Anomalías del club de arte

All Rights Reserved ©

Summary

Sara no olvida sus tareas por descuido, las olvida porque su mente pertenece a otro lugar. En un mundo de reglas estrictas y rutinas escolares, ella es una anomalía que solo puede respirar cuando se queda a solas. Pero el silencio del salón vacío es traicionero, y un paso en el pasillo está a punto de cambiar su vida para siempre. Una mirada al lado más humano de lo sobrenatural.

Genre
Fantasy
Author
GabyDev
Status
Complete
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
13+

Chapter 1

Sara entró al instituto, su bolso cargado en un solo hombro. Su pelo castaño, envuelto en un encrespamiento rebelde, mientras caminaba con una postura encorvada.

—Hola, Sara. ¿Otra vez con el pelo descuidado? —preguntó Emma mientras su mano se levantaba para intentar domar aquel desorden.

—No te preocupes, estoy bien así —respondió Sara mientras se alejaba del alcance de su amiga.

—Hola, Chicas. Conseguí cuatro boletos para el parque de diversiones —soltó Sofia con una sonrisa radiante, mientras sacaba varios boletos de su bolsillo.

—¿Y este alboroto? —exclamó Gabriel sarcásticamente —. No parece que hayan estado toda la noche escribiéndose.

—Y tú ni respondes cuando te etiquetamos más de cincuenta veces —respondió Sofia inflando las mejillas en un gesto de indignación fingida.

—Escribieron durante una hora completa sobre la uña rota de Emma, Ni me molesté en ver el grupo —soltó Gabriel en un tono gélido.

—¿Ahora soy yo la razón por la que no respondes?

—Dejen de discutir tanto y vamos al salón —respondió Sara, mientras tomaba la delantera hacia los pasillos.

Gabriel parpadeó sorprendido, viendo cómo Sara los dejaba atrás. Al final, no tuvo más remedio que seguirla, arrastrando al grupo con él.

—Gabriel. ¿olvidaste tus lentes? —preguntó Sofia.

—No es eso, los rompí otra vez —admitió él, con un tono de voz pequeño y vacilante —. Por cierto, Sara. ¿Hiciste los ejercicios de matemáticas?.

—No, los olvidé otra vez —respondió Sara, mientras agachaba un poco la cabeza.

—No tienes remedio —susurró Gabriel con una sonrisa mientras negaba con la cabeza —. ¿Quieres que te dé los resultados? Aún tienes tiempo de copiarlos.

—Gracias, pero no hace falta.

—¿Estás segura, Sara? El profesor de matemáticas da miedo —soltó Emma.

—Sí, he visto cómo puede saber quién habla a pesar de estar escribiendo en la pizarra —respondió Sofia.

—Lo peor es que incluso susurré la última vez y se dio cuenta —añadió Emma.

Gabriel revisó su teléfono un momento para luego mirar al grupo.

—¿No les parece raro esto? Entre las siete y las nueve de la noche está reservado el espacio aéreo de la escuela... en un radio de dos kilómetros, todos los días.

—Sí, te imaginas... aliens, monstruos, extraterrestres —respondió Sara con una sonrisa forzada que no lograba ocultar su inquietud.

Sin que se dieran cuenta, habían llegado a su destino. Gabriel adelantó el paso para abrir la puerta del aula, permitiendo que el grupo entrara mientras el resto de sus compañeros ya tomaban sus asientos.

Sara entró de primera, seguida del resto del grupo. Fue directa al pupitre de la última fila.

—Oye, Sara. ¿Por qué no nos sentamos adelante? —preguntó Gabriel, aunque ya se estaba acomodando en el pupitre de al lado.

—No, vayan si quieren.

El grupo ocupó los pupitres cerca de Sara. Gabriel sacó su cuaderno y lo extendió hacia ella.

—Ten, copia los ejercicios —insistió él.

—No, no hace falta. Pero gracias —respondió ella con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Buenos días —exclamó el profesor mientras entraba al aula.

El profesor dio inicio a la clase, todos en el salón se apresuraron a escribir, mientras Sara giraba la vista hacia la ventana que estaba al lado de su pupitre.

—Lo siento, no puedo ver desde aquí —dijo Gabriel en voz baja, mientras se levantaba de su pupitre.

Sara miró por la ventana. Un niño pasaba por fuera del instituto. Se quedó absorta mirando el parque, viendo cómo las hojas de aquel gran árbol caían lentamente, una a una.

—Entreguen, los ejercicios —exclamó el profesor.

El profesor recibió el cuaderno de cada alumno, una vez revisó el último cuaderno se levantó y fue en dirección a Sara, quien seguía perdida en sus pensamientos, sin notar que él ya estaba a su lado.

Él agarró un cuaderno del alumno de al lado y le dio un golpe suave.

—¿Por qué no hiciste los ejercicios otra vez? —preguntó él sin alzar la voz, pero el salón se congeló.

—Lo olvidé —susurró ella, mientras desviaba la mirada de él.

—Mira —susurró él, soltando un largo suspiro —. Ve a mi oficina después de clases.

Tras soltar esa sentencia, el profesor se dio la vuelta y abandonó el aula, ignorando el silencio sepulcral que dejó atrás.

—¿Pasa algo? Estás más distraída que de costumbre —preguntó Emma.

—No pasa nada.

La siguiente clase transcurrió como un borrón de apuntes y bostezos. Sara mantuvo las manos quietas sobre el pupitre durante toda la hora. Quietas y apretadas. Hasta que, finalmente, el segundo profesor recogió sus cosas y dio por terminada la jornada.

—Vamos —exclamó Sofia.

—No, yo me quedaré un rato más —respondió ella sin moverse de su pupitre.

Los demás salieron del aula en un mar de murmullos. Emma y Sofia se despidieron con la mano, dejando a Sara a solas con Gabriel, quien parecía no tener ninguna prisa por marcharse.

—No te quedes sola aquí... ven con nosotros —soltó Gabriel mientras se acercaba un paso, bajando el tono de voz a uno mucho más suave y serio.

—Solo... quiero un momento a solas.

Gabriel apretó un poco los puños y se quedó un momento mirándola.

—Nos vemos mañana —suspiró él, mientras salía del aula.

Sara se fijó en la entrada del instituto; vio a Gabriel marcharse y, poco después, al portero cerrar la puerta, dando por terminada su jornada laboral.

Ella se puso en pie y, con un suspiro de alivio, levantó su camisa lo suficiente. De inmediato, dos alas negras se desplegaron desde su espalda, extendiéndose con libertad por el salón vacío.

Acomodó su melena; el gesto despejó su frente, dejando al descubierto dos cuernos azabache que contrastaban con la suavidad de su piel.

Caminó en dirección a la primera fila y se inclinó hacia la ventana. Mientras estiraba por completo sus alas, un gruñido de placer se escapó de sus labios.

Un paso resonó en el pasillo, justo fuera del aula. Sara se giró bruscamente hacia la entrada. La puerta comenzó a abrirse lentamente y un chico entró, deteniéndose en seco al verla.

Ella abrió los ojos de par en par, con el corazón dándole un vuelco mientras sus alas, aún extendidas, se tensaban por el instinto.