¿Quieres ser mi novio?

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Summary

Erissa tiene un solo objetivo antes de que acabe el curso: decirle a Sebi que le gusta. Parece fácil, ¿verdad? Solo hay que abrir la boca y soltar las palabras. Pero para ella, “abrir la boca” significa invocar...

Genre
Romance
Author
XORE
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1

—Desde que lo vi supe que sería para mí... Uy, no, eso queda muy posesivo. Mejor olviden que he dicho eso.

—Amiga, en serio, confiésate ya, que me estás poniendo nerviosa —me soltó Peni con una mueca de impaciencia.

—¿Pero cómo lo hago? Tengo tantas maneras de hacerlo... Por ejemplo: un cartel enorme con un “¿Quieres ser mi novio?“, muy colorido y con unos mariachis. O alquilo una valla publicitaria y que lo diga ahí. O mejor aún: ¡voy a la Luna y lo escribo bien grande! ¡Muy grande! —exclamé haciendo gestos exagerados con las manos, casi visualizando mi nombre junto al suyo sobre los cráteres.

—Esas ideas son muy románticas —me dijo Sishi, con los ojos brillando de ilusión.

—Son irreales. Y con su presupuesto, como mucho le da para comprarle un caramelo —interrumpió, cruzándose de brazos.

—¡Pero por qué eres tan aguafiestas!

—Soy realista.

Mientras ellas discutían, a mí se me venían más ideas. Por ejemplo, podría crearle unas diapositivas de por qué sería una buena novia... A ver, ¿por qué lo sería? ¿Qué se me da bien hacer?

Mierda. No soy buena en nada. Soy una completa inútil. Me hundí en mi asiento, sintiendo cómo mi alma abandonaba mi cuerpo.

—¿Y a esta qué le pasa ahora? —preguntó Peni mirándome como si fuera un bicho raro.

—Parece que está sufriendo un colapso mental.

—Jeje, esa cara que pone es muy graciosa.

—¡No le saques una foto!

—¿Por qué se ríen de mi desgracia? ¿No ven que estoy en crisis? —dije dramáticamente, dándome cabezazos contra la mesa.

—Ay, amiga, solo dile: “me gustas, ¿quieres ser mi novio?” y ya.

—¿Y si me rechaza? O peor aún... ¿y si me dice: “¿quién eres?“? ¡Hahaha! —mi risa nerviosa ya estaba alcanzando niveles ultrasónicos.

—Deja de gritar, te están escuchando todos.

—¡Me da iguaaaaaalllll!

—Mira, ahí viene —me susurró Peni, girándome la cabeza hacia él de un tirón. Casi me saca una vértebra, pero se lo perdono.

—Mucha suerte —me dijo Sishi en un susurro.

—No la cagues.

—¡Cállense!

Él caminó por delante de mí y se sentó a mi lado. Tengo la gran suerte de ver su cara en 4K... Ahhh, ¿cómo le digo? ¿No será mejor decírselo cuando no haya nadie aquí? No, claramente eso no es nada romántico.

—¿Te pasó algo? Estás muy callada —me dijo él, buscándome la mirada con esos ojos penetrantes.

Me voy a desmayar. Siento que mi presión arterial está jugando al escondite.

—No... estoy bien. O sea, sí estoy bien. O sea, no... ¡coma! Estoy bien.

Él me escuchaba con una sonrisita de lado mientras mi boca no dejaba de decir tonterías. ¡Maldita seaaaaa!

—Se me hacía raro que no me gritaras nada más entrar —comentó divertido.

—Ay, sí... es que estaba un poco pensando en algo.

—¿Y en qué pensabas?

¿Por qué hoy está tan preguntón? Siempre está callado y siempre soy yo la que habla por los dos. ¡Odio este cambio de roles, me pone más nerviosa!

—Bueno... en que Hala Helion va a dar un concierto el próximo mes y me encantaría ir…

Y ahora se queda callado mirándome. Miré el reloj de la pared; no quedaba nada para que la clase empezara, pero ¿por qué el segundero va tan despaciooooo?

—¿Hala Helion? —repitió por fin, ladeando un poco la cabeza—. No sabía que te gustaba el K-pop experimental.

