#UNICO
Zenitsu mira la escena que se desarrolla frente a sus ojos y el corazón le da un vuelco doloroso.
No puede. Por más que lo intenta, por más que quiere acostumbrarse a este tipo de imagen que será frecuente a partir del momento que tomé la decisión de quedarse al lado de su Alfa no logra aceptarlo.
Uzui Tengen es su Alfa destinado.
Uzui Tengen está casado con tres hermosas mujeres.
Zenitsu Agatsuma no puede hacerse a la idea de que tendrá que compartir a su Alfa con ellas.
Uzui es la persona que fue elegida para él, para amarse desde vidas pasadas y ahora en esta vida cuando al fin sus caminos se cruzaron se topa con la novedad que su Alfa ya está unido a tres Omegas que no son él.
Y no puede evadir los celos crecientes que lo embargan ante tal acontecimiento importante del que es testigo.
Le duele el pecho cuando lo ve reír junto a ellas después de derrotar a la Luna Superior seis. Uzui había sufrido graves heridas y si eso fuera poco también fue envenenado. Zenitsu se sintió morir al verlo agonizando en el suelo escombroso de lo que hasta hace unas horas fue el distrito rojo. Él no podía perderlo ante tan pocos días de haberlo encontrado y cuando estuvo apuntó de acercarse para socorrerlo, las vio correr con dirección a su Alfa.
¿Quienes eran? ¿Por qué lo abrazan con tanta naturalidad?
—Las esposas de Uzui-san son tan dedicadas a él.— dijo uno de los Betas qué llegaron para atender a los heridos.
—¿Qué? ¿Ellas son...?.— preguntó con un nudo en la garganta y el pecho apretado.
¿Sus esposas? ¿Su Alfa ya está casado? ¿Y con tres Omegas?
Zenitsu no quería creerlo, pero ¿Cómo no hacerlo? Tenía la maravillosamente desgarradora escena de las mujeres abrazando y besando al qué se supone debe ser su pareja y sin poder evitarlo siente que los ojos se le llenan de lágrimas, pero no quiere llorar enfrente de todos, no cuando Tanjiro y los demás resultaron gravemente heridos debe mantener la compostura. Ya habrá tiempo de lamentarse y lamer sus heridas una vez todo esto se haya resuelto.
Soltó un suspiro, escuchando las risas cariñosas de las mujeres de fondo. Dolía, dolía demasiado. Su Omega se retorcía en su pecho, agonizando.
— Iré a ver cómo se encuentran Tanjiro e Inosuke— murmuró, tratando de disimular su lamentable expresión que seguramente bañan sus facciones.
Dio unos cuantos pasos en dirección contraria cuando una voz suave lo detuvo.
—Eres Zenitsu, ¿cierto?.— escucho preguntar tras su espalda.
Tomo una respiración profunda, armandose de valor para dar la vuelta y volver a tener ese panamora en su visión. Una de las esposas de Uzui yacía a unos cuantos pasos de él, mirándolo con ojos amables.
—¿Se te ofrecía algo?
—¡Muchas gracias por ayudar a nuestro esposo!.— dijo la otra Omega de cabello corto.
—Yo no hice nada especial, pase la mitad de la pelea inconsciente.— trato de que tono no sonara agresivo, no quería desquitarse con ellas.— Al que deben agradecer es a mi amigo Tanjiro. Ellos dos hicieron la mayoría.
—No te quites crédito.— la Omega de coleta se posó frente a él.— Fui testigo de la pelea así que te vi...
—Bueno, si eso es todo, tengo que ir a ver cómo estan mis amigos.— la interrumpió. Necesita salir de ahí cuánto antes. No creía poder aguantarlo más.
Antes de siquiera dar un paso atrás, la imponente presencia del Alfa se hizo notar y Zenitsu sintió como un escalofrío recorrió su cuerpo. Reaccionando a las feromonas dominante de Uzui, el Omega enfermó de impotencia.
—No puedes irte.— el Alfa se acercó a ellos, sosteniendo el costado izquierdo de su cuerpo adolorido por la pelea y los efectos residuales del veneno.— Tenemos que hablar.
—No hay nada de lo que debamos hablar.— Zenitsu tragó el nudo en su garganta que amenaza con ahogarlo.
Uzui bufo incrédulo.
