La tentación de romper las reglas

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Summary

Naomi Brown está decidida a mantenerse lejos de problemas, especialmente si esos problemas tienen nombre y apellido: Hadrien O’Connell. Conocido por ser el quarterback más popular y rompecorazones del Palace High School, Hadrien es todo lo que Naomi quiere y debería evitar. Es arrogante, mujeriego, peligrosamente encantador y, además, el mejor amigo de su novio, Dylan Smith, de quien ambos guardan un secreto que podría cambiarlo todo. Es por ello que, para sobrevivir al último año de instituto, Naomi establece tres reglas. Sin embargo, a medida que se ve atrapada entre la seguridad que le ofrece Dylan y el deseo que Hadrien despierta en ella, Naomi descubrirá que algunas reglas están hechas para romperse. Pero romperlas podría costarle mucho más de lo que jamás imaginó. ¿Podrá Naomi resistirse a la tentación o sucumbirá al atractivo de lo prohibido?

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7
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n/a
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18+

Lista de supervivencia

Dicen que el último año de instituto es el mejor de tu vida si logras sobrevivir. Es evidente que, quien pronunció esas palabras, conocía los peligros que albergan estas cuatro paredes, porque cuando estás intentando descubrir quién eres en este mundo gigante, lo que menos necesitas es que alguien te recuerde que no eres nadie y que tu corazón, lleno de ilusiones y esperanzas, no vale nada.

Por lo tanto, para garantizar mi supervivencia, este año me he impuesto tres reglas básicas para resistir ante la amenaza que pulula por los pasillos del Palace High School.

La primera regla: prohibido acercarme a Hadrien O’Connell.

Hadrien, con su encanto irresistible, encarna el arquetipo del chico seductor y mujeriego. Aunque su cuerpo esculpido por los dioses y sus ojos negros e hipnóticos podrían hacer suspirar a cualquiera, no compensan el precio de perderme a mí misma. Es por eso por lo que mantenerme alejada de Hadrien O’Connell es la mejor decisión que puedo tomar si valoro mi identidad. Cualquier descuido podría hacerme caer en sus redes y, la chica que creo ser, la que todos conocen, simplemente dejaría de existir. Sería rebajada a una más en la larga lista de conquistas de un chico estúpido y superficial.

No quiero verme reducida a cenizas. No lo permitiré como que me llamo Naomi Brown.

Sin embargo, lo que parece sencillo en teoría, en la práctica es totalmente distinto. Deshacerte de la presencia magnética de Hadrien O’Connell no es fácil. No cuando todo el mundo pronuncia su nombre con respeto e incluso admiración. Todos los chicos quieren ser como él y todas las chicas se hacen la misma pregunta.

«Hadrien… ¿Serás tú mi príncipe azul? ¿O será nuestro amor trágico y desdichado al más puro estilo shakesperiano?».

Me daban ganas de arrancarme las tripas cada vez. Primero, porque Hadrien no es ningún Romeo. Y, segundo, porque es imposible fingir que no existe si a cada paso que das en el instituto se cuela en tus pensamientos.

Y más si eres la novia de su compañero de fútbol y mejor amigo, Dylan Smith.

Dylan y Hadrien son dos personas totalmente diferentes: el día y la noche. Casi cuesta creer que lleguen a entenderse teniendo en cuenta que, donde Dylan ve a una persona a la que amar y respetar, Hadrien no encuentra más que un objeto al que manipular y menospreciar. Mi apuesta entre los dos está clara, pero no todas las chicas del instituto opinan lo mismo. No es que las culpe; Hadrien me ha demostrado en más de una ocasión que sabe jugar sus cartas.

Pero eso es todo lo que es para él: un juego. Una demostración vil y cruel de quién tiene el poder. Y, precisamente porque quiero mantener el control, debería cumplir mi primera regla cueste lo que cueste. Pero el día que el universo decida ponerse a mi favor, será porque se avecina el fin del mundo. Acabo de abrir mi taquilla cuando una figura alta y fuerte se deja caer a mi lado apoyada en la pared.

—Déjame adivinar —sonríe con picardía—. Estabas pensando en mí.

Intento mantener la calma para no delatarme y le dirijo una mirada de fastidio al atractivo chico de pelo negro que parece disfrutar complicándome la vida.

