Chapter 1
Solo existían dos fechas que Ruveth Lazaret guardaba en el centro de su bilis negra, rumiándolas con la paciencia de un veneno que se niega a ser digerido. La primera era el día en que su padre, el viejo Rey, ignoró la pureza de su sangre y su derecho de primogenitura para nombrar sucesor a su hermano menor: el vástago de una segunda esposa, una niña de alta alcurnia cuya única virtud era no saber nada del peso de un cetro. La segunda, el día en que su hermano murió y ella, en lugar de reclamar el trono que le pertenecía por ley divina, se vio condenada a actuar como la "tía protectora" de un cachorro insolente de cabellos encendidos.
Ruveth permanecía inmóvil en el gran salón, una isla de calma gélida en medio de una marea de sirvientes que corrían como hormigas en un hormiguero incendiado. El aire olía a cera de abejas, incienso de sándalo y al miedo rancio de quienes saben que un mal paso puede costarles la lengua. Su cabello castaño caía sobre sus hombros con la pesadez de la seda húmeda, enmarcando un rostro de porcelana que no permitía que ninguna grieta de emoción se asomara a la superficie. Sus ojos dorados, intensos y depredadores, estaban fijos en el retrato de su padre. El monarca lucía un anillo de oro macizo con un rubí del tamaño de un ojo de buey, una joya que parecía palpitar con la sangre de los que habían caído para mantenerla.
Instintivamente, Ruveth comenzó a tallar su propio dedo anular. Lo hacía con una fuerza rítmica, justo en el lugar donde ese anillo debería haber estado desde hace décadas. La piel se tornó blanca bajo la presión, un recordatorio físico de su vacío.
—Espero que estés disfrutando del espectáculo desde el infierno, padre —susurró, su voz apenas un siseo que se perdió en el eco de los preparativos.
—¡¿Quién ha osado colocar estas flores aquí?!
El grito rasgó la atmósfera como un látigo de seda sobre piel viva. Era una voz joven, vibrante, cargada de una arrogancia tan espesa que hacía que el aire del salón pesara sobre los pulmones. Ruveth suspiró, cerrando los ojos un breve instante para invocar una máscara de paciencia. Conocía ese timbre irritante: Kyros Aethonix, la ruina de su linaje.
El Príncipe avanzó por el pasillo con la barbilla tan alta que parecía estar juzgando a los dioses por su mediocridad. Su cabello, rojo como una hoguera alimentada con azufre, atrapaba la luz de los vitrales, proyectando sombras carmesí sobre las paredes de piedra tallada. Se detuvo en seco frente a una joven sirvienta que sostenía un jarrón de porcelana blanca.
La muchacha temblaba de pies a cabeza, y el castañeo de sus dientes era casi rítmico. El frío rocío de la madrugada aún humedecía los pétalos, y sus manos entumecidas apenas lograban sujetar el jarrón. Ella no se atrevía a mirarlo; conocía los cuchicheos de las cocinas: que el príncipe heredero era un volcán de caprichos infantiles y que su sonrisa era solo la calma que precede a la devastación total.
—¡Lo lamento, Su Excelencia! —exclamó la chica, buscando un refugio imposible en las baldosas pulidas—. Fue lo que se me ordenó...
—¿"Excelencia"? —Kyros arrugó su nariz perfecta, un gesto de desdén ensayado minuciosamente frente al espejo de su alcoba—. Soy "Su Real Majestad, su Excelencia" para ti, insignificante. Estos colores son una masacre visual. ¿Lila y rojo? ¿Acaso pretendes que mi cumpleaños sea una fiesta de bufones?
El príncipe guardó silencio un segundo, alzando una mano enguantada en seda negra. Movió los labios sin emitir sonido, una orden muda que la chica interpretó tras un segundo de puro pánico: "¿Y qué más?".
—No... no volveré a cometer un error así, Su Real Majestad, su Excelencia —balbuceó ella, con la voz quebrada por un llanto inminente.
Kyros sintió una punzada de satisfacción enfermiza al ver las lágrimas de la chica. Era un placer sucio, el único que conocía para llenar el hueco que le dejaba la sospecha de que nadie, absolutamente nadie, lo amaba por quien era, sino por lo que representaba.
