Prólogo
En esta historia no hay magia ni héroes perfectos.
Hay decisiones difíciles que tomar. Momentos en los que te das cuenta que algo no está bien y eliges no ignorarlo.
Encuentras la llave de la cerradura porque aceptas que la puerta existe y la puedes abrir. Despiertas porque ya no quieres seguir en automático. Y escalas la torre porque prefieres intentar antes que quedarte abajo.
Aquí estás enojado, y tu enojo no es un capricho: es una respuesta.
Conoces a alguien que intenta intimidarte y descubres que no eres tan frágil como pensabas. No necesitas que te salven; necesitas confiar en tu propio criterio.
Aprendes a diferenciar un hogar de una prisión. Un hogar te permite ser tú sin miedo; una prisión te hace dudar de ti mismo aunque parezca cómoda. Y entiendes que el cariño no debería doler ni reducirte.
Aquí nadie te idealiza antes de conocerte. No te colocan en un pedestal ni te comparan para hacerte sentir menos. Comprendes que nadie es mejor que tú por tener más seguridad o más reconocimiento. Todos están lidiando con algo.
En esta historia tienes límites. Sabes decir que no e irte. El «felices para siempre» no significa ausencia de problemas; significa elegir quedarse incluso cuando hay cicatrices, asumir que lo vivido deja marcas y aun así continuar.
Eres libre, y esa libertad asusta un poco, incluso a ti. A veces huyes porque necesitas protegerte. A veces sangras, porque vivir implica riesgo. Pero sobrevives. Y sobrevivir no es poco: es prueba de que, pese a todo, sigues aquí y sigues eligiendo.