—Sí, porque tú eres en lo único que pienso, Hadrien —chasqueo la lengua, irónica.

—Ya lo sabía, nena.

—¿No tienes a nadie más a quien molestar? —inquiero con un bufido.

Me arrepiento de haberle preguntado cuando un destello de diversión ilumina sus ojos. Sé cuál va a ser su respuesta.

—Tal vez, pero no serías tú.

Hay varios motivos más por los que no debería acercarme a Hadrien O’Connell:

1. Me saca de mis casillas que siempre me llame nena.

2. Detesto su sonrisa burlona y de superioridad, tanto que me dan ganas de pegarle un puñetazo.

3. Su presencia evoca la voluptuosidad de un remordimiento.

Intento luchar contra el pasado y no caer en las garras de la culpa, pero esta me golpea con más fuerza cuando veo a la persona que se acerca a nosotros con una sonrisa capaz de derretir la Antártida. Por suerte, en él también encuentro el remedio que me cura.

—Hola, preciosa.

Mi novio me atrae hacia él por la cintura con una sonrisa encantadora y me estrecha entre sus brazos. Enseguida, me levanta del suelo y da una vuelta conmigo mientras me rio a carcajadas. Me sujeto en sus hombros anchos envueltos en la chaqueta deportiva del equipo y me recreo en sus músculos, en su tacto y en su olor que me envuelve y me hace suspirar. Entonces, sus ojos verdes se encuentran con los míos marrones y casi me cortan la respiración. No puedo dejar de mirarle. Su pelo castaño claro que se vuelve casi rubio bajo el sol, su nariz recta, su mandíbula cuadrada y su piel bronceada después de las vacaciones de verano. Si la perfección existe, es posible que lleve el nombre de Dylan Smith.

—¿Me has echado de menos? —pregunta depositándome en el suelo con voz suave y dulce.

—Ni un poquito —miento, para luego besarle.

Lo cierto es que nos vimos ayer y solo hace cuatro días que volvimos de una de las mejores experiencias de mi vida. Pero antes de eso llevaba un mes sin verle y se sintió como un maldito año. Aunque la sensación de sus labios en los míos seguía siendo la misma cuando nos reencontramos. La misma calidez y la misma suavidad. Se sintió como volver a casa después de un largo viaje. Dylan es eso para mí, todo lo bueno: seguridad, estabilidad, hogar.

Después de un verano difícil y cruel, procuro recordarlo.

Dylan posa una mano en mi mejilla con delicadeza y otra en la parte baja de mi espalda para pegarme más a su pecho y seguir besándonos. Es algo que podría hacer durante horas sin cansarme, sin la necesidad ni la preocupación de respirar si eso significa morir en sus brazos. Sin embargo, el acto acaba cuando un carraspeo nos interrumpe y hace que nos separemos para recuperar el aire.

—Vaya, menudo recibimiento —silba Hadrien—. ¿Para mí no hay abrazos ni besos? Hieres mis sentimientos, nena. —Se lleva una mano al corazón falsamente afligido.

Como decía; aunque quieras, es imposible ignorar la presencia de Hadrien.

—Como vuelvas a llamarme nena, lo que te voy a herir son tus malditas pelotas, O’Connell.

—Tan simpática como siempre —bufa, irónico.

—Y tú tan estúpido... —sonrío, sacándole la lengua.

—¿Piensas saludarme de una vez o te vas a quedar ahí parada? —inquiere antes de abrir los brazos.

La respuesta debería ser «NO» con letras mayúsculas, pero lo que sale de mi boca es diferente:

—Aún me lo estoy pensando.

Hace caso omiso a mis palabras y me atrae hacia él, obligándome a romper mi primera regla sin ninguna compasión. Si soy sincera, mi relación con Hadrien es... particular, demasiado difícil de explicar incluso para nosotros. Un día es mi mejor amigo, capaz de convencerme de que conoce mi lado oscuro y, al siguiente, mi peor enemigo. Es un todo y nada constante, confuso, complicado y sorprendente. Estar entre sus brazos es diferente a todo lo que he conocido y para mí solo significa una cosa: PELIGRO.

Después de unos segundos con todas mis terminaciones nerviosas en alerta, me separo de él.