Desde una esquina, el Consejero Real, Columbus, observaba la escena. Era un hombre de facciones redondeadas y ojos que aún conservaban una chispa de ternura a pesar de los años. Había servido al padre de Kyros con una lealtad que bordeaba el sacrificio y ahora miraba al muchacho con una mezcla de lástima y comprensión paternal, criar a un niño sin sus padres era dicifil. Él veía en Kyros la chispa de su padre, Alaric, aunque estuviera enterrada bajo kilómetros de seda, bordados de oro y una obstinación cruel que Kyros usaba como escudo.
Ruveth decidió intervenir. El eco de sus tacones, rítmico y autoritario como un tambor de guerra, silenció por un momento las quejas del príncipe.
—Deja de aterrorizar al servicio, sobrino —dijo ella con una suavidad que ocultaba el veneno en sus palabras —. El imperio no se va a hundir porque las flores no combinen con tu humor matutino. Guarda algo de esa energía para el Consejo; los buitres tienen hambre hoy.
Kyros se giró. Al ver a su tía, su postura rígida se relajó apenas un milímetro, un signo de debilidad que ella registró de inmediato. Sus ojos dorados —Idénticos a los del hombre que le arrebató el trono a Ruveth — chispearon con una rebeldía que nacía de la inseguridad.
—No es mi culpa que el mundo sea tan... mediocre, tía. Es el día más importante para la nación. Mi día. Merezco perfección, no flores de cementerio.
Ruveth arqueó una ceja. Con un movimiento elegante de sus dedos largos, dejó que un rastro de magia púrpura, densa como el humo de una pira, fluyera hacia el jarrón. En un segundo, los lirios se marchitaron hasta volverse ceniza negra y en su lugar brotaron orquídeas de un blanco sepulcral, hermosas como la primavera.
—Vete —le ordenó a la sirvienta, quien huyó sin mirar atrás, dejando un rastro de agua en el suelo.
—¡Oye! —protestó Kyros, cruzándose de brazos —. Yo quería rojo y dorado. Sabes que detesto el blanco, parece palidez de enfermo.
—Ya tendrás lo que quieres, Kyros —Ruveth se acercó a él, rodeándolo con la parsimonia de una depredadora. Acarició la mejilla del joven con una mano cuyas uñas, pintadas de un morado oscuro, se movían con la agilidad de patas de araña sobre su piel—. Esta noche será tu día. Personas de todos los rincones del mundo, la sangre de la nobleza y los aristócratas más influyentes vendrán a celebrar al futuro monarca del segundo imperio más grande que existe.
Se detuvo detrás de él, rozando con sus dedos el pendiente de rubí que colgaba de la oreja pequeña y fina del príncipe.
—¿Acaso eso no te emociona? —Kyros apartó la cara de forma brusca, harto de la cercanía asfixiante de su tía—. ¿Qué puede ser mejor que eso?
—Un regalo decente —masculló Kyros, frunciendo las cejas de tal forma que dos líneas rojas y definidas se marcaron sobre sus ojos. Era una mueca de insatisfacción muy recurrente en él —. El año pasado, el Conde de Adamia solo me envió dos cachorros de Fygus. ¿Qué se supone que haga con eso? ¿Acaso parezco un criador de bestias?
Ruveth se detuvo en seco. La seda de su vestido oscureció el aire al ondear con el giro brusco de su cuerpo. Sus dedos se curvaron, ansiosos por apretar algo, quizás el cuello del muchacho. ¿Había escuchado bien?
—¿Qué has dicho, Kyros? —preguntó ella, su voz apenas un susurro cargado de una urgencia eléctrica.
Kyros torció el gesto en una mueca de aburrimiento. "¿Acaso mi tía se está quedando sorda por la edad?", pensó con sorna. Metió una mano en el bolsillo de su casaca bordada y cargó el peso del cuerpo sobre una pierna, observándola con una mezcla de condescendencia y asco. Sabía que ella rondaba los cincuenta años, y aunque su piel lucía tan tersa como la de una mujer de veinte gracias a elíxires únicos: de los cuales tenia miedo de preguntar la receta, él estaba convencido de que la decadencia mental era inevitable.
"Seguro son las arrugas invisibles atacándole el juicio", decidió él, complacido con su propia agudeza.
—Dos cachorros de Fygus —repitió con pesadez, como si explicarle algo a ella fuera una tarea titánica—. Son lindos, supongo, si te gustan las cosas que babean. Pero ¿no pudo darme algo de valor real? Algo que no requiera que mis criados limpien excrementos mágicos.
