Una Descarada
Siempre he deseado las cosas más lujosas que me pueda ofrecer la vida. Subirme a los mejores carros, sentir el cuero impecable bajo mis manos, vestirme con prendas que lleven nombres que pesan más que el oro, que mi cuello arda bajo el brillo de diamantes imposibles y que mis labios, siempre teñidos de un carmesí profundo, lleven el color más codiciado de toda la ciudad.
Esa era mi descarada realidad… o al menos, la que yo había decidido perseguir.
Era una chica de melena oscura, tan pulida como la noche, y de ojos feroces que no sabían conformarse. Ojos que buscaban, que cazaban… que brillaban con la misma intensidad que aquello que deseaban: el oro. El reluciente dorado de ese valioso mineral que, curiosamente, se asemejaba al tono cálido de mis pupilas cuando la ambición las encendía.
No quería poco. Nunca lo quise.
Sonreí, apenas, dejándome llevar por la imagen que se formaba en mi mente: yo, sentada en una inmensa mansión, sosteniendo una delicada taza de porcelana entre mis dedos perfectamente cuidados, mientras el vapor del té rozaba mi rostro con elegancia.
—Natalia…
Rodeada de hectáreas interminables de tierra perfectamente diseñada, donde cada árbol parecía haber sido colocado con intención, donde cada milimetro de terreno ostentaba lujo.
—Natalia.
Con un jardín principal digno de una obra de arte, con fuentes de mármol, senderos de piedra blanca y flores exóticas que perfumaban el aire con una dulzura casi irreal…
—¡Natalia! El señor Ardeson quiere unas copias de su itinerario de la semana entrante.
Parpadeé.
La fantasía se rompió con facilidad.
El mármol desapareció. Las flores también. La porcelana se convirtió en una taza común olvidada sobre mi escritorio, y la mansión… bueno, la mansión nunca había existido.
Elevé la mirada con una calma que no sentía del todo, encontrándome con la expresión impaciente de mi compañera al otro lado de la oficina.
Oficina.
Qué palabra tan pequeña para sueños tan grandes.
—Dile que estarán listas en cinco minutos —respondí, con una voz suave, controlada, como si mi mente no hubiera estado viviendo en otro mundo hace apenas un segundo.
Ella asintió y se marchó, dejando tras de sí el eco de una realidad que me negaba a aceptar como definitiva.
Bajé la mirada hacia los papeles frente a mí. Ordenados. Correctos. Era mediocre.
Deslicé las hojas dentro de la copiadora con una precisión casi mecánica, mi cuerpo sabia exactamente que hacer, aunque mi mente estuviera a kilómetros de distancia... o quizá a añoz luz de esta vida.
El zumbido de la máquina llenó el pequeño espacio.
odiaba ese sonido. y lo que representaba.
Miré mi reflejo en la superficie brillante del vidrio. Ahí estaba ella... Natalia. Perfecta, una mujer de belleza inigualable. Cabello oscuro cayendo en ondas suaves sobre mis hombros, labios impecables, mirada encantadora.
Demasiado para este sitio.
Demasiado para ser invisible.
Tomé las copias y las alineé con cuidado, golpeándolas ligeramenre contra el escritorio. Un gesto simple, pero cargado de una paciencia que no era natural en mí. Camine por el pasillo con pasos seguros, sintiendo cómo el tacón de mis zapatos marcaba un ritmo firme, casi dominante. Algunos levantaron la miraba al verme pasar. Otros fingieron no hacerlo. Les atraía. Lo sabía por la forma en que sus ojos se quedaban un segundo más de lo necesario.
Me detuve frente a la puerta de su oficina.
“El señor Ardeson”.
Mis labios se curvaron apenas.
Un hombre que creía tener el control absoluto de todo… y de todos.
Toqué dos veces.
—Adelante.
Abrí la puerta sin dudar.
El contraste era casi insultante.
Su oficina sí parecía sacada de la vida que yo quería: amplia, luminosa, con muebles de madera oscura, una vista privilegiada de la ciudad y ese aroma… ese aroma a dinero, el aroma que tanto me encanta.
Mis ojos recorrieron cada detalle sin vergüenza, absorbiéndolo todo.
—Aquí están sus copias —dije, acercándome con elegancia medida, dejando los documentos sobre su escritorio.
Él no respondió de inmediato.
Sentí su mirada antes de verlo.
Lenta. Evaluadora.
Incómoda… para cualquiera que no fuera yo.
—Eres eficiente, Natalia —murmuró al fin.
Alcé ligeramente la barbilla.
—No me gusta hacer las cosas a medias.