—Claro que tenemos.— el Alfa trató de reprimir el quejido.— De nosotros.
—¿Hay un nosotros?.
Las tres Omegas miraron sorprendidas entre su esposo y Zenitsu, quienes tenían expresiones contradictorias entre si. El Omega se veía abatido, al punto del llanto por la forma en que aprieta los labios y sus ojos se enrojecen, en cambio, Uzui parecía un animal rabioso.
—No niegues lo que somos.— refutó, dolido ante la negación del Omega.
Todo este tiempo estuvo tomando todo de si para mantener a raya sus instintos. La necesidad visceral de restregarse contra el cuerpo pequeño que daba la impresión de romperse, pero era más fuerte de lo que aparenta. Primero debía hablar con él, explicarle la situación con las tres Omegas para después presentarlos entre sí y al final poder iniciar una familia todos juntos. Fantasio con esta imagen todos los días, usando esto como una forma de contenerse, pero ahora viendo la expresión del Omega, ese pensamiento se sentía incorrecto , incluso cruel.
Fue un tonto al dar por hecho que Zenitsu aceptaría su relaciones en poligamia con las Omegas con las que contrajo matrimonio, ¿A que Omega le alegraría compartir a su destinado con otras personas?. Ninguno. Y el claro ejemplo lo tenía frente a sus ojos, con una carita triste y apunto del llanto.
Quiso golpearse por ser tan insensible y arrogante por tan siquiera haber dado por sentado que Zenitsu aceptaría todo de buena gana. Jura que si no estuviera tan hecho mierda físicamente lo haría.
—No somos nada....— Zenitsu tragó saliva. Su pecho apretándose por negar lo innegable.— Y tal parece que nunca seremos algo.
—Somos destinados. Lo sabes, puedes sentir como nuestros cuerpos buscan la manera de pertenecerse.— el Alfa se coloco a solo un par de paso de distancia.— Se que esto puede ser complicado al principio, pero podemos hacer que funcione, solo tenemos que intentarlo.
El Omega negó efusivo, con las lágrimas ya cayendo de sus ojos, mojando sus mejillas.
—No puedo.— sollozó, tratando inútilmente de limpiar su lágrimas.— Sabes que no soportaría ni el simple hecho de ellas respirando en el mismo espacio que nosotros. Viviendo en el hogar que se supone solo sería mio, y de los hijos que tuviéramos. Siendo testigo de como las tocas cuando se supone que solo debes estar conmigo.
Sin poder resistir más, el Alfa cortó la distancia entre ellos y tomo a Zenitsu sus brazos. Ser el causante del sufrimiento de quién es su Omega le carcomia las entrañas. Todos estos sentimientos y emociones son tan nuevas para él, que no sabe cómo sobrellevarlas.
No sabe cómo hacer que Zenitsu deje de sentirse de esa manera. No sabe que hacer para que deje de doler.
—¿Por qué tengo que ser yo el que deba ceder ante esto? ¿Por qué debo conformarme con solo migajas de tu amor?.— Zenitsu se aferró al Alfa, desesperado por un consuelo que sabía agridulce.— E-eres cruel.
Zenitsu no se hacía falsas esperanzas y conocía los límites de su naturaleza. No soportaría tener que compartir el amor del Alfa, su cariño. El solo pensamiento de tener que verlo pasar tiempo con las Omegas le provoca una punzada de celos. No quería vivir con ese sentimiento el resto de su vida, merecía más que ser otra persona a la cual Uzui tenía que poseer.
—Zenitsu, yo...
El Omega volvió a negar, alejándose del calor acogedor del pecho ajeno. No quería acostumbrarse a esa calidez que no volvería a experimentar.
—No me respondas.— Uzui trató de retener por más tiempo el cuerpo tembloroso de su Omega, pero Zenitsu parecía empecinado a separarse de él.— Si no es la respuesta que me gustaría escuchar, no quiero oírla.
Zenitsu respiró profundo, tratando de calmar sus respiración erratica. Una parte de él sabía la respuesta no dicha por el contrario, pero eso no quería decir que quería escucharla salir de los labios de Uzui, quién miro con tristeza al Omega.
El silencio que siguió a las palabras de Zenitsu fue casi tan doloroso como todo lo anterior. La quietud entre ellos parecía llenar el espacio con un eco amargo, como si todo el universo supiera que algo sagrado se esta quebrando.
