Reino de Luz
El cielo no era simplemente azul; era del color de un suspiro de alivio. En este mundo, el sol no quemaba, sino que abrazaba la piel con la suavidad de una manta recién lavada, cálida al tacto. Aquella mañana, Elara caminaba descalza sobre una hierba que se sentía como terciopelo, y cada vez que sus pies tocaban el suelo, pequeñas flores de cristal brotaban de la tierra, tintineando una melodía de bienvenida.
—¡Buenos días pequeña princesa! —le gritó un desconocido con una sonrisa tan dulce y genuina que iluminaba la calle más que el propio sol.
Nadie tenía prisa. Nadie tenía cicatrices. En las vitrinas de las tiendas no se vendían medicamentos, sino frascos de risas embotelladas y polvos de estrellas para sazonar el té. Ella se detuvo frente a una fuente donde el agua sabía a fresas frescas y cerró los ojos, dejando que la paz le llenara los pulmones. No recordaba qué era el miedo; esa palabra no existía en su diccionario de seda. Aquí, el único peso que sentía era el de su corona de flores, y la única ley era que el atardecer durara tanto como ella quisiera.
Vivía entre risas interminables, juegos y aventuras, al caerse no se lastimaba, su sangre era de colores y cerraba inmediatamente la herida que se creó. Nadie moría ni envejecía,no sentían dolores de ningún tipo, cada mañana la suave brisa acompañaba las melodías de los ruiseñores, el aire olía a vainilla y los árboles susurraban secretos de paz en un idioma que solo ella comprendía. Cada habitante que cruzaba su camino le regalaba una reverencia cargada de un afecto tan puro que no dejaba espacio para las dudas — Oh dulce Elara, ¡Sus ojos resplandecen el día de hoy! — . En este refugio de acuarela, el tiempo se estiraba como miel dorada, permitiéndole saborear cada instante sin preocuparse por un mañana.
No existían los relojes, ni las agendas, ni las voces ásperas que exigen respuestas; solo existía el presente vibrante de su propia creación. Las nubes, densas y suaves como algodón de azúcar, filtraban una luz que jamás proyectaba sombras amenazantes sobre el suelo, solo flores y estrellas. Elara se sentía invencible, en realidad lo era, envuelta en una túnica de colores que parecía vibrar con el latido de su intenso corazón. Era la soberana absoluta de una paz que, aunque ella no lo supiera aún, era el escudo más frágil contra el mundo exterior. En el Reino de Luz, la felicidad no era una meta, sino el oxígeno que llenaba sus pulmones con cada bocanada de aire dulce.
Desconocía cualquier posible vida fuera de aquella burbuja tan delicadamente preparada para ella, sin embargo, emanaba una felicidad y calma únicas que con solo una sonrisa podía curar cualquier alma rota, menos la de si misma.