Capitulo 1: Bella Durmiente
El frío llegó primero.
No era el frío de un invierno común, de esos que te hacen buscar una manta y un café caliente. Este era un frío que mordía directamente los huesos, como si alguien hubiera reemplazado mi médula por agujas de hielo. Parpadeé. O intenté hacerlo. Mis párpados pesaban como losas.
¿Dónde...?
Abrí los ojos y lo primero que vi fue el vacío.
No, no exactamente vacío. Estaba recostada sobre algo frío y duro. Un piso. De esos de madera encerada, como el de los pasillos de... ¿de dónde? Por un momento intenté atrapar un recuerdo, cualquier cosa: una cara, una casa, mi propia habitación. Pero mis manos mentales solo encontraron niebla.
Me incorporé apoyándome en las manos y entonces pude verlo.
Estaba en una escuela. O lo que había sido una escuela. A mi alrededor, estanterías metálicas retorcidas se alzaban hacia... ¿arriba? No había techo. Solo una oscuridad infinita, espesa, que se movía lentamente como humo bajo el agua. Y sin embargo, algo iluminaba el lugar, una luz pálida que no provenía de ningún lado.
Pedazos de pared flotaban a mi alrededor. Secciones enteras de pasillos colgaban en el aire como si la gravedad fuera solo una sugerencia. Un escritorio flotaba boca abajo a tres metros de mi cabeza. Una pizarra rota giraba lentamente sobre sí misma más allá.
Me levanté de un salto, mi corazón latiendo tan fuerte que dolía. Mis pies, calzados con zapatos colegiales negros, tocaron el suelo firme. Bajé la mirada. Llevaba un uniforme marinero, de esos que había visto en... ¿animes? ¿Fotos? No lo sabía. Falda tableada azul marino, cuello blanco con rayas, un lazo rojo en el pecho. Me toqué el cabello: negro, corto, hasta el cuello.
¿Este es mi cuerpo? ¿Soy yo?
Intenté buscar en mi mente un nombre, una identidad, algo. Y entonces lo encontré. Un solo dato flotando en la negrura de mi memoria.
—Haruka —susurré sin saber por qué. Ese era mi nombre. Lo sentía propio, aunque no pudiera recordar haberlo escuchado antes.
—Despierta, bella durmiente.
La voz llegó desde atrás. Profunda, tranquila, con un dejo de diversión.
Me giré tan rápido que casi pierdo el equilibrio. Y ahí estaba.
Un hombre.
Debía rondar los cuarenta, tal vez más. Era alto, con el pelo negro lacio que le caía hasta la nuca y una gabardina oscura que le llegaba casi a los tobillos. Pero lo que me heló la sangre fueron sus ojos. Rojos. Como dos brasas que me miraban fijamente con una calma que resultaba perturbadora.
Y las alas.
Negras. Enormes. Plegadas detrás de su espalda como las de un cuervo gigante, con plumas que parecían absorber la poca luz del lugar.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Di un paso atrás, preparándome para salir corriendo.
—¡¿Quién eres?! —mi voz salió más aguda de lo que esperaba—. ¡¿Por qué me estabas viendo dormir, acosador?!
El hombre alzó una ceja. Luego soltó una carcajada corta, seca, como si mi reacción le hubiera parecido genuinamente graciosa.
—¿Acosador? —repitió, saboreando la palabra—. Vaya, directo al grano. Me gusta. Pero no, pequeña. Ese término lo reservamos para el tipo que te estaba mirando fijamente mientras dormías la siesta. Ese sería... bueno, yo. Pero prefiero que me llames Segador.
—¿Segador? —parpadeé, confundida—. ¿Como la muerte? ¿Es un apodo?
—Es un título —se encogió de hombros, como si fuera lo más normal del mundo—. Pero podemos dejarlo para después. Primero lo primero.
Extendió un brazo señalando el caos a nuestro alrededor. Las estanterías flotantes, los pedazos de escuela ingrávidos, la oscuridad sin techo.
—Bienvenida al Post Mortem.
Me quedé mirándolo. Luego miré a mi alrededor. Luego volví a mirarlo.
—¿Post qué?
—Mortem —completó él, paciente—. Post Mortem. Literalmente, "después de la muerte".
La palabra cayó como un balde de agua helada. Sentí que el estómago se me hundía.
—¿Después de la...? —tragué saliva—. Espera. ¿Me estás diciendo que... que yo...?
—¿Has muerto? —terminó la frase por mí, inclinando ligeramente la cabeza. Sus alas negras se movieron un poco, como si fueran parte de su expresión—. Sí. Y no.
Me quedé paralizada.
—¿Cómo que sí y no? —mi voz sonó casi a quejido—. ¡Eso no tiene ningún sentido! ¡O estás vivo o estás muerto!
El hombre —el segador, o lo que sea que fuera— sonrió. No era una sonrisa amable. Era la sonrisa de alguien que sabe algo que tú no, y que disfruta manteniéndolo así.
