Chapter 1
EL ÚLTIMO BEST SELLER
Por: Carlos Ignacio Cortés Gómez
Dieciséis años de mi vida en esa empresa… y me querían dar ochenta mil pesos. No, se pasan. Entiendo que esa sea la primera oferta, pero por dieciséis años, de lunes a viernes, ocho horas diarias… ni de broma. Voy a renegociar. Y si no, hablo con un abogado. Aunque no creo llegar a tanto.
Claro que siento nostalgia. Me sacó de onda que me despidieran. Pero también estoy tranquilo: di lo mejor de mí. Simplemente ya no les convenía que generara más antigüedad.
Por suerte ahorré algo. Me alcanzará en lo que consigo otro trabajo. Además, no tengo hijos, así que no estoy tan presionado. Y mi relación con Madison, con quien llevo tres años, va viento en popa.
Mientras cae una buena chamba… voy a hacer lo que siempre quise: escribir.
Voy a comprar una máquina de escribir.
Sí, ya sé que suena raro, pero siempre me gustó ese sonido. Esa sensación. Nada que ver con el celular o las redes sociales, donde siento que he desperdiciado demasiado tiempo.
En el tren, camino a casa, entro a Amazon. Busco máquinas vintage. Me emociono como niño.
Y ahí está.
Una Hermes 3000 color marrón claro. De los años 70. Hermosa. Muy parecida a la de El resplandor.
Sin pensarlo demasiado… la compro.
...
Al día siguiente, el timbre me despierta.
—¿Quién será tan temprano?
Abro.
—Buenos días, tengo una entrega para el señor Carlos Mujica.
—Sí, soy yo.
Me entrega la caja. Está pesada.
La cierro. Sonrío.
—Por fin.
La abro con cuidado. La saco. La coloco en el escritorio.
Está chingonsísima.
—A ver si sirve…
Antes de probarla, le mando mensaje a Madison.
“Ya llegó la máquina.”
Responde casi al instante.
“¿Y qué vas a escribir?”
“No tengo idea.”
Coloco una hoja.
Pongo los dedos sobre las teclas.
Y entonces…
Empiezo a escribir.
Pero no soy yo.
No puedo detenerme.
—Ey… basta…
Mis dedos no obedecen.
Tac, tac, tac, tac…
Las teclas suenan sin parar.
Me levanto de golpe.
Silencio.
La hoja está llena.
La retiro con las manos temblando.
Es un poema.
Un poema que yo no escribí.
...
No mames…
Miro la máquina.
—¿Qué chingados eres?
No responde.
Me río nervioso.
—Estoy volviéndome loco.
Decido no decirle nada a Madison. Primero quiero ver qué opina.
...
En la noche llega.
Le doy el poema.
Lo lee.
Se queda callada.
Y de repente…
Se me avienta encima.
—¡Carlos, esto está increíble!
No dice más. Solo me besa como loca.
Lo que pasó después… digamos que el poema sí funcionó.
...
—Deberías publicarlo —me dice después, aún agitada—. En serio.
—No creo que sea para tanto.
—No seas pendejo, claro que sí.
Sonrío.
Pero por dentro… sé que no fui yo.
...
Al día siguiente despierto solo.
Madison ya se fue a trabajar.
Entro al estudio.
La máquina está ahí.
La hoja que dejé… ya no está en blanco.
Se me cae la taza de café.
Me acerco.
Leo.
“Solo tres escritos darán esta máquina.
El segundo te dará éxito absoluto.
El tercero… será el último.”
—No mames…
Sin pensarlo, toco una tecla.
Grave error.
...
No recuerdo nada.
Solo fragmentos.
El sonido.
El encierro.
La sensación de no poder parar.
...
Cuando reacciono… ya es de noche.
A mi lado hay un manuscrito enorme.
No lo escribí yo.
Pero lleva mi nombre.
...
Madison llega.
Lee.
Se queda en shock.
—Carlos… esto es una locura.
—¿Para bien o para mal?
—Para bien… demasiado bien.
...
Días después…
Editorial.
Contrato.
Publicación inmediata.
...
Éxito.
Dinero.
Fama.
Adaptaciones.
Entrevistas.
Todo.
Tal como lo dijo la máquina.
...
Pasan los años.
Me caso con Madison.
Vivo como nunca imaginé.
Pero hay algo que no me deja en paz.
La máquina.
La Hermes.
La guardé.
Lejos.
Como si no existiera.
...
Hasta que empiezan las presiones.
—Otro libro.
—La secuela.
—El siguiente éxito.
...
Yo no quiero.
Pero todos quieren.
...
Y entonces… regreso al cuarto.
Abro la caja.
Ahí está.
Intacta.
Esperando.
...
—Solo uno más —murmuro—. Y ya.
Coloco la hoja.
Pongo el dedo en la tecla.
Respiro.
—Dame la última.
...
Empieza.
Otra vez.
...
Esta vez se siente diferente.
Más pesado.
Más oscuro.
...
Cuando termina…
Alcanzo a ver la última hoja.
Solo me falta el punto final.
Lo presiono.
...
Y todo se apaga.
...
Ahora lo entiendo.
No me dio una historia.
Me quitó la mía.
...
Estoy dentro.
Atrapado.
Siendo parte de la máquina.
...
Veo todo… pero no puedo hacer nada.
Madison entra.
Me encuentra.
Grita.
Llora.
Pero no puedo decirle nada.
...
Se llevan mi cuerpo.
Y yo… me quedo.
...
Tiempo después… no sé cuánto.
Madison regresa con el editor.
Él lee el último manuscrito.
—Es increíble… —dice—. Parece autobiográfico.
Hace una pausa.
—Esto va a ser el libro del siglo.
...
Madison lo mira confundida.
—¿De qué hablas?
...
Yo intento gritar.
Advertirle.
Pero no puedo.
...
Porque ahora…
Yo soy la Hermes.
...
Y estoy esperando…
Al siguiente escritor.
FIN