Sol y Vida.

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Summary

Mi vida no empezó con luz. Mi padre gritaba. Él miraba. Y yo aprendí a respirar sin sonido para no provocar a ninguno. No crecí, sobreviví. Día tras día. Sabiendo que, si daba un paso fuera de la línea, la sombra que me observaba lo daría conmigo. Ahora todo sigue igual. La misma casa. La misma oscuridad. Los mismos ojos que nunca se fueron. Esta no es una historia para consolar a nadie. Es la historia de un hombre que nunca dejó de vigilarme... y de una chica que ya no tiene dónde esconderse. Mi nombre es Sol. Y esta es la verdad que nadie quiso ver.

Status
Complete
Chapters
38
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: No es justo.

No sé cuántas veces me he dicho que ya no puedo más. Tal vez mil. Tal vez todas las noches.

Camino con la cabeza baja por el callejón que lleva a ese hueco que otros llaman casa, pero que para mí solo es un recordatorio de que no tengo a dónde más ir. El aire huele a humedad, a basura vieja... y a ese olor metálico que se pega en la garganta y que aprendí a reconocer demasiado bien.

A veces me da miedo llegar. Otras, como hoy, ni siquiera eso puedo sentir. El cansancio me ha dejado sin emociones. Sin nada.

Desde que mi madre murió en mis brazos, entendí que la vida no iba a darme tregua. Quince años y un cadáver caliente entre mis manos. Una bebé llorando. Un hombre borracho y furioso acercándose por el pasillo.

Ese fue mi comienzo. Y desde ahí, todo ha sido sobrevivir.

Dejé el colegio. Dejé mis libros. Dejé de soñar. Porque alguien tenía que cuidar de ella. Alguien tenía que mantenernos con vida. Y ese alguien... siempre fui yo.

Aprendí a caminar sin ruido, a no mirar a nadie directo a los ojos, a no contestar cuando me hablan con veneno, a seguir reglas que nunca pedí. Mi padre (si es que esa palabra todavía aplica) solo sabe gritar, golpear y oler a ron. Él destruye por costumbre; ni siquiera necesita una razón.

Pero el verdadero problema nunca fue él. Fue ese monstruo. Ese hombre que se mueve como una sombra que respira.

El que no entra a la casa mientras yo esté dentro... pero aun así está. No tengo que verlo para saberlo. Es un instinto, una presión en la nuca, un frío bajo la piel. Sé que me observa. Sé que me sigue. Sé que me quiere quieta, encerrada, disponible.

Él cree que soy suya. Porque cuando mi madre murió, él dijo que “se haría cargo”. Y yo crecí sabiendo que algún día vendría a cobrar.

Hoy cobré mi salario. Un montón de billetes arrugados que, para mí, significaban una semana sin hambre. Significaban comprarle a Luz esos zapatos rosados. Significaban que, por una noche, podía fingir que la vida no siempre muerde.

Un ruido atrás. Pasos. Un tirón brutal.

—¡Hey! ¡Mi bolso! —grité sin pensarlo.

Corrí como si la vida entera fuera ese bolso, porque lo era. Corrí aunque las piernas me temblaban y el aire me cortaba. Corrí porque sin ese dinero, no tenía nada.

Pero él era más rápido.Saltó una cerca.Yo no.

Cerré los ojos al caer de rodillas, sintiendo la grava abrirme las palmas. Y ahí, en el suelo húmedo, se me quebró algo que ya venía roto.

—No... no, por favor... —susurré, pero mi voz se perdió en la noche.

Lloré. Sin fuerza, sin dignidad, sin nada que sostener.No lloré por el dinero.Lloré porque parecía que la vida siempre encontraba una forma nueva de aplastar lo poquito que me quedaba.

Entonces una luz me apuntó a la cara. Una linterna. Un uniforme. Una orden dura que no recuerdo del todo.No levanté las manos. No tenía energía ni para eso.

