Capítulo 1
—Te estás tomando muy en serio lo de “vestida de novia en crisis existencial” —añadió Felipe, sonriendo con esa tranquilidad que solo tienen los que no están a punto de casarse. —Quizá, no sé.
El vapor del café empañaba el cristal, y las gotas de lluvia deslizándose por el vidrio parecían competir en una carrera lenta y silenciosa. Afuera, el ruido de los carros se mezclaba con la música suave del local. Dentro, solo Felipe y yo, frente a frente, con las tazas humeantes entre las manos.
Era nuestra cafetería de siempre. La de las sillas incómodas y los cafés demasiado caros, pero con el encanto suficiente para convertir cualquier conversación en una escena de película. —¿Estás segura de que quieres hacerlo? —preguntó Felipe, dándole otro sorbo a su cappuccino. —¿Casarme? —respondí, sin apartar la vista de la ventana. La lluvia se reflejaba en el vidrio, y mi rostro cansado parecía un fantasma que me miraba desde el otro lado. —Sí. Casarte con Daniel —dijo su nombre con una calma que me dolió un poco. —Claro que estoy segura —mentí. Y lo supo.
—Mentira —replicó enseguida—. Te estás casando por capricho, Liz. Porque ya lo pusiste en tu lista de metas antes de los treinta, como “viajar a Europa” o “aprender a cocinar sin quemar la cocina”, esa lista que creaste cuando éramos chicos.
Solté una risa breve, pero amarga. Apoyé la cabeza contra la pared de cristal y miré hacia afuera, donde el cielo parecía un espejo roto. —Qué tonto eres. —Tonta tú —dijo, con esa sonrisa de quien disfruta ganar una discusión—. Te vas a casar porque te da miedo no hacerlo, no porque lo ames. —Felipe, no empieces. —Solo digo la verdad —respondió, encogiéndose de hombros—. Si Daniel fuera el amor de tu vida, no estarías aquí, conmigo, a dos días de la boda.
Me quedé callada. Mi taza ya estaba fría, pero seguía girándola entre las manos como si con eso pudiera calentar algo dentro de mí. El anillo rozó la porcelana y produjo un sonido seco, casi incómodo. Era hermoso, sí, pero no sentía que me perteneciera. Pesaba. Y en el fondo, todo lo que pesa demasiado termina cayendo.
—¿Sabes cuántas veces me dijiste que ibas a dejarlo? —continuó él—. Perdí la cuenta. Llorabas por él en cada esquina, literal. Y mientras tú estabas destrozada, él… jugando fútbol, riendo con sus amigos, ignorando tus mensajes. Y tú, como una tonta, esperabas a que te buscara. —Ya, Felipe —murmuré. —Y cuando lo hacía, bastaba con un “perdón, amor”, y todo se arreglaba, ¿no? —No es tan simple. —Sí lo es —dijo con firmeza, apoyando el codo en la mesa—. Daniel te acostumbró a querer poquito. Y tú aprendiste a llamarle amor a eso.
No pude evitar reír, pero con la voz quebrada. —Hablas como si fueras mi terapeuta. —Soy mejor —sonrió—. Yo cobro con sarcasmo y galletas.
Me reí bajando la mirada. Ese era Felipe. Siempre con una broma lista para curar cualquier silencio incómodo. En el fondo sabía que no lo decía por mal. Él siempre supo leerme incluso cuando yo aún no sabía qué estaba sintiendo.
—De verdad, Liz —continuó, más serio—. Si igual te vas a casar, al menos sácale la casa. Te divorcias, me llamas y nos vamos a recorrer el mundo. —Eres un idiota. —Sí, pero un idiota honesto.
Sus palabras me arrancaron una sonrisa real. De esas que uno no planea, que nacen solas y se van sin permiso. Nos quedamos unos segundos en silencio. Afuera, una pareja compartía un paraguas demasiado pequeño; ella reía, él la empapaba sin querer. Los miré con cierta envidia. Hace mucho no sentía esa clase de amor espontáneo, de los que no pesan.
—¿Sabes qué es lo peor? —dije finalmente—. Que Daniel no es un mal hombre. Me quiso, sí, pero… nunca sentí que me mirara como si realmente me viera. Felipe entrecerró los ojos. —¿Y tú lo amas? Tardé demasiado en responder. —Lo quiero —susurré. —No es lo mismo. —Lo sé.
Me recosté otra vez sobre el cristal. Sentía el frío en la nuca, y por un momento pensé que así debía sentirse la calma antes de rendirse. —Liz, te conozco desde que tenías catorce años —dijo Felipe, con voz más suave—. He visto cómo lloras, cómo te ilusionas, cómo te vuelves un desastre cuando amas. Y sé que lo que tienes con Daniel no es eso. Lo miré. —Entonces, ¿qué crees que es? —Costumbre —respondió sin dudar—. Miedo a empezar otra historia. —¿Y si no hay otra historia? —pregunté. —Siempre hay otra —dijo, con una sonrisa triste—. El problema es que tú sigues atrapada en una que nunca cerraste.
Sus palabras me atravesaron como un eco de algo que ya había sentido antes. —¿A qué te refieres? —pregunté, fingiendo desinterés. —A que cuando hablas del amor, tus ojos cambian. No es Daniel quien te aparece en la cabeza. Lo sé. Solo que nunca me dijiste quién fue.
Apreté los labios. Felipe tenía razón: no sabía los detalles. Pero sí había escuchado su nombre en conversaciones sueltas, en lágrimas viejas. —¿Quién era, Liz? —insistió, bajando la voz—. El que te dejó así. Respiré hondo. Por un momento dudé si decirlo. Si abrir una herida que ya llevaba años disimulando.
—Se llamaba Fabián —dije al fin, sin mirarlo.
Felipe se quedó inmóvil. El ruido del local se volvió un murmullo lejano. —¿Fabián? —repitió lentamente—. ¿Ese es el mismo... el del colegio? Asentí. —El mismo. Pero nunca te conté la historia completa.
Felipe se recostó en la silla, cruzando los brazos. —Sabía que había algo —dijo, con una sonrisa ladeada—. Siempre lo supe. Pero no imaginé que era él. —Nadie lo imaginó —dije, girando la taza entre mis dedos—. Tenía catorce años. Él, dieciocho. Y desde el primer día, supe que estaba en problemas.
Felipe sonrió, cómplice. —Esto promete —bromeó. —No sé si “promete” sea la palabra —reí suavemente—, pero fue el principio de todo.
Afuera, la lluvia seguía cayendo. Dentro, el café sabía a pasado. Y mientras él me observaba en silencio, supe que aquella conversación cambiaría algo. No sabía el qué, pero sí el cuándo: ahora.