—¡Me fascina! O sea, no es que me fascine, es que sus frecuencias sonoras ayudan a mi... ¿concentración? —¡Dios mío, Erissa, cállate ya!—. Pero bueno, seguro tú prefieres cosas más normales, como el silencio, o... respirar.

Él soltó una pequeña risa, de esas que te reinician el Windows.

—Me gusta la idea. Podríamos ir, si quieres.

¡¿QUÉ?! ¡¿QUÉ?! ¡¿QUÉ?! ¡¿QUÉEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE?!

Mi cerebro acaba de hacer cortocircuito.

Sishi y Penélope, que estaban a tres pupitres de distancia fingiendo que leían un libro de Historia (que por cierto estaba al revés), se quedaron petrificadas. Sentí sus ojos clavados en mi nuca como dardos.

—¿Ir? ¿Juntos? ¿Tipo cita o tipo “dos personas que ocupan el mismo espacio-tiempo en un evento social”? —solté sin filtro, con los ojos como platos.

En ese momento, el timbre de la clase sonó con la fuerza de mil trompetas del apocalipsis. El profesor entró azotando la puerta con su maletín.

¿Por qué ahoraaaaa? En mi mejor momento. Maldito seas, universo. No, mentira, te amo.

Él sacó su libro y yo me quedé embobada mirándolo, perdida en mi propio mundo de fantasía.

—Erissa... Erissa...

¿Puede considerarse como una cita? No, claro que no. Él no me ve de esa forma... ¿O sí?

—¡ERISSA!

El grito del profesor me sacó de mi paranoia romántica de un salto.

—¡Sí, señor maestro don! ¡A sus órdenes! Es un placer estar en esta clase —exclamé poniéndome firme como un soldado.

Sentí cómo todos se reían mientras yo giraba la cabeza y veía a mis amigas riéndose también. ¡Traicioneras!

—¿Por qué siempre estás en la nube? Apenas he comenzado y ni siquiera estás presente.

—Es que, profe, ya sabe... le tengo tanto respeto que no quiero que mi presencia le distraiga —solté con mi mejor cara de inocencia.

¡Paff! Me dio con el libro en la cabeza. Por cierto, un libro gordo: el libro de toda la historia de la humanidad. Me dolió hasta el árbol genealógico.

—Siéntate y atiende.

—Siií… —respondí sobándome el golpe.

Miré de reojo a Sebi. Él era el único que no se estaba riendo; estaba sumergido en su libro, con una expresión tranquila.

Menos mal. Al menos mi dignidad sobrevivió ante él... creo.

Como siempre, me quedé después de clase, justo antes de salir al recreo, esperando a que el profesor Travis me recitara la lista de todas las cosas que no había hecho bien durante las cuatro primeras horas. Él suspiró, ajustándose las gafas mientras repasaba mentalmente mis pecados.

—Dormirte en clase —empezó, señalándome con el bolígrafo.

—Es que su voz me relaja, profesor... es como un podcast de meditación —me escudé, poniendo mi mejor cara de ‘soy una víctima de su tono de voz’.

—Hablar sin parar.

—Más bien estaba pensando, pero el pensamiento se materializó en voz alta. No fue mi culpa, fue de la física —respondí muy seria.

—Comer a escondidas.

Ahí sí que me quedé en blanco. Bajé la mirada hacia mi mochila, donde aún quedaba el rastro de unas migas.

—No tengo excusas... tenía mucha hambre. El hambre no entiende de horarios escolares.

—Erissa, pronto cumplirás 18 años. No puedes seguir haciendo esto para siempre —me regañó, aunque noté un rastro de cansancio o de resignación en su voz.

—Sí, profesor... —contesté cabizbaja, fingiendo un arrepentimiento que me duraría exactamente cinco minutos.

—¿Acaso quieres ser una anciana en primero de bachillerato, rodeada de todos los jóvenes que vendrán después?

—¡No! ¡Claro que no! —exclamé horrorizada, visualizándome con bastón y uniforme escolar.

—Pues tienes que portarte mejor.

—Eso haré, lo prometo por lo más sagrado.

—Bien, ya puedes irte.

En cuanto terminó la frase, recogí mis cosas a la velocidad de la luz y salí disparada del aula antes de que se arrepintiera. ¡Libertad!

