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La casa de Miranda es, pues, en la gran visión de la historia, una fuerza, entereza y clara demostración de estabilidad. Gobernada por la misma sangre durante siglos, sus condes han sabido navegar las tormentas políticas con una habilidad que roza lo legendario. Sin embargo, durante el ocaso del reinado del rey sabio William I, la crisis azotó a uno de los vasallos directos de la corona con una ferocidad que pocos supieron prever.
El joven conde, en una justa por honor, quedó estéril. Las crónicas difieren sobre los detalles del duelo —algunas hablan de un golpe desafortunado, otras de una herida maldita— pero todas coinciden en una verdad ineludible: toda la responsabilidad del futuro del señorío cayó entonces sobre su aún más joven heredero, un muchacho de quince años cuyos hombros, hasta ese momento, solo habían soportado el peso de los libros y las runas.
La historia de la casa Miranda es una de la cual se pueden obtener lecciones apremiantes sobre cómo y cuándo jugar las cartas del poder. Y ninguna de esas lecciones es tan clara como la que nos enseñaron aquellos años de crisis, cuando un niño tuvo que aprender a ser hombre, un conde tuvo que aprender a ser inmortal a través de su heredero, y un reino entero observó en silencio, esperando ver si Miranda caía o se levantaba más fuerte que nunca.
Cayeron, por supuesto. Pero no como esperaban sus enemigos.
Cayeron hacia arriba.
"Archimaestre Willas de Miranda, Titular de HISTORIA en “La vida y obra del mayor conde de Miranda”