La sombra en la nieve
La nieve caía en silencio sobre las montañas del norte, cubriendo el mundo como si intentara borrar todos los rastros de vida. Cada copo caía con una suavidad que casi parecía piadosa, como si el cielo no quisiera golpear demasiado fuerte un mundo ya herido. El viento, tenue pero helado, arrastraba pequeños remolinos blancos que se disolvían apenas tocaban tu piel.
Ahí estabas tú.
Pris Akasora, trece años, abrigada con una capa vieja de tu padre, caminando sola por el sendero estrecho entre los pinos. En vez de un muñeco infantil, tus manos sostenían una caja pequeña de madera donde guardabas monedas, hierbas secas y una nota escrita por tu madre. A tu edad ya te gustaba sentirte independiente, como si el mundo no fuera tan peligroso como los adultos decían.
No había miedo en tus pasos.Solo curiosidad.Solo la calma inocente de alguien que todavía no sabía que llevaba un destino marcado en la sangre.
Cada paso que dabas dejaba huellas que, inexplicablemente, derretían un poco la nieve a tu alrededor, creando un tenue vapor que se elevaba como un suspiro caliente del suelo invernal.
Tu calor no era normal.Nunca lo había sido.
No lo notabas, pero la nieve bajo tus pies siempre cedía un poco más rápido. Tus manos nunca estaban heladas. Incluso en las noches más frías, tu madre solía decir riendo que eras “su niña de fuego”.
Mientras avanzabas, te frotaste los brazos para entrar en calor, aunque en realidad no lo necesitabas. Levantaste la mirada hacia el cielo nublado.
—Mamá siempre exagera —murmuraste para ti misma—. Solo son montañas... y solo es nieve... No es como si algo fuera a saltar a comerme.
Te reíste bajito.
Era la risa de una niña que creía que el peligro era solo una historia contada junto al fogón.
Seguiste caminando, hablando contigo misma como solías hacerlo cuando estabas sola.
—Papá estaría orgulloso si me viera —susurraste—. Él siempre decía que algún día sería fuerte. No como mamá que piensa que si camino más de diez pasos ya me desmayo.
Hiciste una mueca divertida.
—Bueno... mamá se preocupa demasiado. Pero es porque me ama. Aunque sería bueno que dejara de gritarme cada vez que salgo a la puerta...
El viento movió tu cabello y pequeños copos quedaron atrapados entre tus mechones negros.
Después de un rato, las luces amarillas de la aldea más cercana comenzaron a asomarse entre los árboles. Te apresuraste, no por miedo, sino por ganas de terminar la tarea e irte a casa a la chimenea.
Al llegar, entraste en la pequeña tienda de medicinas donde te recibió la dueña: Señora Hanae Ryuzuki, una mujer robusta, amable, con manos ásperas por tanto trabajo.
—Oh, Pris Akasora —dijo con una sonrisa preocupada—. Tu madre envió una nota. ¿Otra vez su tos?
—Sí, señora Ryuzuki —respondiste con educación adulta, como siempre intentabas sonar—. Dijo que necesitaba el jarabe rojo y esas hierbas amargas que saben horrible.
La señora soltó una risa corta.
—Las hierbas amargas son las que mejor funcionan. Espera tantito.
Mientras llenaba una bolsita con los remedios, te observó de reojo.
—Pris... ya casi cae la noche. Y tú sabes... últimamente han ocurrido cosas terribles.
—¿Cosas? —preguntaste sin darle importancia.
La mujer bajó la voz, como si el aire pudiera robarle las palabras.
—Desapariciones. Animales destrozados. Personas que... no vuelven. Los aldeanos los llaman... “monstruos”. No sé qué sean, pero no son lobos. Eso seguro.
Tú inflaste el pecho, sintiéndote más grande de lo que eras.
—Estaré bien. Puedo cuidarme sola.
La señora Ryuzuki negó con la cabeza, preocupada.
—No digas eso. Eres una niña, Pris. Regresa directo a casa. Y no te detengas por nada.
