El mundo está roto

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Summary

Mara es una persona que lidia con el abandono de sus seres queridos. No está bien para lidiar con su vida y no estará mucho mejor después, cuando una joven asesine a su jefe.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

El mundo

Mara no quería tomar las pastillas, pero tampoco quería sentir el agujero negro en su corazón, ese que se tragaba todo lo que tocara. Así que, después de meditarlo, tomó las pastillas de la encimera, un bote con bordes azules que le costó casi un cuarto de su quincena. Realmente no las quería, pero la psiquiatra le había dicho que si quería mejorar, esta era la única opción. Se tragó la pastilla con un buen trago de agua, pero aun así le quedó un sabor muy amargo en la boca. Entonces agarró su jugo de mango de la mesa y se lo bebió de golpe.

—Puaj

Se sentó en el comedor con su cereal de chispitas de chocolate en el plato y prendió la televisión. “Última hora: el país vecino oficialmente ha recibido cinco misiles esta mañana. Uno ha caído en un hospital infantil y el otro en un refugio de animales. El número de fallecidos aun no está confirmado, pero se estiman al menos 200 personas...” Mara cambio de canal, odiaba las noticias tristes. “Pruebe el nuevo shampoo anticaída libre de plomo...”

Mara dejó el anuncio y comenzó a comer su cereal. Se supone que era muy dulce, pero ella lo sentía desabrido.

Al terminar dejó el plato en la tarja, otro día lo lavaría. Se lavó los dientes y tomó una chamarra de cuero del armario. Una negra con muchos remaches, era su favorita. Al salir del departamento, se encontró con el vecino, un viejo de unos sesenta años que siempre era muy preguntón.

—¿Por qué te vistes así? —le dijo en cuanto la vio —¿No te confunden con un chico?

—Buenos días, señor Treviño.

—Buenos días —respondió él, pero ella ya estaba escaleras abajo. En cuanto abrió la puerta del edificio le llegó el olor a tierra mojada. Había llovido la noche anterior, como era regular ahí. Caminó con rapidez hacia la derecha, en dirección a las casas de ricos que se alzaban entre los árboles. Se le ocurrió mandarle un mensaje a su hermano pues ya llevaba tiempo sin saber de él. “Hola, ¿cómo estás? ¿Que tal va la semana?” Al azar la vista se cruzó con la sombra de una mujer de lejos. Estaba mucho más adelante, detrás de un árbol, pero parecía mirarla. Quiso acercarse, quizá era alguien que conocía.

—¡Imbécil, fuera del camino!

Se movió rápido hacia atrás dejando que el auto pasara de largo. No sabía en que momento había puesto un pie en el cruce, pero había sido una equivocación, el semáforo no estaba en verde para ella. Regresó a la banqueta y observó desde ahí, pero la sombra de la mujer se había ido.

—Qué raro—dijo para sí y luego el semáforo se puso en verde para ella.

Llegó a la pequeña alameda frente a las casas de los ricos, con un montón de árboles y gente con niños. El teléfono le vibró y se detuvo para revisarlo.

“Lo siento, no podremos vernos mañana. Las vacas han sido intoxicadas debido a un mal almacenamiento del silo” Era un mensaje de su amiga, Sandy. A ella la veía cada año y ahora había sido cancelada. Le ardieron un poco los ojos porque la extrañaba mucho, pero no tenía tiempo, así que decidió moverse.

Veinte minutos después llegó al centro de tatuajes donde trabajaba. No pudo entrar sin antes tratar de quitarse la popó de perro que había pisado en el camino por accidente. Le tomó cuatro arrastradas sobre el pasto para poder sacarla.

—¡Maldición!

Abrió la puerta sintiendo que ya era un mal día y luego tuvo esa sensación, de que alguien la observaba. Miró a los alrededores, pero no había nadie, sólo enfrente una estética trabajaba con el pelo de una mujer y un hombre paseaba con su hijo por la zona de los árboles, más lejos.

Entró y revisó la agenda. Se dio cuenta que tenía muchos clientes hoy y que saldría tarde. Su compañero, el joven Alex llegó más tarde.

—¿Qué onda Mar?

—Aquí, esperando al dueño del tatuaje de superman.

Se saludaron con el clásico palmada en el aire y puño.

—¿La gente sigue admirando a superman?

—No lo sé, a mí también me parece raro, pero supongo que cada quien sus gustos. Al menos no está tan mal como la señora ochentera de la semana pasada que se tatúo la cara de su nieto.

—Ni que lo digas, su nieto era feísimo.

—Buenos días.

Su jefe, el señor Marek, llegó con un clásico ceño fruncido. Llevaba una camiseta de manga corta, similar a las que usaba Mara. Al parecer a todos los tatuadores les gustaba para mostrar sus tatuajes. Tenía los ojos ojerosos y medio morados y llevaba un gorro de invierno en la cabeza. Mara y Alex lo saludaron, pero ni siquiera los miró; entró a su oficina y se encerró.

—No escuché su motocicleta —dijo Alex

—Yo tampoco; debió haber tenido otra pelea con su esposa por ella

Ambos sonrieron y el día comenzó así.

