PRÓLOGO
«En Versalles todos fingen ser rosas. Yo soy la que sabe qué hierba las marchita sin dejar rastro.»
El sol se hundía tras los campos como una moneda de oro arrojada al río, tiñendo de sangre y ámbar los establos de la casa del Señor de la Rose. El aire era espeso, saturado de olor a cuero viejo, heno seco y el aroma acre del hierro candente que su herrera manejaba con precisión.
Arrodillada junto a su yegua de manchas marrones, Andrómeda de la Rose sujetaba la pata delantera del animal entre sus rodillas mientras clavaba la última herradura. Los golpes de su martillo eran secos, rítmicos, la melodía de una mujer que no conocía el descanso en reuniones de té con chismes. No levantó la vista cuando oyó el galope a sus espaldas. No necesitaba hacerlo. El ritmo de esos cascos -rápido, arrogante e inconfundible- ya le había anunciado quién venía mucho antes de que el polvo se alzara.
Siguió martillando mientras el eco resonaba contra las vigas y el relincho inquieto de Dulcinea de Hortanaza cortaba el aire. Xander Iscariont de Rhodes detuvo su montura a pocos pasos; su semental negro, Silas, bufaba vapor en el crepúsculo. Xander sabía que los caballos eran la única debilidad de la dama, y se deleitaba trayendo ante ella las bestias más hermosas de la caballeriza real, solo para ver cómo ella las miraba con más ternura que a cualquier hombre.
El caballero desmontó con una gracia felina que parecía burlarse de la gravedad. Su casaca oscura, bordada en oro mate, capturaba los últimos rayos del sol como si los absorbiera en lugar de reflejarlos. Olía a sándalo quemado, a tinta y a algo más punzante: el perfume de un hombre que sabe ganar una guerra sin desenvainar la espada.
—Dicen que las damas de sangre real prefieren que les sirvan el vino, no que ellas mismas claven el hierro a las bestias —dijo Xander. Su voz siempre era una caricia de seda sobre una hoja de acero, de la cual goteaba esa arrogancia aterciopelada que tanto irritaba a Andrómeda.
Ella soltó un golpe final y seco, bajo la pata de la yegua y acarició su crin antes de ponerse de pie con lentitud. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano, dejando un rastro de ceniza negra sobre su piel blanca, como una marca de guerra que nadie en palacio podría imaginar. Se giró. Sus ojos azul grisáceo cortaron el aire como cuchillas recién afiladas mirando directamente al caballero.
—Y dicen que los perros falderos del Rey prefieren ladrar en los salones, no ensuciarse las botas en el lodo de la frontera —replicó ella; el vocabulario ácido destilaba un desprecio que hizo que Xander curvara los labios en una media sonrisa peligrosa—. ¿A qué habéis venido, Monsieur de Rhodes? El Señor de la Rose no tiene más tributos que dar, y yo no tengo más paciencia que perder.
Xander avanzó un paso, luego otro, hasta que el espacio entre ellos se volvió eléctrico. La yegua relinchó suavemente, rompiendo el silencio de sus respiraciones, una por cansancio y otra porque no estaba acostumbrada a tal cercanía. Él inclinó la cabeza, estudiándola como si fuera un cuadro que aún no había terminado de pintar o entender, sabía cómo manejar su lenguaje corporal pero no sabía cómo decifrarla a ella.
—He venido a buscar lo que os pertenece por derecho y lo que a mí me hace falta por necesidad —Xander extendió una mano enguantada, rozando el aire cerca del rostro de ella-. Versalles está lleno de flores de papel, Andrómeda. Necesito una rosa con espinas lo suficientemente largas como para atravesar el corazón de una reina.
Ella soltó una risa corta, amarga, que no llegó a sus ojos.
—Mi paciencia ya os la agotasteis hace años, cuando mi madre aún respiraba y vos erais solo un cortesano con ambiciones demasiado grandes para vuestras botas.
Xander no se inmutó. En cambio, extendió el pulgar para limpiar la mancha de ceniza de su frente. El contacto fue leve, pero cargado de una familiaridad prohibida. Sin embargo, cuando los dedos de Xander bajaron con audacia por su mandíbula y se desviaron peligrosamente hacia sus labios entreabiertos, Andrómeda reaccionó.
No retrocedió. En su lugar, le atrapó la muñeca con fuerza, la fuerza de una mujer que ha pasado años herrando bestias y cargando heno. Sus dedos se cerraron sobre el guante de Xander como una tenaza de hierro, aunque si el caballero quisiera, fácilmente podría detenerla con una sola mano.
—Cuidado, Iscariont —susurró ella, su voz era un siseo gélido mientras le apartaba la mano con un movimiento brusco—. Si buscáis una cortesana a la que manosear antes de la cena, os habéis equivocado de camino. Mis manos no solo saben cambiar herraduras; también saben romper huesos como los vuestros.
Xander no se inmutó; al contrario, su sonrisa se volvió más oscura, casi hambrienta. El rechazo físico solo parecía alimentar su fascinación. Ella tampoco sabía lo que ocultaba aquel traje y que no tendría oportunidad contra un hombre que pesaba el doble que ella.
—Vengo a ofrecerte un trato que no podrás rechazar —dijo él, ignorando el dolor leve en su muñeca—. Ven a Versalles conmigo. Conviértete en la rosa que todos querrán poseer... y que nadie podrá tocar sin sangrar. Mientras el Rey pierde la cabeza con el fantasma de su amada, mientras la corte se arrodilla ante tu belleza enfermiza... nosotros tomaremos lo que nos robaron. Juntos.
El viento levantó polvo dorado entre ellos, un velo de promesas y traiciones. Andrómeda lo miró fijamente. El odio seguía allí, pero también la chispa de una ambición que Xander había cultivado en ella durante años de visitas secretas. El exilio había terminado.
—Si me lleváis a esa jaula de oro, Xander, no esperéis que cante para vos —susurró ella—. Esperad que robe hasta el último aliento de los que nos destruyeron. Y si os atravesáis... recordad que sé cómo manejar el hierro mejor que vuestras cortesanas.
Xander soltó una carcajada baja, una vibración peligrosa y varonil.
—No busco un ave que cante, Andrómeda. Busco un arma que florezca en el fango y que degüelle en el palacio. Olvidad el hierro por un momento. A partir de hoy, seréis el veneno envuelto en pétalos. Seréis la ambición vestida de gala. —Hizo una pausa, y su sonrisa se volvió algo siniestra—. Bienvenida al juego de la Goldrose, mademoiselle. Ahora, lavad vuestras manos; tenemos una deuda que saldar.