UNICO:
Descripción :
Park Jimin, jamás se imagino que aceptar la cita a uno de sus admiradores secretos por el día de San Valentin lo llevaría a vivir uno de los peores escenarios de su vida, que desencadenarian una serie de eventos que lo encierran en el borde de la desesperación.
Un contrato.
Una noche.
La avaricia.
La lujuria.
El deseo.
La violencia.
El dolor.
Y el temor.
Pueden llevarte a ser algo que jamás esperaste convertirte.
Jeon Jungkook y Kim Taehyung lo saben mucho mejor que nadie y es por eso que aunque sus corazones sientan que el momento de dejar todo atrás a llegado, no son capaces de hacerlo.
Porque cuando la mesa se sirve de oro, ni aún el más rico puede resistirse a ella...
¿Creen en el amor a primer golpe?
— Park Jimin, ¿Estás loco? — La voz de su amiga resonó en el diminuto altavoz del teléfono. — Nadie va a una cita a ciegas en San Valentín con un desconocido que ha estado dejándote regalos durante semanas. ¡Eso es como la trama de una película de terror!
El rubio rió, un sonido ligero y burbujeante que rebotó en los azulejos blancos de su baño, se miró al espejo mientras se aplicaba un poco de brillo en los labios. El rubio de su cabello contrastaba con la palidez de su piel, y sus ojos azules parecían dos zafiros bajo la luz cálida del techo.
— No seas exagerada... — Respondió, ajustando el cuello de su camisa blanca— Las cartas son preciosas, poéticas. — Reconoció. — Quién quiera que sea, tiene sensibilidad.
— Los asesinos también pueden tener sensibilidad, Jimin. — Contraatacó. — Eso no significa que no te vayan a cortar en pedacitos.
— Mi vida es una mierda, ¿Sabes? — Jimin suspiró, apoyando las manos en el lavamanos. — Papá me da todo, pero no me da tiempo, no me da atención y de repente aparece alguien que me escribe cartas diciéndome que soy la luz de sus días, que piensa en mí antes de dormir, que… no sé. — Suspiró negando mientras veía su reflejo. — Me hace sentir vivo.
Solo se escucho el silencio al otro lado de la línea.
— Suenas como una quinceañera.
— Soy una quinceañera atrapada en el cuerpo de un universitario de veinticinco años. — Bromeó Jimin, aunque había algo de verdad en sus palabras. — Mira, el automóvil ya llegó. — Se excuso. — Te llamo luego.
— Jimin, espera…
Pero ya había colgado.
El auto negro lo esperaba en la entrada de la mansión.
El conductor, un hombre de expresión impasible, le abrió la puerta sin decir palabra.
Jimin se acomodó en el asiento trasero de cuero, sintiendo ese cosquilleo en el estómago que solo aparece cuando estás a punto de hacer algo que sabes que no deberías.
— ¿Al restaurante, señorito Park? — Preguntó el conductor.
— Sí, gracias.
El viaje fue corto.
Demasiado corto.
Cuando el auto se detuvo frente al elegante edificio, el rubio dudó por un segundo. Miró el letrero, las luces tenues del interior, las mesas vacías porque aún era temprano.
— ¿Bajara, señorito?
— Sí, claro. — Espetó, bajando rápidamente.
El conductor asintió y el coche se alejó.
Jimin se quedó solo en la acera, sintiendo el frío de febrero morderle las mejillas.
Dentro del restaurante, todo estaba en calma. El mesero lo recibió con una sonrisa profesional.
— ¿El señor Park? — Preguntó. — Tengo un mensaje para usted.
Le entregó un sobre de papel grueso, color marfil que el rubio recibió y lo abrió con manos temblorosas.
“Mi ruiseñor: La verdadera cita es en otro lugar, no temas, solo sígueme. Te espero donde las estrellas no pueden vernos. Te mando la dirección, ven solo, o el encanto se romperá.”
Jimin sonrió al leerla.
Era tan cursi, tan poético.
Tan perfecto.
El papel tenía una dirección escrita a mano, era un almacén en las afueras.
No, no era el lugar más romántico del mundo, pero quizás su admirador quería sorprenderlo con algo, no sé, ¿Un jardín secreto? ¿Un espacio decorado especialmente para ellos?
— Qué tontería... — Murmuró para sí mismo mientras pedía un taxi.
El viaje a las afueras fue largo.
Los edificios elegantes dieron paso a naves industriales, almacenes abandonados, calles mal iluminadas y Jimin empezó a sentir un nudo en el estómago, pero lo ignoró.
— ¿Seguro que es aquí? — Preguntó el taxista, un hombre mayor con aspecto cansado.
— Sí, sí. — Murmuró. — Déjeme aquí por favor.
Pagó y bajó.
El taxi se alejó rápidamente, como si el conductor también sintiera que ese no era lugar para un chico como Jimin.
El almacén era enorme, de chapa oxidada, con una puerta metálica entreabierta y desde dentro salía un tenue resplandor.
— ¿Hola? — Llamó el rubio, acercándose. — ¿Hay alguien?
Empujó la puerta.
Adentro había velas.
Cientos de velas formando un camino que conducía al fondo del almacén.
El corazón de Jimin dio un vuelco.
— Es precioso... — Susurró para si mismo, y comenzó a seguir el sendero de luz.
Las velas crepitaban suavemente, lanzando sombras bailarinas contra las paredes de hormigón. Jimin sonreía, emocionado, pensando en el momento en que conocería por fin a su admirador secreto.
No vio las figuras que se movían en la oscuridad detrás de él.
No sintió la presencia hasta que fue demasiado tarde.
Un brazo grande y fuerte se cerró alrededor de su cuello, y una mano callosa le tapó la boca. El rubio quiso gritar, pero el sonido murió en su garganta. Quiso forcejear, pero quien lo sujetaba era demasiado fuerte.
