Capítulo 1
El comedor de la residencia Min siempre parecía estar a unos pocos grados por debajo de la temperatura del resto de Seúl. Era un espacio diseñado para impresionar a los invitados, con paredes de mármol veteado y una iluminación tenue que caía sobre la mesa de caoba como si fuera un altar. Esa noche, como todas las noches desde hacía siete años, el único sonido que llenaba la estancia era el tintineo rítmico y metálico de los cubiertos de plata golpeando la porcelana fina. Clac. Clac. Un sonido seco, constante, que se le clavaba en las sienes con la precisión de un metrónomo.
Frente a él, Min-hee cortaba su filete con elegancia. Era una mujer hermosa, elegida por su padre como se elegiría una pieza de arte para el vestíbulo de la empresa: solamente para ser admirada, pero no necesariamente para ser amada. Ella no levantaba la vista. Sabía, al igual que él, que cualquier intento de conversación moriría antes de llegar a la mitad de la mesa. No había rencor entre ellos, solo una indiferencia mutua que se había vuelto tan sólida como las paredes de la casa.
Yoongi dejó el cuchillo a un lado; de repente, el apetito se le había cerrado. Su mirada bajó hacia su mano izquierda, donde la banda de oro blanco brillaba bajo la luz de la lámpara. El anillo se sentía pesado. Juró que el metal estaba encogiéndose, apretando la base de su dedo anular hasta cortarle la circulación.
Sentía el pecho comprimido, un nudo en la garganta que se negaba a bajar. La atmósfera era tan carente de oxígeno que le costaba respirar. Cada segundo en esa mesa era una escena del papel del esposo perfecto, del heredero digno, del hombre que su familia esperaba que fuera.
—¿Sucede algo, Yoongi? —preguntó ella sin mirarlo, con una voz suave que no llegaba a ser cálida.
Él parpadeó, sacudiendo la sensación de asfixia. —No es nada —respondió—. Solo... demasiado trabajo en la oficina.
Mintió con la facilidad con que le habían enseñado desde niño. Mintió porque la verdad era un pecado que no podía permitirse confesar: que se sentía morir en ese silencio, que el anillo le quemaba la piel y que daría toda su fortuna por sentir un solo gramo de algo que se pareciera a la pasión. Min-hee asintió levemente y continuó comiendo. El silencio volvió a descender sobre ellos, Yoongi seguía observando su anillo, deseando en secreto tener el valor de arrancárselo y dejar que la sangre volviera a fluir por su vida.
Se refugió en su despacho, el único rincón de la casa donde el aroma a café lograba disipar, aunque fuera por un instante, el olor de las convenciones sociales. Al cerrar la pesada puerta, soltó un suspiro largo, desanudándose la corbata con manos temblorosas. La prenda cayó sobre el escritorio como una serpiente muerta. Se sentó tras el imponente escritorio negro y, casi por inercia, sus ojos buscaron el retrato que colgaba en la pared principal. Allí estaba él: Min Jae-ho. Su padre. El hombre que había construido un imperio sobre los hombros de sus hijos. Incluso muerto hacía dos años, su mirada en el cuadro seguía siendo inquisitiva, severa, recordándole que cada uno de sus movimientos debía ser en beneficio del apellido.
—Sigo haciendo lo que querías —susurró Yoongi para las sombras, con un tinte de amargura en la voz.
Abrió una carpeta de informes financieros, pero las cifras bailaban ante sus ojos sin sentido. Su mente estaba en otro lugar, atrapada en el conflicto que lo desgarraba cada noche. Seúl era una ciudad que brillaba con luces neón, pero bajo esa superficie moderna latía un corazón conservador que él conocía bien. Sabía lo que se decía en las juntas de accionistas, lo que se murmuraba en los clubes privados. Un hombre de su posición no podía permitirse ”desvíos”.
Yoongi apretó los puños. Se sentía como un actor que ha olvidado sus líneas pero está obligado a permanecer en el escenario. Había pasado toda su vida reprimiendo sus instintos, asfixiando cualquier chispa de deseo que no encajara en el molde dictado por su padre. Se preguntaba si su hermano Namjoon, siempre tan centrado, sentía el mismo peso, o si el joven Jungkook, que aún vivía con la alegría de la juventud, terminaría siendo aplastado por la misma maquinaria.
El tic-tac del reloj empezó a volverse insoportable. Se levantó y caminó hacia el ventanal que daba a la ciudad. Seúl se extendía ante él como un mar de posibilidades. Sabía que ahora, sin su padre dándole órdenes, tenía técnicamente la libertad de cambiar su vida, pero no sabía cómo. No tenía un mapa para la libertad. Había sido entrenado para obedecer, para ser el pilar de una estructura que lo estaba devorando vivo. El peso del legado no estaba en las acciones de la empresa ni en las propiedades, sino en la incapacidad de imaginar una vida donde él fuera el protagonista y no el guardián de las cenizas de un muerto.
La habitación matrimonial era un santuario dominado por los tonos crema, entrar en ella cada noche era como entregarse voluntariamente a una celda. Se desvistió en silencio, dejando su camisa perfectamente doblada, manteniendo las formas incluso cuando nadie lo miraba. Al deslizarse bajo las sábanas frías, el suave murmullo de la respiración de Min-hee le indicó que ella ya se encontraba en ese mundo donde él no podía entrar. Ella estaba allí, a escasos centímetros de distancia, pero el abismo que los separaba era infinito.
Se quedó tendido de espaldas, con los ojos fijos en las sombras que el tragaluz proyectaba sobre el techo. El silencio nocturno, roto por el lejano rumor del tráfico de Gangnam, parecía amplificar los latidos de su corazón. Su mente, liberada de las preocupaciones de la oficina, comenzó a traicionar la muralla de autocontrol que había construido durante el día. Un calor conocido empezó a gestarse en su vientre, una pulsión que lo hacía sentir como un criminal en su propia cama. Con cautela, asegurándose de que el cuerpo de su esposa ni siquiera rozara el suyo, se giró de lado, dándole la espalda.
Bajo la protección de las mantas, su mano bajó con vergüenza. El contacto con su propia piel le provocó un escalofrío. Cerró los ojos con fuerza, intentando invocar una imagen que aliviara la presión en su pecho, pero no había rostros. Se imaginó unas manos más grandes que las suyas, una espalda ancha donde esconderse del mundo, una voz profunda que no le exigiera nada más que ser él mismo. Pensó en un hombre. Un hombre sin nombre, una silueta masculina que lo tocara con una pasión que nunca había sentido.
A medida que sus movimientos se hacían más urgentes, el asco lo golpeó con la misma fuerza que la necesidad. Sentía el sudor frío en la frente y el sabor amargo de la culpa en la lengua. ¿Qué pensaría su padre si pudiera verlo ahora? ¿Qué pensaría el mundo del heredero de los Min buscando alivio como un animal herido en la oscuridad?
Cuando el clímax llegó, no fue liberador. Fue una explosión dolorosa que lo dejó sintiéndose más vacío que antes. Se quedó inmóvil, con la respiración entrecortada, sintiendo un profundo desprecio por su cuerpo y por esa parte de él que se negaba a morir a pesar de los años. Limpió el rastro de su debilidad con la sábana, sintiéndose sucio, y se quedó mirando la oscuridad, esperando que el sueño llegara antes de que la realidad del día siguiente lo obligara a ponerse la máscara de nuevo.