Capítulo 1
El sol ardía sin clemencia sobre Ghayna, un mundo muerto que aún latía. Alia caminaba sola entre los huesos y piedras secas del desierto, con su lanza oxidada a la espalda y los labios partidos por el calor. Detrás de ella quedaban ruinas, batallas, cuerpos. Y una promesa. La Ciudad Osidia había caído. Su tirano, Kaor el Eterno, había sido reducido a silencio y ceniza. Alia no luchó por venganza. No del todo. Luchó por una idea que ya parecía extinta: que el Yermo podía ser algo más que dolor. Norr y Vorga la buscaron entre los restos, hasta que comprendieron que no había cuerpo que enterrar. Solo calor. Solo luz. En el centro de las ruinas, la tierra brillaba aún con la eterna energía de “La Llama del Yermo”, ese artefacto antiguo que solo obedecía a un corazón puro.
Dijeron que en el instante final, Alia se fundió con la llama. Que fue más fuego que carne chamuscada o triturada. Que al tocar el corazón del artefacto, su voluntad se volvió un torrente, arrasando la corrupción de Kaor desde las raíces hasta sus ejércitos. Ahora, el Yermo respira distinto. Los clanes se reúnen sin miedo. El polvo ya no huele a sangre. Donde hubo odio, brotan pactos. Norr, el errante, enseña a los jóvenes a moverse sin ser vistos. Vorga defiende caravanas sin cobrar, de la sombra del antiguo régimen. Cada noche, junto a las hogueras, se cuenta la misma historia: una mujer con los ojos de relámpago y el corazón de fuego levantó al Yermo de entre los muertos. Algunos juran verla en las tormentas, guiando a los extraviados.
Ella no pidió gloria. Solo quiso que nadie más viviera de rodillas. Y eso, en Ghayna, es ya ley.