Ruveth forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Los Fygus eran reliquias vivientes del norte; felinos elementales cuyas garras desgarraban el acero como si fuera papel húmedo y cuya magia interna valía más que una provincia entera. Que el muchacho despreciara tales maravillas solo confirmaba lo que ella siempre supo: Kyros era un desperdicio de linaje, una mancha de aceite en un mar de vino real.
—Deberías ir a prepararte —sentenció ella, dándose la vuelta para ocultar el brillo del triunfo en su mirada—. Tu fiesta comenzará en unas horas y el Consejo no se gobierna con quejas sobre mascotas. El Consejero Real te espera en el Gran Salón de Acuerdos. No lo hagas esperar; ya sabes que los ancianos tienen poco tiempo y menos paciencia.
Kyros soltó un bufido que pretendía ser una queja, pero no replicó. Se dio la vuelta y comenzó a caminar por los pasillos alfombrados, el eco de sus propios pasos recordándole que, en teoría, cada piedra de aquel palacio le pertenecía. Sin embargo, al acercarse a las monumentales puertas de oro del salón del consejo, un sonido lo detuvo.
Eran murmullos. Voces densas y ásperas que se filtraban por las rendijas de las puertas como el humo de una fogata, asfixiantes para sus pensamientos.
—...el príncipe aún no está listo —decía una voz gélida, perteneciente al Duque de Alarhia—. Es inexperto, volátil y asquerosamente caprichoso. El pueblo tiene hambre y él pide que cambien el color de las flores porque le ofenden la vista.
Kyros se quedó petrificado, su mano suspendida a milímetros del pomo dorado que representaba el sol.
—Es cierto —secundó otro consejero—. Su padre, el Rey Alaric, era un faro de justicia, un hombre que conocía el nombre de cada capitán de su guardia. Y su madre, la Reina Elara, era una mujer de una generosidad única dentro de la familia real, siempre presente en los orfanatos. ¿Cómo es posible que de ellos haya nacido este... este crío que solo piensa en comida y en malgastar el tesoro en caballos, apuestas y fiestas? No sobrevivirá un año en el trono. Es un insulto a la memoria de quienes lo precedieron.
El grupo de hombres afirmó al unísono, un coro de sentencias de muerte para su reputación.
—Por Afer, este chico nos llevará a la ruina —murmuró Alarhia—. No podemos permitir que reine de verdad. Necesitamos... alternativas.
—¡Alarhia, guarda tu lengua! —gritó otro, escandalizado—. Sabes que el derecho de ese joven es el trono por mandato divino. ¿Acaso te opones a la voluntad del Dios Sol?
—No es que me oponga -respondió el primero con veneno—. Pero el tiempo dictará su sentencia. Los reyes de antaño deben de estar revolcándose en sus tumbas viendo en lo que se ha convertido su sangre.
El pecho de Kyros se contrajo violentamente. La arrogancia que lo mantenía erguido se evaporó, dejándolo como un caparazón vacío. Sus ojos dorados perdieron su brillo, empañándose con una tristeza que se transformó rápidamente en una rabia líquida. El nudo en su garganta era tan grande que sentía que se asfixiaba. Si el mundo lo veía como un monstruo, ¿por qué molestarse en ser otra cosa?
De pronto, sintió un peso cálido sobre su cabeza. Una mano grande, callosa y pesada se posó sobre su cabello rojo. Interrumpiendo el odio que se sembraba en su pecho.
—¡Ah! —Kyros dio un respingo, girándose con el rostro desencajado por el susto y la culpa de haber sido sorprendido escuchando.
—Majestad —murmuró una voz suave y profunda, cargada de una vibración que Kyros solo podía asociar con la seguridad.
Era Columbus. El consejero lo miraba con esos ojos castaños y cariñosos que siempre parecían pedir perdón por la crueldad del mundo. Por un instante, Kyros vio en él la sombra de su padre y sintió ganas de llorar, un impulso que reprimió con tal fuerza que le doliero la mandíbula. Cuando se dio cuenta de su fragilidad. Recuperó la compostura de inmediato, irguiendo la espalda y recomponiendo su máscara de frialdad absoluta.
—Columbus... —susurró, antes de aclarar su garganta con brusquedad—. No... no estaba escuchando. No me importa lo que esos viejos decrépitos digan de mí. Solo estaba... comprobando que las puertas cierran bien. La seguridad es deplorable.
