cuando bajé, me miro con una cara rara, como si quisiera decirme algo, pero tuviera miedo.
- ¿Qué pasó? - le pregunté.
- Sofi... tenemos una llamada. De alguien que quiere hablar contigo.
Se arrodilló a mi altura.
- Pero necesitas ser fuerte. Muy fuerte. ¿Puedes?
Yo asentí. No sé de dónde me salió la fuerza, pero me salió.
Amelia me entregó unos auriculares grandes, como los que usan en las películas de espías, yo me los puse. El corazón me latía tan fuerte que pensé que se escucharía en la llamada.
Entonces, una voz bajita, muy bajita, sonó del otro lado.
- ¿Sofi? -
Mi pecho se apretó como si me aplastaran con una piedra enorme.
- ¿Clara? -
- Soy yo, hermanita.
Su voz sonaba... como si tuviera miedo de respirar. Como si alguien pudiera oírla si decía una palabra de más.
- Estoy bien - dijo, pero no sonaba como "bien" -. No puedo decirte dónde estoy exactamente. Pero escucha :Hay un cartel azul afuera del lugar. Dice "Stand Kinderhilpe". Y hay un reloj que suena cada hora.
Yo anotaba todo en mi cuaderno con las manos temblando.
- ¿Qué te hicieron Clara? -
Hubo silencio. Y después un susurro.
- Me cambiaron el nombre. Me hacen trabajar. Me sacaron los papeles... no soy yo acá.
No puedo salir. Nadie dice nada.
Algunas chicas... no volvieron después de subir al auto de ciertos hombres.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
- Fue papá, no?
La voz de Clara se rompió en mil pedacitos.
- Él me entregó Me dijo que iba a estudiar. Me dio una mochila y me abrazó. No sabía que era un adiós.
Yo sentí como si un fuego me quemara por dentro.
- Vamos a sacarte de ahí - le dije - Te lo prometo. Yo y Amelia. Te vamos a buscar.
Clara no respondió. Se escuchó un ruido fuerte, como pasoso. Y después:
- Tengo que irme. Te quiero mucho. Sé fuerte, ¿Sí? - y la línea se cortó.
Amelia llamó a alguien más. Empezó a mover cosas, a imprimir mapas, a abrir carpetas.
- Está en Europa. En una zona donde hay registros de tráfico encubierto - dijo - Pero ahora tenemos una pista real.
Yo me limpié las lágrimas.
- ¿La vas a salvar? -
- No, Sofi. La vamos a salvar juntas.
Los días después de la llamada fueron como una película en cámara rápida.
Amelia hablaba con muchas personas, siempre con cara de dormir poco.
Me llevaba con ella a su oficina, donde había mapas cortados, fotos, grabaciones, listas.
Yo no entendía todo, pero sabía que por fin, por fin, alguien estaba escuchando.
Y no solo eso. Por primera vez, actuaban.
La policía de otro país encontró el cartel azul.
El del que hablaba Clara. Era una calle fea, con paredes grises y basura en las esquinas. Ahí, en el último piso de un edificio desgastado, con ventanas rotas y rejas en las puertas.
Un departamento sin nombre. Sin alma.
Entraron con fuerza. Amelia me lo contó después.
Había muchas chicas. Muchas. Algunas lloraban.
Algunas no hablaban. Algunas ni siquiera miraban.
Una tenía una venda sucia en la pierna.
Otras solo una Camiseta rota. Una chiquita, más que yo, se escondía atrás de un colchón sin sábanas.
- Tu cuaderno nos trajo hasta ellas - me dijo Amelia. Yo no sabía que decir. Solo la miré. Esperando. Pero no decía más.
Hasta que me tomó de las manos. Se arrodilló frente a mi, como siempre lo hacía cuando iba a decirme algo importante. Respiró hondo.
- Sofi...-
- ¿Si? -
- Fuiste muy fuerte. Salvaste muchas vidas. Yo sonreí, pero su cara no sonreía. Y ahí supe que venía algo terrible.
- Pero no llegamos a tiempo para Clara.
Mi sonrisa desapareció.
No entendía al principio. Me dolió el pecho.
Como si me apretaran con una piedra, no podía respirar.
- ¿Qué quieres decir?
Amelia me miró con lágrimas en los ojos.
Pero no lloró. Porque sabía que yo necesitaba firmeza, no más dolor.
- Alguien escuchó la llamada. Alguien ahí. Cuando hablaba contigo. Ella trató de disimular, pero la descubrieron.
- No...
- Lo sentimos mucho, Sofi.
Me agarró de la mano y me llevó por un pasillo. Entramos a una sala blanca. Había una camilla. Una sábana cubría un cuerpo.
Yo supe antes de que la descubrieran. Yo lo supe. Amelia bajó la sábana con cuidado.
Y ahí estaba Clara.
Golpeada, fría.
Los labios partidos. El pelo enredado.
Pero era ella. Era mi hermana.
Mi héroe. Mi casa. Mi todo.
Me temblaron las piernas. Pero no lloré. No todavía.
- Lo siento tanto - susurró Amelia, poniéndome la mano en el hombro.
Yo solo dije:
- Ella me salvó primero. Ahora yo salvé a otras.
- Pero no la salvé a ella.