Prólogo
En esta nacional, cuando aún era rústico, carente de decoro, donde la comida escaseaba y la gente no tenía rumbo alguno. La familia real había buscado soluciones por décadas, sin éxito alguno.
El pueblo entero se moriría de hambre y comenzaban a creer que el reinado de más de un siglo estaba por llegar a su fin.
Fue por entonces cuando Hael descendió desde el cielo a este mundo, vistiendose con ropas de un simple humano y deambuló por estas tierras.
Donde desde las lejanías quedó fascinado por la belleza de una mujer: Elora.
Se enamoró a primera vista de ella, anhelante, se acercó para cortejarla.
Durante días, meses incluso, Hael visitaba a Elora pidiendo una mirada, una sonrisa, una palabra.
Elora, la única hija de la familia Peninthon, desde entre los muros de su destartalado castillo, comenzó a caer en los encantos del arcángel. Y así, con una luz bendita cayendo sobre ambos, florecieron los productos de su amor, como algo bendito.La fé misma.
—Estoy harto de esta historia, mis padres no dejan de repetirla siempre que pueden— murmuro quejumbroso uno de los niños.
—Yo igual, mamá me la cuenta todas las noches antes de dormir— chillo otra niña.
—¿En serio? A mi me parece una historia bastante romántica— dijo un joven, detrás de los niños en posición de cuclillas.
Los chiquillos mostraron sorpresa al darse cuenta del intruso en su clase, pero al notar de quién se trataba, todos se apresuraron a ponerse de pie y lanzarse sobre los brazos del muchacho. Nombraban con emoción el nombre de "Oriel" en coro. Algunos hablaban tan rápido que discernir entre tanto bullicio era casi imposible.
—Mi señor— balbuceó torpemente el maestro que se encontraba impartiendo la clase.
—Ahorrese las formalidades— lo interrumpió con una hermosa sonrisa en el rostro —Lamento haber obstruido su clase.
Oriel tenía esa costumbre: amaba a los niños, era parte de su naturaleza, y por ello, ocasionalmente daba visitas a los centros educativos, incluso él mismo había inaugurado uno dentro de su castillo.
Le costó bastante intentar convencer a su padre de que era por una buena causa, pero al final, el antiguo rey murió al poco tiempo. Sin el impedimento de su padre, fue Oriel quien terminó llevando a cabo la obra.
—Me retiro.
Acarició la cabeza de unos cuantos niños, se puso de pie sacudiendo cuidadosamente su pantalón oscuro y salió por la puerta de madera.
Camino tranquilo por los pasillos hasta que un hombre de avanzada edad que vestía de manera formal se acercó apurado a él.
—Señor, estuve buscándolo por todos lados.
—¿Cual es la prisa Ronald?
—Se lo dije— respiro con agitación tratando de recuperarse —Los Bretun llegan hoy.
Sus palabras se quedaron flotando en el aire cuando una mujer más joven con un vestido largo hasta los tobillos y un mandil blanco llegó corriendo.
—Mi señor, han llegado, están entrando al castillo— acomodó el chongo que se había tambaleado durante todo su trayecto —Los Bretun están aquí.
Oriel acomodó las mangas largas de su camisa blanca informal y comenzó a dar zancadas en dirección al primer piso.
Espero a que los sirvientes abrieran la puerta y caminó por el jardín hasta llegar a la reja lateral, por donde un grupo de hombres con armadura oscura entraban a caballo.
—Sean bienvenidos de vuelta— estiró los brazos con extravagancia —Debió ser un viaje demasiado largo.
Uno a uno los caballeros bajaron de sus monturas y se arrodillaron ante Oriel, por excepción de uno, quien en cuanto tocó tierra firme arremetió contra el jóven que los había recibido.
Dos de los caballeros, uno a cada lado de Oriel, intervinieron rápidamente antes de que el hombre pudiera siquiera tocarlo.
Lo sometieron con dificultad y lo dejaron de rodillas frente a su señor.
—Desgraciado— el hombre de rodillas masculló mordiendo cada palabra.
La gente alrededor se mantuvo inamovible y una que otra sirvienta se tapó la boca con preocupación en el rostro.
Oriel, en cambio, pasó una de sus manos por su pelo rubio platinado y soltó un suspiro.
—¿A qué viene esta ingratitud cuando te he abierto las puertas de mi hogar?
—¡No se haga el desentendido!— forcejeo contra el agarre de quienes lo retenían —¡El rey Osric estaba completamente sanó, pero de la nada falleció y fue justamente cuando el rey se opuso a su ridículo plan de!...
Oriel le quitó el casco con brusquedad dejando ver el rostro de un hombre a finales de sus treintas.
—Ah, era de obviar que alguien de tu edad pasará por una rebeldía inconcebible ante un nuevo rey— miró al resto de los hombres que estaban expectantes detrás del caballero rebelde —¿Eres un comandante? ¿Cual es tu nombre?
—Yo solo le respondo a mi rey— protestó con soberbia.
—Hmm...— se acercó al primer caballero de la línea -¿Él es su comandante?
—Mi señor, él es Gerold, un hombre más— respondió con firmeza y rapidez.
—Entiendo, entiendo...— se agachó lentamente y puso la punta de sus dedos sobre la espada envainada del caballero frente a él —No hay problema si tomó prestado esto ¿verdad?— tiró del mango sacando la larga espada con lentitud.