Columbus soltó un suspiro pequeño, casi imperceptible, y sonrió con una tristeza que Kyros odiaba porque lo hacía sentir vulnerable. Se inclinó un poco, rompiendo el protocolo que prohibía el contacto físico informal con el heredero, y lo miró directamente a los ojos.
—No los escuche, Majestad. Las palabras de los hombres pequeños siempre buscan derribar las torres más altas porque no soportan mirar hacia arriba. Usted tiene un fuego que ellos no comprenden.
—Dicen que soy un caprichoso —replicó Kyros, su voz fallando por primera vez, revelando al niño asustado bajo la corona—. Dicen que no soy como mi padre. Que soy un error.
—Usted es un buen chico, Kyros —dijo Columbus con una sinceridad que acarició sus oídos como un bálsamo—. Lo sé porque lo vi dar sus primeros pasos. Solo le falta pulir ese diamante que lleva dentro; el orgullo es una armadura pesada, pero a veces hay que dejarla caer para que el pueblo vea al hombre detrás del oro. No intente ser su padre, él ya tuvo su tiempo. Demuestre el monarca que usted está destinado a ser. Yo estoy orgulloso de usted, aunque a veces me haga doler la cabeza.
Kyros sintió que el nudo de su garganta amenazaba con romperse, dolía bajo la piel. Columbus era el único que no lo miraba con codicia ni con un desprecio disfrazado de etiqueta. Era su ancla en un mar de críticas constantes. Sintió un arrebato de afecto tan intenso que quiso abrazarlo, pero la palabra "amor" le resultaba tan ajena como el lenguaje de los campesinos.
—Entremos —dijo Kyros, recuperando su tono mandón para ocultar la humedad de sus ojos—. No quiero que esos fósiles crean que su opinión me retrasa.
Columbus asintió con una sonrisa complacida y empujó las monumentales puertas de oro.
El salón, que un segundo antes era un hervidero de críticas venenosas, se sumió en un silencio sepulcral. El cambio de atmósfera fue tan brusco que Kyros casi pudo saborear la hipocresía en el aire. Los consejeros se pusieron de pie de inmediato, ocultando sus lenguas bífidas tras reverencias tan profundas que sus frentes casi tocaban la mesa.
—Su Majestad... —dijeron al unísono, las voces cargadas de una sorpresa que Kyros saboreó con una amargura electrizante mientras avanzaba hacia la cabecera de la mesa de roble negro.
El silencio pesaba en su cabeza como una corona de plomo. Avanzó con paso firme, sintiendo el roce de sus túnicas de seda contra la piel, una sensación que normalmente le daba seguridad, pero que hoy se sentía como una burla. Sus dedos recorrieron el respaldo de metal de la silla, el mismo mueble que perteneció a su padre, a su abuelo y a una estirpe de hombres que, según los rumores, eran gigantes comparados con él.
El metal estaba frío, una temperatura que se filtró por sus yemas y pareció congelar sus pensamientos turbulentos.
—¿De qué será el tema de hoy? —preguntó suavemente, su voz resonando en la inmensidad del salón como el crujido de un cristal rompiéndose.
Lord Oldorio, el más anciano y amargado de la corte, se puso en pie tambaleándose sobre sus piernas delgadas. Abrió la boca, revelando unos dientes amarillentos, y señaló con un dedo arrugado y torcido un punto específico en el mapa extendido sobre la mesa.
—Los campesinos del este, en el estado de Lake —explicó con un tono que pretendía ser respetuoso pero que chorreaba condescendencia—. Están inconformes, Majestad. El regente de la tierra no les ha pagado por las cosechas de invierno. Se mueren de hambre y exigen que la corona intervenga.
El bullicio no se hizo esperar. Las palabras "imperdonable" y "descarado" volaron por el aire, pero Kyros sabía que no hablaban del regente, sino de la situación que les obligaba a trabajar de más.
—¿Qué haremos, Su Majestad? —La voz de Oka'me llegó a sus oídos y lo trajo de vuelta a la realidad. Los ojos castaños del viejo lo miraban fijamente, haciéndolo sentir como un insecto bajo un microscopio-. Podríamos mandar dinero de la reserva central a la capital de Lake.