— Tranquilo, princesa... — Una voz ronca susurró contra su oído. — Si te portas bien, quizás no te lastimemos.
Jimin sintió que la orina caliente le bajaba por las piernas, el terror que sentía en ese momento era absoluto, paralizante.
— ¡Oh, mierda! — Dijo otra voz, más ligera, más burlona. — Se meó encima. — Siseo. — ¡Qué asco!
— Cállate, Tae y ayúdame a llevarlo al fondo. — Gruñó.
Luego de eso Jimin perdió el conocimiento cuando algo golpeó su nuca.
Horas más tarde, despertó atado a una silla.
Tenía las manos esposadas a la espalda y los tobillos sujetos a las patas del asiento con cuerdas y plástico.
La cabeza le palpitaba y de la boca le sabía a sangre.
Delante de él, dos hombres lo observaban.
El más joven, de pelo negro azabache y ojos igual de oscuros, estaba apoyado contra una columna. Llevaba los brazos descubiertos, y el rubio pudo ver que estaban cubiertos de tatuajes.
Era alto, imponente, con una mandíbula refinada y una expresión que no dejaba lugar a dudas de que era un hombre peligroso, pero demasiado atractivo, aunque doliera admitirlo.
En otras instancias, totalmente su tipo.
El otro era más... normal.
O lo habría sido si no midiera casi uno ochenta y tantos de pelo castaño, ojos marrones, con una sonrisa que parecía amable pero que no llegaba a los ojos.
Tenía las manos metidas en los bolsillos y una postura relajada que contrastaba con la tensión del ambiente.
— Buenos días, dormilón... — Dijo el de pelo castaño, acercándose. — Me llamo Kim Taehyung y mi socio aquí, el callado, es Jeon Jungkook. — Lo señaló con el pulgar con un gesto despreocupado. — Y tú eres Park Jimin, hijo de Park Jinho, el dueño de medio país. ¿Verdad?
Jimin asintió, temblando.
— ¡Habla cuando te pregunten! — La voz de Jungkook cortó el aire como un látigo, haciendolo sobresaltar.
— S-sí... — Tartamudeó el rubio. — Soy yo.
— Perfecto... — Taehyung sonrió, y por un segundo pareció casi humano. — Mira, pequeño, la cosa es así: tu papá tiene información que nosotros necesitamos. — Mascullo. — Información sobre sus negocios, sobre sus contactos, sobre todo ese mundo bonito en el que tú vives sin enterarte de nada. — Hizo un gesto con las manos. — Y tú vas a ayudarnos a conseguirla.
— Pero yo no sé nada... — Jimin negó con la cabeza, desesperado. — Mi papá nunca me cuenta nada de negocios, solo me da dinero y ya. — Sus ojos se humedecieron. — No sé nada, de verdad.
Taehyung suspiró, como si el rubio fuera un niño terco.
— Siempre dicen lo mismo al principio. — Se encogió de hombros. — Luego resulta que sí saben.
— Pero es que es verdad, yo...
No terminó la frase.
El puño de Jungkook impactó contra su estómago con fuerza, el rubio se dobló sobre sí mismo o intentó hacerlo, pero las ataduras se lo impidieron.
El aire salió de sus pulmones en un jadeo ahogado.
— Cuando Tae habla, tú escuchas... — Murmuró el pelinegro, frotándose los nudillos. — Cuando Tae pregunta, tú respondes. — Gruñó. — Y cuando yo digo algo, tú obedeces. ¿Entendido?
Jimin tosió, intentando recuperar el aliento, las lágrimas empezaban a brotar de sus ojos.
— Te pregunté si entendiste. — Rugió.
— S-sí — Logró articular. — Entendido.
Jungkook lo miró con desprecio y se alejó hacia una esquina del almacén, donde había una mesa con botellas de agua, restos de comida y un par de sillas.
El castaño se arrodilló frente a Jimin y le acarició la mejilla con una ternura que resultaba más aterradora que los golpes.
— No queremos hacerte daño, precioso. — Murmuró. — De verdad que no, pero tenemos que hacer nuestro trabajo. — De excuso. — Así que cuanto antes hables, antes termina todo. ¿De acuerdo?
Jimin asintió, hipando.
— Buena elección...
Taehyung se levantó y fue a reunirse con Jungkook.
Jimin se quedó solo en medio de la nada, atado a una silla, con la ropa manchada de su propia orina y el sabor de la sangre en la boca.
Y supo, con una certeza que helaba la sangre, que aquello solo era el principio.
♡
Pasaron tres días.
Tres días de preguntas y respuestas que Jimin no podía dar.
Tres días de golpes cuando se equivocaba, de insultos cuando lloraba, de amenazas cuando suplicaba.
— ¿Quién es el contacto de tu padre en el gobierno? — Preguntaba Taehyung.
— No lo sé.
Golpe.
— ¿Dónde guarda los archivos de sus negocios?
— No lo sé.
Golpe.
— ¿A quién le paga los sobornos?
— No lo sé, no lo sé, no lo sé...
Golpe, golpe, golpe.
Jungkook no hablaba mucho.
Solo golpeaba.
Y cuando no golpeaba, miraba.
Miraba a Jimin con una intensidad que daba más miedo que cualquier puñetazo.
Como si estuviera memorizando cada uno de sus movimientos, cada gesto de dolor, cada lágrima.
La noche del tercer día, Taehyung le llevó un plato de sopa.
— Tienes que comer... — Le dijo, sentándose frente a él. — Si te desmayas, no podremos interrogarte.
El rubio miró el plato humeante con desconfianza, tenía las manos libres ahora, aunque los tobillos seguían atados a la silla.
Durante el día los mantenían esposados, pero por la noche les soltaban un poco, para que pudieran comer y dormir en un colchón sucio que habían puesto en una esquina.
— No tengo hambre... — Murmuró.
— Claro que tienes hambre. — Espeto el castaño. — No has comido nada en tres días.