Más tarde, alrededor de las ocho de la noche, Mara se encontraba revisando su teléfono. Su hermano no había respondido su mensaje y ella se preguntaba si valía la pena seguir escribiéndole todos los días. Quizá ya no era importante para él, quizá, después de casarse y tener un bebé, simplemente no tenía lugar en su vida para nadie más.

—Mara, ¿puedes venir un momento? — Sus pensamientos fueron interrumpidos por la voz de su jefe.

—Estoy esperando al último cliente; podría llegar en cualquier momento.

—Será muy rápido.

Ella se levantó, rolando sus ojos. Seguro sería alguna otra estupidés, como la última vez cuando le dijo que no debía sonreírles a los clientes, pues ellos eran “rudos”.

Al entrar a su oficina con olor a alcohol y a algo muerto, Mara arrugó la nariz. La oficina era pequeña y Marek era un sujeto grande, por lo que apenas cabían ellos dos, el escritorio, dos sillas diminutas y una planta gigante de plástico que, de haber sido real, hubiera muerto en unos pocos días.

—Toma asiento.

Por supuesto, ella ya se había sentado antes de que él dijera eso.

—Bueno, debo decirte que dentro de tres semanas ya no requeriremos más de tus servicios.

—Sí, sí, sí... —Mara se miraba las uñas, luego: —¿Qué?

—Entrará alguien nuevo con un estilo único y el presupuesto no alcanza para cuatro tatuadores.

—¿Estilo único? ¿De qué hablas? ¿Acaso mi estilo no es bueno? ¿Algún cliente se quejó?

Mara no sabía en qué momento se había puesto de pie. Su rostro echaba chispas por la nariz.

—No es eso, por favor, cálmate. Te has puesto muy pálida, ¿quieres un vaso con agua?

No era sólo el trabajo, ella sabía que no. Era como si el universo le estuviera diciendo que ella realmente no le importaba a nadie, que no era suficientemente buena, que no era valiosa, que, al final, todos la abandonarían por algo que creían mejor.

—Vete al carajo, Marek. ¿Cuál es la razón por la que me vas a reemplazar? La verdadera razón y no salgas con tonterías de “estilo”. Sabes que puedo hacer el tatuaje que sea.

—Lo sé, yo... —Se pasó una mano por la cara. —Es mi sobrina y mi familia me presiona...no sabe hacer tatuajes, pero aquí...

—¿No sabe hacer tatuajes? ¿Es en serio, Marek? ¿Me estás despidiendo para darle un trabajo a tu sobrina?

—No puedo negarme con mi esposa, sabes que hemos tenido un mal rato y ella me está pidiendo esto. No le puedo fallar, por favor, entiéndeme.

—¿Y por qué yo? ¿Por qué no tú o Alex? —Se sintió mal por mencionar a Alex, pero no lo pudo controlar; estaba furiosa.

—Alex es el tatuador de la banda de motociclistas, Mara. Sabes que ellos prefieren, bueno, a un hombre.

Eso era lo último que Mara pudo soportar. Se lanzó hacia adelante y le soltó un puñetazo a su exjefe. Sintió su nariz quebrarse ante sus nudillos. El imbécil no pudo ni verlo venir, se fue hacia atrás y chocó con la estantería con cuadernos contables; varios libros se le vinieron encima. Mara salió de ahí, tomó sus cosas, las guardó en su mochila y salió con el ceño fruncido y la quijada apretada. Se detuvo fuera del establecimiento a encender un cigarrillo. Inhaló y exhaló poco más de un minuto. Si no lo hacía, regresaría y aplastaría a su exjefe. Después de unos diez minutos tratando de calmarse, decidió volver a casa. Ya todo estaba oscuro y apenas había luz en las calles. Al parecer, el gobierno había decidido que no era necesario gastar en alambrado público, pero sí en asesinar a las ballenas. Camino hacia la izquierda, apenas unos pasos, y entonces escuchó un ruido en el callejón al lado del local.

Volteó, pero todo estaba oscuro, salía un olor extraño, como cuando intentas tapar el olor a caño con un aromatizante artificial a rosas. No vio nada, así que decidió seguir con su camino, cuando de pronto, otro ruido, como un gemido. Giró su cabeza hacia allá. Un ruido más, como de alguien quejándose. Entonces decidió adentrarse en el callejón, no sabía por qué, había algo en su cabeza que le decía: ¡No lo hagas! Pero lo hizo, encendió la lámpara de su teléfono y alumbró.

Lo que vio quedaría grabado en su cabeza para el resto de su vida. Contra la pared estaba Marek luchando por liberarse, gimiendo por su vida. Estaba agarrado y elevado del suelo por una mujer, más pequeña en estatura que Mara. Ella llevaba una falda de imitación piel con botas largas sin tacón, y una blusa de tirantes. Era rubia con mechones oscuros y tenía los ojos más azules y cristalinos que Mara hubiera visto en su vida. Eran tan brillantes, que se preguntó cómo no los vio antes, parecían lámparas en la oscuridad.

Esa chica extraña sonreía, pero no con los ojos. Era más como un lobo enseñándole los dientes a su presa.

No pudo hacer ruido, ni siquiera pudo moverse, se quedó paralizada, boquiabierta, observando lo que estaba pasando. La joven de ojos azules entonces soltó a Marek y, antes de que este pudiera tocar el suelo, ella le rajó la garganta con la otra mano.

La sangre...le salpicó la cara.