Escuché pasos acercarse, un murmullo, un“¿estás bien?”que no supe responder.No lo miré. No quise.No me importaba si era ayuda o problema.Yo ya había aprendido que nada bueno se acerca en la oscuridad.

Lo único que pensé, mientras intentaba respirar, fue que Él debía estar observando.Desde algún lugar.Desde alguna sombra.

Porque siempre está.

Y si yo vuelvo a casa sin ese dinero... Él también va a venir.Lo sé. Lo siento. Lo he sentido toda mi vida.

—Está bien, señorita —dijo una voz. Levanté la cabeza. Un policía joven me ofrecía su mano. No la acepté. Me puse de pie sola.

—Sí... gracias —susurré y me marché.

—¡Mami! —La vocecita de Luz me recibió apenas abrí la puerta.Fue como una caricia entre tantas heridas.

Corrí a abrazarla. La levanté en brazos y la apreté fuerte contra mí, como si eso pudiera borrar el día, el robo, el dolor, la vida misma.

—Hola, mi amor... ya llegué —susurré, fingiendo que todo estaba bien.

Pero mi estómago se revolvió en cuanto lo vi.Él.

Sentado en el viejo sofá, con una botella medio vacía en la mano, su mirada roja y vidriosa se clavó en mí como un cuchillo.Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me puse tensa. Mis manos apretaron a Luz con más fuerza.

—¡Otra vez tarde! —gruñó desde su rincón como una bestia encerrada.

No respondí.No discutí.Solo caminé directo al cuarto, con Luz abrazada a mi cuello.

Lo conozco.Sé cómo funciona.

El mínimo roce, una palabra equivocada, una mirada mal entendida... y todo explota.

—Vamos al cuarto, ¿sí, princesa? —le susurré a Luz, que me miraba con esos ojitos grandes, aún sin entender el mundo, pero sabiendo que algo andaba mal.

La dejé sentadita en la cama, rodeada de sus peluches rotos y sus crayones sin punta. Cerré la puerta y fui a la cocina. Tenía que inventar algo de cena.

Abrí la nevera. Vacía.

Revisé los estantes, los frascos, las sobras viejas... Y entonces la vi.

Una pechuga envuelta en aluminio, escondida detrás de unos platos sucios. Seguro la había comprado él.

Dudé.Pero el hambre de Luz pesó más que el miedo.

La tomé con cuidado, la escondí bajo mi camisa y volví al cuarto.

—Mira, amor, vamos a cenar algo rico esta noche —susurré, como si el aire pudiera delatarnos.

Pero no fuimos lo bastante silenciosas.

—¡Eh! —rugió desde el pasillo—. ¿Qué carajo escondiste?

Antes de que pudiera cerrar la puerta, ya estaba allí.

Me tiró del pelo con una fuerza que me arrancó un grito.La comida cayó al suelo.Luz chilló.Y yo me fui al piso junto con la comida.

—¡Esa mierda es mía! ¡Yo necesito comer más que esa mocosa! ¡Esa cría solo gasta y gasta, no trae un peso!

La cachetada me dejó aturdida.

Me levanté sin mirarlo.Sin contestar.Silencio.Siempre el silencio.Es mi forma de sobrevivir.

Tomé a Luz en brazos y me encerré en el cuarto.Él siguió gritando un rato más, hasta que el alcohol le cerró la boca y se quedó dormido tirado en el sofá.

Me senté en la cama con Luz en mi regazo. La acuné, la abracé, le canté aunque la voz me temblaba.

—Duérmete, mi niña, que mamá está aquí...Duérmete, princesa, que el mundo es gris...Pero tú eres mi sol, mi razón para seguir...

Luz tocó mi mejilla con sus deditos chiquitos.—No llores, mami —susurró.

Y eso me rompió más que los golpes. Pero no lloré.

La abracé más fuerte y seguí cantando.

Porque si yo me caigo...

¿Quién la levanta?