— Me duele todo. — Susurró el rubio.. — No puedo tragar.
Taehyung suspiró y hundió la cuchara en la sopa, acercandola a los labios de Jimin.
— Vamos, pequeño. — Pidió. — Solo un poco.
El rubio lo miró a los ojos, en la penumbra del almacén, con solo una bombilla colgando del techo, Taehyung parecía casi amable.
Casi.
Aceptó la cuchara.
El caldo estaba caliente y salado, y le quemó la garganta al pasar, pero era comida.
Era algo.
— Así me gusta... — Murmuró Taehyung, y siguió dándole de comer. — Buen chico.
El rubio se durmió esa noche pensando en lo jodido que estaba.
En cómo un hombre que lo golpeaba durante el día podía darle de comer por la noche con tanta naturalidad.
En cómo su cerebro empezaba a agarrarse a esos pequeños momentos de ternura como si fueran un salvavidas.
Es parte del juego , pensó.
No te dejes engañar.
Pero era difícil no dejarse engañar cuando llevabas tres días sin que nadie te tocara con suavidad.
♡
Al cuarto día, todo cambió.
Jungkook entró al cuarto donde Jimin estaba sentado en el colchón, mirando la pared.
Taehyung no estaba.
Habían dicho que tenía que hacer un recado, y el rubio se había quedado solo con el más joven.
Solo con Jungkook.
El hombre se acercó lentamente, y Jimin sintió cómo el miedo le recorría la espalda.
No era el mismo miedo que sentía cuando le pegaban.
Era otro.
Más profundo.
Más oscuro.
— Levántate... — Ordenó el pelinegro.
Jimin obedeció.
Sus piernas temblaban.
— Tu padre no paga... — Gruñó Jungkook, y había algo en su voz que Jimin no supo identificar. — Llevamos cuatro días y no paga. — Se quejó. — Así que tenemos que buscar otras formas de entretenimiento.
— ¿Otras formas? — La voz del rubio salió apenas como un susurro.
Jungkook no respondió con palabras.
Dio un paso adelante y agarró a Jimin por la nuca, obligándolo a mirarlo a los ojos.
— Vas a hacer lo que yo diga. — Le ordenó. — Y no vas a quejarte.
Jimin quiso apartarse, quiso gritar, quiso correr.
Pero su cuerpo no respondió.
Estaba paralizado, atrapado en esa mirada negra como la noche.
El pelinegro lo empujó contra la pared y comenzó a desnudarlo de forma desesperada, Jimin sintió el frío del cemento en la espalda mientras la camisa se desgarraba, sintió las manos ásperas en su cintura, bajando, desabrochando, desnudando.
— Por favor... — Susurró asustado. — Por favor, no.
— Cállate.
La mano de Jungkook tapó su boca mientras la otra lo giraba, poniéndolo de cara a la pared. Jimin sintió la erección del hombre presionando contra sus nalgas y quiso morir.
— Si te mueves, te rompo un brazo. — Le amenazó contra su oído. — Si gritas, te parto la cara. ¿Entendido?
Jimin asintió, temblando.
No hubo preparación.
No hubo suavidad.
Solo el dolor desgarrador de ser abierto a la fuerza, de sentir cómo algo se rompía dentro de él mientras Jungkook lo penetraba sin piedad.
Jimin mordió su propio brazo para no gritar.
Las lágrimas caían por su rostro, mezclándose con los mocos y la saliva.
El dolor era tan inmenso que por momentos dejaba de sentir, como si su cuerpo se desconectara para sobrevivir.
— Mira qué bonito... — Jadeó Jungkook mientras se movía dentro y fuera de él. — Calladito y quietecito. — Siseo. — Así me gustas. — Le mordió el hombro con fuerza haciendo al rubio gimotear.
No supo cuánto duró.
Minutos, quizás horas.
Pero cuando Jungkook terminó, se limpió en la ropa rota de Jimin y se alejó como si nada.
— Limpia esto... — Murmuró, señalando el desorden. — Cuando vuelva Tae, quiero todo recogido.
Y sin más se fue.
Jimin se deslizó por la pared hasta quedar sentado en el suelo, entre sus propias ropas desgarradas y los restos de lo que acababa de pasar.
No lloró.
No podía.
Estaba vacío, completamente vacío.
Horas después, cuando Taehyung regresó, encontró a Jimin en la misma posición.
El colchón estaba recogido, la ropa amontonada en una esquina, pero el rubio seguía en el suelo, mirando la nada.
— Pequeño... — La voz de Taehyung fue suave. — ¿Qué pasó?
No respondió.
El castaño se acercó y vio las marcas en sus muñecas, los moretones nuevos, la sangre seca entre sus piernas y el olor fuerte.
— Ah... — Fue todo lo que dijo, como si entendiera lo que había pasado.
Se agachó y lo levantó en brazos.
Jimin dejó que lo llevara, que lo acostara en el colchón, que le limpiara las heridas con un paño húmedo.
— Tranquilo... — Murmuró Taehyung mientras lo limpiaba. — Tranquilo, pequeño. — Suspiró. — Ya pasó.
Jimin abrió la boca para hablar, pero lo único que salió fue un sollozo.
— Sé que duele. — Concordo. — Sé que quieres morirte, pero vas a vivir. — Le aseguró. — Vas a vivir porque eres fuerte, porque los niños de papá también pueden ser fuertes.
Jimin lo miró a través de las lágrimas.
— ¿Por qué me ayudas?
Taehyung sonrió, esa sonrisa amable que no llegaba a los ojos.
— Porque alguien tiene que hacerlo.
Esa noche, Taehyung durmió a su lado.
No lo tocó, no lo violó. Solo se acostó a su lado, y Jimin, como un idiota, se sintió seguro.
♡
A la mañana siguiente, Jungkook entró con el desayuno, era un pan duro y agua, miró la escena de Jimin y Taehyung pero no dijo nada.