Él dejó el bolígrafo a un lado y entrelazó los dedos, observándome como si intentara descifrar algo más allá de lo evidente.
—No —dijo finalmente—. Tú no eres de las que se conforman con eso.
No fue una pregunta.
Fue una afirmación.
—Y por eso te he recomendado a mi reemplazo —continuó, reclinándose con calma —. Soy un hombre mayor, Natalia… y la empresa que fundé ya necesita un nuevo líder. Más joven. Más audaz.
Mis dedos se tensaron apenas sobre el respaldo de la silla frente a su escritorio, pero no me moví.
Un reemplazo.
Interesante.
—¿Ya tomó una decisión? —pregunté, midiendo cada sílaba.
El señor Anderson sonrió, esta vez con un matiz distinto… casi personal.
—Oh, sí. De hecho, ya está tomada.
Se levantó con lentitud, caminando hacia la enorme ventana que dominaba la ciudad. Desde ahí, todo parecía pequeño… controlable. Exactamente como él.
—Vendrá hoy.
Mi pulso dio un leve salto.
—¿Hoy?
—Hoy —repitió—. Quiero que lo conozcas.
Giró el rostro lo suficiente para mirarme por encima del hombro.
—Es mi sobrino.
Ah.
Eso lo cambiaba todo.
Mi mente empezó a trabajar de inmediato, hilando posibilidades, escenarios, estrategias. Un heredero. Joven. Audaz. Con poder prácticamente servido en bandeja.
Y yo…
Sonreí por dentro.
Yo llevaba apenas un mes en Aureum Capital, pero había sido suficiente para entender cómo funcionaban las cosas ahí: dinero moviéndose en silencio, decisiones que podían construir imperios o destruir vidas en cuestión de segundos, hombres creyéndose dioses detrás de pantallas llenas de números.
Una empresa de bolsa.
Un campo de guerra elegante.
Y yo acababa de encontrar un nuevo objetivo.
—Confío en que sabrás comportarte —añadió el señor Anderson, regresando a su escritorio—. No todos tienen la oportunidad de causar una primera impresión… decisiva.
Decisiva.
Qué palabra tan… tentadora.
—Siempre lo hago —respondí con suavidad.
Regresé a mi escritorio con la mente encendida. Llevaba solo un mes en Aureum Capital y ya estaba frente a una oportunidad que otros tardaban años en rozar. No podía improvisar, esto requería precisión. Necesitaba saberlo todo de él: sus hábitos, sus decisiones, sus aliados, sus silencios. Los hombres como él no caen por impulso, pero todos tienen un punto de quiebre, una grieta invisible que solo aparece cuando alguien sabe dónde mirar.
Apoyé los dedos sobre la superficie del escritorio. Si tenía una relación, sería aún más sencillo. No por escándalo… sino por ventaja. Los hombres comprometidos creen tener más que perder, y eso los vuelve predecibles, manejables, vulnerables en los lugares correctos. No necesitaba precipitarme; bastaba con insinuar, con acercarme lo suficiente, con hacer que dudara, que cruzara una línea tan sutil que luego no supiera cómo retroceder. El resto vendría solo: decisiones impulsivas, concesiones disfrazadas de confianza, dinero fluyendo como consecuencia de no querer perder el control de su propia imagen.
No levanté la vista cuando escuché pasos acercarse.
Deslicé un documento frente a mí, fingiendo concentración, cuando ese perfume varonil cruzó el área. No lo miré de inmediato. Conté mentalmente… uno, dos…
Entonces alcé la vista.
Solo un instante.
Suficiente para que nuestras miradas se encontraran.
Y se sostuvieran.
—¿Ya viste al sobrino del jefe? —susurró Camila, inclinándose sobre mi escritorio con ese tono que mezclaba curiosidad y emoción barata.
—Sobrino —respondí sin mirarla demasiado—. Es… un poco serio.
—Dicen que viene de cerrar negocios enormes en Nueva York —continuó—. Y que no confía en nadie.
Eso me hizo sonreír, apenas.
—Entonces encajará perfecto aquí.
Camila rió sin entender del todo, pero yo ya estaba armando piezas otra vez.
—¿Sabes algo más? —pregunté, ahora sí mirándola.
—Mmm… —hizo memoria—. Creo que tiene novia. O algo así. Escuché a los de finanzas comentarlo.
Asentí, fingiendo que el tipo era irrelevante.
—Gracias —murmuré.
Camila se fue, dejándome sola otra vez con el sonido de teclas y teléfonos.
Tomé aire lentamente, sintiendo cómo la emoción se mezclaba con algo más oscuro.
Ambición.
Muy pronto estare tomando té en mi mansion.