Tú asentiste... pero sin miedo.Sin creerte su advertencia.Porque aún eras demasiado joven para entender qué era el verdadero terror.
El camino de vuelta se sentía distinto.Más silencioso.Más pesado.
La luz del atardecer comenzaba a desaparecer entre los árboles, y la nieve ahora parecía más fría, más densa. A cada paso, sentías un ligero hormigueo en la nuca. Algo... un presentimiento... una punzada muy leve, como si un hilo invisible tirara de ti.
Te detuviste.
Miraste a tu alrededor.
El bosque parecía normal... pero no lo era. El sonido del viento había cambiado. Todo estaba demasiado quieto.
—...¿Mamá? —susurraste sin darte cuenta, como si esperases escuchar la voz de ella llamándote desde lejos.
Nada.
Solo el silencio aplastante de un bosque que contenía el aliento.
Supiste entonces que algo estaba mal.Muy mal.
Apretaste los puños.El calor extraño dentro de tu cuerpo comenzó a aumentar.
—¿Quién está ahí...? —preguntaste.
Una sombra cruzó entre los árboles.
La nieve seguía cayendo, silenciosa, cuando una sombra cruzó entre los árboles.
No era grande.No era rápida.Pero su movimiento... su presencia... algo dentro de ti la reconoció de inmediato.
Un instinto.Un tirón en el pecho.Un fuego que se encendió sin aviso.
—...No —susurraste sin entender por qué—. Algo... algo está mal.
Tu respiración cambió.Tus manos comenzaron a temblar.Un calor extraño subió por tu columna, tan repentino que casi te hizo perder el aire.
Y entonces lo supiste.Sin una razón lógica.Sin haber escuchado nada real.
Algo horrible estaba pasando en tu casa.
Tu corazón se aceleró.Tus piernas se movieron antes de que tu mente lo ordenara.
Corriste.Corriste con una fuerza que no deberías tener a tus trece años.La nieve se evaporaba bajo tus pasos, dejando líneas de vapor caliente detrás de ti.
El viento golpeaba tu rostro.Tu pecho ardía.Pero no te detuviste ni un segundo.
—Mamá... papá... —murmurabas entre sollozos sin darte cuenta.
Cuando la silueta de tu hogar apareció entre los árboles, el mundo pareció detenerse.
Las luces estaban apagadas.La puerta estaba entreabierta.Y el silencio... era demasiado profundo.
—¿Mamá? —gritaste mientras te acercabas—. ¿Papá? ¡Ya regresé! ¡Traje la medicina!
Nada.Ni una respuesta.Ni un susurro.
Solo la nieve cayendo.
Tu voz se quebró.
—Mamá... ¿papá?
Un crujido sonó a tu derecha.Entre los árboles.
No esperaste a ver qué era.Entraste a la casa sigilosamente, como si tus pies supieran que cualquier sonido podía matarte.
Y entonces lo viste.
Tu corazón se destruyó en un solo instante.
Los cuerpos de tus padres yacían en el suelo.Mutilados.Ensangrentados.Irreconocibles.
Un charco oscuro se extendía bajo ellos, mezclándose con la madera y con tus recuerdos de hogar.El olor metálico te golpeó tan fuerte que te mareó.
—No...No...NO... —tu voz se quebró mientras tus piernas dejaban de obedecerte.
Caiste de rodillas.
No podías mover tus brazos.No podías respirar.
Arrastrándote, tomaste el cuerpo de tu madre entre tus manos.Su piel estaba fría.Sus ojos, vacíos.
—Mamá... mamá... mamá, por favor... —sollozaste con un hilo de voz—. Por favor despierta... mamá... mamá...
Tu llanto llenaba la habitación.
Entonces...
Un sonido húmedo.
CHUP.CRUNCH.CHUP.
Volteaste.
En la esquina oscura......había una criatura arrodillada.
Un demonio.
Bajo, grotesco, con la piel grisácea, los ojos amarillos, la boca llena de dientes desordenados y largas uñas negras cubiertas de carne.
Comía.Comía el brazo de tu padre como si fuera un pedazo de fruta.
