Capitulo 1
No sé en qué momento dejé de leer. La página amarillenta seguía abierta entre mis manos, pero las palabras habían perdido sentido hacía rato. El papel olía a viejo, a humedad y a tiempo detenido, igual que el café en el que estaba sentado. Afuera, la tarde empezaba a apagarse lentamente, tiñendo las ventanas de tonos cálidos que contrastaban con el interior algo sombrío del lugar. Era de esos sitios donde todo parecía quedarse igual durante años... incluso uno mismo.
-Oye.
La voz de mi amigo rompió el silencio en el que me había perdido.
-¿Estás vivo o ya te fuiste?
Parpadeé un par de veces antes de mirarlo, como si volviera de muy lejos.
-¿Qué?
Él soltó un pequeño suspiro, apoyando el codo sobre la mesa.
-Que no puedo ir contigo a la cena.
Fruncí el ceño, saliendo por completo de mi ensimismamiento.
-¿Por?
-Tengo un compromiso con mi mamá.
Asentí despacio, aunque no pude evitar sentir cierta decepción.
-Ah... bueno. No pasa nada.
-Igual me habría gustado ir -añadió-. Sabes que esas cenas se ponen raras.
Solté una risa suave, mirando por un momento el libro sin realmente verlo.
-Sí... raras es una forma de decirlo. Voy a tener que sobrevivir yo solo.
-¿Otra vez tu primo?
-Ajá. Y mi tía. Y su esposo.
-El policía -dijo él, casi adivinándolo.
-Ese mismo -respondí, sin poder ocultar el fastidio.
Mi amigo sonrió, negando con la cabeza.
-No entiendo cómo puedes soportarlo.
-No lo hago -murmuré-. Solo... finjo.
Hablamos un poco más, de cosas simples, de esas que llenan el tiempo sin dejar huella. Pero incluso en medio de la conversación, algo dentro de mí seguía ausente, como si una parte se hubiera quedado atrapada en ese silencio inicial.
Cuando salí del café, el aire me recibió más frío de lo que esperaba. El cielo estaba entre el dorado y el gris, como si no terminara de decidirse entre el día y la noche. Monté la bicicleta y tomé el camino de tierra que bordeaba el bosque. Siempre había sido una ruta tranquila... al menos durante el día.
A esa hora, era diferente.
Los árboles se alzaban oscuros a un lado del camino, sus copas moviéndose apenas con el viento, produciendo un murmullo bajo, casi imperceptible. No era un sonido fuerte, pero sí constante, como un susurro que no lograba entenderse del todo.
Pedaleé un poco más rápido sin darme cuenta.
El crujido de una rama rompió ese ritmo.
Giré ligeramente la cabeza, pero no vi nada. Solo sombras entrelazadas, troncos y hojas que se confundían con la luz que iba desapareciendo.
Seguí avanzando, aunque con el cuerpo más tenso. Entonces, otro sonido. Esta vez más cerca. No era solo el viento. Había algo más... algo que no encajaba.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
-Tranquilo... -murmuré, casi en automático.
Pero no sonaba tranquilo.
Volví a mirar, y por un instante creí ver algo moverse entre los arbustos.
Fue suficiente.
La bicicleta se desestabilizó y terminé cayendo al suelo con un golpe seco, levantando polvo a mi alrededor. El impacto me dejó sin aire unos segundos, mientras el silencio volvía a instalarse de golpe, más pesado que antes.
Me quedé ahí, escuchando.
Nada.
Solo el viento otra vez.
Con cuidado, levanté la mirada hacia los arbustos.
Y entonces apareció.
Un pequeño conejo salió dando saltos cortos, deteniéndose un segundo como si también me estuviera observando. Su presencia era tan simple, tan inofensiva, que por un momento todo lo anterior pareció ridículo.
Solté una risa baja, más nerviosa que divertida.
-En serio...
El conejo desapareció entre la vegetación, y aunque me levanté intentando quitarle importancia, algo en el ambiente seguía sintiéndose extraño. Como si el bosque hubiera guardado silencio... demasiado rápido.
El resto del camino lo hice sin mirar tanto hacia los lados.
