PRIMERA PARTE
En el mismo momento en que Jimin alargaba la mano en busca de su espada, oculta bajo la cama, Jungkook limpiaba la sangre de la suya.
Jungkook echó un vistazo a la ladera de la colina, jadeando.
Otras tres almas que sumar a una larga lista.
Ya no llevaba la cuenta, hacía mucho tiempo que había dejado de contar.
Con todos los que habían caído ante su espada, nadie en el ejército de Dahrain podría disputarle su autoridad.
Jimin, por otra parte, solo contaba una víctima.
Y había sido puramente accidental.
Aun así, tampoco había muchos que pudieran poner en entredicho su autoridad.
La gran diferencia era que los que podían lo hacían.
Jimin se puso en pie lentamente, aún le dolían las piernas.
Dio unos pasos para intentar recuperar la desenvoltura de antes; cuando su doncel entró, ambos decidieron que se movía con suficiente naturalidad.
Se sentó ante el tocador, con la mirada puesta en el borde de la cama, que se reflejaba en el espejo.
Su espada, oculta bajo la cama tendría que esperar un día o dos más, pero no veía la hora de romper una de las pocas normas que aún podía saltarse.
Jungkook, por su parte, enfundó su espada y bajó por la silenciosa ladera.
Kawan estaría encantado con las noticias.
Y él, que solo deseaba mantener la seguridad, se aseguraba de no desairarle nunca.
Cuando acabara la guerra, si es que llegaba a estallar, todo un reino se vería obligado a rendirse, y Jungkook lo tendría bajo su bota.
Jimin y Jungkook se concentraron en el día que tenían por delante, sin que ninguno de los dos fuera consciente de la existencia del otro, ni de lo mucho que podían llegar a influir recíprocamente en los cambios que registrarían sus vidas.
Aunque quizá ya lo hubieran hecho, sin darse cuenta e irrevocablemente.