Solo lo dejó junto al colchón y se giró para irse en silenció.
— ¡Jungkook! —lo llamó Taehyung.
El más joven se detuvo, antes de abrir la puerta.
— Esta noche vienes conmigo.
No fue una pregunta.
El pelinegro solo asintió y se fue.
Jimin no entendió lo que significaba hasta esa noche...
Eran las dos de la madrugada cuando despertó.
Alguien lo estaba moviendo, acomodándolo sobre el colchón, abrió los ojos y vio a Taehyung encima de él, y detrás, estaba la sombra de Jungkook.
— Vas a portarte bien... — Murmuró el castaño, acariciando su mejilla. — ¿Verdad?
Jimin quiso decir que no, quiso pedirles que pararan.
Pero su cuerpo no respondía.
Estaba demasiado roto, demasiado cansado.
Taehyung lo besó.
Fue un beso lento, profundo, que le robó el aliento.
Mientras lo besaba, sus manos recorrían su cuerpo, tocándolo con una suavidad que contrastaba con todo lo que había pasado.
— Relájate... — Susurró Taehyung contra sus labios. — Va a ser diferente esta vez, te lo prometo.
Y lo fue.
Taehyung lo preparó con los dedos, besándolo todo el tiempo, susurrándole palabras que Jimin no quería escuchar pero que su cerebro grababa a fuego.
Palabras como “Precioso”, “Tranquilo”, “Te voy a cuidar”.
Cuando lo penetró, Jimin gimió.
No de dolor, si no de algo que no quería reconocer.
Detrás de él, Jungkook lo sujetaba, mientras lo besaba en la nuca, en los hombros. Sus manos grandes recorrían su torso, pellizcando sus pezones, acariciando su vientre.
— Los dos... — Susurró el pelinegro en algún momento. — Los dos al mismo tiempo Tae.
Jimin sintió cómo Taehyung se retiraba, cómo lo giraban, cómo lo colocaban en una posición que no entendió hasta que fue demasiado tarde.
Jungkook entró primero, llenándolo por detrás, dando suertes estocadas desesperadas, Taehyung lo siguió, abriéndole la boca con sus dedos y colocando su erección contra sus labios.
— Chupa. — Le ordenó Taehyung. — Chupa como si te fuera la vida en ello.
Y el rubio solo obedeció y chupó.
El ritmo se volvió una locura.
Jungkook embistiendo desde atrás y al mismo tiempo Taehyung empujando en su garganta, los dos moviéndose al mismo tiempo, usándolo, llenándolo, poseyéndolo por completo.
— Eres nuestro... — Gruñó el pelinegro en algún momento, el rubio sintió cómo se corría dentro de él, llenándolo, desbordandose. — Jodidamente nuestro. — Jadeo.
El castaño terminó en su boca con un gruñido y Jimin tragó sin pensar.
Cuando terminaron, lo acostaron entre los dos.
Jungkook a su espalda, Taehyung al frente, rodeándolo con sus brazos.
— Duérmete. — Le ordenó el mayor. — Mañana será otro día.
Y el rubio se durmió.
Y en sus sueños, esta vez, no hubo pesadillas.
♡
Los días siguientes fueron una mezcla de infierno y paraíso.
Durante el día, los interrogatorios continuaban.
Jimin seguía sin saber nada, y los golpes seguían lloviendo cuando se equivocaba.
Pero por la noche, algo cambiaba.
Los encuentros continuaron, sí.
Pero ya no eran solo violencia.
Ahora había caricias, besos, palabras susurradas al oído.
Ahora, cuando Jungkook lo tomaba, después lo bañaba con agua caliente y le enjuagaba el cabello con una ternura que le desgarraba el corazón y lo hacía confundir.
— ¿Por qué haces esto? — Le preguntó una noche, mientras el pelinegro le pasaba las manos por el cabello, enjuagando el champú.
— ¿El qué?
— Esto. — Levantó la mirada para verlo a los ojos. — Cuidarme después de...
Jungkook no respondió de inmediato, solo siguió enjuagando, con movimientos lentos y precisos.
— Porque lo necesitas... — Murmuró al final. — Porque cuando termina, estás tan roto que alguien tiene que arreglarte. — Suspiró desviando la mirada. — Y ese alguien soy yo.
Jimin sintió que el corazón se le partía en dos al escucharlo.
— Pero eres tú quien me rompe.
— Lo sé.
El agua siguió corriendo.
Jimin apoyó la cabeza contra el pecho de Jungkook y cerró los ojos, dejando que algunas lagrimas traicioneras se le escaparan, mientras sentía paz en brazos de quien solo era guerra.
Estoy perdido, pensó.
Estoy completamente perdido.
Con Taehyung era diferente.
El castaño le contaba historias mientras le daba de comer.
Hablaba de su infancia, de cómo su madre murió cuando él era pequeño, de cómo conoció a Jungkook en un centro de menores cuando ambos eran adolescentes.
— Él era el más pequeño de todos... — Le contaba Taehyung, con una sonrisa nostálgica. — Pero también el más cabrón. — Aseguró. — Nadie se atrevía a meterse con él porque sabían que Jungkook no se dejaba. — Sonrió. — Una vez le partió la cara a un tipo que doblaba su tamaño.
— ¿Por qué?
— Porque el tipo me había robado la comida. — Espetó con orgullo. — Jungkook lo vio y no lo dudó ni un segundo. — Sus ojos brillaron con emoción. — Desde entonces, somos hermanos.
Jimin escuchaba, fascinado.
Porque en esas historias, Jungkook y Taehyung no eran monstruos.
Eran solo dos niños que habían tenido que sobrevivir en un mundo que no les había dado nada.
— ¿Y cómo terminaron en esto? — Le preguntó una noche. — En la mafia.
El castaño se quedó en silencio un momento.
