Capítulo 1
Hace poco más de una década, cuando apenas tenía diez años, mi historia de terror dio inicio.
Las voces de mi madre todavía viven en algún lugar entre mis recuerdos y mis pesadillas. No han perdido fuerza con el tiempo. Por el contrario, parecen haberse vuelto más claras, más cercanas, como si aquella noche no hubiera terminado nunca, como si el paso del tiempo las hubira alimentado.
Aún hoy cierro los ojos y la veo retorciéndose sobre la cama estrecha de nuestra casa, una cama vieja que crujía bajo su peso como si fuera a partirse en cualquier momento. Su cuerpo se movía de forma antinatural, era algo que la doblaba, la forzaba, la empujaba más allá de los límites de lo humano. Se contorsionaba de tal modo que me hacía sentir náuseas.
En ese tiempo éramos pobres. Las paredes estaban tan manchadas por la humedad que exhalaban un hedor nauseabundo, mientras la pintura se desprendía como la piel de un cadáver. Mi nariz todavía percibe el olor penetrante y podrido mezclado con el dulce perfume floral de mi madre.
Alrededor de la cama donde ella sufría habían cuatro hombres. Cuatro figuras siniestras vestidas de negro que se erguían junto a ella y la mantenían sujeta con fuerza contra el colchón rechinante, uno en cada extremidad. Sus voces llenaban el espacio con rezos en un intento desesperado por invocar a Dios, decían que intentaban salvarla, pero lo cierto yo no entendía qué significaba eso.
Solo sabía que mi madre gritaba.
Y que nadie la estaba ayudando.
En aquel entonces, mi mente infantil no lograba procesar la escena, solo recuerdo que temblaba en un rincón de la habitación, rogando que mis piernas recuperaran el movimiento para poder huir. Ansiaba escapar, lejos, a cualquier sitio. Pero no me movía. No podía. Mis piernas no respondían. Las miraba, delgadas, inmóviles, como si no me pertenecieran y las odiaba, tan inútiles.
No sé cuánto tiempo pasó. En mi memoria, todo se estira, se deforma, el tiempo desaparece.
Pero sé que cuando por fin pude levantarme, tembloroso y dispuesto a correr, la voz de mi madre se dirigió hacia mí. Pero no era solo su voz, era una manifestación doble, lúgubre, y escalofriante. Como si algo más estuviera usando su boca al mismo tiempo, ese sonido doble que emergió desde su garganta para mí.
Aquellas palabras calaron en lo más profundo de mi pequeño ser y provocaron un escalofrío que recorrió cada centímetro de mi cuerpo y que aún hoy sigue inquietándome.
—Hijo mío... Él vendrá por ti. Déjalo entrar... ¡Deja que entre, Simon! Te necesita, le perteneces.
Esa fue la última vez que la vi con vida. Mi madre murió en las horas sombrías de la madrugada, víctima de un paro cardíaco, según la versión oficial. Sin embargo, ningún médico se atrevió a profundizar en la causa, tampoco nadie preguntó, ¿quién osaría contradecir a la santa iglesia? que tan generosamente se encargó de costear su funeral, al que solo asistió un sacerdote y yo.
_________________________
OAKHAVEN, NEBRASKA.
Año 2014.
La voz de Clarice brotó repleta de alegría cuando el reloj mal colgado en la pared marcó la medianoche.
—Feliz cumpleaños, hijo mío.
Su madre lo envolvió en un abrazo cargado de una ternura sofocante, besando cada una de sus mejillas regordetas y tirando de sus orejas una vez por cada año. Fueron seis tirones en total, mientras la luz tenue que provenía de una bombilla amarillenta y que parpadeaba de vez en cuando le iluminaba la carita.
El niño soltó una risita. No había más que ellos dos en la casa y no hacían falta otras personas desdehacía mucho tiempo. Clarice llenaba cada rincón con su presencia, con su perfume a una flor que Simon no sabía el nombre y su incapacidad de dejar de hablar de cualquier cosa. Él la miraba como si fuera la única cosa firme del mundo, sintiéndose afortunado.
—¿Has pedido tu deseo? Debes hacerlo—insistió Clarice, observando cómo Simon cerraba los ojos con fuerza, concentrándose ante la vacilante llama de la vela—. Hijo, pronto te convertirás en alguien importante...
Simon conocía la historia de memoria, esa que volvía a ser contada en cada cumpleaños, en cada noche cuando su madre no podía dormir y entraba a su cuarto con los ojos demasiado abiertos, ella repetía las mismas palabras. Pero Simon adoraba el brillo febril en los ojos de su madre cuando hablaba del futuro y de la grandeza que lo aguardaba.
—Cuando cumplas veinte años vendrán por nosotros—prosiguió Clarice, sin apartar los ojos de él— Entonces nos iremos de este lugar miserable. Tu padre lo prometió.
Simon dejó de sonreír un poco, solo lo suficiente para que se notara su confusión.
—Mamá... —dijo con suavidad, ladeando la cabeza—. ¿Quiénes vendrán? ¿Quiénes son?
A veces, Simon percibía que las palabras de Clarice no eran como las de las otras madres de Oakhaven. En la escuela, los demás niños murmuraban que estaba loca, que el fervor que brillaba en su mirada era maligno, que ella era peligrosa y acercarse condenaba el alma al infierno. Pero a él no le importaba lo que decían esas mentiras horribles, porque Clarice lo amaba.
—El cielo no siempre ofrece un lugar para las personas buenas, hijo mío. —Ella le acarició la mejilla con una delicadeza inquietante, entonces los dedos se detuvieron bajo su mentón, obligándolo a mirarla directamente. —No hay espacio para ti ahí, porque no naciste para servir. Tú naciste para estar por encima de ellos.
Simon la miró en silencio.
Y le creyó.
Porque era su madre. Porque no conocía otra verdad y en ese momento, sentado frente a un pastel demasiado pequeño, en una casa que parecía desmoronarse poco a poco, creer en eso era más fácil que aceptar cualquier otra cosa.
Cerró los ojos otra vez y pidió su deseo.
Pidió imaginando un castillo. Un lugar grande, limpio y donde las paredes no se deshicieran y el techo no dejara pasar el agua durante las tormentas. Un lugar donde hubiera suficiente pastel para llenar la mesa y que pudieran comer ambos.
Entonces, Simon sopló.