Capítulo 1
El buen hombre oraba arrodillado sobre el reclinatorio, pedía a Dios por la recuperación de su pequeña hija que desde el día de su nacimiento había tenido que luchar contra las inclemencias de una dolorosa enfermedad.
Pocos minutos después, un grupo de mujeres llegaron presurosas al oratorio del hospital para comunicar al padre la nefasta noticia del deceso de la menor, pero ninguna de ellas se atrevía a acercarse a él para decírselo.
— No soy capaz. —Expresó una de ellas.
— Yo tampoco. —Dijo la otra.
— Yo menos. —Concluyó la tercera con lágrimas en sus ojos.
Durante buen rato intentaron designar la responsabilidad de trasmitir la triste noticia al padre que aún oraba sin conocer la suerte de su pequeña, pero ninguna aceptaba la responsabilidad de hacerlo. Sin percatarse, un anciano las había escuchado atentamente.
— ¡Señoras! Disculpen ustedes mi intromisión, pero fue inevitable escuchar su conversación. No se preocupen, yo hablaré con el padre de la niña. —Les dijo el buen hombre, dueño de una actitud envidiablemente serena.
A paso lento y bien aferrado a su inseparable bastón, el anciano se acercó al hombre que depositaba sus esperanzas en la fuerza de su oración. Con mucha dificultad se arrodilló a su lado, pero antes de hablar, le pidió a Dios que colocara oportunas palabras en su boca.
— ¿Qué pides con tanta insistencia? —Preguntó el octogenario.
— Pido por mi hija, deseo fervientemente que acabe su dolor y que nunca más vuelva a sufrir padecimiento semejante. Deseo tener la certeza de su felicidad, deseo que esta pesadilla acabe de una buena vez. —Respondió con voz melancólica.
— ¿Ha sufrido mucho? —
— Usted no se imagina, sus dolores son pavorosos, sus quejidos me desgarran por dentro. —Manifestó al tiempo que sendas lágrimas escapaban de sus ojos.
— No tengas miedo, buen hombre. Dios ya escuchó el clamor de tu súplica y respondió con amor a tu plegaría. —Le dijo el anciano.
— No entiendo. ¿Qué me quiere decir con eso? —Inquirió algo confundido.
— Te quiero decir que se ha cumplido lo que con amor solicitaste. El dolor de tu hija ya terminó, para siempre. —
Galiel Enoc
Pd: Basada en una historia real.