Prólogo
00:00 de el 1 de enero de 2050
-“Ciudadanos de Europa, entra en vigor el Tratado de Dortmund”-.
La voz del locutor sonaba solemne en todas las pantallas. En bares, en casas, en estaciones, en hospitales. Nadie brindaba. Nadie aplaudía. Nadie sabía exactamente qué significaba aquello.
En la Puerta de Brandeburgo miles de personas agitaban banderas azules con el nuevo emblema dorado. A 2.000 kilómetros, en Nápoles, ardían contenedores y la policía cargaba contra manifestantes que gritaban «¡Italia no es un distrito!».
En Lisboa, una anciana apagó el televisor con lágrimas en los ojos.
-“Ya no somos un país”-, murmuró.
En Bruselas, los dirigentes firmaban el último documento mientras las cámaras captaban sonrisas tensas.
En Londres, por primera vez en años, el Big Ben sonó acompañado de sirenas.
En Varsovia, un padre abrazaba a su hijo frente a un mapa que acababa de cambiar en directo.
Las fronteras desaparecían en las pantallas digitales como si nunca hubieran existido.
Países. Banderas. Himnos.
Todo pasaba a llamarse de otra forma.
Todo pasaba a ser otra cosa.
A las 00:07, los servidores centrales registraron oficialmente el nuevo término:
Distritos.
A las 00:12 comenzaron los primeros disturbios.
A las 00:19 se activaron los protocolos de seguridad federales.
A las 00:43, un comentarista internacional pronunció una frase que nadie olvidaría:
-"Esta noche no nace una unión. Esta noche nace un nuevo orden mundial"-.
Y en algún lugar de Europa, un niño de cinco años dormía sin saber que el mundo en el que iba a crecer ya no se parecía en nada al de sus padres.









Escalofriante!!