La Guerra Oscura

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Summary

En un continente donde los nombres pueden ser borrados de la historia, el trono de Ostundol yace vacío… y la guerra apenas comienza. Mientras los últimos vestigios de la antigua estirpe Valerium se creían perdidos para siempre, dos hermanos —Hiniuz e Hinsiriz— son arrancados de una prisión olvidada en las entrañas de una montaña. Lo que los rescató no es salvación, sino un propósito: reclamar lo que les fue arrebatado… o convertirse en algo peor. Lejos al norte, el caballero Berlín abandona su reino en una travesía desesperada junto a sus hombres para recuperar el Diamante Rojo, una reliquia capaz de inclinar el destino del mundo. Pero los bosques malditos, las bestias antiguas y aquello que acecha en las sombras pondrán a prueba no solo su fuerza, sino su lealtad. Al sur, tras las Montañas de Hierro, la reina Jessica enfrenta conspiraciones que amenazan su vida y su corona. Cuando una ladrona vinculada al Diamante Rojo cae en sus manos, descubrirá que su enemigo más peligroso no está fuera de sus muros… sino en su propio pasado. Tres caminos. Un legado que se niega a morir. Y una oscuridad que crece en silencio, aguardando el momento de reclamarlo todo.

Genre
Fantasy
Author
Edison
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Valerium

La montaña de Hamburg desollaba los cascos de los caballos.


Cinco jinetes subían por el sendero de piedra roja, zigzagueando entre pinos negros que se inclinaban como espectadores curvos. El sol se hundía detrás de las cumbres, tiñendo la nieve de sangre seca. Las primeras batallas de la rebelion de Galamert.


El más alto de los jinetes, un Miragur de barba entrecana y armadura mellada; apretaba contra su pecho un bulto envuelto en pieles.

El bulto se movía y espiraba.


—Más rápido —gruñó el jinete, aunque los caballos ya no podían más.

Cruzar el laberinto de Hourol tardaba días. Y ya llevaban las bestias cabalgando más de una semana hasta llegar Hamburg.


A su izquierda, otro hombre cargaba un segundo bulto, más pequeño. Entre los jadeos de las bestias y el crujir de la armadura, un sonido agudo se colaba: el llanto de un niño, ahogado por el viento.


—Que se calle —siseó el primer jinete.


—Tiene frío —respondió el otro—. Son horas de galope. Horas sin poder reposar


—Que se calle, Serel.


El segundo bulto se movió. Una mano diminuta, blanca y sucia, se asomó entre las pieles agarrándose del cuello del jinete.

Unos ojos; demasiado grandes para ese rostro, demasiado claros para ser de un niño que aún no ha visto el mal. Miraron hacia arriba, hacia la fortaleza que se recortaba contra el cielo.


El Nido de Hamburg o Minas Erest

Así la llamaban antes. Ahora nadie la llamaba de ninguna manera.


La fortaleza de Hamburg había sido el orgullo de los Valerium: una red de galerías y cavernas al rededor de un enorme abismo en la roca viva, balcones donde las bestias negras se posaban a recibir órdenes de sus amos. Ahora los nidos estaban vacíos, quemados. Las puertas de bronce habían sido fundidas para hacer espadas. Solo quedaba la torre del homenaje, erguida como un diente podrido, y los sótanos donde había guardias ahora solo había espectros.


Los jinetes cruzaron el puente levadizo que estaba bajado, entraron en el patio de armas.


Allí los esperaba.


Galamert Saraftus no vestía con la corona usurpada. No la necesitaba. Llevaba una cota de malla negra sobre túnica gris, y en su cinturón colgaba la espada que había matado al último jinete de dragón de Ostundol tres días atrás. Aún quedaba hollín bajo sus uñas. Aún olía a quemado. A sangre y sudor.


—¿Son ellos? —preguntó, sin acercarse.


El jinete más alto desmontó con torpeza, las piernas entumecidas. Se arrodilló, no por reverencia sino por agotamiento, y depositó el bulto en el suelo de piedra. Las pieles se abrieron. Un niño de quizás cuatro años; cabello negro apelmazado por el sudor y el viaje, ojos de un azul que no era humano, era la hijos de una estirpe de Altagures, una raza superior a cualquiera que dominaba la fuerza del mundo. se incorporó sobre sus manos y sobre sus rodillas. Tosió. Miró a su alrededor, primero al hombre arrodillado, luego a los soldados que emergían de las sombras del patio, finalmente a Galamert.


No lloró.


—Hiniuz —dijo el niño, señalándose el pecho con un dedo regordete—. Yo Hiniuz.


Galamert no sonrió. Eso habría sido peor.


El segundo jinete desmontó. Su bulto no se movió. Cuando las pieles cedieron, revelaron a un bebé —no más de dos años en vida humana, quizás menos— con los ojos cerrados, el rostro contraído en un sueño que parecía dolor. Serel hijo de Sariel, el jinete, lo sostuvo como quien sostiene una bomba.


—El menor —dijo—. Hinsiriz. No ha despertado en horas. La fiebre...


—No importa.


Galamert dio un paso adelante. Luego otro. Se detuvo a un palmo del niño de cuatro años, que ahora estaba de pie, tambaleándose, agarrándose de la bota del jinete arrodillado.