— Porque no había otra cosa. — Respondió al fin. — Porque cuando creces en la mierda, las únicas salidas son morir o volverte parte de la mierda. — Susurró. — Nosotros elegimos volvernos parte.
El rubio apoyó la cabeza en su hombro, soltando un suspiró.
— Yo crecí en un palacio... — Susurró. Y a veces pienso que hubiera preferido la mierda. — Mascullo. — Al menos ahí sabes quién eres.
Taehyung lo miró un largo rato, y luego se inclinó y lo besó.
No fue un beso sexual, no.
Fue un beso suave, casi tierno.
— Eres un caso especial, Park Jimin.
— Lo sé.
Una noche, Jimin despertó con frío.
El almacén era helado cuando el invierno apretaba, y la manta que le habían dado no era suficiente.
Temblando, se acercó a Jungkook, que dormía a su lado, el hombre ni siquiera abrió los ojos; simplemente lo rodeó con sus brazos y lo pegó a su cuerpo, cubriéndolo con su propio calor.
— Duérmete... — Murmuró, medio dormido. — Aquí estoy...
Jimin se acurrucó contra él, soltando un suspiró de alivio, aspirando el aroma varonil del pelinegro, aferrándose a el.
Luego sintió cómo del otro lado, Taehyung también se acercaba, pegándose a su espalda.
Así durmieron.
Los tres enredados, como si fueran una sola cosa.
Y Jimin sonrió en la oscuridad.
Porque por primera vez en su vida, se sentía querido.
Aunque fuera por sus captores.
Aunque estuviera secuestrado.
Aunque todo fuera una puta locura.
Se sentía querido .
♡
Las semanas pasaron.
Jimin perdió la cuenta de los días.
Sabía que seguía siendo un prisionero, que seguía atado durante los interrogatorios, que seguían golpeándolo cuando no daba las respuestas que no tenía.
Pero algo había cambiado.
Ya no temía las noches.
Las noches se habían convertido en su momento favorito.
Cuando Jungkook y Taehyung entraban en el cuarto, Jimin ya no sentía miedo.
Sentía algo más.
Algo que no se atrevía a nombrar.
— Ven aquí, pequeño... — Le decía Jungkook, y Jimin obedecía.
— Siéntate en mi regazo. — Le ordenaba Taehyung, y el rubio se sentaba.
Lo besaban, lo tocaban, lo poseían.
Y el rubio ahora gemía, se retorcía, y suplicaba por más.
Porque ahora suplicaba por más.
— Por favor... — Jadeaba esa noche, mientras Jungkook lo penetraba con rapidez, tomándolo de las caderas. — Más fuerte, por favor.
Jungkook lo miraba con esos ojos negros que ya no le daban miedo, y sonreía. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero que Jimin había aprendido a reconocer.
— Así que ahora pides más... — Gruñia, embistiendo con más fuerza. — Qué necesitado estás, pequeño. — Siseaba.
— ¡Sí! — Gemotea a Jimin. — Soy tu puta.
Taehyung se reía, esa risa grave y cálida, y se colocaba delante de él para que lo chupara mientras Jungkook lo follaba.
— Abre bien esa boquita. — Le ordenaba. — Que quiero oír cómo te ahogas con mi polla.
Y este obedecía.
Había perdido toda vergüenza.
Toda resistencia.
Ahora, cuando lo montaban, cuando lo llenaban, cuando lo usaban, Jimin se corría.
Se corría como no lo había hecho nunca, con gemidos que resonaban en las paredes del almacén.
— Mírate... — Susurraba Taehyung, pasando un dedo por su miembro erecto mientras el rubio lo montaba desesperado, tomándolo de los hombros y el pelinegro le pellizcaba los pezones desde atrás. — Te encanta, ¿Verdad?
— Sí. — Respondía Jimin, sin dudar, con lágrimas de placer bajando por sus mejillas. — Me encanta.
Y era la verdad.
Una noche, mientras Jungkook lo besaba y Taehyung lo penetraba, Jimin sintió que algo cambiaba.
No era solo placer.
Era algo más.
Algo que le llenaba el pecho y le nublaba la mente.
— Los quiero. — Susurró entre gemidos. — Por favor, quieran me.
Jungkook se detuvo en seco, Taehyung también, volteando a verse sin poder creer lo que habían escuchado.
— ¿Qué has dicho? — Preguntó el pelinegro con incredulidad.
Jimin los miró a los ojos, jadeando, el sudor perlado brillaba en su nivea piel, los labios rojos e hinchados de tanto gemir y brillosos por la saliva.
— Que me amen. — Sollozo, tomando el rostro de Jungkook en sus manos. — Que me quieran y que no me suelten nunca.
Hubo un silencio.
Largo, denso, incómodo.
Luego Taehyung se inclinó y le beso la espalda, en un beso diferente.
Un beso que prometía cosas.
— Eres jodidamente especial, pequeño... — Murmuró. — No sabes lo especial que eres.
Jungkook no dijo nada.
Pero esa noche, cuando terminaron, no lo soltaron.
Se quedaron abrazados a él, los tres enredados, como si fueran una familia.
Y Jimin supo, con una certeza que le helaba la sangre, que se había enamorado de ellos.
♡
— Tu padre pagó.
Las palabras del pelinegro cayeron como una bomba en el vacío de esas paredes.
Era una tarde lluviosa.
El almacén olía a humedad y a ellos.
Jimin estaba sentado en el colchón, medio desnudo, mirando cómo la lluvia golpeaba las ventanas sucias.
— ¿Qué? — Preguntó, algo aturdido.
— Tu padre pagó. — Repitió Jungkook. — Dio las coordenadas y en una hora vienen a buscarte.
El mundo en ese momento se detuvo.
El rubio sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies y se levantó de golpe, tambaleándose, llevando una mano a su pecho.
— No... — Susurró, negando. — No puede ser.