Uzui bajó la cabeza, su cabello ensangrentado cayendo como un velo sobre su rostro tenso. No podía mirarlo. No podía enfrentar esos ojos dorados anegados en lágrimas que parecían suplicarle algo que él, por primera vez en su vida, no sabía si era capaz de dar. El orgullo, la fortaleza que siempre lo había acompañado, se sentía hueca frente al dolor que irradia de su Omega.
—¿Y si te lo pido? —preguntó Uzui con la voz ronca, casi irreconocible. Una súplica muda por no dejar que algo que ni siquiera ha comenzado aún, termine—. ¿Y si te pido que te quedes, que al menos lo intentes?
Zenitsu cerró los ojos con fuerza, como si cada palabra lo empujara más cerca del borde del abismo. Su cuerpo entero tembló, no solo por la lucha reciente, sino por la guerra silenciosa que se libra en su interior. Quería. Quería quedarse. Quería creer que el amor podía superar las heridas, los celos, el instinto que exigía exclusividad, pertenencia, ser único.
Pero no podía.
—No quiero odiarte —confesó el Omega con la voz deshecha—. No quiero convertirme en alguien resentido, en alguien que viva preguntándose si es suficiente, si algún día me amarás más que a ellas. Yo no tengo la grandeza de un corazón que se pueda dividir. No puedo amar si no soy amado por completo.
Uzui sintió que algo se rompía dentro de él. No era su orgullo. Era algo mucho más profundo: la certeza de que su camino, el que había elegido con convicción, no tenía espacio suficiente para quien el destino le había entregado como su par.
—No sabía que dolería así —admitió, dando un paso hacia atrás, como si se rindiera ante la verdad—. Creí que podía tenerlo todo. Que podía darte amor sin quitarle nada a las demás. Pero no pensé en ti, en lo que eso significa para ti.
El Alfa miró a sus esposas, quienes se mantenían en silencio unos pasos atrás. Habían oído cada palabra. Tenían los rostros apagados, pero en sus ojos no había rencor, solo comprensión. Sabían que no podían ocupar el lugar que él tenía reservado para Zenitsu, así como sabían que, aunque compartían la vida de Uzui, no compartían su destino.
—Te amo —dijo el Alfa finalmente, rompiendo el silencio—. No sé cómo lo supe, pero cuando te vi, cuando mi alma reconoció la tuya, entendí que nunca había sentido esto por nadie más. Pero también sé que eso no es suficiente para ti. Y no te culpo.
Zenitsu se mordió el labio. El amor en la voz de Uzui lo destroza, pero era precisamente por ese amor que debía tomar distancia. A veces, el amor no era suficiente. No cuando uno de los dos no podía dar todo.
—Adiós, Uzui-san —susurró, ya no con amargura, sino con una tristeza serena—. Gracias por amarme, aunque sea tarde.
Dio media vuelta, sin mirar atrás. Cada paso era una batalla, cada latido un grito. Sabía que lo amaría el resto de su vida. Sabía que el vínculo que compartían no se rompería, aunque tomaran caminos distintos, aunque entreguen sus cuerpos a otras personas, ellos se pertenecen desde vidas pasadas. Pero también sabía que era mejor despedirse ahora, antes de que el amor se convirtiera en ruina.
Uzui no lo detuvo.
Se quedó allí, viendo cómo la figura temblorosa de su Omega se perdía entre los escombros, como un recuerdo que el tiempo no podría borrar, pero que tampoco volvería a abrazar.
Su destino se aleja. Y por primera vez, el pilar del sonido sintió que había perdido su propia armonía.
(...)
El bullicio de la gente llena el aire con voces, risas y el sonido metálico de monedas. Las flores de cerezo comienzan a caer lentamente, tiñendo el aire con una belleza melancólica. Uzui camina entre los puestos con una bolsa de arroz al hombro y una lista escrita por Makio apretada en una mano. Tenía una vida tranquila ahora, casi normal. Su cuerpo, aunque marcado, seguía fuerte. Sus esposas lo aman, y él a ellas. Pero en lo más hondo de su alma, había un rincón intacto. Un rincón que solo conocía el nombre de Zenitsu.
Se pregunta cada día que a sido de él, si está bien, si ya lo olvidó.
