CAPITULO 1
En los días de un declinante verano de 1844, Jeon Jimin había llegado a la plenitud de su belleza.
Su brillante pelo rojizo con visos dorados, una espesa mata de rizos para brindarle un poco de frescura.
El peinado, formaba un radiante nimbo dorado que le enmarcaba el rostro pequeño cada vez que los rayos del ardiente sol de Carolina del Sur le daban de lleno.
Su rostro era arrogantemente adorable, un óvalo casi perfecto donde predominaban unos increíbles ojos zafirinos bordeados de sedosas pestañas oscuras y muy rasgados lo cual añadía un toque de exotismo a su belleza rubia.
En cuanto al resto, tenía pómulos altos, a los que el sol había teñido de un cálido color melocotón, una naricilla delicada y recta, boca de labios sensuales del color de las cerezas, que eran el blanco de las bromas de su esposo, puesto que aducía que estaban hechos expresamente para que los besaran, y una pequeña barbilla voluntariosa, claro indicio de un subyacente carácter muy fuerte.
Era un muchacho menudo de huesos frágiles, pero su cuerpo armonizaba perfectamente con su rostro, por su exquisitez y delicadeza.
La cintura era estrecha y las caderas deliciosamente curvadas terminaban en piernas esbeltas y muy bien proporcionadas.
En ese día particular de agosto, Jimin se había puesto un traje informal debido al intenso calor.
Tenía sólo diecinueve años, pero era más hombre que niño.
La natural expresión de dulzura de su rostro se acentuó cuando, al mirar por la ventana de la sala de recibo trasera, vio aparecer al hombre que lo había hecho hombre.
Era evidente que Kook venía de trabajar y que acababa de dejar los campos cultivados.
Una sonrisa indulgente jugueteó en los labios de
Jimin al ver que su esposo estaba mugriento, el sudor al correr por su rostro moreno lo había dejado surcado de líneas más oscuras y la humedad de la tarde le había ensortijado más que nunca el pelo negro.
Esas ondas rebeldes eran en verdad la gran aflicción de su existencia.
Los calzones de color de ante y la camisa blanca estaban cubiertos de una fina capa de arenisca como las botas de caña alta que siempre usaba y el sombrero de ala ancha que en ese momento traía en la mano.
Kook trabajaba hasta agotarse supervisando los cultivos de algodón en las vastas tierras de Woodham.
Jimin reconocía que él lo hacía únicamente por él y por el pequeño hijo de ambos, MinJung, de sólo quince meses de edad.
En lo más íntimo de su corazón creía que Kook, a veces, añoraba la vida de pirata, errante y desenfrenada, que tanto había disfrutado antes de que el matrimonio y el nacimiento de MinJung le empujaran a la respetabilidad.
Pero bueno como había sido pirateando por los mares, como él le repetía a menudo, habría acabado su vida de la única forma posible: con un dogal al cuello en algún cadalso.
Dos veces había escapado de esa suerte, y Jimin no tenía ninguna intención de que volviera a tentar al demonio una vez más.
La sonrisa de Jimin se ensanchó al ver, doblando una esquina de la casa, a MinJung en brazos de Martha, su rolliza niñera que le cuidaba con amor de abuela.
Martha también había sido la niñera de Jimin, casi desde el día de su nacimiento.
Después de la muerte de Lady MinAh, la madre de Jimin, cuando el niño sólo tenía siete años, Martha había asumido plenamente la tarea de su crianza.
Jimin amaba profundamente a Martha y esta a su vez, protegía con fiereza tanto a Jimin como a MinJung.
Luego de ciertas desconfianzas mutuas, Kook también había entrado en el círculo mágico de su devoción.
Martha habría ofrendado la vida gustosamente por cualquiera de ellos tres, creía Jimin, pero de todos ellos, y de eso sí estaba seguro, MinJung era el preferido de su corazón.
Eso lo hacía realmente feliz.
—¡Papaíto! — chilló alegremente MinJung al ver a Kook.
Jimin tuvo que sacudir la cabeza al oír ese americanismo un tanto vulgar.
A despecho de su propia prosapia netamente inglesa, MinJung era todo un norteamericano, digno hijo de su padre.
¡Si hasta se parecía a Kook!
Los rizos negros de la criatura, los ojos grises, su cuerpecito robusto y hasta la expresión obstinada que aparecía en su carita de vez en cuando, eran muy propios de su padre.
Algunas veces Jimin se preguntaba cómo se las arreglaría para entendérselas con ese par de dos obstinados cuando MinJung creciera, pero después se encogía de hombros.
La necesidad tiene cara de hereje, como le gustaba decir a Martha.
—¡Papaíto, papaíto! — MinJung se debatía imperiosamente en los brazos de Martha.
Cediendo a sus reclamos, la mujer le dejó en el suelo.
Riendo, Kook se agachó y abrió los brazos de par en par, mientras el pequeñín hacía pinitos sobre el césped liso del jardín en su dirección.
Cuando por fin llegó a su meta, MinJung soltó gorgoritos de júbilo mientras su padre le tomaba en sus brazos y le balanceaba alto en el aire.
Jimin sintió que su corazón rebosaba de amor mientras les observaba.
Esos dos seres significaban más para él que todo el oro del mundo, y no se cansaba de agradecerle todos los días a Dios por el giro imprevisto del destino que se los había dado.
Kook lanzaba a MinJung al aire y le recogía mientras el bebé chillaba de regocijo.
Jimin sacudió la cabeza, sonriéndose, mientras contemplaba a su esposo, alto y musculoso, forcejear con su diminuto hijo.
Luego salió apresuradamente de la casa al jardín trasero antes de que pudiera ocurrir algún inconveniente.
MinJung acababa de cenar y cuando se sobrexcitaba tenía tendencia a perder la paciencia del modo más desconcertante.
—Muy bien, vosotros dos, basta ya de vuestros tonterías —les reprendió con fingida severidad mientras se dirigía hacia ellos.
Kook le sonrió descaradamente.
MinJung observó a su padre y le imitó en todo.
Jimin tuvo que echarse a reír.
¡Eran tan parecidos como dos gotas de agua!
—Sí, señor — dijo sumisamente Kook mientras dejaba a su hijo en el suelo.
—Sí, señor — repitió como un eco la vocecita chillona de MinJung al tiempo que se aferraba a la larga pierna de su padre para no perder el equilibrio.
Jimin volvió a reírse.
Levantó al niño en brazos y le estrechó amorosamente contra su pecho.
MinJung se abrazó mimosamente a su cuello, en tanto Kook le ceñía la cintura con su brazo fornido y lo atraía contra su cuerpo para plantarle un rápido beso fogoso sobre los labios entreabiertos.
Jimin se lo devolvió sintiendo la tan conocida aceleración de la sangre en sus venas.
Nunca dejaba de asombrarlo el hecho de que, después de más de dos años de vida en común y el nacimiento de un hijo, Kook pudiera aún excitarlo de ese modo con sólo rozarlo.
Al principio lo había considerado una verdadera vergüenza, un hecho realmente indecoroso.
Un joven de su estirpe y con la educación que había recibido por ser el hijo de un conde y descendiente de una de las familias más ilustres de Inglaterra, debía hallar cualquier clase de atención física de un hombre como algo fríamente desagradable, y hasta enfadoso en el mejor de los casos.
“Cierra los ojos y piensa en Inglaterra,” era la forma en que se les describía a los jovencitos de su clase social el método de abordar y soportar estoicamente al acto marital.