— Es el trato. — Intervino Taehyung, y su voz sonaba extraña, ronca. Como si le costara hablar. — Siempre fue el trato. — Suspiró. — Era secuestro, interrogatorio, pago y liberación.
— ¡Pero yo no quiero irme! — Gimoteo el rubio sintiendo que las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos. — No quiero irme de aquí. — Pataleo. — No quiero que me alejen de ustedes.
Jungkook apretó la mandíbula con fuerza y Taehyung desvió la mirada.
— No puedes quedarte. — Espetó el pelinegro. — Esto no es un juego. — Le aseguró. — Esto es un secuestro y tú eres el secuestrado. — Le recordó. — Nosotros somos los secuestradores.
— No me importa. — Jimin se acercó a él, aferrándose a su camiseta. — No me importa lo que seamos. — Susurró desesperado. — Los quiero, los quiero a los dos, por favor...
Jungkook se quedó quieto.
Tan quieto que parecía una estatua.
— No sabes lo que dices. — Gruño el azabache.
— Sé perfectamente lo que digo. — Jimin lo miró a los ojos, sin miedo, sin dudas. — Los quiero. — Confesó. — Me enamoré de ustedes en este puto almacén. — Sollozo sin poder contener las lágrimas y la desesperación. — Me enamoré de ustedes mientras me violaban y me cuidaban. — Sorbio su pequeña nariz. — Me enamoré de ustedes y no me quiero ir.
Taehyung se acercó por detrás y le tomó el rostro con ambas manos, sus ojos marrones estaban húmedos.
— Pequeño... — Dijo con suavidad, su voz temblaba. — Tienes que irte. — Le ordenó. — Nosotros solo estamos trabajando. — Trato de convencerlo. — Todo esto... solo es trabajo.
— ¡Mientes! — El rubio negó con la cabeza. —.Lo que pasó entre nosotros no es trabajo. — Sollozo con la voz quebrada. — Lo que sentimos no es trabajo.
— No sentimos nada. — Escupió Jungkook, pero su voz sonó falsa hasta para él mismo.
— Mientes... — Repitió Jimin. — Los dos mienten y lo saben.
De pronto el auto apareció en la entrada del almacén. Era un auto negro, elegante, que contrastaba con la miseria del lugar.
— Tienes que irte... — Susurró Taehyung, soltándolo.
Jimin se desespero y volteó rápidamente aferrandose a Jungkook. Se aferró con todas sus fuerzas a su camiseta, enterrando la cara en su pecho.
— No me lleven... — Suplicó. — Por favor, no me lleven. — Sollozo. — Déjenme quedarme, por favor, déjenme quedarme con ustedes.
Jungkook no se movió.
No lo abrazó, no lo apartó.
Solo se quedó allí, rígido, mientras Jimin lloraba contra su pecho.
— Tae... — Murmuró al fin, con la voz rota. — Sácalo de aquí.
Taehyung lo agarró suavemente, despegándolo de Jungkook, pero el rubio forcejeó, pataleó y gritó.
— ¡No! — Chilló. — No, por favor, no me saquen, los quiero, los quiero, no me saquen...
Lo arrastraron hasta la puerta, hasta el auto y cuando el padre de Jimin bajó y abrió los brazos, Taehyung lo empujó suavemente hacía él.
— Cuídate, pequeño... — Susurró.
Jimin cayó en los brazos de su padre y se desplomó.
Lloró, gritó, pataleó.
Pero el automóvil arrancó, el almacén se alejó, y los dos hombres que amaba se convirtieron en puntos cada vez más pequeños hasta desaparecer.
— Papá... — Sollozó. — Papá, los quiero.
— Ya lo sé, hijo... — Respondió su padre, acariciando su cabello— Tranquilo.
Jimin no entendió esas palabras entonces.
Pero las entendería.
Pronto...
Tres semanas después, Jimin estaba sentado frente a una pared de pantallas.
La habitación era oscura, a prueba de sonido, llena de servidores y tecnología de última generación.
Pero lo único que importaba eran las pantallas.
Decenas de pantallas.
En cada una de ellas, fotos de Jeon Jungkook y Kim Taehyung.
Sus movimientos de los últimos meses.
Sus casas, sus familias, sus contactos, sus vidas enteras reducidas a píxeles en una sala de vigilancia.
— ¿Te gustaron mis juguetes, hijo?
La voz llegó desde atrás, acompañada del tintineo del hielo contra el cristal de un vaso de whisky.
Jimin sonrió.
No era la sonrisa del niño consentido que había sido secuestrado.
Era otra.
Más oscura.
Más hermosa.
— Me encantaron, papá.
Park Jinho, el hombre más poderoso de la mafia del país, se acercó lentamente, su traje impecable contrastaba con la informalidad del momento, pero sus ojos brillaban con el mismo orgullo que había mostrado cuando Jimin aprendió a caminar.
— ¿Sabes cuánto tiempo llevábamos buscando gente como ellos? — Pregunto.
— Dímelo.
— Años. — Aseguró. — Jungkook es ex militar, entrenado por los mejores, leal, efectivo, letal. — Sus ojos brillaron con codicia. — Y Taehyung... ese chico es un genio, entra en cualquier sistema, saca cualquier información. — Sonrió. — Juntos son el equipo perfecto.
— Lo sé. — el rubio seguía mirando las pantallas, devorando con los ojos cada imagen de sus hombres. — Lo supe desde que vi sus expedientes.
Jungkook saliendo de un edificio.
Taehyung comprando pan en una tienda.
Jungkook entrenando en un gimnasio.
Taehyung riendo con un amigo en un café.
Sus vidas.
Sus puta vidas, ahora expuesta ante él.
— El plan fue perfecto... — Continuó su padre, sentándose en una silla cercana. — Las cartas, los regalos, la cita falsa. — Negó divertido. — Todo diseñado para que cayeran justo donde queríamos.