—No, mi señor.
Oriel camino de vuelta al hombre llamado Gerold y se puso frente a él. En su mano derecha sostenía la espada y con mucha calma dijo:
—Entonces no pasa nada si un caballero incapaz de reconocer a su rey se jubila— y con esas palabras, levantó bruscamente la espada cortándole el brazo derecho desde la axila. El hombre gritó por unos segundos y después mordió con fuerza su labio inferior hasta sangrar. Incluso al final, buscaba mantener su orgullo —Te dejo vivo por haber sido tan fiel a mi difunto padre— tomó a Gerold del pelo y lo obligó a levantar la vista —Pero no tolerare tu falta de respeto.
»Llevenlo a una celda por hoy, que lo atienda un médico y por la noche lo quiero tan lejos de aquí como puedan.
—Sí, mi señor— los caballeros que lo sometían lo levantaron sin esfuerzo y comenzaron a arrastrarlo lejos, abandonando por completo el miembro arrancado.
—Ah— se giró a una de las sirvientas y le entregó la espada —Y por favor limpie esto. Llevalo a mi oficina más tarde— la mujer asintió con la cabeza y con la cara desfigurada por el horror de la escena, se retiró a toda prisa del jardín —Y el educado caballero que me prestó eso, puede pasar a recogerlo en mi despacho después— agito la mano a modo de despedida y con una sonrisa casi infantil en el rostro se dio la media vuelta.
—¿Qué fue eso...?
Los caballeros que habían visto como uno de sus compañeros era arrastrado moribundo comenzaron a murmurar entre ellos.
Mientras el hombre que ahora no tenía espada admiraba la espalda de su nuevo rey entrar al castillo. Incapaz de discernir si lo que sentía era respeto o terror.
Oriel miraba atento los papeles amontonados y regados por su mesa, ocasionalmente llevaba su dedo índice a su pelo semi ondulado y enredaba un mechón de pelo, como una clase de manía.
Fue en su profunda concentración cuando el golpeteo de su puerta lo interrumpió.
—Adelante.
Un hombre alto, en sus veintes entró a la habitación, tenía el pelo oscuro como la noche y su único ojo funcional era de un color azul gastado.
—¿Tú eres el caballero que me prestó su arma esta mañana?— se puso de pie y tomó la espada que se encontraba recargada en su escritorio —Lamento hacer que venga por ella, me encuentro un tanto ocupado. Y tampoco planeaba regresarla sucia— extendió el objeto al caballero.
El hombre tomó su pertenencia y lentamente desenvolvió la tela que la mantenía cubierta. La metió en su lugar nuevamente e inclinó ligeramente la cabeza con toda disposición de marcharse.
—Espere. No le hice venir únicamente por eso— regresó hasta su escritorio y recargo la cadera en la madera, mirando fijamente al caballero —¿Cual es su nombre?
—Kyren.
—Bien, Kyren, me gustaría que me hablara sobre todo lo que pasó en su viaje. Desde el inicio.
No era una petición, era una orden y Kyren lo sabía a la perfección.
No estaba en posición de negarse a hablar. Después del gran espectáculo de bienvenida que había dado hace apenas unas horas, le quedaba muy en claro el tipo de persona que sería su futuro rey. Así que decidió contar todo.
—Hace más de un mes, el difunto rey Osric le dejó un encargo importante a los Bretun. Hasta ahora, la confidencialidad de este asunto se sabía únicamente entre nosotros los miembros— miró con atención como su rey remangaba su camisa blanca dejando ver sus brazos marcados. Y no pudo evitar relamerse los labios —Caminamos entre bosques y nos atrincheramos en Prinsis. Donde nos tuvimos que acoplar a una vida campesina.
—¿Por qué les pediría eso?— frunció ligeramente su ceño, sin apartar la vista del suelo.
—No fue claro con los motivos, lo único que pidió fue— hizo una pequeña pausa. Oriel lo escuchaba con suma atención —Que todas las damas debían ser observadas meticulosamente y reportar cualquier comportamiento llamativo. Es todo lo que sé.
Oriel junto sus manos sobre su regazo y se encorvo un poco, pensativo.
Incluso para el mismísimo hijo de Osric, era un completo enigma lo que su padre planeaba al repentinamente mandar a los mejores caballeros del reino a un pueblo pesquero.
—Entiendo. Puede retirarse.
Kyren hizo una reverencia y abrió la puerta, pero antes de salir, se giró una última vez.
—No estoy seguro sobre esto, pero escuche a uno de los comandantes murmurarle a otro caballero sobre algo imposible.
—¿Y qué es?— giró sobre sus propios talones dirigiéndose de nuevo a su asiento, dispuesto a terminar el papeleo.
—"Dicen que la bastarda de Elora viene del diablo".— pronunció con aspereza.
Oriel abrió sus brillantes ojos blancos de par en par. Dejó todo de lado y por un instante, Kyren se estremeció ante una mirada tan potente.
Sus palabras lo habían sentenciado a sentirse así por el resto de su vida, a darse cuenta que el hombre delante de él era descendiente de Hael y que el título de "Divinidad" le quedaba corto. Tenía una cosa clara, lo que sentía no era terror, era devoción.
Esta historia contiene violencia tanto física como sexual, contenido explícito, mutilación y escenas que podrían ser sensibles para el lector.