PROLOGO
El sonido de los cubiertos era lo único que llenaba la casa. Era una noche tranquila. Simple. Elías comía en silencio, concentrado, mientras su madre lo observaba de vez en cuando con una sonrisa suave, como si ese momento fuera suficiente.
—Come más despacio —le dijo—. Nadie te va a quitar la comida.
Elías apenas sonrió. Todo estaba bien. Hasta que tocaron la puerta. Tres golpes secos. Firmes. Su madre se levantó.
—Debo ir a ver…
Elías siguió comiendo. Unos segundos. Y entonces— un grito. Un golpe. Algo cayendo. Elías se congeló.
—¿Mamá?
Corrió. Y lo que vio… lo detuvo. Su madre estaba en el suelo, golpeada, intentando moverse. Y frente a ella… un hombre. Alto. Imponente.
—¿Dónde está tu esposo? —gruñó.
—No… no lo sé… —respondió ella entre lágrimas—. Se fue desde temprano…
El hombre sonrió. Frío. Cruel.
—¿Ah, no lo sabes? Quizá unos golpes más te refresquen la memoria.
Alzó la mano—
—¡BASTA!
Elías corrió hacia su madre. Se puso frente a ella.
—Hijo… no… vete… —susurró ella, aterrada.
El hombre lo observó. Y sonrió aún más.
—Quizá… él sepa.
Caminó hacia él. Su madre se arrastró. Inútil. El hombre llegó, tomó al niño por el cuello y lo levantó. Elías intentó respirar. No pudo. El aire desapareció. El hombre sonrió… y mostró sus dientes. Colmillos.
—¿Tú eres el hombre de la casa? —preguntó con una sonrisa sarcástica.
Elías, con el poco aire que le quedaba, respondió—
—Lo… seré…
El hombre soltó una carcajada.
—Te ayudaré.
Llevó su muñeca a la boca, se desgarró la piel y la sangre comenzó a escurrir, oscura y espesa. La acercó al rostro de Elías… y la obligó a entrar en su boca. Y entonces— dolor. No era sangre. Era fuego. Como lava. Quemaba en su boca, en su garganta, en su estómago. Elías gritó, o intentó hacerlo, pero solo salió un sonido ahogado. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Su cuerpo tembló.
Algo dentro de él cambiaba.—¡Ya basta!
La voz cortó el momento. El hombre soltó al niño. Elías cayó al suelo, tosiendo, ardiendo por dentro, apenas consciente.
—Aquí estoy.
Su padre. El hombre sonrió, se giró y caminó hacia él. Elías apenas podía ver, pero alcanzó a notar cómo lo sacaban, cómo la gente miraba, cómo nadie intervenía.
—La traición se paga con sangre —dijo el hombre.
Una espada. Un brillo. Y después— la atravesó. Su padre cayó. El mundo se quedó en silencio.
Oscuridad.
Dolor. Más fuerte. Más profundo. Elías abrió los ojos. No sabía cuánto tiempo había pasado. Su cuerpo ardía. Cada parte de él. Su respiración era irregular.
—Despierta —murmuró una voz.
La misma. El hombre estaba ahí.
—Sobreviviste… interesante.
Elías intentó hablar. No pudo. Solo sentía hambre.
—Eso que sientes… no va a desaparecer.
Elías se llevó una mano al pecho.
—Aprende a vivir con ello… o deja que te consuma.
—Bienvenido a lo que eres ahora.
—¿Por… qué…? —logró decir.
—Porque los débiles… necesitan aprender a dejar de serlo.
Elías salió del recuerdo. Ahora estaba sentado, inmóvil, frente a un escritorio. El reflejo de la luna
se filtraba por el ventanal a su derecha. Afuera, una piscina tranquila. Más allá, una aldea dormida.
Todo en calma. Todo… lejos de aquel recuerdo.
Elías apoyó los codos sobre el escritorio, entrelazando las manos. Su mirada… perdida.
—La traición se paga con sangre… —murmuró.
Y por un instante… su expresión cambió. No a tristeza. A algo más oscuro. Algo que no había desaparecido con los años