Al llegar a casa, el cielo ya estaba más oscuro y el aire traía ese olor a noche húmeda que se queda pegado a la ropa. Dejé la bicicleta en el jardín delantero y entré, cerrando con cuidado. El aroma a comida caliente me envolvió de inmediato, denso y reconfortante, como si la casa respirara por sí sola.
-¿Mamá?
Nada.
-¿Lia?
El silencio no era incómodo, pero sí extraño. Había vida en la casa -el suave burbujeo de algo en la cocina, el leve crujir de la madera-, pero nadie respondía.
Avancé despacio hasta la cocina. La luz cálida caía sobre la encimera y el vapor de una olla subía en espirales lentas, empañando un poco el ambiente. Me acerqué casi por inercia, tomando una tapa y deteniéndome un segundo a observar cómo el vapor se deshacía en el aire, como si dudara en desaparecer.
Fue justo en ese instante, cuando todo estaba en calma-
-¡BUUH!
El susto me atravesó el cuerpo. Di un salto hacia atrás, chocando ligeramente con la mesa, el corazón acelerándose de golpe.
-¡¿Qué demonios?!
Lia apareció frente a mí como si hubiera salido de la nada, sujetándose el estómago de la risa.
-¡Te asusté! ¡Te asusté!
La miré, todavía recuperando el aliento, llevándome una mano al pecho.
-Casi me matas del susto...
Ella seguía riéndose, orgullosa de sí misma.
Me agaché frente a ella, intentando recuperar algo de seriedad.
-Lia... ¿qué hemos dicho de las bromas?
Puso esa cara suya de "yo no fui", inflando un poco los cachetes.
-No hay que exagerar... casi no te hago.
La miré en silencio, alzando una ceja.
-¿Lia?
-Bueno... -cedió-. Pero solo fue la vez de la tinta en tu shampoo, y el pica pica en tus calcetines y...
Mi expresión fue suficiente.
-Jeje...
Negué suavemente con la cabeza, pero sin poder evitar que se me escapara una pequeña sonrisa. El susto todavía seguía ahí, latiendo, mezclado con algo más ligero que solo ella lograba provocar.
En ese momento, la puerta principal se abrió, dejando entrar una corriente de aire fresco junto con el sonido de bolsas moviéndose.
-¡Llegué!
Lia reaccionó al instante.
-¡Mamiii!
Salió corriendo, sus pasos pequeños resonando por el pasillo. Me incorporé y caminé más despacio hacia la entrada. Nuestra mamá apareció cargando bolsas del supermercado, el cabello ligeramente desordenado y el rostro cansado, pero suavizándose en cuanto vio a Lia abrazarse a sus piernas.
-Hola, mi amor -dijo con una sonrisa más cálida, inclinándose un poco para acomodarle el cabello.
Lia se aferró a ella como si no la hubiera visto en días.
-¿Qué me trajiste?
-A ver... -respondió, dejando las bolsas sobre la mesa con un suspiro leve.
Me quedé apoyado en el marco, observando la escena en silencio.
-Hola.
-Hola -respondió ella, mirándome apenas un segundo antes de volver a lo que estaba haciendo.
Revisó una de las bolsas y sacó algo envuelto.
-Mira, Lia.
Los ojos de mi hermana brillaron al instante.
-¿Para mí?
-Claro.
Le entregó un dulce, y Lia lo recibió como si fuera un tesoro, abrazándolo contra su pecho antes de empezar a abrirlo.
Esperé un momento, sin moverme.
-¿Y a mí?
Mi mamá hizo una pequeña pausa, como si evaluara la pregunta, pero luego negó con naturalidad.
-No te traje nada.
No fue brusco, ni siquiera frío... solo sencillo. Demasiado sencillo.
-Ah... -murmuré.
Ella siguió sacando cosas, organizándolas, moviéndose por la cocina como si todo estuviera en orden. Lia reía, concentrada en su dulce. Y yo me quedé ahí, observando, sintiendo cómo algo pequeño pero persistente se acomodaba en el pecho.
No era enojo.
Era otra cosa.
Esa sensación silenciosa de quedarse un poco afuera... incluso estando dentro.