Protección
Mariana
La habitación de las dos hermanas estaba perfectamente aseada, Mariana había llegado rendida de su trabajo, el uniforme planchado y bien aseado que se había puesto en la mañana, ahora estaba desarreglada, con múltiples pliegues rodeando sus prendas y una enorme mancha de café en un costado de su camisa blanca. Entró en la sala, una luz amarilla y tenue embargaba el lugar, los ojos se mantenían abiertos a regañadientes, en tanto que sus pies se movían con la única intención de poder al fin descansar. De entre un pasillo largo y desprovisto de luz emergió Mariana, estaba entonces en el lavadero, la humedad fue instantánea, así que se apresuró. Al llegar a la lavadora, tanteó la pared, hasta que llegó hasta el interruptor, al presionarlo se encendió una poderosa luz blanca que, por su ubicación, le inundó los ojos a ella, obligándola a cerrarlos y retroceder un poco. De vuelta en marcha, se quitó su uniforme, apoyándose en la lavadora, y al lado de esta ultima, se encontraba un mesón que custodiaba un par de prendas, propiedad de Mariana.
Habiéndose puesto el par de prendas, y metiendo su uniforme en la lavadora junto con otras prendas, apagó la fastidiosa luz blanca y sus pies la llevaron nuevamente a la sala. En ella, sentado en un cómodo sofá, estaba su padre, devorando unas papas fritas y viendo las noticias que recién empezaban.
—¡Hola hija! ¿A qué horas llegaste?
—Acababa de llegar pa´, vengo rendida — proclamó Mariana, buscando en la nevera cualquier bocadillo que pudiese hurtar.
—Me imagino —respondió su padre, manteniendo sus ojos fijos en la pantalla—, ¿Cómo te fue con ese... con el informe —dijo con la boca llena.
—Jummm, eso el jefe hoy estaba todo raro, como si la mujer le hubiese puesto los cachos —ante esto ella se rio en silencio—, dijo que tenía que corregir algunas cosas, pero súper mínimas.
—Ah bueno, pues sí mija, por hay ese señor estaba "chocho" y malgeniado, uno nunca sabe.
—Pues sí, igual no me voy a amargar por eso —contestó, y sus manos la guiaron a un delicioso bote de helado—, ¿Este helado es tuyo?, dice chocolate con Oreo.
—Sí —vociferó su padre, y por primera vez sus ojos dejaron de ver la pantalla—, esa la compré yo cuando fui con su mamá a mercar.
—Ayyy noooo, yo te lo pago, mañana se me cumple la quincena y ya me pagan.
—Bueno —contestó con un desdén sarcástico—, pero que sea de ese chocolate.
—Que sí pa´, "no problem" —dijo, y ya estaba escudriñando el helado con una cuchara sopera—, ¿Qué dicen las noticias? —apagó la luz de la cocina.
—Pues mira —respondió con el mismo sarcasmo su padre.
—Jummm —fulminó con su mirada a su padre, y su boca se abrió para dejar entrar un enorme pedazo de helado.
En la televisión, una periodista informa de una anomalía inusual en el acueducto de su ciudad, en algunos sectores, personas alegan de que el color de su agua llegaba con un rojo acompañado de parches negros, por lo que instan de no consumir el agua y piden esclarecer los hechos ante las entidades distritales y de la alcaldía mayor, incluyendo la del acueducto.
—Terrible —expresó Mariana, y sujetando la cuchara con una porción de helado agradable, se la dio a su padre sin chistar.
—Tienes razón, menos mal que por aquí no sucedió eso, aunque uno nunca sabe, dile a tu hermana que no se le ocurra beber o jugar con agua.
—Okay, entendido —se levantó con el bote en las manos, y se dispuso a subir las escaleras.
—Ay, se me pasó decirte, este puente festivo viene tu tío, así que nos toca arreglar el cuarto de invitados.
La noticia le llegó como el grito de una persona muerta, se detuvo en un escalón, y por poco pierde la compostura, el helado, delicioso y agradable, se volvió igual de amargo como un limón añejo, sintió cinco veces más pesado el bote de helado, y un corrientaso le cruzó vorazmente su cuerpo. Su padre no la vio, así que ella avanzó con rapidez, al casi llegar se resbaló, y aunque logró no rodar por las escaleras, se raspó la espinilla. Llegó a su habitación, y allí, perdida en unos libros, estaba su hermana, intentando descifrar el contenido de las letras. Se llamaba Susana, y tenía autismo, por lo que la manera de leer de ella era diferente.
Ella se dio cuenta del raspón de su hermana, así que dejó de leer el libro y prestó atención a su hermana, la cual buscaba en los cajones algo para poder limpiarse su herida. Susana la llamó, preguntándole con una voz dulce y tierna a Mariana, del por qué de su herida, a lo cual ella minimizó diciendo que estaba demasiado cansada. Susana quedó con la duda, aunque no quiso presionarla, por lo que, para cambiar de tema, le dijo que si su padre ya le había dicho que su tío vendría para ese fin de semana. El espasmo volvió, las acciones apresuradas y temerosas de Mariana se hicieron demasiado notorias, así que para no levantar sospechas, se acercó a su hermana, y una voz quebrada nació de la boca de Mariana, alertando del peligro que era que su tío viniera a esa casa.
—Nuestro tío, hermanita... me violó —una voz desgarrada asustó a Susana, sin embargo, la abrazó con todas sus fuerzas, y le dijo al oído que era urgente que le dijera a su padre.
Ella asintió, aunque el miedo le carcomiera el corazón, supo entonces que era estúpido callar, entonces se fue al baño, y empezó a llenar su tina, se quitó la ropa recién puesta, como obviamente no estaba sucia, se la iba a poner nuevamente para dormir. Estando llena la tina, se sumergió, el agua previamente calentada perforó los, poros de su piel, la relajación fue inmediata, logrando apaciguar un poco sus pensamientos hirientes. No quería volver a recordar lo que ese pedazo de mierda le había hecho, y con los ojos cerrados, empezó a llorar desconsoladamente, y el recuerdo de ese fatídico día, pese a que quiso no recordar todo eso, vino a su mente. Algo entró en su vagina, abrió los ojos, pero no vio nada, el agua de la tina estaba intacta.
Ya estaba dispuesta a ir a su trabajo, su hermana no había tenido clase ese día, así que no la despertó. Estaba esperando el bus, cuando este llegó, una notificación en su celular la alertó, subiéndose al bus le dio clic en él, un grupo de WhatsApp. Su tío había muerto, se había estrellado en el colectivo con el que manejaba. El día era oscuro, ni un solo rayo de sol caía sobre la tierra, pero en la cara de ella, se dibujó una sonrisa más brillante que la del sol.