— No fue solo el plan, papá. — Jimin se giró para mirarlo a los ojos. — Fui yo. — Espetó. — Mi forma de ser y mi personalidad. — Se alabo a su mismo. — Yo hice que se enamoraran.
Park Jinho sonrió, orgulloso de su pequeño tesoro.
— Lo sé, hijo. — Se cruzó de brazos. — Por eso eres mi heredero.
En las pantallas, algo empezó a moverse.
Camionetas negras rodeando las casas.
Hombres armados descendiendo, silenciosos como sombras.
Jimin volteo a verlas rápidamente y contuvo el aliento.
En una pantalla, vio a Jungkook.
Estaba en su apartamento, leyendo un libro, no vio a los hombres hasta que fue demasiado tarde, la puerta voló en pedazos y él cayó al suelo, forcejeando, antes de que le pusieran una bolsa en la cabeza.
En otra, Taehyung estaba en su ordenador.
Cuando los hombres entraron, intentó correr, pero lo atraparon, Jimin vio cómo lo esposaban, cómo lo arrastraban, y sintió una mezcla de dolor y posesión que le retorció las entrañas.
— Ya vienen... — Susurró, emocionado.
— Sí. — Confirmó su padre. — En una hora estarán aquí.
Jimin se levantó, se acercó a la pantalla donde Jungkook estaba siendo introducido en una camioneta y tocó la imagen con la punta de los dedos.
— Pronto... — Murmuró. — Pronto serán míos por siempre...
Su padre se acercó y le puso una mano en el hombro.
— ¿Seguro que quieres esto, hijo? — Preguntó. — Son peligrosos, podrían...
— Podrían amarme. — Lo interrumpió rápidamente. — Y lo harán, porque yo los haré amarme.
Park Jinho asintió.
No había discusión posible cuando su hijo estaba decidido a algo.
Una hora después, Jimin bajó las escaleras.
El sótano de la mansión de los Park era un lugar que pocos conocían.
Había sido diseñado para interrogatorios, para “Negociaciones”, para todo aquello que no podía hacerse a la luz del día.
En el centro de la habitación, dos hombres estaban arrodillados en el suelo.
Tenían las manos esposadas a la espalda y bolsas negras en la cabeza.
El rubio se acercó lentamente.
Sus pasos resonaban en el silencio.
— Quítenles las bolsas. — Ordenó.
Cuando la tela cayó, Jungkook y Taehyung parpadearon, cegados por la luz. Sus ojos tardaron unos segundos en adaptarse, en enfocar, en comprender.
Y entonces vieron a Jimin.
Jimin con su cabello rubio perfectamente peinado, con su ropa de diseñador, con esa sonrisa dulce y mortal.
— Hola. — Les saludo, como si nada. — ¿Cómo están?
Jungkook fue el primero en reaccionar, frunciendo el ceño.
— Tú... — Gruñó en un murmullo bajo— Tú...
— Yo. — Le confirmó el rubio, arrodillándose frente a él. — Yo, Jimin. — Sonrió, sus manos picaban por tocarlo. — El mismo al que violaron, al que golpearon, al que cuidaron. — Le recordó. — El mismo que se enamoró de ustedes en ese puto almacén.
Taehyung lo miraba con los ojos abiertos de par en par, la confusión, la rabia, la incredulidad luchaban en su expresión.
— Todo fue una trampa... — Susurró el castaño. — Todo...
— Sí. — El rubio sonrió, asintiendo. — Todo.
Se levantó y comenzó a caminar alrededor de ellos, como un depredador contemplando a su presa.
— Mi padre lleva años buscando gente como ustedes. — Comentó. — Leales, efectivos, sin ataduras y yo los encontré. — Aseguró. — Pero no solo para mi padre, si no para mí.
Se detuvo frente a Taehyung y le acarició la mejilla. El castaño intentó apartarse, pero las esposas se lo impidieron.
— ¿Recuerdas cuando me decías “Pequeño”? — Preguntó. — ¿Cuando me dabas de comer en la boca? ¿Cuando me arropabas por las noches? — El rubio sonrió con dulzura. — Eso no fue trabajo. — Mascullo. — Eso fue real y lo sabes.
Taehyung apretó la mandíbula con fuerza.
— Y tú — Jimin se giró hacia Jungkook. — Tú que me bañabas después de follarme. — Le recordó. — Tú que me enjuagabas el cabello con esa ternura que dolía más que los golpes. — Susurró. — Tú también sentiste algo, no me mientas.
Jungkook no dijo nada, solo lo miró con esos ojos negros que Jimin había aprendido a amar.
— ¿Sabes lo que más me dolió de todo el plan? — Jimin se arrodilló de nuevo, esta vez entre los dos. — Cuando Tae dijo que solo era trabajo. — Gruñó, apretando los puños de sus manos. — Por un segundo, solo un segundo, pensé que tal vez me había inventado todo. — Río negando, pareciendo un loco. — Que el síndrome de Estocolmo era real y yo solo era un idiota enamorado de mis captores.
— Y lo eres. — Escupió Jungkook.
— No. — Jimin negó con la cabeza, y su sonrisa se amplió. — No lo soy. — Les aseguro. — Porque ustedes también se enamoraron de mí, solo que no lo sabían todavía.
Y sin dudarlo se inclinó tomando al pelinegro de las mejillas y lo besó.
Un beso lento, profundo, que el hombre no devolvió al principio, pero luego, después de unos segundos, el rubio sintió cómo sus labios respondían.
Cómo su boca se abría.
Cómo su lengua encontraba la suya.
Cuando se separó, Jungkook respiraba entrecortadamente.
— ¿Lo vez? — Susurró Jimin. — Lo sabes...
Luego se giró hacia Taehyung y lo besó también.
El castaño sí respondió de inmediato, con una desesperación que confirmaba todo lo que el rubio había sospechado.
— Míos... — Espetó Jimin cuando se separó. — Son míos, para siempre...
Hizo una señal, y los guardias se acercaron para quitarles las esposas.