Mientras Erissa salía corriendo por el pasillo, la profesora Cereza, que había estado observando la escena desde la puerta, se acercó a Travis con una sonrisa burlona.

—Sabes perfectamente que no te va a hacer caso, ¿verdad? —dijo ella, cruzándose de brazos.

Travis soltó un suspiro largo, de esos que solo tienen los profesores que han perdido la batalla contra alumnos como Erissa.

—Lo sé. Es lo mismo de siempre: lo dice, pero le entra por un oído y le sale por el otro a la velocidad del sonido.

Cereza soltó una pequeña risa mientras empezaba a recoger sus propios apuntes.

—Bueno, míralo por el lado positivo. Al menos tus tutorías con ella son divertidas. Nunca sabes con qué excusa te va a salir.

—No sé yo si “divertido” es la palabra que usaría... —murmuró Travis, aunque en el fondo sabía que el aula se sentiría extrañamente silenciosa sin los “pensamientos materializados” de Erissa.

—¡Chicas, ya volví! —grité con entusiasmo, agitando la mano mientras ellas me esperaban para comer en nuestro sitio de siempre.

—Venga, siéntate, que tenemos hambre —me ordenó Peni, dándole palmadas al césped para que me apurara.

—Cuéntanos... ¡¿vas a ir a una cita con Sebastián?!

—Ojalá sea una cita... No me respondio, justo tocó el timbre y el universo decidió boicotearme —suspiré, dejándome caer sobre la hierba.

—¡Ve y pregúntale! —dijo Sishi emocionada, casi saltando en su sitio.

—No puedo... —miraba a mi alrededor por si estaba cerca, pero no lo veía por más que mi cabeza girara como un ventilador a máxima potencia—. Por cierto, nunca nos hemos preguntado dónde se mete en los recreos. No lo veo nunca en el jardín.

—Pues estará dentro, en algún rincón —respondió Peni encogiéndose de hombros.

—Deberíamos invitarlo con nosotras —sugirió Sishi, dándole un mordisco monumental a su bocadillo triple XL. De verdad, no sé dónde mete tanta comida.

—¡No! Si está aquí no podré respirar. ¿Acaso me quieren matar? Mi sistema respiratorio no está diseñado para funcionar junto a él —exclamé dramatizando con la mano en el pecho.

—Pero... ¿no quieres estar con él?

—Claro, pero cuando me acostumbre a su presencia, ¡que mi corazón no es de acero!

—Eri, está a punto de acabar el curso y aún no te has acostumbrado —me recordó Peni con su realismo cortante.

—Tienes que hacerlo antes de que empiecen las vacaciones o no lo verás en meses —añadió Sishi con la boca medio llena.

Tenían razón. Las vacaciones eran el abismo, el fin del mundo. Me levanté de golpe, como si me hubiera dado una descarga eléctrica.

—¡Tienen razón! Voy a buscarlo.

—¡¿Ahora?! —me gritó Peni, sorprendida de mi repentino arranque de valor. Yo ya estaba corriendo hacia la puerta del instituto.

—¡Siiií! —le grité de vuelta antes de desaparecer por el pasillo. Necesito encontrarlo ya. ¡Ni siquiera tengo su número! ¡Ni siquiera tengo su Chigram! Soy un desastre de acosadora, ni para eso sirvo.

En el jardín, las dos amigas se quedaron mirando el hueco vacío que había dejado Erissa. Sishi miró de reojo el táper que su amiga había olvidado.

—Me comeré su comida —sentenció Sishi, estirando la mano.

—¡Estate quieta! —Peni le dio un manotazo suave.

—Se le va a enfriar... —insistió, poniendo morritos de perrito abandonado.

—Bueno... cógele solo un poco.

—¡Yeyy!

—¿Tu estómago no tiene fondo o qué? —murmuró, negando con la cabeza mientras veía a Sishi devorar el botín.

Busqué por todas partes, pero no logré encontrarlo. Miré en nuestra clase (vacía), en los baños (un poco raro, lo sé), en las salas de actividades e incluso volví a escanear todo el jardín desde las ventanas. A lo lejos, vi cómo mis amigas seguían luchando: Peni intentando que Sishi no se terminara de comer mi comida.

Pero no me puedo detener. El único lugar que queda es...