—¿Sabes quién soy? —preguntó Galamert.


El niño negó con la cabeza.


—¿Sabes dónde está tu padre?


Otra negativa. Pero esta vez más lenta. Como si la pregunta hubiera tocado algo, una brasa enterrada.


—Tu padre está muerto —dijo Galamert, y la frase sonó ensayada, aprendida de algún libro de historia que aún no había sido escrito—. Murió en Cedarian, luchando por robar lo que no era suyo. Murió como vulgar ladrón. Como un asesino. Como el monstruo que era.


El niño parpadeó.


—Tu abuelo también está muerto. Tu madre también. Todos los Valerium están muertos, excepto tú. Excepto él. —Señaló al bebé inconsciente—. Sois el final de una línea de locos y tiranos. Sois la última gota de sangre envenenada.


El viento cambió. Vino del norte, helado, trayendo olor a nieve y a algo más. A huevos podridos. A cueva cerrada. A dragón muerto.


—Mi señor —intervino el jinete arrodillado, y su voz tembló—, ¿qué... qué se hará con ellos? Los lores del oeste; en Hourol preguntarán. Los que aún son leales a los Valerium...


—Los leales a los Valerium están ocupados —cortó Galamert—. Ocupados muriendo en los campos de batalla en Amartia y Nirdia...Ocupados, ardiendo en sus castillos. Para cuando alguien piense en buscar a estos... —buscó la palabra, la probó, la encontró demasiado dulce—... a estos príncipes, Ostundol tendrá nuevo rey. Nuevo nombre. Nueva historia. Una nueva era.


Se agachó. Por primera vez, sus ojos grises, planos, de hombre que ha visto demasiado para sorprenderse se encontraron con los del niño. Hiniuz no retrocedió. Eso molestó a Galamert. Eso lo hizo decidir.


—No los mataré —dijo, casi para sí mismo—. Sería un martir. Sería una memoria que puede convertirse en un arma. Los Valerium no merecen ni siquiera que los recuerden. Merecen ser olvidados —señaló hacia abajo, hacia las entrañas de la fortaleza—merecen ser sepultados.


Los llevaron por una escalera de caracol que descendía tanto que el aire cambió de frío a húmedo, de húmedo a pesado. Hiniuz caminó solo la mayor parte del camino, agarrándose de la pared cuando las piernas fallaban. Nadie le ofreció la mano. Nadie le habló. Detrás, estaba Serel cargaba a su hermano, que aún no se movía.


Al final de la escalera, una puerta de roble reforzada con hierro negro. Más allá, una celda.


No era pequeña. Eso habría sido misericordia. Era vasta, una caverna artificial tallada por manos que conocían el tamaño de las bestias que una vez alojaron allí. El suelo era piedra desigual, con griñones donde el agua se acumulaba en charcos verdes. En el techo, con conductos de ventilación: no solo para respirar, sino para que los prisioneros no mueran demasiado pronto.


Hiniuz entró primero. Miró a su alrededor, la boca abierta, los ojos tratando de encontrar algo familiar en la oscuridad verde.


—Aquí —dijo Serel, y su voz se le quebró—. Aquí estaréis... a salvo. Nadie os encontrará. Nadie...


—Serel.


La voz de Galamert, desde lo alto de la escalera. Un solo nombre, y el jinete cerró la boca. Depositó al bebé en el suelo, sobre una pila de pieles que alguien había arrojado allí. Hiniuz se acercó, se arrodilló junto a su hermano, le tocó la frente. Caliente. Muy caliente.


—Volveré —mentó Serel, ya de espaldas, ya caminando hacia la puerta—. Cuando todo pase. Cuando sea seguro. Volveré por vosotros.


La puerta se cerró. No con estruendo, sino con un chasquido húmedo, de madera podrida encajando en piedra podrida. Luego el cerrojo. Luego el silencio.


Hiniuz no gritó. Eso vendría años después, cuando aprendiera que los gritos no sirven para nada. Ahora solo se quedó quieto, arrodillado junto a su hermano, escuchando cómo los pasos de los hombres se perdían en la escalera. Cómo el silencio se hacía completo. Cómo el agua goteaba de alguna parte, contando segundos que él aún no sabía contar.


Afueran, en el patio de armas, Galamert Saraftus miró la montaña. La noche había caído del todo. Las estrellas, esas mismas estrellas que Hiniuz se sentaba ver en el regazo de su padre.


—¿Cuánto tiempo? —preguntó uno de sus capitanes.


Galamert no respondió de inmediato. Pensó en el niño de los ojos azules, en la forma en que lo había mirado sin miedo. Pensó en la leyenda que decía que los Valerium no morían en la oscuridad, que maduraban, que se convertían en algo peor.


—Para siempre —dijo finalmente—. Que se pudran. Que se conviertan en un vago recuerdo. Que el mundo siga sin saber que existieron.


Se dio la vuelta. No miró atrás.


En las profundidades, Hiniuz comenzó a cantar. Una canción sin palabras, sin melodía, solo sonidos que una madre le había enseñado antes de que el fuego se la tragara. Cantó para su hermano, que no se movía. Cantó para sí mismo, que no entendía. Cantó porque el silencio era peor que la oscuridad.