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LO QUE NO RECUERDO DE TI

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Summary

Lara Villalba puede ver los recuerdos escondidos en los objetos. Un roce basta para que fragmentos de vidas ajenas se deslicen en su mente: risas olvidadas, promesas rotas, despedidas que todavía duelen. Por eso se fue de San Jacinto. Y por eso nunca pensó volver. Pero cuando regresa, todo parece igual… excepto Tomás Rivas. El chico que una vez fue parte de su mundo. El mismo que la dejó ir sin explicación. El único del que no puede ver absolutamente nada. Ni un recuerdo. Ni una imagen. Ni un pasado. Mientras la cercanía entre ellos se vuelve inevitable y las emociones que creía enterradas resurgen con más fuerza, Lara empieza a preguntarse qué esconde Tomás… y por qué su historia parece haber sido borrada. Porque en un pueblo donde todo deja huella, él es un misterio. Y tal vez, también, la única respuesta a lo que Lara nunca logró olvidar

Genre
Romance
Author
Atenea
Status
Ongoing
Chapters
21
Rating
5.0 1 review
Age Rating
13+

Capítulo 1: Volver

Volver a San Jacinto siempre tenía gusto a polvo.

No era una metáfora. Era literal. El aire seco se colaba por la ventanilla del auto y se pegaba en la lengua, áspero, como si el pueblo no quisiera que nadie se olvidara de él sin llevarse algo a cambio. Lara apoyó la frente contra el vidrio y cerró los ojos un segundo. Había jurado que no iba a sentirse así. Que esta vez sería distinto. Que volver no iba a doler.

Pero el cuerpo tenía memoria, incluso cuando una hacía todo lo posible por olvidarse.

—¿Vas a bajar o piensas quedarte ahí hasta que te salgan raíces? —dijo su mamá desde el asiento delantero, con ese tono práctico que usaba cuando no quería entrar en temas incómodos.

Lara no respondió enseguida. Tenía la mano apoyada en la puerta, justo sobre el metal caliente, y la retiró apenas un centímetro… como si ese mínimo gesto pudiera evitar lo inevitable. Dudó. Siempre dudaba.

Finalmente respiró hondo y abrió.

Apenas sus dedos tocaron la manija, la imagen apareció.

Un chico corría por esa misma calle, varios años atrás, con las zapatillas desatadas. Tropezaba, se caía y se reía igual. Una mujer gritaba su nombre desde la vereda, mezcla de enojo y cariño. El sol era más suave en ese recuerdo, como si incluso la luz hubiera sido distinta antes.

Lara parpadeó.

El recuerdo se deshizo al instante, como humo dispersándose en el aire.

—Bien —murmuró para sí misma mientras bajaba—. Sigue funcionando.

—¿Qué cosa? —preguntó su mamá, girándose apenas.

—Nada.

Cerró la puerta antes de que pudiera insistir.

Nunca había sabido explicar exactamente cuándo empezó. Tal vez a los doce. Un día cualquiera tocó la taza de su abuela y vio una discusión que nadie le había contado. Después fue un libro olvidado en la escuela. Una bufanda. Un banco de plaza.

Los objetos hablaban.

No con palabras, sino con momentos. Fragmentos de vidas ajenas que se le pegaban a la piel con cada contacto. Y Lara, demasiado curiosa —o demasiado incapaz de ignorar lo que dolía—, había aprendido a escuchar.

Por eso se fue.

O al menos, eso era lo que se repetía cada vez que alguien le preguntaba.

La casa seguía igual. La pintura descascarada, el limonero inclinado hacia un lado como si también estuviera cansado de esperar, la puerta que crujía incluso antes de tocarla. Arrastró la valija por el camino de tierra y se detuvo frente a la entrada.

No quería hacerlo.

Pero lo hizo igual.

Apoyó la palma contra la madera.

El recuerdo llegó más rápido esta vez.

Se vio a sí misma, más chica, saliendo apurada con los ojos brillosos. La respiración entrecortada. Una voz detrás, llamándola. Insistiendo. Un “no me sigas” que le quemaba la garganta incluso ahora.

Lara retiró la mano de golpe.

—Genial —susurró, apretando los dedos—. Empezamos bien.