Camino unos pasos más cuando un aroma nostálgicamente conocido llegó hasta él. Giro la cabeza de forma dolorosa, buscando a su alrededor.
Y entonces lo vio.
Fue un destello. Un movimiento entre la multitud. Una figura menuda, vestida con ropas claras, una mano descansando con suavidad sobre un vientre redondeado.
Su corazón se detuvo.
Era él.
Zenitsu.
El cabello dorado caía más largo sobre sus hombros, pero su andar seguía siendo ligero, casi flotante, como si su esencia nunca hubiera cambiado. Camina al lado de una mujer que le es malditamente familiar, riendo suavemente por algo que ella le decía. Sus mejillas ligeramente sonrojadas. Se nota feliz. En paz.
Y claramente, esperando un hijo.
Uzui sintió un golpe seco en el pecho. No por celos, sino por una tristeza tan brutal que le quitó el aliento. Lo miró como un hombre sediento ante un oasis del que sabe que no podrá beber jamás. No era el Alfa en él quien reacciona. Era el ser humano, el hombre que había soñado con ese momento mil veces, pero nunca así.
No conmigo.
El mundo pareció ralentizarse. Las risas, las voces, el sol, todo se volvió un eco lejano. Lo único que existía era esa silueta luminosa que ahora acuna una nueva vida. La que podría haber sido suya. La que él había perdido el derecho de soñar.
Un nudo se formó en su garganta. El arrepentimiento lo golpeó con una intensidad nueva. Siempre supo que había cometido un error al dejarlo ir. Siempre supo que amar a Zenitsu no sería fácil, pero que valía cada batalla. Y aún así, lo dejó ir. No por falta de amor, sino por cobardía, por no querer romper la armonía de su vida establecida.
¿Y si hubiera elegido diferente? ¿Si hubiera sido valiente? ¿Si hubiera renunciado a todo por él...?
Pero ese fue su más grande error. El pensar que tenía que renunciar a todo para estar con su destino. Y ahora podía ver cuándo erróneo había sido ese pensamiento, cuan ignorante era.
Zenitsu lo es todo para mí.
Y ahora se allá en ese lugar, anclado como una roca, sin poder moverse, sin poder siquiera parpadear. Con el corazón apunto de romperse aún más si eso es tan solo posible.
Se imaginó a sí mismo a su lado, guiando una mano temblorosa sobre ese vientre, hablándole al hijo que nunca existiría en su historia. Se imaginó despertando junto a él en la mañana, sintiendo su aroma en las sábanas, ayudándolo a doblarse cuando la barriga creciera. Perteneciendo.
La imagen lo desgarró por dentro.
Y sin embargo, no se atrevió a acercarse. Ni a pronunciar su nombre. Zenitsu es feliz. Eso era evidente. Había encontrado lo que él no pudo darle: una familia en donde solo fueran ellos dos y los hijos que jamás respirarian en esa vida.
Uzui apretó la bolsa de arroz contra su pecho como si pudiera contener todo lo que se le escapa por dentro.
—Tonto... —susurró para sí, con una sonrisa rota—. Fuiste un tonto.
Por primera vez en muchos años, Uzui sintió que su fortaleza se desmorona. Que su fuerza de antaño no servía contra un dolor tan silencioso y definitivo. No había batalla que ganar. Ya había perdido.
Y, aún así, no pudo dejar de mirar.
Lo observó alejarse, brillando con esa luz cálida que lo había enamorado desde el primer momento. Camina sin saber que alguien detrás de él lo ama tanto que dolía respirar.
Quiere grabarlo en su retina, en su memorias porque el Alfa tiene miedo. Miedo de que está sea la última vez que lo vea, de respirar el mismo aire que Zenitsu.
Ese hijo debió ser mío. Pensó, pero no con egoísmo, sino con un amor tan puro y frustrado que se sintió sucio solo por desearlo. Porque ahora solo queda mirar. Recordar. Y aceptar que lo dejó ir, y Zenitsu aprendió a vivir sin él. A amar sin él. A formar un futuro donde él no tenía lugar.
Y mientras lo veía desaparecer entre los puestos del mercado, Uzui se obligó a caminar en dirección contraria.
Porque algunas despedidas no se dicen con palabras.
Se dan con una mirada, en silencio.
Y se llevan tatuadas para siempre en el alma.