Capítulo 1
Desde niña siempre supe mi lugar en esta familia.
Recuerdo siempre observar desde lejos como mi familia admiraban, con devoción, a una pequeña estrella muy brillante. Yo también solía hacerlo. ¿Por qué no? Él era perfecto en todo lo que hacía. Tenía un comportamiento tranquilo y disciplinado; fácil de llevar, un niño muy callado para su edad y con notas excelentes ciclo tras ciclo.
Era mi ejemplo a seguir. No solo porque mi familia así lo exigía, sino porque yo realmente lo creía. Pero eso cambio repentinamente al entrar en la adolescencia.
Durante toda mi vida se me exigió igualar esa perfección en absolutamente todo, sin embargo, parecía un caso perdido, siendo una niña muy traviesa y llena de energía que nunca podía estarse quieta en un sitio; metiéndome en problemas cada vez que me quitaban la vista de encima.
¿Ser inteligente como mi hermano? Reconozco que puedo compararme con él, mis notas son muy buenas pero, nunca son perfectas. Mientras que él siempre esta entre los cinco mejores, yo floto entre los diez de mi salón. A él no le cuesta nada memorizar lecciones o exámenes; a mí me toma tiempo, pero trato de aprender de verdad. Que el conocimiento se quede conmigo.
Pero a pesar de mi esfuerzo, ellos nunca pueden verlo. Solo repiten lo mismo: “Debes de esforzarte más. Sé cómo tu hermano”.
Sali de mis pensamientos frente al espejo. Analicé mi peinado: ni un solo cabello fuera de lugar. Es una batalla diaria contra mis ondas castañas. Observé mi uniforme: impecable, limpio y sin una sola imperfección. Solo entonces di el visto bueno y salí de la habitación.
Mi nombre es Hada, tengo quince años. Y hoy, como todos los días, me alisto para ser quien ellos esperan que sea.
El desayuno es el momento más incómodo de la mañana. Mantengo una expresión neutral; no puedo dejar que se note. No puedo permitir que encuentren una razón para atacarme.
El sonido de la televisión prendida con el canal de las noticias puesto es lo único que se escucha en este momento. Mi padre y mi madre empiezan a hablar sobre lo que harán en el día en sus trabajos.
Parecía que el tiempo avanzaba muy despacio hasta que logre acabar y tras dar el agradecimiento por el desayuno, dejo mi plato y vaso en el fregadero para ya irme al colegio. Muy en el fondo quisiera irme lo mas pronto posible de aquí, pero si camino rápido pueden tomarlo como un acto de malcriadez de mi parte.
Por suerte el colegio queda cerca y camino sola. El aire de la mañana es un poco gélido para mi gusto, ideal para aquellos que todavía duermen como mi hermano que ya sabía que se levantaría de la cama pasado del medio día.
Sin embargo, eso no importa ahora. Este pequeño momento a solas me hace sentir más tranquila y relajada. Sentir el aire chocando con mi rostro me hacia sentir un poco más viva y no como un ser inerte que espera en la agonía de la soledad su triste final.
Son solo quince minutos, pero me ayudan a despejar mi mente. Es el momento de dejar atrás la máscara que uso en casa para ponerme la del colegio. He sido transferida, y esta vez tiene que ser diferente.
Hace tres años atrás, cuando tenía 12 años, en mi anterior colegio fui cambiada del salón donde estuve toda mi vida a uno que tenia una reputación muy horrible.
Desde el primer día intente hacer que me cambien, incluso con lágrimas, pero fue inútil. La única respuesta que recibí fue un “te tocaba rotar”.
Recuerdo que lloré. Mucho. Al día siguiente fui con la mejor actitud del mundo para intentar hacer nuevas amistades, pero todo fue inútil. No por nada eraconsiderado el peor salón del colegio.
“Tengo que sonreír más y tratar de socializar con mis compañeros”.
Solo así no estaré sola otra vez. Esta vez, tiene que ser diferente.
A medida que más me acercaba empezaba a ver a estudiantes que portaban el mismo uniforme que yo. Llegue al colegio y entré. Ahora tocaba la parte que no me gustaba mucho y era la de buscar el salón.
“Bueno, lo único que debo hacer es preguntar a alguien… pero ¿a quién?”
Habían muchos estudiantes a mi alrededor, tantos que por un momento me sentí un poco de pánico al no saber que hacer, a donde o con quien ir.
Heche un vistazo a mi entorno, cerca de mí había un grupito alegre y lleno de emoción que descarte al instante porque se veían muy pequeños. Tendrían quizás entre unos once o doce años, siendo la generación más joven del colegio.
Vi también a unos chicos, pero me daban la impresión de que eran del último año. Seguí deslizando mi mirada hasta que logre visualizar dos figuras familiares. Me acerque lentamente tratando de no tropezar con algún otro alumno que este despistado o nervioso por ser nuevo también.
Ambos hablaban y reconocí sus voces. Eran dos compañeros de mi antiguo colegio y que muy probablemente estaríamos en el mismo salón.
Por un momento me puse un poco nerviosa ya que eso podría arruinar lo que pensaba hacer. Al conocerme podrían hacer una broma de mal gusto relacionado al pasado.
A pesar de eso, decidí acercarme. Podría ser peor, supuse, pero el lado bueno es que al menos no me perdería buscando el salón por mi cuenta.
¿El problema?
“¿Y ahora qué hago? ¿Debería solo acercarme y saludo como si nada pasara o sonrió y finjo que no los conozco como si interactuáramos por primera vez?”
Pensé ya que al acercarme vi que dos chicas estaban con ellos y por un momento no supe que hacer aunque la respuesta vino de inmediato.
“¡Tonta! ¿Cómo vas a fingir que no los conoces si cuando ingresen al salón van a preguntar de que colegio vienes y ¡sorpresa! vienen del mismo?”
Sin embargo, mis pensamientos se vieron interrumpidos ya que sentí que alguien paso corriendo (por la fuerza deduzco que fue uno de los niños del grado inferior) y sin querer me empujo haciendo que cayera al suelo llamando así la atención del grupo.
¿Solo del grupo?
Ja, ya desearía.
Todo quedo en silencio y sentí las miradas sobre mí quemando mi piel. No era solo el grupo sino medio patio escolar.
—¿Qué estas haciendo, Hada?— preguntó uno de mis compañeros que me conocían. Su voz sonó demasiado fuerte.
“¡Feliz primer día de clases!”