El canto del bronce

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Summary

Filipo es espartano, su sonrisa fácil lo hacen pasar por un ateniense más. Su misión es infiltrarse en el ejército enemigo y obtener los planes de la expedición a Sicilia. Para sobrevivir, debe construirse la máscara perfecta para un hombre que fue entrenado para matar desde los siete años. Leonidas es hippeus, miembro de la guardia de élite de Atenas. Desde que un espía traicionó a su hermano, juró cazarlos a todos. Su vida es deber, honor, desconfianza.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo

“La guerra no es un asunto de dioses. Es un asunto de hombres que olvidaron que también lo son.”

Atenas llevaba quince años en guerra con Esparta cuando la Asamblea votó la expedición a Sicilia. Quince años de cosechas quemadas, de murallas que se alargaban hacia el mar, de treguas que se firmaban para ganar tiempo, de muertos que nadie reclamaba. Quince años de odio, y el odio, como el vino malo, se vuelve más espeso con el tiempo.

Pero en la primavera del 415 a.C., Atenas olió la gloria. Alcibíades, el pupilo de Sócrates, el sobrino de Pericles, el hombre más bello y peligroso de la ciudad, se puso de pie en la Pnyx y habló. Dijo que Sicilia era una fruta madura esperando ser cortada. Dijo que Siracusa, la ciudad más rica de la isla, caería como una mujer rendida. Dijo que desde Sicilia, con sus trigales y sus caballos, Atenas dominaría el Mediterráneo y la guerra con Esparta terminaría, no con una tregua, sino con la rendición.

La Asamblea votó con el frenesí de los que creen escuchar a un dios. Trescientos barcos. Cinco mil hoplitas. Arqueros, honderos, caballeros. Una flota que haría palidecer a la que habían enviado contra Troya. En el puerto del Pireo, los carpinteros trabajaban día y noche; las atarazanas humeaban sin descanso; las familias vendían sus tierras para equipar a sus hijos. Nadie miraba hacia atrás. Nadie preguntaba si los dioses aprobaban.

Pero Esparta miraba. Esparta, con sus dos reyes y sus éforos, con sus ilotas pisando en silencio los caminos del Peloponeso, con sus hoplitas que nunca retrocedían. Esparta, que no construía barcos ni murallas, pero sabía esperar. Y mientras Atenas se embriagaba de futuro, los espías espartanos cruzaban el istmo de Corinto con las sandalias polvorientas y los ojos puestos en el puerto donde la flota se armaba.

Entre ellos iba un joven de cabello rubio y sonrisa fácil, que reía con los marineros en las tabernas y se entrenaba con los hoplitas en la palestra. Nadie miraba dos veces al muchacho alegre que parecía no tener patria. Nadie sabía que, bajo el manto despreocupado, latía un corazón entrenado desde los siete años en la agogé espartana. Nadie sabía que sus manos, que brindaban con vino de Quíos, habían estrangulado a un hombre antes de aprender a leer.

En Atenas, mientras tanto, un hoplita de cabello oscuro y mirada fría recorría las murallas largas con paso incansable. Leonidas, hijo de Arístides, había jurado cazar espías. No por deber, sino porque un traidor le había arrebatado lo único que amaba. Y mientras la ciudad soñaba con Sicilia, él soñaba con atrapar la sombra que se deslizaba entre sus calles.

Ninguno de los dos sabía que sus caminos estaban a punto de cruzarse. Ninguno sabía que la guerra, que hasta entonces había sido un asunto de ciudades y estrategas, estaba a punto de volverse íntima, personal, devastadora de una manera que ninguna batalla podría igualar.

Porque en la primavera del 415 a.C., mientras la flota se preparaba para zarpar y los oradores arengaban a la multitud, un espía rubio y un cazador de ojos grises caminaban hacia el mismo punto en el mapa. Y cuando sus miradas se encontraran por primera vez, nada volvería a ser lo mismo.

Ni para ellos. Ni para las ciudades que creían poseer sus almas.