Cuando alzó la cabeza, sonrió.
—Mmm... deliciosa familia tienes, niña —gruñó con esa voz deformada, típica de los demonios inferiores—. Tu madre estaba... exquisita. Su carne era suave.
Tu visión se nubló.
El aire desapareció.
Algo se rompió dentro de ti.
Rabia.Dolor.Odio.Desesperación.
Todo explotó a la vez.
Tu cuerpo reaccionó sin que tú lo decidieras.
La temperatura en la habitación subió de golpe.Tus manos ardían.Tus pupilas se contraían.Tus latidos rugían como un tambor de guerra.
—Tú... —murmuraste con la voz quebrada—. Te voy... a matar.
El demonio se rió, mostrando sus dientes manchados.
—¿Tú? ¿Una niña? Ven, pequeña. Te comeré a ti también.
Tus ojos se posaron en algo junto al cuerpo de tu padre:
el hacha ensangrentada que él usaba para cortar leña.
La tomaste.
“Pum.”
El poder dentro de ti despertó.Tu sangre hervía.Tu respiración se aceleró y profundizó sin control.
Un aura carmesí se encendió a tu alrededor.
No sabías qué era.No sabías cómo usarlo.Solo sabías que querías matar a la cosa que destruyó tu mundo.
El demonio saltó hacia ti.
Pero tú también saltaste.Mucho más rápido de lo que deberías.
El choque fue brutal.Un grito.Un rugido.Un destello rojizo.
Tú gritaste mientras enterrabas el hacha en su cuello.El demonio gritó mientras intentaba arrancarte la cara.
Pero tú moviste el arma otra vez.Y otra vez.Y otra vez.
La habitación se llenó de sangre negra.
Hasta que finalmente...
...el demonio dejó de moverse.
Tu pecho subía y bajaba con violencia.
Tus manos temblaban.El hacha cayó al suelo.
Y entonces lo sentiste.
Un segundo poder.Más profundo.Más oscuro.
Un aura... helada.
Giraste hacia la puerta.
A lo lejos, entre los árboles iluminados por la luna...
había un hombre.
Alto.Pálido.Elegante.Con un sombrero negro y ojos rojos como carbones encendidos.
Muzan Kibutsuji.
Aunque tú no sabías quién era.Aunque no sabías por qué se veía tan... familiar.Como si tus recuerdos lo reconocieran desde antes de nacer.
Tu respiración tembló.Tu corazón golpeaba tan fuerte que dolía.
—¡¡¡TÚ LOS MATASTE!!! —gritaste con la voz destruida mientras corrías hacia esa figura que se alejaba entre la nieve.
Muzan levantó su mano.Una ráfaga negra salió disparada hacia ti—
—
—
Abriste los ojos de golpe.
El aire te faltaba.Tu pecho ardía.Las lágrimas corrían sin que te dieras cuenta.
Estabas en tu cuarto.A oscuras.Completamente sola.
No había nadie sosteniéndote.Nadie diciéndote que estabas bien.Nadie calmándote.
Tu madre no estaba ahí.Porque no podía estarlo.
Porque ella... ya no existía.
Llevaste ambas manos a tu rostro, presionando tus ojos mientras intentabas controlar tu respiración.
—Tranquila... tranquila, Pris... —susurraste temblando—. Es solo un sueño... solo... un sueño...
Pero sabías la verdad.No era solo un sueño.
Era un recuerdo.El peor de todos.Aquel que te había marcado para siempre.
Te dejaste caer sobre la cama, hundiéndote en las sábanas, con el corazón golpeando tan fuerte que parecía querer salir de tu pecho.
—...Una pesadilla... —murmuraste, apenas audible—. La misma de siempre...La misma... de hace nueve años.
El recuerdo que te perseguía.La noche que te cambió para siempre.La noche en que tu familia murió...y tu destino Carmesí despertó.
La nieve seguía cayendo detrás de tus párpados cerrados.
Y tú, sola en tu cama, sabías que no sería la última vez que la verías.