—Bienvenida al Post Mortem —repitió, como si eso lo explicara todo—. El lugar donde las reglas de los vivos dejan de aplicarse.
Me llevé las manos a la cabeza, sintiendo que iba a explotar. No recordaba nada. No sabía quién era más allá de mi nombre. Estaba en una escuela rota que flotaba en la oscuridad. Y un tipo con alas de ángel oscuro acababa de decirme que estaba muerta pero no del todo.
—Esto es una locura —murmuré—. Estoy soñando. Sí, eso es. Un sueño. En cualquier momento voy a despertar en mi cama y...
—No vas a despertar —me interrumpió él, y su voz perdió todo rastro de diversión. Ahora era seria, directa—. Haruka, ¿verdad?
Asentí sin pensar. ¿Cómo sabía mi nombre?
—Haruka, mírame.
Levanté la vista. Sus ojos rojos me sostuvieron con una intensidad que no permitía distracciones.
—No estás soñando. Esto es real. O tan real como puede serlo cualquier cosa aquí. Y tenemos que hablar.
Di un paso atrás, instintivamente.
—¿Hablar de qué? ¿Por qué debería quedarme aquí contigo? ¡No sé quién eres, no sé dónde estoy, no sé nada!
—Porque si no hablamos —su voz se volvió más baja, más grave—, vas a morir. De verdad. Y esta vez no habrá segunda oportunidad.
Un escalofrío me recorrió la espalda. No era por sus palabras. Era porque, en el momento en que terminó la frase, un ruido llegó desde la oscuridad.
Un arrastre. Como algo pesado que se deslizaba sobre el suelo.
Luego otro.
Y otro.
El hombre —el segador— giró la cabeza hacia las sombras. Por primera vez, su expresión cambió. Ya no era diversión. Ya no era seriedad. Era algo más parecido a... alerta.
—Hablando de morir —murmuró—. Parece que tenemos compañía.
De entre las estanterías flotantes, una silueta comenzó a emerger.
No era humana. No del todo. Tenía forma, brazos, piernas, pero todo en ella estaba deforme, alargado, como si alguien hubiera estirado un cuerpo de goma hasta romperlo. Su piel era gris, cuarteada como la porcelana vieja. Y su cabeza... su cabeza giraba lentamente, como un búho, hasta que unos ojos diminutos y brillantes se clavaron en mí.
—Alma... —siseó, y su voz sonó a papel rasgado—. Alma fresca...
El pánico me golpeó como un puño en el pecho. Quise correr, pero mis piernas no respondían. Quise gritar, pero el aire se quedó atascado en mi garganta.
Entonces sentí una mano en mi hombro. La del hombre de la gabardina.
—Tranquila —dijo, y su voz ahora era sorprendentemente calmada—. No te va a tocar. Todavía.
—¿T-todavía? —logré articular.
Él no me respondió. Dio un paso al frente, interponiéndose entre la criatura y yo. Sus alas negras se desplegaron ligeramente, como un telón de fondo siniestro.
—Escúchame bien, Haruka —dijo sin mirarme, con los ojos fijos en la cosa que se acercaba—. Eso que ves ahí es un Engendro. Nacen de los pensamientos negativos de los vivos. Miedo, odio, envidia. Todo eso se filtra hasta aquí y... bueno, ya ves lo que pasa.
La criatura seguía avanzando. Ya estaba a solo diez metros.
—Y ahora viene hacia nosotras porque las almas frescas como tú son un manjar para ellos —continuó—. Así que tenemos dos opciones.
Se giró hacia mí. Sus ojos rojos brillaron con algo que no supe identificar. ¿Determinación? ¿Diversión? ¿Las dos cosas?
—Opción uno: salimos corriendo. Te dolerán las piernas, te entrará un ataque de pánico, y probablemente nos alcance en menos de cinco minutos. Luego tú mueres, yo me quedo solo otra vez, y nadie gana.
—¿Opción dos? —pregunté, aferrándome a esa palabra como un clavo ardiendo.
Él sonrió. Una sonrisa que no era tranquilizadora. Era peligrosa.
—Opción dos: haces un pacto conmigo.
—¿Un... pacto?
—Un trato —explicó rápido, mientras el Engendro seguía acercándose—. Tú me dejas entrar en tu alma. Literalmente. A cambio, yo comparto contigo mi poder. Podremos luchar contra esas cosas. Podremos sobrevivir. Podremos...
Hizo una pausa. La criatura estaba a cinco metros.
—...descubrir por qué demonios estás aquí.
Abrí la boca para decir algo, para preguntar, para gritar, para cualquier cosa. Pero antes de que pudiera emitir un solo sonido, el Engendro se lanzó hacia nosotros.
Y el mundo se volvió oscuridad.
Fin del Capítulo 1