Kyros sintió el sudor frío perlado en su frente. No tenía idea de cuánto dinero había en la reserva, ni de cómo funcionaba la logística de Lake. Se sintió pequeño, estúpido y expuesto. Miró a Columbus buscando un salvavidas, pero el consejero guardaba un silencio tenso, permitiéndole el espacio para demostrar su juicio. El pánico se transformó en defensa.
—¿Dinero? —bufó Kyros, lanzando el estilete de plata sobre la mesa con un estallido metálico que hizo saltar a más de uno—. ¿Pretenden que vacíe el tesoro real porque un regente es descuidado? Debieron pensarlo antes de nacer en la pobreza. La gente de Lake siempre se queja; si tienen hambre, que trabajen el doble. No soy una beneficencia, soy su Rey, y mi deber es mantener la grandeza del imperio, no alimentar a cada campesino que no sepa administrar su grano.
—¡Su Majestad, le ruego que lo piense bien!
Kyros arrugó la nariz al escuchar al anciano Oka'me gritar. ¿Cómo se atrevía aquel hombre a dirigirle la palabra con esa falta de decoro?
—Es suficiente —gruñó Kyros, como un perro rabioso acorralado—. Mi decisión es final.
—¡Su pueblo se muere de hambre! —insistió Oka'me. Sus manos, manchadas por el tiempo, se movían en el aire como cuchillas filosas, y sus ojos demostraban un odio que Kyros ya no podía ignorar—. ¿Y usted no quiere ayudarlos? ¿Acaso no tiene corazón bajo esa piel?
El anciano comenzó a moverse, apartando su silla con un ruido violento. Columbus se movió de inmediato, preocupado. "No se mueva tan rápido, mi señor", "¡Allah, su bastón!", gritaban los demás, pero Oka'me tenía la fuerza de la desesperación.
Cuando Kyros quiso darse cuenta, Oka'me estaba frente a él. Era un hombre encorvado, casi esquelético, con el cabello como pelusa blanca rodeando una calva brillante. Sus labios temblaban de impotencia y rabia. Alzó su dedo y lo señaló directamente al pecho de Kyros.
—Tú —dijo Oka'me, y su voz era tan amarga como la hiel—. Estás muy equivocado. No puedes tratar a la gente como si fueran piedras en tu camino.
Los ojos dorados del príncipe brillaron con una luz antinatural. La furia, esa vieja amiga que siempre estaba lista para saltar, le nubló la vista.
—¿Acaso no soy tu Rey? —espetó, su voz subiendo de tono hasta volverse un grito.
—Un Rey es sabio... —sentenció Oka'me, sosteniendo la mirada con una valentía que Kyros no poseía—. Tú, Kyros, no eres más que un cobarde escondido tras un título que te queda demasiado grande. Eres un niño jugando a ser dios en un trono de hombres muertos y que alguna vez fueron honorables.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el latido desbocado en los oídos de Kyros. La humillación estalló en su interior como un incendio en una bodega de pólvora.
—¡He dicho que te calles!
Kyros lanzó un manotazo violento al aire. No fue un gesto físico, fue una liberación de la energía que le quemaba las venas. De su palma estalló una llamarada carmesí, un torrente de fuego salvaje que barrió la mesa, convirtiendo los informes en ceniza y amenazando con devorar al anciano. Los consejeros gritaron de terror, lanzándose al suelo.
Antes de que las llamas tocaran a Oka'me, un muro de agua cristalina y rugiente emergió de la nada, bloqueando el impacto con un siseo violento de vapor. Columbus, con el rostro endurecido por una decepción que calaba más profundo que el frío, mantenía la barrera con un brazo extendido.
El agua no solo apagó el incendio; inundó la habitación con una calma gélida que extinguió la rabia de Kyros de golpe. El consejero bajó la mano y caminó hacia el príncipe. Ya no había rastro de la ternura de la mañana.
—Eres una vergüenza, Kyros —dijo Columbus, y sus palabras pesaron más que el fuego—. El fuego que no se controla no ilumina, solo destruye lo que jura proteger. Hoy no te has portado como un monarca, sino como el incendio que devora su propio hogar. Un rey protege; un monstruo quema.
Sujetó al príncipe por el brazo con una firmeza que Kyros no pudo resistir y lo arrastró fuera del salón. Mientras salían, las palabras finales del consejero quedaron vibrando en las ruinas del salón:
"Aquel que gobierna por miedo, termina reinando sobre cenizas".