Echamos entonces a andar por los pasillos de mi cárcel personal, el instituto. En la entrada, justo en el centro del suelo de baldosas azules y blancas, está el logo de nuestro equipo: un delfín enmarcado con un círculo donde reza nuestro lema «Surcando las olas con audacia, delfines listos para conquistar».

O, si tienes la mala suerte de cruzarte en el camino de Hadrien O’Connell, ser conquistada y hundida.

La prueba está en la chica que se detiene delante de nosotros e interrumpe nuestro camino con una sonrisa tímida dirigida a Hadrien que, por supuesto, él ignora para su decepción. Aun así, no se desanima e intenta llamar su atención. Creo reconocerla del año pasado y no tardo en deducir por qué.

—Hola, Hadrien, ¿te apetece que estudiemos juntos esta tarde? —le pregunta, coqueta.

Es el primer día de clases y ni siquiera ha empezado la jornada, así que deduzco que su plan de estudios no es tal. Sin embargo, Hadrien le echa un vistazo de arriba a abajo con tanta indiferencia que consigue helarme la sangre incluso a mí.

—No me interesa, pero seguro que encuentras a otro más dispuesto y que considere vuestra cita de estudios más memorable.

La tensión y la incomodidad invaden el ambiente. El rostro de la chica se descompone en apenas segundos y detrás de sus ojos enfurecidos, puedo ver el dolor y la humillación por las palabras de mi amigo. Casi puedo escucharlo cuando se aleja de nosotros indignada: otro corazón que se rompe y vaga por los pasillos del Palace High School.

—¿Por qué has tenido que humillarla así? —salto en su defensa.

—Solo he sido sincero.

—No, la has destrozado. Haberte acostado con ella no te da derecho a tratarla así.

La ciudad de Atlanta es muchas cosas: el corazón de Georgia, la joya del sur de Estados Unidos, la sede de los Brave y los Falcons..., pero también el tablero de juego de Hadrien O’Connell. El alcalde debería plantearse seriamente dejar un aviso en la entrada de la ciudad, un cartel de «Bienvenido a Atlanta. Huye mientras puedas de tu perdición». Tal vez así se tendría la oportunidad de dar media vuelta antes de toparse con la reencarnación de Giacomo Casanova y acabar con el corazón roto.

—Tranquila, a la próxima me encargaré de regalarle un osito de peluche que diga: no me interesas —dice con ironía—. Seguro que eso ayudará a amortiguar el golpe del rechazo.

Una vez no hace mucho tiempo, tuve la loca idea de que debajo de toda esa imagen de chico malo y popular había algo más. No sé, un Hadrien que le importara algo más que el sexo vacío; pero no os equivoquéis, Hadrien es lo que es. Un demonio con sonrisa de ángel y sin corazón que no va a disculparse por vivir según sus reglas, se lleve por delante a quien se lleve. Total, ¿qué importan los sentimientos de todas esas chicas a las que ha abandonado y destrozado? Por mucho que creas que puede cambiar, no va a hacerlo; el ladrón vuelve a robar y el jugador vuelve a jugar.

—Eres odioso, O’Connell —gruño.

—E irresistible. —Me guiña un ojo.

—Te vendría bien una buena dosis de empatía, ¿sabes? —digo.

—Eso me suena a lástima y hace mucho tiempo que dejé de compadecerme por quien no vale la pena.

Hadrien O’Connell también es humano y, como tal, tiene sus propios demonios que vencer. Esa persona natural, real, con miedos y traumas, es la que trato de conocer, la que me hace quedarme a su lado cuando debería salir corriendo.

Por desgracia, Hadrien no deja entrar a nadie en su vida por mucho que empujes sus barreras y te obligue a romper tus propias reglas.

Solo una vez he conseguido ver más allá, pero de eso parece que han pasado siglos y no creo que vuelva a conseguirlo.

A decir verdad, no sé si debería hacerlo.

—Tu lista de indeseados se reduce básicamente a todo el mundo —chasqueo la lengua.

—Exacto.

Ninguno de los dos mencionamos que él está encabezando esa lista, pero los dos lo sabemos muy bien. Hadrien puede estar orgulloso de su estilo de vida, de la persona que es y creerse mejor que nadie, pero en el fondo sabe que es un cabrón del que es mejor mantenerse lejos si no quieres acabar tan jodido como él.