— Suban. — Les ordenó el rubio. — Hay una habitación preparada, tenemos mucho de qué hablar.
La habitación era enorme.
Una cama de tamaño king size con sábanas negras, luz tenue, velas aromáticas.
En la mesita de noche, una bandeja con whisky, hielo y tres copas.
El rubio entró primero.
Luego Jungkook.
Por último Taehyung.
Durante un momento, solo se miraron.
Tres hombres que habían jugado un juego donde nadie sabía realmente las reglas.
— Estoy esperando... — Murmuró Jimin, desabrochando lentamente su camisa. — Que me tomen. — Se relamió los labios. — Los dos, como aquella vez. — Jadeo, cerrando los ojos al recordar. — Pero ahora sin dolor. — Dejo caer la prenda. — Ahora queriendo.
Jungkook fue el primero en moverse, siempre había sido el más impulsivo. — Eres un maldito psicópata. — Escupió, pero sus manos ya estaban en la cintura de Jimin, desabrochando su pantalón.
— Sí... — Admitió el rubio. — Pero soy su psicópata.
Taehyung se acercó por detrás, mordiendo suavemente su nuca.
— Nos usaste. — Repitió, en un gemido. — Nos manipulaste y nos hiciste…
— Amar. — Completó Jimin. — Los hice amarme y funcionó.
Jungkook lo levantó como si no pesara nada y lo sentó en la cama, luego comenzó a desnudarse, y Taehyung hizo lo mismo.
Jimin los observó, devorándolos con la mirada.
Sus cuerpos perfectos, sus tatuajes, sus cicatrices.
Todo suyo.
— Ven aquí, pequeño... — Le ordenó el pelinegro, y el rubio obedeció sin dudarlo.
Se arrodilló frente a él, tomó su pene erecto en la boca y comenzó a chupar con una habilidad que solo las semanas de encierro habían perfeccionado.
Detrás de él, Taehyung lo penetró sin preparación, pero esta vez no dolió.
Esta vez Jimin gimió de placer, empujando hacía atrás para recibir más.
— Así... — Susurró el castaño. — Así, precioso.
El rubio jadeaba, cerrando los ojos con cada impacto, con las rodillas temblando y la boca adormecida, trabajó con su lengua y labios hasta que el pelinegro sintiendo que era suficiente, y lo levantó colocandolo horcajadas sobre él.
— Móntame. — Le ordenó. — Muéstranos lo nuestro que eres.
Jimin no lo dudo y se hundió en esa enorme polla con un gemido que salió de lo más profundo de su ser.
Comenzó a moverse, arriba y abajo, sujetandose de los hombros del pelinegro, mientras Taehyung se colocaba detrás de él y comenzaba a besarle toda la espalda, hombros y cuello.
— ¡Puta madre que rico! — Gimió el rubio, colocando los ojos en blanco y tirando la cabeza hacía atrás.
Sus ojos azules se encontraron con los de su padre, mientras saltaba sin parar sobre el pelinegro, este estaba en la puerta, con el whisky en la mano, observando la escena con una sonrisa de satisfacción.
El hombre mayor levantó su copa en un brindis silencioso hacía su hijo.
Jimin sonrió, mordiendo su labio inferior, plenamente agradecido con su padre y siguió montando a su hombre, besando, y gimiendo.
El castaño detrás de él escupió en su miembro erecto y lo llevó a la rosada entrada, acompañando a su amigo, fundiendo también en ese dulce cuerpo.
Sus dos hombres lo llenaban de todas las formas posibles.
— Míos. — Repitió cuando sintiendo que el orgasmo lo alcanzó, cuando Jungkook se corrió dentro de él y Taehyung lo siguió. — Míos para siempre.
Horas más tarde, cuando yacían enredados entre las sábanas negras, Taehyung habló primero.
— ¿Cómo supiste? — Preguntó con curiosidad. — ¿Cómo supiste que funcionaría?
Jimin se incorporó sobre un codo y los miró a ambos.
A sus hombres.
Sus captores.
Sus víctimas.
Sus amantes.
— Porque leí sus expedientes... — Respondió. — Porque supe lo que habían perdido. — Aseguró. — Porque supe lo que buscaban. — Miro al pelinegro a los ojos. — Jungkook, necesitaba a alguien a quien proteger y Taehyung, necesitaba a alguien que lo escuchara. — Miró al castaño. — Y yo… — Sonrió, con esa sonrisa dulce y peligrosa. — Yo necesitaba a alguien que me viera no solo como el hijo de papá. — Se mordió el labio inferior. — Alguien que me rompiera y me armara. — Susurró. — Que me amara lo suficiente como para lastimarme y luego curarme.
Jungkook lo miró durante un largo rato.
— Estás completamente loco. — Le acusó.
— Sí.
— Y nosotros también, por quedarnos. — Gruñó negando.
— Sí.
Taehyung se rió, y el sonido llenó la habitación.
— Bienvenidos a la locura, entonces. — Espetó.
Jimin se acurrucó entre los dos, sintiendo sus cuerpos contra el suyo, sus brazos rodeándolo, su calor envolviéndolo.
— Ahora... — Murmuró, con una sonrisa traviesa. — ¿Me van a dejar dormir o van a follarme otra vez?
Jungkook y Taehyung se miraron.
— Otra vez. — Respondieron al unísono.
Y el rubio rió, mientras sus hombres lo cubrían de besos y caricias, mientras lo poseían una vez más, mientras el amor y la locura se entrelazaban en esa habitación donde tres almas rotas comenzaban a sanar juntas.
En la puerta, el padre de Jimin apagó la luz y cerró suavemente.
Afuera, la mafia de los Park seguía trabajando.
Adentro, tres hombres comenzaban a escribir una historia que nadie entendería.
Pero no necesitaban que nadie la entendiera.
Solo necesitaban tenerla.
Y la tenían.
Para siempre.
FIN.