—Lara —dijo su mamá, más suave esta vez, acercándose un poco—. Puedes… intentar que sea distinto.

Lara la miró. No había enojo en sus ojos. Tampoco esperanza.

—Sí —respondió.

Y entró.


El primer día siempre era una mala idea.

El segundo también, pero al menos para entonces una ya sabía dónde sentarse para no llamar la atención.

El aula olía a tiza y a calor acumulado. Lara eligió un asiento cerca de la ventana, más por costumbre que por estrategia. Menos contacto. Menos objetos. Menos posibilidades de que algo se filtrara sin permiso.

Durante unos minutos, funcionó.

Hasta que dejó de hacerlo.

—No sabía que habías vuelto.

La voz llegó sin aviso, atravesándola antes de que pudiera prepararse. Lara sintió cómo el cuerpo se le tensaba de inmediato, como si hubiera estado esperando ese momento incluso sin querer.

Giró despacio.

Tomás Rivas estaba apoyado contra el marco de la puerta, con una postura relajada que no coincidía con la intensidad de su mirada. Había cambiado. Era inevitable. Más alto, los rasgos más definidos, la expresión más contenida.

Pero había cosas que no cambiaban.

Los ojos, por ejemplo.

Y esa sensación incómoda de que siempre estaba viendo más de lo que decía.

—Hola, Tomás —respondió ella, con un tono cuidadosamente neutro.

Él se acercó un par de pasos. No sonreía, pero tampoco parecía enojado. Era algo más difícil de definir.

—Te fuiste sin despedirte.

Lara sostuvo su mirada.

—Tu también.

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para llenar el espacio entre ellos con todo lo que no estaban diciendo.

—Supongo que estamos a mano —agregó, encogiéndose apenas de hombros.

Eso le arrancó una media sonrisa. Apenas un gesto, rápido, casi involuntario.

—Supongo.

Lara lo observó con más atención. No en busca de cambios evidentes, sino de esa otra cosa… esa sensación extraña que no terminaba de encajar.

Había algo distinto.

Algo que no podía nombrar.

—¿Te vas a quedar? —preguntó él.

—Eso parece.

Tomás asintió despacio, como si esa respuesta confirmara algo que ya sospechaba.

Y entonces, antes de pensarlo demasiado, Lara hizo lo que siempre hacía.

Estiró la mano.

Tomó su mochila.

Fue un gesto automático. Instintivo. Casi inevitable.

Necesitaba saber.

Siempre necesitaba saber.

Esperó.

Un segundo.

Dos.

Nada.

El ceño se le frunció levemente.

Nada.

No había imágenes. No había fragmentos. No había ese tirón familiar que precedía a los recuerdos. Era como tocar algo vacío, algo que no ofrecía resistencia, que no guardaba historia.

Soltó la mochila de inmediato.

Tomás la miró con más atención ahora.

—¿Todo bien?

El corazón de Lara empezó a latir más rápido, pero no por la cercanía.

Nunca pasaba eso.

Nunca.

—Sí —respondió demasiado rápido—. Pensé que era mía.

Ni ella se creyó la excusa.

Él entrecerró los ojos, claramente dudando, pero no dijo nada.

—Lara —la llamó entonces.

Ella levantó la vista.

Por un momento, Tomás pareció debatirse entre hablar o no hacerlo.

—No tienes idea de lo que pasó, ¿no?

El aire en el aula se volvió más denso, más difícil de respirar.

—No —admitió ella, esta vez sin filtros—. No tengo idea.

Otra pausa. Más larga. Más pesada.

—Mejor así —dijo él finalmente.

Y se fue.

Lara se quedó quieta, mirando el espacio vacío donde había estado.

Después bajó la vista hacia su mano.

La misma que había tocado cientos de objetos. Miles de recuerdos. Historias que nunca le pertenecieron.

La misma que, hacía apenas unos segundos, había tocado a la única persona de la que realmente quería saberlo todo…

y no había visto absolutamente nada.

Tragó saliva.

En un pueblo donde todo dejaba huella, donde incluso las cosas más pequeñas guardaban ecos del pasado…

Tomás Rivas era lo único que no dejaba ninguno.

Y eso, más que cualquier recuerdo, la asustaba.

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